“Gran historia de un pollino” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Gran historia de un pollí (s. XIX).

Se trata de una composición burlesca protagonizada por un asno vendido y maltratado varias veces hasta que, tras su muerte, su piel acaba convertida en cuero para fabricar unos timbales festivos. En el texto se entremezclan el humor popular, la violencia, bromas obscenas y xenófobas, léxico rural y voces rebosantes de colorido. Sabemos que gozó de una difusión nada despreciable y que fue reimpreso en repetidas ocasiones durante las últimas décadas de la centuria, lo que apunta a un origen finidecimonónico.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Planeo retomarlo en una investigación futura sobre los sentimientos ambivalentes en torno a los burros.

Facilito al final, por lo demás, un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

GRAN HISTORIA DE UN POLLINO

burro, asno, bestia y animal;
y muy desgraciado por una pequeña ilusión

Un año por la primavera,
que es cuando cantan las ranas,
un burro de cuatro patas
nació de una borrica.

Es decir, era un pollino,
que burros de golpe no nacen:
estos, cuando vienen al mundo,
ya parecen algo mozos.

Pues sí; era una masía
allí donde nació el heredero:
ahora, si escucháis, sabréis
su biografía.

Allí iba pastando
y rebuznando con exceso,
y al cabo de tres años nada más
ya se había hecho muy grande.

El amo, por sacar provecho,
sin guardarle ningún miramiento,
un día lo llevó a la feria
y lo vendió a un piteo.

Aquel payés muy apañado,
para ponerlo a prueba,
le compró serón nuevo,
es decir, muy bien aparejado.

Pero lo hacía trabajar
dándole una vida amarga,
siempre doblándole la carga,
y también lo hacía arar.

Para comer, muchas veces
no le daba más que engaños;
y en lugar de darle algarrobas
le daba garrotazos.

Un día, por diversión,
a un pueblo que llaman Lilla,
el burro, el amo y su hija
fueron a fiesta mayor.

La hija a caballo iba,
sin tener nada de miedo,
y su padre, con un bastón,
detrás de los dos iba.

Y por gran casualidad,
en medio de la carretera
pasaba una borrica;
he aquí al burro excitado.

Allí comienza a rebuznar,
con las orejas muy derechas,
y sin guardar etiquetas
la empieza a perseguir.

Se alza el burro, y a la guerra
con las patas de delante:
ya podéis ir imaginando,
la muchacha, de cabeza al suelo.

En fin, ya podéis imaginar
cómo quedó la escena,
nada menos que enseñaba
todo lo que Dios le dio.

Allí acudió todo el mundo
que por aquel punto pasaba,
y claro, como ella chillaba,
la taparon no sé cómo.

Tan guapa y tan presumida,
¡rediós, y cómo lloraba!;
hasta la cara se tapaba
de verse avergonzada.

El burro, no lo preguntéis,
qué modo de armar pelea;
su amo pega que pega,
allí gritaba todo Dios.

Al burro le decían “¡so!”…..
y a la borriquita “¡arre!”,
es decir, movieron un alboroto
que más grande no lo he visto yo.

Cuanto más al burro pegaban,
él repartía más coces;
y los dejaba bien espabilados
porque a algunos les alcanzaban.

Al fin se fue sosegando
con diez mil golpes de bastón,
y hacia fiesta mayor
la gente se fue en tropel.

Pero esta burra tan asna,
y la hija, y el payés,
sin pensárselo nada más,
se volvieron hacia casa.

El piteo, todo disgustado;
y su hija, medio baldada;
y el burro, de la paliza,
quedó todo molido.

Y me lo hicieron ayunar
lo mismo que a la chiquillería;
nada de algarrobas ni paja,
y sin llevarlo a beber.

Cuando ya pasaron muchos días,
el burro, haciéndose el tonto,
se había vuelto muy manso
y se le pasaron las manías.

Otro día el patán
le dio otro golpe,
y el burro una mordida
le dio cerca de la nuca.

Viendo que era mordedor
y coceador y rebuznador,
aquel payés, de puro miedo,
ya no se lo llevaba al campo.

Y no pudiéndose servir de él
porque ya no era posible:
vio que no era rentable
tenerlo que mantener.

Sin tenerle más miramiento,
pues no lo podía aguantar,
al fin determinó
llevarlo a vender a una feria.

Ya tenéis a aquel piteo,
todo resuelto y todo formal,
llevando al rucio del ramal,
yendo hacia la feria a pie.

El burro, ufano, lo seguía,
atravesando la sierra,
siempre olfateando por tierra
y hasta reía de alegría.

Al pueblo llegaron,
y del ferial a la plaza
el piteo, con mucha traza,
en un pilar lo ató.

Había en el suelo un puesto
de vasos, de cacerolas,
de platos, pucheros y cazuelas,
y mucha loza esparcida.

Aquel tipejo espabiladito,
muy satisfecho y ufano,
se fue a una taberna,
claro, a tomarse un cuartillo.

Un rato reposó
como quien dice “no me preocupo”,
allí se lio su cigarro
y junto con otros charló.

Explicó que llevaba un asno
que era muy valiente y manso,
y que él lo quería vender
y volverse a casa.

Mientras él estaba allí
hablando con mucha cachaza,
escuchad lo que en la plaza
al rucio le sucedió.

Un chico muy bromista
allí al burro se acercó
y en la oreja le metió
dos fósforos de yesca ardiendo.

El burro, al sentir aquello
que lo quemaba con gran fuerza,
de coces no queráis más;
estaba que daba miedo.

Se rompió las riendas,
no podía sosegarse,
todo lo del suelo aplastó,
y la gente dio grandes risas.

El dueño de aquel puesto,
cuando vio aquel destrozo,
se volvió loco perdido
al ver su mercancía aplastada.

Cogió una vara,
y al burro, sin cumplimientos,
de golpes le dio cientos,
dejándolo todo maltrecho.

¡Pobre animal!,… huyó;
aquello parecía una fiera,
y fue a parar a una riera
y allí creo que se desplomó.

El payés volvió al ferial
para vender el burro deprisa,
y quedó muerto, helado,
al no encontrar el animal.

Preguntó y le dijeron
lo que había sucedido;
que el burro había huido
y el daño que había dejado.

Que si aquel burro malvado
era suyo, que pagaría
todo el daño que allí había,
y eso como gesto de amistad.

El payés pensó un rato
y dijo que no era suyo;
y añadió en voz baja:
“si acaso lo encuentro, lo mato”.

Nada, que lo abandonó
para que no le diera más disgustos,
y sin rucio ni dinero
a su pueblo se volvió.

Dos gitanos muy despiertos,
que también a la feria iban,
por la riera pasaban
y se quedaron ambos parados.

El más viejo se dio cuenta,
y como si no creyese que fuera cierto,
dijo: “Batu, ay, qué Quért (1),
va solo a pastar”.

El otro dijo: “mala suerte,
ya podemos decir gelén (2),
¿notas qué cantipén? (3),
vámonos, que debe de estar muerto”.

“No, que está vivo”, dijo el más viejo,
“ha gelát (4) de su cuartel,
porque de tanto marel (5)
le agujereaban la piel.”

Le agarraron la cola,
dándole buenos tirones,
y con tres o cuatro patadas
al fin lo hicieron alzarse.

“Ah, salao, ya está derecho”,
dijo el joven tan contento:
“nada, nada, hagamos gelén (6),
que sacaremos algún cuartillo”.

A la feria fueron
el burro y aquellos dos tunantes,
y en el ferial, quien más quien menos,
todo el mundo deseaba comprar.

Un barrendero muy bribón
se presenta en aquel momento
diciendo que para sus fines
quería comprar aquel burro.

Un gitano enseguida
lo montó con ligereza;
aquello parecía un guerrero,
tan tieso y tan espabilado.

Lo hacía ir como quería,
deprisa o poco a poco,
le hacía cualquier juego,
porque en ello tienen maestría.

El trato arreglaron
sin regatear demasiado,
y entonces el barrendero
con el burro se quedó.

Pero sucedió un caso
que tampoco fue gran cosa:
que, estando ya en sus manos,
ya no quiso dar un paso.

Le da una garrotada
el gitano en un costado;
el burro, todo ladeado
por miedo a otra paliza.

Otro golpe de bastón
le pega al lado contrario,
y aquel burro perdulario
bailaba de lo mejor.

El barrendero dijo:
“mirad cómo menea el culo…
eso lo hace porque no es gandul
y quizá quiere presumir.”

El gitano muy apañado
le dijo con toda la fe:
“cuando él menea el trasero
es que le gusta presumir”.

El barrendero muy contento
enseguida se puso en marcha,
todo satisfecho y orgulloso
de tener un rucio tan valiente.

Pero la hizo buena
con todo aquel presumir,
que el rucio se le murió
antes de llegar a Barcelona.

De llanto ya no queráis más,
y con gran sentimiento
lo dejó en un torrente,
perdido el burro y el dinero.

Pero aquel que lo desolló,
que era un curtidor feo y viejo,
dijo que su piel
muy bien la aprovechó.

Con ella hicieron cosa muy buena,
pues sin romperse mucho la cabeza,
por Corpus todo el mundo ya sabe
que hay procesión en Barcelona.

No lo busquéis por las estampas,
el gran caso ya os lo diré:
de aquella piel hicieron
los dos timbales de las trampas.

Muerto el rucio, muerta la historia.

Fin

Imps. Hospital, 19, “El Abanico”


Notas del pliego

(1) Quért: quiere decir burro.
(2) Gelén: huye.
(3) Cantipén: hedor.
(4) Gelát: huido.
(5) Marel: golpes.
(6) Gelén: huyamos.


GLOSARIO

Arre: interjección para estimular a las caballerías.

Baldada: agotada físicamente, dolorida o medio impedida por las contusiones.

Cachaza: coloquialismo que significa ‘parsimonia’.

Cuartillo: medida antigua de capacidad (para áridos y líquidos) y, también, la cuarta parte de un real. Aunque el contexto no resulta del todo claro, pienso que hace referencia a un trago de bebida alcohólica.

Cumplimiento: cumplido.

Garrotada: golpe asestado con garrote.

Payés: campesino catalán.

Piteo: literalmente, habitante de Sant Llorenç de Morunys; aquí, voz usada con intención denostativa. Es equivalente a las bromas que, en el resto de la península, se hacen sobre el pueblo de Lepe. El motivo del escarnio viene del cuento de “los savis dels piteus”, tres hombres que van a una feria en Manresa y acaban siendo burlados.

Pollino: asno joven.

Ramal: ronzal (cuerda) que va sujeto a la cabecera de una bestia de carga.

Rucio: asno grisáceo; así llamaba Sancho Panza a su montura. El término catalán original es ruch/ruc. He optado por esta traducción para preservar el sabor literario.

Serón: especie de cesta grande y sin asas que sirve para cargar las caballerías.

So: interjección para hacer que se detengan las caballerías.

Timbal: tambor con una caja en forma de media esfera.

Trampa: del catalán trampes. Designa o bien a los timbaleros o bien a los instrumentos colocados sobre un caballo y percutidos durante la procesión del Corpus.

Yesca: materia seca, preparada para entrar en combustión.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Rodríguez García Miguel
Rodríguez García Miguel

Únicamente el texto se puede utilizar bajo licencia Creative Commons AAtribución/Reconocimiento-No Comercial-Sin Derivados 4.0 Internacional. Salvo indicación contraria, los demás elementos (ilustraciones, archivos adicionales importados) son "Todos los derechos reservados".


OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Rodríguez García Miguel (1 de junio de 2026). “Gran historia de un pollino” (s. XIX): edición y traducción. Huellas en la tinta. Recuperado 8 de septiembre de 2026 de https://huellas.hypotheses.org/1446


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