Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.
Llega la hora de caminar sobre nuestras pisadas tras las tímidas huellas del chorlito, ave mirífica que curaba con la vista conforme a viejas habladurías venidas probablemente de la India y transmutadas en el matraz del folclore grecorromano, al calor de supersticiones y de las teorías científicas al uso.
Al Charadrius todavía le aguardaba otra operación alquímica: sublimarse contaminado de la radiación cristiana que todo lo verticaliza. Veamos un pasaje revelador de la edición latina del Fisiólogo (versión B; siglos IV-X) debida a Villar Vidal y Docampo Álvarez:
El Fisiólogo dice de él que es enteramente blanco, que no tiene parte alguna negra; su excremento no expulsado cura los ojos entelados. Se encuentra en los atrios de los reyes. Y si alguien está enfermo, por medio del caladrio se sabe si vivirá o morirá, pues si el hombre está enfermo de muerte, en cuanto el caladrio ve al enfermo aparta de él la mirada, y todos saben que va a morir; pero si su enfermedad no es de muerte, el caladrio lo mira fijamente y asume sobre sí todas sus enfermedades, y vuela por los aires hacia el sol y las quema y las dispersa, y el enfermo se cura.
Pues bien, el caladrio representa la persona de nuestro Salvador: es totalmente blanco nuestro Señor, sin mancha alguna […]. Y cuando desde su excelso cielo se dirigió al pueblo enfermo de los judíos, apartó su rostro de ellos a causa de su incredulidad; se volvió hacia nosotros los gentiles cargando con nuestras enfermedades; y, llevando sobre sí nuestros pecados, fue exaltado en el leño de la cruz. Ascendiendo, pues, a las alturas, llevó cautiva la cautividad, dio sus dones a los hombres.
Esta interpretación tan finamente articulada funcionaba como una máquina sensacionalista de propaganda religiosa, amén de ejemplo meridiano de una lectura centrípeta (o, como a mí me gusta denominarla, de una “hermenéutica de la torcedura”): el pensamiento opera por analogías, alegorías y parábolas, revive el mecanismo de la magia simpática y busca semejanzas peregrinas para sostener una tesis dada de antemano. Como las aguas de un remolino, que tienden a girar siempre en la misma dirección, aquí todo desemboca en un escenario doctrinal que admite escasas fisuras.
Pero posémonos de nuevo sobre el hombro de nuestra pequeña criatura limícola. En esta traducción su identidad ha quedado totalmente desvanecida: el “caladrio”, degenerado en su etimología, no es ya un pájaro real, sino un símbolo; sus plumas se han teñido de nieve, contagiadas de una pureza sagrada que jamás pidió; ahora asiste a la monarquía y se reserva el derecho de despreciar a quien le plazca, conforme a un arbitrio inescrutable (¿un misterio divino?) que el exégeta no aclara, por más que lo insinúe. Así es, la evocación de Jesucristo dista de ser ingenua o síntoma exclusivo de un fervor exacerbado: igual que él repudiaba a los “apóstatas” que no reconocían su autoridad —de acuerdo con estas líneas—, de la misma guisa había de obrar el ave, permitiendo que languideciesen herejes e impíos.
El paralelismo entre ambos alcanza su cúspide con el vuelo del caladrio, depurado bajo la caricia urticante del astro rey, un resquicio pagano del que no tardó en apoderarse la Iglesia. El movimiento es idéntico: ambos ascienden; ambos superan la ordalía y regresan renovados; ambos purgan males ajenos. Y su despigmentación responde claramente a la misma lógica. Reparemos en algo curioso: pese a que da la sensación de que el tierno chorlito pervive degradado en este retrato, deviene una vez más víctima de nuestra manía óptica, pues sus excrementos remedian las cataratas y blanco es el color de los rayos luminosos que —según la extramisión— transmitían bendiciones o dolencias dependiendo de quien los despidiera.
El caladrio hizo fortuna en la iconografía de los bestiarios, progresivamente más despegado de su pariente zancudo. Reproduzco una sola imagen emblemática del manuscrito Harley MS 4751 (ca. 1230), propiedad de la British Library:
Esta ilustración que hoy contemplamos como una rareza de museo servía entonces para traer a los ojos de sus fascinados espectadores una lección moral que poco tenía de sutil: la carencia de fe corrompía el alma, los valores del individuo y hasta su cuerpo, merced a vínculos no erradicados entre la materialidad sucia y grosera de la carne y la perversión del espíritu. Una reducción tendenciosa que sigue vigente en nuestros cánones de belleza contemporáneos: si es bonito, es bueno; si es feo, lo condenamos a la iniquidad.
Mas ¿qué fue del modesto chorlito? ¿En qué rama el árbol crístico decidió asentar el nido? Y ¿cuál fue la suerte del impostor caladrio que —cual impenitente cuco— allanó su trono de paja y usurpó su legado? Lo descubriremos en la próxima (y última) huella de esta serie.
Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.
Hace tiempo me impuse como meta trazar la historia cultural de ciertos animales. Por aquel entonces consideraba que el summum de la erudición consistía en acumular miles de cuentos dispersos y ordenarlos en una serie con sentido; que aquellas caudalosas aguas sapienciales convergerían en un hallazgo mayor, que me abrirían las puertas a una lógica secreta que apenas si alcanzaba a vislumbrar.
No he perdido esa curiosidad ingenua y expansiva, aunque ya no me interesa reunir el repertorio más amplio, sino el más selecto, el mejor compuesto, aquel que transmite un mensaje; el que deja al descubierto una anomalía, una grieta que pocos podrían haber detectado. He ahí un nuevo horizonte en el que posar la vista, un punto infinitamente más lejano, abstracto y complejo que el que contempla el chorlito de la leyenda.
En su perseverante afán de construir una enciclopedia de las maravillas de la naturaleza, Eliano recogió el siguiente mito sobre esta diminuta ave limícola (cito desde la edición de Díaz-Regañón):
El chorlito tiene un don que, en manera alguna, es despreciable. En efecto, si una persona se ve invadida de ictericia y lo mira de hito en hito, aquél aguanta la mirada con la misma impavidez que si sintiera celos de ella, y esta mirada retadora cura la mencionada enfermedad de la persona.
Omitía o ignoraba —quizá porque la superstición corría antaño de boca en boca— que en otras versiones (Plinio) el pájaro estaba condenado a morir tras absorber la dolencia: una solución fatal, pero justificable desde la óptica de la transferencia infecciosa. Tampoco era consciente de que esta creencia probablemente vino de la India a través de la Ruta de la Seda, pues aparece en el Rigveda (1400-1100 a. C.). Allí se dice que ciertos volátiles amarillos actúan como recipientes —previo hechizo— del mal del enfermo de ictericia.
Si observamos esta ilustración del chorlito dorado (uno de los más comunes en la cuenca mediterránea) facilitada por SEO BirdLife, a lo mejor comenzaremos a atisbar por qué a este pequeño zancudo le tocó representar el papel de criatura salvífica:
Como habrá intuido el lector, lo más posible es que se deba a su coloración ocre. Aquellas cuatro rápidas líneas de Eliano, despachadas casi como si albergasen una certeza universal (ya que no menciona testigos, ni da la sensación de que dude de su veracidad), ocultaban un poso de magia simpática sánscrita: el charadrius sanaba la ictericia —caracterizada por el tono bilioso de la piel y de la esclerótica— por pura y dura similitud cromática.
Queda por resolver una pregunta que no se remonta a las referencias védicas: ¿por qué curaba por medio de la mirada? Puede acudirse, si se desea, a la práctica ancestral del mal de ojo o a las teorías seudocientíficas de la extramisión que defendieron filósofos griegos como Pitágoras y Platón: la idea de que los globos oculares despedían rayos. Dicha noción parecía bien asentada —acaso vulgarizada— en el trasfondo mítico y folclórico de la época; o tal vez fue esa otra vía la que obligó a vestir de galas intelectuales un bagaje popular. Si las gorgonas petrificaban echando un vistazo, el basilisco de mordida ponzoñosa fulminaba también así a sus víctimas.
Aquí se detiene esta primera huella centrada en las bondades del chorlito en la Antigüedad clásica. Nuestra búsqueda del rastro del charadrius continúa en el medievo, un momento especialmente fértil para el simbolismo faunístico en el que el pájaro cambia de plumaje, de nombre, de fe y asciende, además, varios peldaños en la jerarquía divina.
Dejaremos ese vuelo didáctico para otra ocasión. Nos “olemos” pronto.
Comunico el nacimiento de una categoría titulada “Serie pajarera (AVECINAS-CM)”, que congregará algunos de los resultados de este proyecto de investigación. Las entradas acogidas bajo su ala resultarán también accesibles desde las series divulgativa y docente.
Nos situamos hacia el ecuador el verano y, parafraseando de forma libre al poeta, pronto se marcharán de nuestras tierras las oscuras golondrinas.
Cada cierto tiempo me gusta tomar el pulso de este proyecto para verificar que continúa no solo vivo, sino con buena salud. Es hora de hacer balance de un periodo definido por una evolución rápida y por una actividad casi sin freno.
Así es, las más de treinta entradas publicadas en Huellas en la tinta funcionan como testimonio de la voluntad de sacar adelante esta empresa, de hacer accesibles unos contenidos que, de otro modo, habrían permanecido archivados en papers que mirarían diez especialistas (¡con suerte!) o que, quizá, no hubiesen nacido. Este blog fue creado como plataforma de transferencia, aunque superó dicha condición hace meses: primero incorporando materiales docentes derivados de mi experiencia en la Universidad de La Rioja y en diversos talleres; después, abrazando el módulo piloto de ANIMAL, que hoy cuenta con seis traducciones de pliegos de cordel puestas al servicio del curioso y de la comunidad académica.
Cabe subrayar dos aspectos que suelen quedar en segundo plano: que Huellas me ha servido como laboratorio intelectual, como escenario desde el que ensayar obras de mayor envergadura; y que pienso que, por fin, su amplitud se ha estabilizado. “Nunca digas nunca jamás”, pero yo diría que el blog ha encontrado su identidad y que, en lo venidero, sus incrementos seguirán las líneas marcadas en este periodo auroral.
Hasta aquí todo arroja vislumbres positivos: Huellas en la tinta ha crecido, mantiene un ritmo de posteo envidiable y alberga un contenido diverso y —me atreveré a afirmar— de alta calidad. Ahora bien, se presentan retos para la siguiente etapa: la participación en los hilos no ha sido muy elevada; tocará, por tanto, diseñar estrategias efectivas para dar a conocer el blog: promocionarlo en redes sociales, citarlo y recomendarlo a amigos… Cualquier observación será bienvenida. La idea es que el lector se implique, que dé su opinión y pueda contribuir con la causa si así lo desea.
¿El futuro? Continuar por este sendero con más desgajamientos y nuevas huellas; componer un mosaico sapiencial, tesela a tesela, un atlas animalístico. He ahí la hoja de ruta que me he fijado.
Antes de clausurar el hilo, me permito enviar un efusivo agradecimiento a los amigos, familiares y colegas que han consultado y corregido mis textos, que acuden con regularidad al blog y que me animan a no desistir de este laborioso ejercicio. A veces asumimos cargas que amenazan con sepultarnos, pero poco a poco, con paciencia, se construye el camino. Y el de Huellas, quiero creer, apenas acaba de empezar.
Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego mallorquín Conversa de dos Cans.
Se trata de un valioso testimonio sobre los espectáculos populares con animales en el que se fabula una pelea de perros celebrada en Palma de Mallorca durante 1892. El antropomorfismo disimula la violencia a la que se ven expuestos los canes Moreno y Ñap. Aunque la lucha se reviste de galas de heroísmo mediante un lenguaje que evoca las gestas de los caballeros medievales, esta estrategia retórica encubre un paisaje moral sórdido: abusos, apuestas y un pasatiempo cruel que, pese a la falta de reconocimiento oficial, es aplaudido por las masas. Queda lejos del retrato del Coloquio de los perros cervantinos: aquí los dogos absorben la perspectiva de los humanos, renuncian a su individualidad y se entregan a la lucha por conceptos tan intangibles para ellos como el honor y el beneficio económico de sus propietarios.
Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. En este caso no veo la necesidad de incluir un glosario final.
Criterios de traducción:
Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.
No es ningún secreto que no creo en la objetividad pura. La ciencia humana no queda libre de sesgos; de hecho, la defensa a capa y espada del rigor académico arroja no pocas preguntas sobre cómo se construye esa noción.
El empirismo, con su afán descriptivista y causal, ayudó a reorientar la percepción de los animales entre la aurora de la modernidad y el siglo XIX. Para entonces, naturalistas de Indias y zoólogos como Buffon comenzaban a tomar distancia de una interpretación netamente simbolista, avalada por un sistema epistemológico de marcada reverencia hacia las autoridades grecolatinas y cristianas: Aristóteles, Plinio, Isidoro de Sevilla… No obstante, ni siquiera esos amagos de experimentalismo emergente alcanzaron a ahogar el peso de la tradición, del interés económico y del utilitarismo humano; un legado de miedo, abuso y propaganda política, en el que no resulta fácil distinguir los regateos de quienes ostentaban el poder, siempre raudos para delegar sus culpas en otros más desprotegidos y menos audibles.
En este caso me estoy refiriendo al lobo. Pocas bestias hay más cargadas de significados peyorativos, más demonizadas y agraviadas que esta. ¿Injustamente? Dependiendo del ojo de quien mire. Al norte de España, en Asturias, me cuentan mis amigos que los agricultores evitan la iconografía lupina como si se erigiera en foco de infección. Responsabilizan a estas criaturas de los raptos del ganado, las envenenan, tienden trampas para aniquilarlas y algunos, incluso, exhiben sus cabezas colgadas de lo alto como trofeos macabros: un tributo a cierto modelo de masculinidad y un dardo disparado contra los gobiernos autonómicos.
Pero ¿de qué van a sustentarse estos carnívoros si los hábitats de sus presas se ven cada vez más fragmentados por las ciudades, carreteras y tierras de labranza? Y aunque no nos pusiéramos inmediatamente de su parte, si reconocemos que se trata de un problema complejo, ¿no bastaría con garantizar la salvaguarda de las reses —que, irónicamente, quizá más tarde devore una persona— y condenarlos al triste destino de la inanición? ¿Hacía falta burlarse, vejar sus cadáveres, pintar a su especie entera como la villana de una película en la que a nosotros se nos ha asignado el papel de héroes?
No será preciso que convoque a Caperucita ni que reviva a Félix Rodríguez de la Fuente para respaldar mis argumentos. Invito al lector a que se asome conmigo a un nuevo itinerario cultural a través de las láminas de una obra del Setecientos que mereció de manera temprana —y que mantuvo durante más de cien años— el calificativo indiscutible de clásico. Por supuesto, estoy aludiendo a la Historia natural de Buffon.
Nos fijaremos para ello en algunos de los grabados que acompañaron a sus ediciones. Observemos, primero, este publicado alrededor de 1837 y coloreado posteriormente a mano:
Dejando de lado la técnica, así como ciertas irregularidades anatómicas (e. g., el tamaño de las retinas y la forma de las pupilas de ambos especímenes), el dibujo se nos antojará revelador de la pedagogía antrozoológica de la época. La fauna salvaje —Canis lupus y Vulpes vulpes— no ha sido representada cazando por pintoresquismo ni por accidente: las entradas del conde recogían una amalgama de informaciones heterogéneas relativas a su dieta, costumbres, técnicas para capturarla, relación con el hombre y aun su sabor. La lógica compositiva de dichos manuales los arrima antes al género de la miscelánea, a la erudición exhibicionista de Eliano y a las forestas barrocas (dentro de una serie de parámetros geográficos y taxonómicos) que a nuestro concepto actual de enciclopedia animalística.
Tampoco se perdía de vista el componente didáctico. Así es, la fábula no muere con La Fontaine; resucita entre los mimbres buffonescos al calor de un cientificismo antropocéntrico y todavía especulativo, con arrebatos polímatas que no discernían entre la anécdota, el suceso maravilloso, la ficción engalanada de hecho veraz y el dato contrastado. Y cuando absolutamente todo estaba llamado a educar y entretener, hasta el más ínfimo trazo era susceptible de entenderse como la partícula de una cadena comunicativa que el receptor tenía que descifrar.
Aquí la moraleja queda clara. Lobo y zorro parecen sacados de un cuento esópico: uno engulle ovejas, el otro asalta gallineros. Las poses estatuarias, estáticas, que aparecen en otros compendios de su tiempo han sido descartadas en favor de una escena dinámica que transparenta la catadura ética de ambos depredadores. Los dos saquean y exterminan a los pobres súbditos que el hombre preserva para abastecerse de lana, huevos y carne. El raposo huye a la carrera del castigo que le aguarda; mientras tanto, el lobo —acaso más insolente— reta a quien contempla el grabado o lo vigila atento mientras destripa in situ al ovino. Ni retrocede ni se achanta; probablemente el artista era muy consciente de que así, colocado en esa pose, luciría peligroso y desafiante.
Constituían, a fin de cuentas, enemigos a abatir para la humanidad, porque esquilmaban las haciendas de latifundistas y pastores. Porque no se les ocurrió (o no quisieron barruntar) que, a lo mejor, nuestra especie había invadido sus territorios, que había reducido el censo de conejos y ciervos. Aquello no era relevante. Según la Scala Naturae, al hombre le correspondía una posición cimera, de privilegio, sobre los demás seres de la Creación. Ya había algunos que se planteaban con amargura —a veces parapetados tras las herramientas de la sátira— tal contradicción, impropiedad y asimetría. Pero considerar seriamente sus implicaciones incomodaba por aquellas fechas tanto o más que ahora.
Veamos otra ilustración fechada hacia 1880:
Me permitiré ser más conciso y enunciaré mi reparo vestido de interrogación: ¿qué necesidad había de incluir lo que semeja tratarse de una carcasa a los pies del cánido y de retorcerle el cuello en ese ángulo anómalo para que le muestre los dientes al espectador? Ninguna. Es más, su postura resulta antinatural: por un lado, el can encoge el cuerpo como si quisiese mantener a salvo sus órganos de una acometida lateral; simultáneamente, está arqueando la testuz y enseñando los colmillos como si fuese a pasar al ataque de un momento a otro. Más que una licencia artística, recuerda a un truco de montaje. Y uno poco logrado, a decir verdad.
El realismo gestual brilla —en definitiva— por su ausencia. He ahí otra dramatización que confirma estereotipos de lo más convenientes para conservar nuestro estatus de superioridad moral. Su efigie desborda lo estrictamente empírico para adentrarse en el apólogo pictórico: le loup deviene fiera sanguinaria y antropófaga, azote de los campos y los bosques. Su matanza quedaba, así, plenamente justificada.
El lobo no suponía una amenaza directa para nuestra seguridad, aunque su imagen terminó siendo eclipsada por la sombra de la perfidia, como se aprecia a continuación:
Para ser sincero, ignoro si esta última estampa proviene de la estirpe buffoniana o de otra fuente similar; ahora bien, comparte cuna decimonónica con las precedentes y refuerza una tesis progresivamente más tangible: el Canis lupus como asesino inmisericorde, como agresor de un tierno cervatillo que yace —¿finado, revolviéndose impotente?— bajo sus garras, como si hubiera sido transmutado en un delincuente que se atreve a exponer sus fauces tras haberse visto sorprendido en medio de un acto atroz.
El autor podría haber escogido como víctima a un ejemplar anciano, o haberlo retratado en convivencia con los miembros de su unidad familiar. La elección de la cría intensifica el morbo, acentúa el efecto sensacionalista y espeja mejor la idea que la cultura occidental había forjado de su especie: una criatura abyecta, voraz, despojada del parco atisbo de redención que podía ofrecerle el rol de alimentador de su camada. Y no porque se desconociera que actuaba en grupos —qué va—, sino porque (casi) nadie estaba dispuesto a concederle que sintiese cariño hacia los suyos. Porque el relato que habíamos levantado sobre ellos, el odio cocido a fuego lento durante milenios en el horno de la lengua y la literatura, se extinguiría de un soplido.
Una estrategia muy identificable —y demasiado humana— para escurrir el bulto y eludir el remordimiento que produciría en muchos la certeza de haber eliminado a unos animales que, en el fondo, no son tan diferentes de nosotros.
Este material docente se inscribe en el proyecto AVECINAS-CM: “Las aves como vecinas: exploraciones en torno a la reconciliación ecológica en la Comunidad de Madrid” (PHS-2024/PH-HUM-354).
Quienes nos adentramos en la enseñanza universitaria por la vía de la investigación no siempre estamos familiarizados con los problemas cotidianos de los maestros de escuela. Nuestro mundo gravita alrededor de una montaña de revistas y plazos cronometrados. Se trata, a menudo, de una carrera contrarreloj. No obstante, tras mi experiencia impartiendo un taller en un centro de educación elemental, he quedado plenamente convencido de que el esfuerzo sobrehumano que acomete el profesorado de primaria es digno de los mayores elogios, pues debe ser considerado a la par una maratón y una carrera de obstáculos.
Como una de las actividades del proyecto AVECINAS, un conjunto de académicos organizamos una clase temática en las castizas Escuelas Aguirre: uno de los motores de la pedagogía igualitaria desde su fundación en el Madrid de finales del siglo diecinueve. Bajo el ala “madrina” de Eva Aladro, dimos unos contenidos que debían allanar el camino a la actividad de “pajareo” que vendría después. En GIECO —como colaborador asiduo, me incluyo bajo esta etiqueta— nos enfocamos en nuestra especialidad: la literatura analizada desde un ángulo ecocrítico. El año pasado otras compañeras (Clara Contreras y Xiana Sotelo) se hicieron cargo de un ejercicio parecido; en esta ocasión, Montserrat López Mújica y yo fuimos los elegidos para representar al equipo en las aulas infantiles.
Veterana del magisterio de la tiza y la pizarra, Montserrat (Montse, en adelante) tomó la iniciativa y preparó una base de textos que desplegar ante el alumnado. Entre los dos moldeamos ese repertorio hasta crear un itinerario óptimo, que cubriese algunos puntos clave para la didáctica en humanidades ambientales: el simbolismo que oscurece la existencia material de los animales, el antropomorfismo que acalla su voz y, por último, la complejidad afectiva de los vínculos entre especies.
El guion era sencillo, calculado al milímetro, previsiblemente fácil de realizar dentro del intervalo que nos habían asignado. O eso pensaba yo. Cuando de golpe y porrazo más de cuarenta chiquillos manifestaron su entusiasmo levantando la mano, mi cerebro se sintió tan saturado como Windows ante la amenaza del Moby Dick de la informática: la temida pantalla azul. Acostumbrado a estudiantes más tranquilos, adormecidos a ratos, aquella erupción volcánica de “yos” me hizo enmudecer. Montse me lo había avisado, pero yo no predije una reacción tan extrema.
Comprendí entonces el acierto de disponer de un dispositivo breve y pautado: la sesión, que había empezado algo tarde a causa de dificultades técnicas, iba a alargarse todavía más gracias a las contribuciones de unas criaturas rebosantes de motivación.
Seguidamente ofrezco el esquema de una clase concebida para tercero y cuarto de primaria, unido a la crónica e interpretación crítica —en cierto sentido, etnográfica— de su avance, sus retos, sus atinos y los encalladeros que obstaculizaron su marcha.
Convenía un acercamiento suave que activase los marcos de referencia previos de nuestros discentes antes de meternos en materia. Una herramienta participativa, un gesto de empatía y de buena voluntad hermenéutica. La pregunta “¿qué pájaros conocéis?”.
Se alzó una avalancha de vocecillas tiernas a grito de “yo, yo, yo”. Seleccionar a cualquiera de ellos arrancaba sonoros “jo…” a los demás y bufidos cargados de exasperación. Como mejor pude, intenté señalarlos al azar sin repetir caras. Sus respuestas se me antojaron muy reveladoras: entre los pupitres revolotearon palomas, gorriones, cuervos, patos, búhos, pingüinos, loros, flamencos, gallos y gallinas… Fue invocado —si no me falla la memoria— el canario y creo que también alguna especie exótica, pero todo quedaba sepultado bajo una masa uniforme de aves urbanas y audiovisuales, así como de lo que hoy denominamos “fauna carismática”.
De esa lista no costará deducir que, con excepciones puntuales, la mayoría carecía de un contacto sostenido con las aves. La solución a nuestra siguiente duda (“¿dónde los habéis visto?”) caía de maduro: en las granjas, en jaulas, en las calles y, más probablemente, en la televisión —o, en su defecto, el streaming— y los libros infantiles.
El humilde herrerillo, el carbonero y el mirlo canoro no habían comparecido ante un tribunal tan exigente. No es de extrañar. La ornitofilia es algo que debe cultivarse en la crianza doméstica y en las escuelas. Si no se integra en el currículo formativo, el niño seguramente ignorará que el verdirrojo pito ibérico es pariente del célebre Pájaro Loco. En eso consistía nuestra misión, en tender un puente entre los animales de tinta (o de píxeles) y los que vuelan fuera del papel y las pantallas, fomentando el conocimiento científico, la concienciación ecológica y el desarrollo de valores cívicos. Esa era la esencia del proyecto AVECINAS y, más concretamente, el alto objetivo encomendado a GIECO.
Tras esta primera marabunta, quedó claro que nuestro enfoque era el correcto. Había que dar un baño de realidad ornitológica a los educandos, pero no podíamos desbaratar de un plumazo sus vivencias, modelos e ideas. Debíamos partir de ese océano mediatizado para arrimarlos a la balsa del compromiso medioambiental.
El segundo paso en esta travesía nos llevaba a introducir la diferencia entre los pájaros de los relatos y los de carne y hueso. Unos hablan y enseñan; otros cantan, surcan los aires y se ocupan de sus asuntos. Era crucial que asimilasen que la fauna, fuera de los cuentos, tiene familia y metas propias; que no están ahí para entretener, para servir o para endulzarnos el día con sus gorjeos, sino que poseen vidas autónomas, únicas y valiosas. Lo formulamos mediante una cuestión incisiva: “¿Los animales de las historias hacen lo mismo que los animales de verdad?”.
Una catarata de “yos” más tarde, llegamos a la enjundia del programa. He ahí otro escollo o —más bien— un choque con las expectativas del investigador recién aterrizado en la primaria: en nuestras aulas, mataríamos por obtener una ínfima parte de ese nivel de implicación. Allí, en cambio, interrogantes que debían resultar dinamizadores disparaban réplicas no siempre certeras, puntualmente digresivas o en exceso prolijas. De ahí extraje una lección muy importante: había que progresar a buen paso, sin desvíos, sin detenerse. De hecho, a veces el vocerío era tan intenso que para reanudar la sesión me veía obligado a menear una campanilla con la energía del fraile que llama a maitines.
Hecho este repaso, examinamos el primer fragmento de un poema de Gloria Fuertes: “El pájaro”:
El pájaro canta
aunque no tenga escuela,
aunque no tenga partitura
ni profesor de música.
Canta porque tiene
el corazón contento
o porque el aire le cosquillea
las alas y el pico.
Canta porque sí,
porque está vivo.
A continuación, lanzamos estas dos preguntas a nuestro público:
¿Canta porque está contento?
¿Tiene profesor de música?
Muchos opinaban que sí, que estaban felices de transitar los vientos; otros parecían más cautelosos. El desmontaje corrió de nuestra cuenta: les dije que la autora estaba proyectando sus sentimientos en las aves en un alarde de antropomorfismo; que quien sentía alborozo al verlos era ella, que los pájaros andaban a lo suyo y que descifrar sus emociones no era una empresa trivial. Hubo quien objetó mi aclaración aferrándose a que podían experimentar alegría de todos modos. En ese momento tuve que transmutarme en diplomático y concederle estratégicamente que aquella era una posibilidad de tantas. ¡De poco sirve que el profesor pierda la compostura! La letra no entra con sangre ni con decibelios —o eso defiendo yo—, sino con una generosa aplicación de mano izquierda.
En cuanto al segundo interrogante, agradecí el apoyo de Manuel Andrés Moreno (nuestro biólogo infiltrado), quien ayudó a explicarles —entre otras muchas precisiones técnicas repletas de amenidad y erudición— la mezcla entre instinto e instrucción paternal que imprime su sello en las tonadas de las aves: una píldora zoológica para estimular la lectura crítica, atenta a tendencias humanizadoras y sesgos antropocéntricos.
El siguiente jalón del recorrido no era un escrito, sino un vídeo de YouTube que dramatizaba cierta fábula de La Fontaine (una que, en puridad, procedía de Esopo): “El zorro y el cuervo”. Facilito el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=0KrySmDhj68
En otros sitios he censurado el uso de los productos audiovisuales en calidad de anzuelo con el que pescar el evanescente interés del estudiantado. Tal práctica no solo promueve una modernización artificial, sino que degrada —a través de su instrumentalización— los méritos de la cinta, corto o videojuego empleados. Hay que reconocer, sin embargo, que resultan tremendamente efectivos y que proporcionan un respiro necesario a un docente cansado de lidiar con interrupciones y comentarios casi constantes.
El vídeo de arriba utiliza un tono humorístico e infantil. Constituye, así, un documento paradigmático para estudiar el antropomorfismo. Por eso lo escogimos. Por eso y por su condición de clásico. Trasladamos estas dudas al aula:
¿Por qué el cuervo pierde el queso?
¿Por qué los animales de las fábulas hablan y se comportan como personas?
La primera conduce a la segunda: el raposo se aprovecha de su vanidad. Pero esa es una cualidad humana que nosotros atribuimos a los animales de los textos, no un rasgo genuinamente suyo. A todos se les antojó obvia esa conclusión: los apólogos son archivos de patrañas, no sucesos que acontecieron de verdad. ¿Por qué se narran? Para transmitir una moraleja, una doctrina a las personas. Era fundamental que entendiesen eso: que la literatura no presenta a las aves —y, por extensión, a las bestias— como verdaderamente son, sino como a nuestra especie le conviene que sean.
Nos avecinábamos al cierre de nuestro módulo y tocaba saltar a uno de mis vates favoritos: Catulo. Sus estrofas dejan un regusto lloroso, salado, en el paladar. Sospechaba que podían atragantarse con las referencias cultas al Hades, así que no me quedó otro remedio que traicionar los versos del veronés y cristianizar su inframundo. Con todo, la jugada salió bien. He aquí el trozo que reprodujimos:
Ha muerto el pajarito de mi amada,
el gorrión, delicia de mi amada,
a quien quería más que a sus propios ojos:
era dulce como la miel, conocía a su
dueña como una hija a su madre
y no se separaba de su regazo,
sino que, saltando de aquí para allá,
solamente a su dueña continuamente piaba.
Ahora va por un camino tenebroso
hacia un lugar de donde, dicen, nadie regresa.
¡Enhoramala vosotras, malditas tinieblas
del Infierno, que devoráis todas las cosas bellas:
me habéis robado tan bello pajarito!
¡Qué desgracia, que ahora por tu culpa,
pobre gorrión, los ojos de mi amada
estén rojos e hinchados de llorar!
El interrogante que esbozamos era muy abierto, reflexivo e ideal para clausurar la sesión: “¿Por qué queremos a los animales?”. Por la compañía que nos brindan, por el cariño que semejan profesarnos, porque resultan agradables al oído y a la vista… Profirieron razones abundantes y muy legítimas, todas de un jaez similar a las anteriores.
Me suponía ya a salvo de la metralleta de “yoes” cuando, por efecto de las complicaciones arriba aludidas, me vi forzado a permanecer en escena y a improvisar una nueva batería de preguntas: indagué por sus mascotas, si creían que Catulo añoraba al pardal o si solo se afligía por su amada Lesbia, etcétera. Aun así, la clase ya había durado unos tres cuartos de hora: ¡cerca del doble de lo que originalmente estimábamos! Nuestro diseño (o, si no, mi ejecución) no contemplaba que se involucrasen de aquella manera.
La ingenuidad pudo haberme costado cara y, como de todo se aprende, hago constar aquí mi error para desengaño de otros.
Y, hablando de picardías, incluyo una demostración de cómo transformar un descuido en elemento pedagógico. Las diapositivas que proyectamos incorporaban imágenes. Entre ellas, a propósito del gorrión, figuraba esta:
Evidentemente, se trata de un petirrojo. Habíamos patinado. Además, teníamos que rascar unos minutos mientras nuestras colegas aparecían para impartir su bloque. ¿Mi estrategia? Una vieja maniobra que me ha granjeado muchas sonrisas cómplices en la universidad. Les provoqué así: “no os habéis dado cuenta, pero os hemos tendido una trampa con la foto”. Mis recuerdos de aquel instante ya se han difuminado, aunque quiero sospechar que alguien se percató del desliz. No hay que subestimar la inteligencia de los jóvenes…
Pensar, Imaginar y Observar: PIO. Aquella tríada era la consigna que inspiraba nuestra intervención: pensar en exponentes reales y ficticios, imaginar cómo se podrían sentir los pájaros y, luego, observarlos en el Parque del Retiro.
Apenas nada añadiré del tercer apéndice, una excursión salpicada de peticiones del estilo de “¿puedo subirme a esa fuente?” y de tragedias tan dramáticas como “se me ha roto el boli”. Por medio de la aplicación Merlin identificamos mirlos, ánades, cotorras… Las apuntaron en sus libretas y, al terminar, las dibujaron. En mí habita la esperanza de que aquella operación permitiese que alguna especie local —más allá de los coloridos pavos reales, huéspedes de honor en nuestras tierras— quedase grabada en su memoria.
Cabe desear que nuestro pío literario dejara, asimismo, un pequeño eco para la reflexión.
Bibliografía recomendada
Ardoin, Nicole M.; Bowers, Alison W., y Gaillard, Estelle (2020): “Environmental Education Outcomes for Conservation: A Systematic Review”. Biological Conservation, 241, 108224.
Benavot, Aaron, y McKenzie, Marcia (2026): Climate Change and Sustainability in Science and Social Science Primary School Curricula. París: UNESCO.
Chawla, Louise (2020): “Childhood Nature Connection and Constructive Hope: A Review of Research on Connecting with Nature and Coping with Environmental Loss”. People and Nature, 2, pp. 619-642. DOI: 10.1002/pan3.10128.
Cornell Lab of Ornithology (s. f.): Merlin Bird ID.
Dobrin, Sidney I., y Kidd, Kenneth B. (eds.) (2004): Wild Things: Children’s Culture and Ecocriticism. Detroit: Wayne State University Press.
Flys Junquera, Carmen; Marrero Henríquez, José Manuel, y Barella Vigal, Julia (eds.) (2010): Ecocríticas: literatura y medio ambiente. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.
Heise, Ursula K.; Christensen, Jon, y Niemann, Michelle (eds.) (2017): The Routledge Companion to the Environmental Humanities. Londres/Nueva York: Routledge.
Martín Junquera, Imelda, y Flys Junquera, Carmen (eds.) (2025): Ecocríticas 2: evolución y nuevos enfoques. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y UNESCO (1975): La Carta de Belgrado: un marco general para la educación ambiental.
Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego anónimo catalán Historia interesán de un grandiós elefán, de finales del siglo XIX o inicios del XX.
Se trata de una composición popular, de marcado acento satírico, concebida como relación fabulosa de las aventuras de un elefante desde su nacimiento hasta que llegó a la ciudad condal. El texto encadena hipérboles con humor escatológico y disparates geográficos propios de cierta rama de la literatura de cordel. Nuestro animal es descrito con dimensiones monstruosas, lucha contra fieras, atraviesa bosques y mares, visita Montevideo, hunde embarcaciones y acaba sus días siendo exhibido en el Parque de la Ciudadela. Algunos incidentes parecen remitir a la trayectoria de paquidermos célebres como Pizarro; otros apuntan al “Abuelo” —en realidad, una hembra—, probiscidio residente del Zoo de Barcelona entre 1892 y 1914. La vena grotesca del pliego transformó, así, un trasfondo reconocible en una biografía falsificada y caricaturesca.
Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Facilito al final un glosario con los términos más complejos.
Criterios de traducción:
Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.
Mucho se ha hablado sobre la atemporalidad de las enseñanzas de la fábula. En realidad, lo que permanece y se recuerda no es el contenido ético, sino la más sabrosa sustancia literaria: la anécdota, que luego se rodea de interpretaciones, significados y valoraciones no siempre coincidentes. Viene siendo así desde siempre: cuentos, apólogos y refranes se han transferido materiales a través de vasos comunicantes, aunque cada género —y cada narrador— los usa como le conviene.
Sería ingenuo suponer que, en miles de años, desde Esopo (y antes), no ha cambiado nada. Pero no hace falta desplazarse tan lejos: basta volver la vista hacia Samaniego para darnos cuenta de que la fábula no es un tejido regular y liso, un archivo coherente de certezas morales, sino un campo de batalla en el que pugnan ideologías coetáneas con trazas fósiles astilladas en la boca del relato.
A propósito de las relaciones entre humanos y animales, sucede exactamente lo mismo. Un mismo autor puede defender ideas dispares, aparentemente contrarias, sin percatarse o sin preocuparse (quizá) de que alguien note dicha contradicción. Por eso el alavés, en algunos textos, critica la glotonería carnicera y la ingratitud hacia la fauna que acompaña al hombre, en tanto que en otros le niega la igualdad de derechos y la enjuicia con arreglo a una vara de medir muy distinta.
Como botón de muestra, leamos la fábula “El gato y el cazador”:
Cierto Gato, en poblado descontento,
Por mejorar sin duda su destino
(Que no sería Gato de convento),
Pasó de ciudadano a campesino.
Metióse santamente
Dentro de una covacha, mas no lejos
De un gran soto poblado de conejos.
Considere el lector piadosamente
Si el novel ermitaño
Probaría la yerba en todo el año.
Lo mejor de la caza devoraba,
Haciendo mil excesos;
Mas al fin, por el rastro que dejaba
De plumas y de huesos,
Un Cazador lo advierte; le persigue,
Arma trampas y redes con tal maña,
Que al instante consigue
Atrapar la carnívora alimaña.
Llégase el Cazador al prisionero;
Quiere darle la muerte;
El animal le dice: «Caballero,
Duélase de la suerte
De un triste pobrecito,
Metido en la prisión, y sin delito.»
«¿Sin delito, me dices,
Cuando sé que tus uñas y tus dientes
Devoran infinitos inocentes?»
«Señor, eran conejos y perdices,
Y yo no hacía más, a fe de Gato,
Que lo que ustedes hacen en el plato.»
«Ea, pícaro, muere;
Que tu mala razón no satisface.»
Con que sea la cosa que se fuere,
¿La podrá usted hacer, si otro la hace?
El protagonista es un gato asilvestrado, un felino escapado del domicilio, y ya desde el principio Samaniego lo convierte en blanco de varias burlas: “no sería gato de convento”, porque los gatos que mantenían los religiosos para comerse las ratas en las iglesias estaban —como sus dueños— bien alimentados (¿anida aquí, quizá, una pequeña puya anticlerical?); y “Si el novel ermitaño / Probaría la yerba en todo el año”, una acusación de desviarse de los principios de una vida de abstinencia.
No quiso ver, desconocía o no le importaba que la dieta de estos mamíferos se compusiese exclusivamente de carne. El pequeño animal se justifica argumentando que ambos compartían las mismas predilecciones gastronómicas y que los crímenes que había cometido eran leves (porque no mataba personas, sino “conejos y perdices”), pero sus razones no alcanzan a conmover al venador que lo había apresado para eliminarlo. A fin de cuentas, le estaba arrebatando las piezas; a sus ojos —y a ojos de la sociedad— ese era su delito, a despecho de que lo disfrazasen de vaporosas “fechorías” contra los supuestos inocentes (¡como si nuestra especie no las hubiese cometido mucho peores!).
La voz del autor se escucha con nitidez en la moraleja: “¿La podrá usted hacer, si otro la hace?”. La lección parece irrebatible: que los demás obren mal no nos autoriza a hacer lo propio. Ahora bien, el ejemplo no acierta: deviene antropocéntrico e incongruente: evita reprocharle al cazador un acto hipócrita; esto es, pasa de puntillas sobre su sentencia con una afirmación muy general y le escamotea al lector —ya convencido de que el gato tiene los días contados— el escarmiento de un pícaro igual o peor que él.
A lo mejor en el fondo era consciente de que el hombre merecía el rapapolvo, pero prefirió hacer oídos sordos. Era lo más tranquilizador. Buena parte de la teología, las ciencias naturales de la época y la visión popular del mundo situaban a la humanidad en un peldaño superior. Disculparse habría sonado innecesario y aun sospechoso.
He ahí una grieta transparente en la lógica del alavés: la modestísima protesta del felino se concibe, es transcrita, incomoda (tal vez), aunque irremediablemente cae en saco roto.
Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Canso nova y divertida del gabacho y el monito.
Se trata de una composición popular que sigue las desventuras de un tipo cómico: un organillero de otro país que exhibe una mona amaestrada por las calles e intenta desesperadamente conquistar a una tabernera. El atractivo del pliego reside no tanto en la acción como en la lengua misma: una mezcla macarrónica de castellano y catalán con deformaciones del francés y del italiano. Este dialecto híbrido caracteriza al protagonista como artista ambulante, músico callejero y figura excéntrica, blanco de las mofas de una sociedad xenófoba que lo juzga —con un doble rasero moral— en función de cuánto dinero posea.
Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Al final facilito un glosario con los términos más complejos.
Criterios de traducción:
Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes. Se ha decidido mantener algunas voces macarrónicas para conservar el sabor del texto.
Yo, tocando un grosso órgano, haciendo bailar a la mona, divierto a tutta la chiente y los sous me sé ganar. ¡Ea, señores, venidlo a ver, que tiene el mono molto saber! Es muy vivo para trabajar, y muy ligero para bailar.
II
Sabe bailar molta polca, cargar y disparar el fusil, y tocar las variaciones del concierto de violín. ¡Verán, siñores!… —¡Monito!… ¡alón!… ¡Al hombro!… ¡carguen a discreción! ¡Sacarranundi! ¡Prepar…! ¡apun…! ¡Apun…! ¡Carajo!… ¡Fuego!… ¡Pim! ¡Pum!
III
¡Ea! Un real, señoritas, por el mono tan sabido, que yo ando buscando el archán, y en el mundo el archán lo hace todo. Y senza bolsa, si quiero comer, todos dicen: «¡No compre pan!» Pero si yo llevo algún dinero, las niñas dicen: «¡Qué buen messié!».
IV
Yo estoy muy enamorado y me muero de pasión por la bella tabernera que me vende la ración. Y yo le digo: “Casarte conmigo quiero, y en matrimonio tener garçons”; y ella responde: “¡Marcha, gabacho! Tienes mala facha para ser amado”.
V
Al matin del otro día, yo paré a comer la sopa y le di a la tabernera un abrazo muy fuerte. Ella llevaba un grosso plato, lleno de sopas que había pedido. Con mucha risa, ¡futro!, tiré todas las sopas sobre mi cogote.
VI
Cuando toco por las calles, siguen los petits garçons; y me dicen: “¡Gabacho! ¡puerco!”. Y yo digo: “¡A futre! ¡alón!”. Y todos corren como un relámpago, y yo con la mona busco el archán, para que se rinda ante tantos sous la tabernera de mi corazón.
Se hallará de venta en casa de los sucesores de Antonio Bosch, calle del Bou de la Plaza Nueva, núm. 13, tienda.
Barcelona.—Imprenta Peninsular, Asalto, núm. 69.
GLOSARIO
Alón: deformación macarrónica del francés allons (‘vamos’).
Archán: dinero; voz macarrónica relacionada con el francés argent (‘plata’, ‘dinero’).
Futre / futro: deformaciones macarrónicas del francés foutre, voz vulgar empleada como interjección o taco.
Gabacho: denominación aplicada a los franceses.
Garçons / petits garçons: del francés garçons (‘muchachos’) y petits garçons (‘niños’, ‘muchachos pequeños’).
Grosso: forma italianizante por ‘grande’.
Matin: del francés matin (‘mañana’).
Messié: deformación macarrónica del francés monsieur (‘señor’).
Molto: italianismo por ‘mucho’.
No compre pan: deformación macarrónica del francés ne comprends pas (‘no entiendo’), cruzada cómicamente con “pan” en un contexto de hambre.
Sacarranundi: voz macarrónica de sentido incierto.
Senza: italianismo por ‘sin’.
Sous: moneda francesa de escaso valor; por extensión, dinero.
Tutta la chiente: por ‘toda la gente’, con italianismo en tutta y deformación macarrónica de ‘gente’ en chiente.