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Chorlitos curativos y “caladrios” desdeñosos: la evolución de un mito zoológico (II)

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.

Llega la hora de caminar sobre nuestras pisadas tras las tímidas huellas del chorlito, ave mirífica que curaba con la vista conforme a viejas habladurías venidas probablemente de la India y transmutadas en el matraz del folclore grecorromano, al calor de supersticiones y de las teorías científicas al uso.

Al Charadrius todavía le aguardaba otra operación alquímica: sublimarse contaminado de la radiación cristiana que todo lo verticaliza. Veamos un pasaje revelador de la edición latina del Fisiólogo (versión B; siglos IV-X) debida a Villar Vidal y Docampo Álvarez:

El Fisiólogo dice de él que es enteramente blanco, que no tiene parte alguna negra; su excremento no expulsado cura los ojos entelados. Se encuentra en los atrios de los reyes. Y si alguien está enfermo, por medio del caladrio se sabe si vivirá o morirá, pues si el hombre está enfermo de muerte, en cuanto el caladrio ve al enfermo aparta de él la mirada, y todos saben que va a morir; pero si su enfermedad no es de muerte, el caladrio lo mira fijamente y asume sobre sí todas sus enfermedades, y vuela por los aires hacia el sol y las quema y las dispersa, y el enfermo se cura.

Pues bien, el caladrio representa la persona de nuestro Salvador: es totalmente blanco nuestro Señor, sin mancha alguna […]. Y cuando desde su excelso cielo se dirigió al pueblo enfermo de los judíos, apartó su rostro de ellos a causa de su incredulidad; se volvió hacia nosotros los gentiles cargando con nuestras enfermedades; y, llevando sobre sí nuestros pecados, fue exaltado en el leño de la cruz. Ascendiendo, pues, a las alturas, llevó cautiva la cautividad, dio sus dones a los hombres.

Esta interpretación tan finamente articulada funcionaba como una máquina sensacionalista de propaganda religiosa, amén de ejemplo meridiano de una lectura centrípeta (o, como a mí me gusta denominarla, de una “hermenéutica de la torcedura”): el pensamiento opera por analogías, alegorías y parábolas, revive el mecanismo de la magia simpática y busca semejanzas peregrinas para sostener una tesis dada de antemano. Como las aguas de un remolino, que tienden a girar siempre en la misma dirección, aquí todo desemboca en un escenario doctrinal que admite escasas fisuras.

Pero posémonos de nuevo sobre el hombro de nuestra pequeña criatura limícola. En esta traducción su identidad ha quedado totalmente desvanecida: el “caladrio”, degenerado en su etimología, no es ya un pájaro real, sino un símbolo; sus plumas se han teñido de nieve, contagiadas de una pureza sagrada que jamás pidió; ahora asiste a la monarquía y se reserva el derecho de despreciar a quien le plazca, conforme a un arbitrio inescrutable (¿un misterio divino?) que el exégeta no aclara, por más que lo insinúe. Así es, la evocación de Jesucristo dista de ser ingenua o síntoma exclusivo de un fervor exacerbado: igual que él repudiaba a los “apóstatas” que no reconocían su autoridad —de acuerdo con estas líneas—, de la misma guisa había de obrar el ave, permitiendo que languideciesen herejes e impíos.

El paralelismo entre ambos alcanza su cúspide con el vuelo del caladrio, depurado bajo la caricia urticante del astro rey, un resquicio pagano del que no tardó en apoderarse la Iglesia. El movimiento es idéntico: ambos ascienden; ambos superan la ordalía y regresan renovados; ambos purgan males ajenos. Y su despigmentación responde claramente a la misma lógica. Reparemos en algo curioso: pese a que da la sensación de que el tierno chorlito pervive degradado en este retrato, deviene una vez más víctima de nuestra manía óptica, pues sus excrementos remedian las cataratas y blanco es el color de los rayos luminosos que —según la extramisión— transmitían bendiciones o dolencias dependiendo de quien los despidiera.

El caladrio hizo fortuna en la iconografía de los bestiarios, progresivamente más despegado de su pariente zancudo. Reproduzco una sola imagen emblemática del manuscrito Harley MS 4751 (ca. 1230), propiedad de la British Library:

Esta ilustración que hoy contemplamos como una rareza de museo servía entonces para traer a los ojos de sus fascinados espectadores una lección moral que poco tenía de sutil: la carencia de fe corrompía el alma, los valores del individuo y hasta su cuerpo, merced a vínculos no erradicados entre la materialidad sucia y grosera de la carne y la perversión del espíritu. Una reducción tendenciosa que sigue vigente en nuestros cánones de belleza contemporáneos: si es bonito, es bueno; si es feo, lo condenamos a la iniquidad.

Mas ¿qué fue del modesto chorlito? ¿En qué rama el árbol crístico decidió asentar el nido? Y ¿cuál fue la suerte del impostor caladrio que —cual impenitente cuco— allanó su trono de paja y usurpó su legado? Lo descubriremos en la próxima (y última) huella de esta serie.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Chorlitos curativos y “caladrios” desdeñosos: la evolución de un mito zoológico (I)

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.

Hace tiempo me impuse como meta trazar la historia cultural de ciertos animales. Por aquel entonces consideraba que el summum de la erudición consistía en acumular miles de cuentos dispersos y ordenarlos en una serie con sentido; que aquellas caudalosas aguas sapienciales convergerían en un hallazgo mayor, que me abrirían las puertas a una lógica secreta que apenas si alcanzaba a vislumbrar.

No he perdido esa curiosidad ingenua y expansiva, aunque ya no me interesa reunir el repertorio más amplio, sino el más selecto, el mejor compuesto, aquel que transmite un mensaje; el que deja al descubierto una anomalía, una grieta que pocos podrían haber detectado. He ahí un nuevo horizonte en el que posar la vista, un punto infinitamente más lejano, abstracto y complejo que el que contempla el chorlito de la leyenda.

En su perseverante afán de construir una enciclopedia de las maravillas de la naturaleza, Eliano recogió el siguiente mito sobre esta diminuta ave limícola (cito desde la edición de Díaz-Regañón):

El chorlito tiene un don que, en manera alguna, es despreciable. En efecto, si una persona se ve invadida de ictericia y lo mira de hito en hito, aquél aguanta la mirada con la misma impavidez que si sintiera celos de ella, y esta mirada retadora cura la mencionada enfermedad de la persona.

Omitía o ignoraba —quizá porque la superstición corría antaño de boca en boca— que en otras versiones (Plinio) el pájaro estaba condenado a morir tras absorber la dolencia: una solución fatal, pero justificable desde la óptica de la transferencia infecciosa. Tampoco era consciente de que esta creencia probablemente vino de la India a través de la Ruta de la Seda, pues aparece en el Rigveda (1400-1100 a. C.). Allí se dice que ciertos volátiles amarillos actúan como recipientes —previo hechizo— del mal del enfermo de ictericia.

Si observamos esta ilustración del chorlito dorado (uno de los más comunes en la cuenca mediterránea) facilitada por SEO BirdLife, a lo mejor comenzaremos a atisbar por qué a este pequeño zancudo le tocó representar el papel de criatura salvífica:

Como habrá intuido el lector, lo más posible es que se deba a su coloración ocre. Aquellas cuatro rápidas líneas de Eliano, despachadas casi como si albergasen una certeza universal (ya que no menciona testigos, ni da la sensación de que dude de su veracidad), ocultaban un poso de magia simpática sánscrita: el charadrius sanaba la ictericia —caracterizada por el tono bilioso de la piel y de la esclerótica— por pura y dura similitud cromática.

Queda por resolver una pregunta que no se remonta a las referencias védicas: ¿por qué curaba por medio de la mirada? Puede acudirse, si se desea, a la práctica ancestral del mal de ojo o a las teorías seudocientíficas de la extramisión que defendieron filósofos griegos como Pitágoras y Platón: la idea de que los globos oculares despedían rayos. Dicha noción parecía bien asentada —acaso vulgarizada— en el trasfondo mítico y folclórico de la época; o tal vez fue esa otra vía la que obligó a vestir de galas intelectuales un bagaje popular. Si las gorgonas petrificaban echando un vistazo, el basilisco de mordida ponzoñosa fulminaba también así a sus víctimas.

Aquí se detiene esta primera huella centrada en las bondades del chorlito en la Antigüedad clásica. Nuestra búsqueda del rastro del charadrius continúa en el medievo, un momento especialmente fértil para el simbolismo faunístico en el que el pájaro cambia de plumaje, de nombre, de fe y asciende, además, varios peldaños en la jerarquía divina.

Dejaremos ese vuelo didáctico para otra ocasión. Nos “olemos” pronto.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

La lupofobia y el mito de la objetividad en la historia natural

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No es ningún secreto que no creo en la objetividad pura. La ciencia humana no queda libre de sesgos; de hecho, la defensa a capa y espada del rigor académico arroja no pocas preguntas sobre cómo se construye esa noción.

El empirismo, con su afán descriptivista y causal, ayudó a reorientar la percepción de los animales entre la aurora de la modernidad y el siglo XIX. Para entonces, naturalistas de Indias y zoólogos como Buffon comenzaban a tomar distancia de una interpretación netamente simbolista, avalada por un sistema epistemológico de marcada reverencia hacia las autoridades grecolatinas y cristianas: Aristóteles, Plinio, Isidoro de Sevilla… No obstante, ni siquiera esos amagos de experimentalismo emergente alcanzaron a ahogar el peso de la tradición, del interés económico y del utilitarismo humano; un legado de miedo, abuso y propaganda política, en el que no resulta fácil distinguir los regateos de quienes ostentaban el poder, siempre raudos para delegar sus culpas en otros más desprotegidos y menos audibles.

En este caso me estoy refiriendo al lobo. Pocas bestias hay más cargadas de significados peyorativos, más demonizadas y agraviadas que esta. ¿Injustamente? Dependiendo del ojo de quien mire. Al norte de España, en Asturias, me cuentan mis amigos que los agricultores evitan la iconografía lupina como si se erigiera en foco de infección. Responsabilizan a estas criaturas de los raptos del ganado, las envenenan, tienden trampas para aniquilarlas y algunos, incluso, exhiben sus cabezas colgadas de lo alto como trofeos macabros: un tributo a cierto modelo de masculinidad y un dardo disparado contra los gobiernos autonómicos.

Pero ¿de qué van a sustentarse estos carnívoros si los hábitats de sus presas se ven cada vez más fragmentados por las ciudades, carreteras y tierras de labranza? Y aunque no nos pusiéramos inmediatamente de su parte, si reconocemos que se trata de un problema complejo, ¿no bastaría con garantizar la salvaguarda de las reses —que, irónicamente, quizá más tarde devore una persona— y condenarlos al triste destino de la inanición? ¿Hacía falta burlarse, vejar sus cadáveres, pintar a su especie entera como la villana de una película en la que a nosotros se nos ha asignado el papel de héroes?

No será preciso que convoque a Caperucita ni que reviva a Félix Rodríguez de la Fuente para respaldar mis argumentos. Invito al lector a que se asome conmigo a un nuevo itinerario cultural a través de las láminas de una obra del Setecientos que mereció de manera temprana —y que mantuvo durante más de cien años— el calificativo indiscutible de clásico. Por supuesto, estoy aludiendo a la Historia natural de Buffon.

Nos fijaremos para ello en algunos de los grabados que acompañaron a sus ediciones. Observemos, primero, este publicado alrededor de 1837 y coloreado posteriormente a mano:

Dejando de lado la técnica, así como ciertas irregularidades anatómicas (e. g., el tamaño de las retinas y la forma de las pupilas de ambos especímenes), el dibujo se nos antojará revelador de la pedagogía antrozoológica de la época. La fauna salvaje —Canis lupus y Vulpes vulpes— no ha sido representada cazando por pintoresquismo ni por accidente: las entradas del conde recogían una amalgama de informaciones heterogéneas relativas a su dieta, costumbres, técnicas para capturarla, relación con el hombre y aun su sabor. La lógica compositiva de dichos manuales los arrima antes al género de la miscelánea, a la erudición exhibicionista de Eliano y a las forestas barrocas (dentro de una serie de parámetros geográficos y taxonómicos) que a nuestro concepto actual de enciclopedia animalística.

Tampoco se perdía de vista el componente didáctico. Así es, la fábula no muere con La Fontaine; resucita entre los mimbres buffonescos al calor de un cientificismo antropocéntrico y todavía especulativo, con arrebatos polímatas que no discernían entre la anécdota, el suceso maravilloso, la ficción engalanada de hecho veraz y el dato contrastado. Y cuando absolutamente todo estaba llamado a educar y entretener, hasta el más ínfimo trazo era susceptible de entenderse como la partícula de una cadena comunicativa que el receptor tenía que descifrar.

Aquí la moraleja queda clara. Lobo y zorro parecen sacados de un cuento esópico: uno engulle ovejas, el otro asalta gallineros. Las poses estatuarias, estáticas, que aparecen en otros compendios de su tiempo han sido descartadas en favor de una escena dinámica que transparenta la catadura ética de ambos depredadores. Los dos saquean y exterminan a los pobres súbditos que el hombre preserva para abastecerse de lana, huevos y carne. El raposo huye a la carrera del castigo que le aguarda; mientras tanto, el lobo —acaso más insolente— reta a quien contempla el grabado o lo vigila atento mientras destripa in situ al ovino. Ni retrocede ni se achanta; probablemente el artista era muy consciente de que así, colocado en esa pose, luciría peligroso y desafiante.

Constituían, a fin de cuentas, enemigos a abatir para la humanidad, porque esquilmaban las haciendas de latifundistas y pastores. Porque no se les ocurrió (o no quisieron barruntar) que, a lo mejor, nuestra especie había invadido sus territorios, que había reducido el censo de conejos y ciervos. Aquello no era relevante. Según la Scala Naturae, al hombre le correspondía una posición cimera, de privilegio, sobre los demás seres de la Creación. Ya había algunos que se planteaban con amargura —a veces parapetados tras las herramientas de la sátira— tal contradicción, impropiedad y asimetría. Pero considerar seriamente sus implicaciones incomodaba por aquellas fechas tanto o más que ahora.

Veamos otra ilustración fechada hacia 1880:

Me permitiré ser más conciso y enunciaré mi reparo vestido de interrogación: ¿qué necesidad había de incluir lo que semeja tratarse de una carcasa a los pies del cánido y de retorcerle el cuello en ese ángulo anómalo para que le muestre los dientes al espectador? Ninguna. Es más, su postura resulta antinatural: por un lado, el can encoge el cuerpo como si quisiese mantener a salvo sus órganos de una acometida lateral; simultáneamente, está arqueando la testuz y enseñando los colmillos como si fuese a pasar al ataque de un momento a otro. Más que una licencia artística, recuerda a un truco de montaje. Y uno poco logrado, a decir verdad.

El realismo gestual brilla —en definitiva— por su ausencia. He ahí otra dramatización que confirma estereotipos de lo más convenientes para conservar nuestro estatus de superioridad moral. Su efigie desborda lo estrictamente empírico para adentrarse en el apólogo pictórico: le loup deviene fiera sanguinaria y antropófaga, azote de los campos y los bosques. Su matanza quedaba, así, plenamente justificada.

El lobo no suponía una amenaza directa para nuestra seguridad, aunque su imagen terminó siendo eclipsada por la sombra de la perfidia, como se aprecia a continuación:

Para ser sincero, ignoro si esta última estampa proviene de la estirpe buffoniana o de otra fuente similar; ahora bien, comparte cuna decimonónica con las precedentes y refuerza una tesis progresivamente más tangible: el Canis lupus como asesino inmisericorde, como agresor de un tierno cervatillo que yace —¿finado, revolviéndose impotente?— bajo sus garras, como si hubiera sido transmutado en un delincuente que se atreve a exponer sus fauces tras haberse visto sorprendido en medio de un acto atroz.

El autor podría haber escogido como víctima a un ejemplar anciano, o haberlo retratado en convivencia con los miembros de su unidad familiar. La elección de la cría intensifica el morbo, acentúa el efecto sensacionalista y espeja mejor la idea que la cultura occidental había forjado de su especie: una criatura abyecta, voraz, despojada del parco atisbo de redención que podía ofrecerle el rol de alimentador de su camada. Y no porque se desconociera que actuaba en grupos —qué va—, sino porque (casi) nadie estaba dispuesto a concederle que sintiese cariño hacia los suyos. Porque el relato que habíamos levantado sobre ellos, el odio cocido a fuego lento durante milenios en el horno de la lengua y la literatura, se extinguiría de un soplido.

Una estrategia muy identificable —y demasiado humana— para escurrir el bulto y eludir el remordimiento que produciría en muchos la certeza de haber eliminado a unos animales que, en el fondo, no son tan diferentes de nosotros.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Samaniego y la (i)lógica moral de las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Mucho se ha hablado sobre la atemporalidad de las enseñanzas de la fábula. En realidad, lo que permanece y se recuerda no es el contenido ético, sino la más sabrosa sustancia literaria: la anécdota, que luego se rodea de interpretaciones, significados y valoraciones no siempre coincidentes. Viene siendo así desde siempre: cuentos, apólogos y refranes se han transferido materiales a través de vasos comunicantes, aunque cada género —y cada narrador— los usa como le conviene.

Sería ingenuo suponer que, en miles de años, desde Esopo (y antes), no ha cambiado nada. Pero no hace falta desplazarse tan lejos: basta volver la vista hacia Samaniego para darnos cuenta de que la fábula no es un tejido regular y liso, un archivo coherente de certezas morales, sino un campo de batalla en el que pugnan ideologías coetáneas con trazas fósiles astilladas en la boca del relato.

A propósito de las relaciones entre humanos y animales, sucede exactamente lo mismo. Un mismo autor puede defender ideas dispares, aparentemente contrarias, sin percatarse o sin preocuparse (quizá) de que alguien note dicha contradicción. Por eso el alavés, en algunos textos, critica la glotonería carnicera y la ingratitud hacia la fauna que acompaña al hombre, en tanto que en otros le niega la igualdad de derechos y la enjuicia con arreglo a una vara de medir muy distinta.

Como botón de muestra, leamos la fábula “El gato y el cazador”:

Cierto Gato, en poblado descontento,

Por mejorar sin duda su destino

(Que no sería Gato de convento),

Pasó de ciudadano a campesino.

Metióse santamente

Dentro de una covacha, mas no lejos

De un gran soto poblado de conejos.

Considere el lector piadosamente

Si el novel ermitaño

Probaría la yerba en todo el año.

Lo mejor de la caza devoraba,

Haciendo mil excesos;

Mas al fin, por el rastro que dejaba

De plumas y de huesos,

Un Cazador lo advierte; le persigue,

Arma trampas y redes con tal maña,

Que al instante consigue

Atrapar la carnívora alimaña.

Llégase el Cazador al prisionero;

Quiere darle la muerte;

El animal le dice: «Caballero,

Duélase de la suerte

De un triste pobrecito,

Metido en la prisión, y sin delito.»

«¿Sin delito, me dices,

Cuando sé que tus uñas y tus dientes

Devoran infinitos inocentes?»

«Señor, eran conejos y perdices,

Y yo no hacía más, a fe de Gato,

Que lo que ustedes hacen en el plato.»

«Ea, pícaro, muere;

Que tu mala razón no satisface.»

Con que sea la cosa que se fuere,

¿La podrá usted hacer, si otro la hace?

El protagonista es un gato asilvestrado, un felino escapado del domicilio, y ya desde el principio Samaniego lo convierte en blanco de varias burlas: “no sería gato de convento”, porque los gatos que mantenían los religiosos para comerse las ratas en las iglesias estaban —como sus dueños— bien alimentados (¿anida aquí, quizá, una pequeña puya anticlerical?); y “Si el novel ermitaño / Probaría la yerba en todo el año”, una acusación de desviarse de los principios de una vida de abstinencia.

No quiso ver, desconocía o no le importaba que la dieta de estos mamíferos se compusiese exclusivamente de carne. El pequeño animal se justifica argumentando que ambos compartían las mismas predilecciones gastronómicas y que los crímenes que había cometido eran leves (porque no mataba personas, sino “conejos y perdices”), pero sus razones no alcanzan a conmover al venador que lo había apresado para eliminarlo. A fin de cuentas, le estaba arrebatando las piezas; a sus ojos —y a ojos de la sociedad— ese era su delito, a despecho de que lo disfrazasen de vaporosas “fechorías” contra los supuestos inocentes (¡como si nuestra especie no las hubiese cometido mucho peores!).

La voz del autor se escucha con nitidez en la moraleja: “¿La podrá usted hacer, si otro la hace?”. La lección parece irrebatible: que los demás obren mal no nos autoriza a hacer lo propio. Ahora bien, el ejemplo no acierta: deviene antropocéntrico e incongruente: evita reprocharle al cazador un acto hipócrita; esto es, pasa de puntillas sobre su sentencia con una afirmación muy general y le escamotea al lector —ya convencido de que el gato tiene los días contados— el escarmiento de un pícaro igual o peor que él.

A lo mejor en el fondo era consciente de que el hombre merecía el rapapolvo, pero prefirió hacer oídos sordos. Era lo más tranquilizador. Buena parte de la teología, las ciencias naturales de la época y la visión popular del mundo situaban a la humanidad en un peldaño superior. Disculparse habría sonado innecesario y aun sospechoso.

He ahí una grieta transparente en la lógica del alavés: la modestísima protesta del felino se concibe, es transcrita, incomoda (tal vez), aunque irremediablemente cae en saco roto.

Aquel no era país para gatos salvajes…

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

El Edén o la nostalgia de la armonía universal

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

¿Cuántas veces no echamos la vista atrás con las gafas rosadas de la añoranza? Evocamos recuerdos infantiles, juegos, mañanas luminosas en la playa o en el campo, rodeados de parientes, amigos, peluches (¡quizá!), sin un lunar que afee un pasado lejano e idealizado. Nuestros tutores nos protegían, cada día era una aventura y cada pequeño aprendizaje se sentía tanto un salto al abismo como un logro descomunal.

La mitología y las religiones han codificado en sus genes un espacio muy similar a este. La Edad de Oro de los griegos no distaba de tal ensueño; e incluso los gentiles prados de la Arcadia eran arrullados por una brisa que transportaba en sus vahídos semillas de nostalgia. Resulta asombroso cuán a menudo la cronología de la humanidad y la humilde biografía del individuo contemporáneo se abrazan, cómo la despreocupación de la niñez entronca en la cultura con formas, paisajes e ideas antiguas.

Pero abundan los problemas en el paraíso: por el sistema circulatorio de estas figuraciones de la concordia universal corren prejuicios, afanes, pérdidas irreparables e inseguridades silenciosas. Lo demostraré por medio de tres obras visuales, en un trayecto comparativo que alumbrará una zona poco soleada del imaginario cristiano.

Asomémonos primero al Edén netamente medieval de El Jardín de las Delicias (ca. 1500), el célebre tríptico del Bosco que hoy custodia el Museo del Prado. Sus paneles cuentan una historia amarga, satírica y fatalista. Me fijaré en el de la izquierda, que es el que cubre la génesis del hombre y la mujer:

La tabla está colmada de detalles y rebosa un simbolismo que los especialistas siguen debatiendo medio milenio después de su concepción. No pretendo desentrañarlo en escasos minutos; mis ambiciones son infinitamente más modestas. Quiero que reparemos en algunos elementos que desnudan la mirada del Bosco —y, con él, de una parte de la iconografía occidental— sobre el Edén.

Aunque Eva, Adán y Dios ocupan una posición delantera, en su corazón se ubica una extraña estructura vertical: una fuente que se eleva hasta el cielo y que contiene un orbe (¿una alusión al globo terrestre de las puertas del tríptico?) en cuyo seno anida un ave nocturna (¿un búho?), oculta, apenas visible desde la distancia. Un indicio inquietante, al que habría que sumar reptiles (culebras, lagartijas), anfibios (ranas) y mamíferos marinos (una foca) que brotan de las aguas para macular con su negrura el vergel divino.

Estas señales permiten entrever intuiciones fértiles. El Bosco pone a nuestra especie más cerca del espectador, pero la clave de su cosmología la transmite ese núcleo parasitado por una rapaz: un presagio funesto. La imagen anticipa, así, el pecado que irá cristalizando en los otros dos lienzos. Sus sabandijas, minúsculas y repugnantes, emergen de un pozo insondable, misterioso, situado fuera del dominio humano, garantizando —a la par— la coherencia narrativa entre todos los miembros de la secuencia.

El mal acecha a Adán y Eva. El pacífico Edén, jardín del Señor, sufre la plaga de la depredación: el gato (¿o jineta?) captura un ratón; dos aves de fantasía picotean el cadáver de un sapo; un león devora un ciervo… Palpitan aquí presentimientos y asociaciones sugerentes que no exploraré con exhaustividad: lo bestial como síntoma de perversión, fieras míticas o ficticias (el unicornio, híbridos inauditos) codeándose con conejos, osos, cisnes, jirafas… La fauna no integra —ahora bien— un catálogo naturalista: son teselas de un mosaico alegórico, valiosas por lo que representan más allá de su hipotética existencia material.

Continúa tratándose de un Edén antropocéntrico, teológicamente racionalizado, providencial y punitivo, destinado a funcionar como universo microscópico. La amenaza del infierno se arrastra por sus márgenes para aterrorizar a quien lo contempla. Busca conmover, pero también convencer de que la devoción católica es el único remedio eficaz contra la condena. Cada componente del cuadro impone esa lectura.

Apenas un siglo más tarde, Jan Brueghel el Viejo firmó La tentación en el Jardín del Edén (ca. 1600). Cotejémoslo:

Los cambios se perciben casi de inmediato: cuesta localizar a Adán y a Eva —escondidos y desenfocados— en una estampa protagonizada por los animales. Pero ¿qué animales? Ahí radica la enjundia de esta lámina: criaturas domésticas europeas (caballos, perros, cerdos, bóvidos…), carnívoros, omnívoros y herbívoros de los viejos continentes (ciervos, ánades, leopardos, cisnes, búhos, avutardas, lemmings, hipopótamos…) y otros exóticos venidos de América (guacamayos, micos, tucanes, pingüinos…).

Brueghel coloca el acento en la naturaleza: recrea con inimitable encanto, riqueza taxonómica, realismo pictórico y color exuberante un repertorio de especies que parece sacado de una enciclopedia o de una ménagerie. Poco se le puede reprochar a sus pinceladas: cuidadosas, reveladoras de una inmensa curiosidad botánica y zoológica, y precisas en los pormenores anatómicos; sobre todo para los volátiles y los mamíferos que se nutren de hierba. El modelo de cosmos que postula ha dado un paso hacia el empirismo, hacia la biología científica, y se halla a años luz del que manifiestaba el Jardín de las Delicias. El así llamado “descubrimiento de América” supuso un acontecimiento decisivo para este viraje, pues recuperó la maravilla y obligó a los occidentales a plantearse preguntas que, hasta la fecha, carecían de formulaciones firmes.

Pero seguía reflejando una jerarquía especista. Brueghel entendió el Edén como un vivero primigenio para la totalidad de la fauna y la flora del planeta, sin oponerse a la tesis de la concordia absoluta sostenida por la Biblia. Sin embargo, acaso sin proponérselo, había abierto una costura en el tejido del mito, por más que su educación cristiana lo impulsase a remendarla con el hilo de un mensaje expansionista, colonial, de vocación evangélica: las tierras del Oeste (y sus moradores) constituían parte de la Creación y, por consiguiente, tenían que someterse a las reglas dictadas por —y para— sus legítimos herederos.

Aquel paraíso en miniatura fue puesto de ese modo al servicio de la humanidad; y, más concretamente, de los fieles de la Iglesia romana. Por eso los predadores —leones, leopardos, perros, estrígidos…— se cuentan con los dedos de las manos en comparación con sus presas: porque la cultura no suele ser favorable a los animales que le disputan la caza al hombre.

Para el último eslabón de la cadena voy a regresar a los orígenes de este blog: al anime Wolf’s Rain (2003) de Tensai Okamura. Reproduzcamos un fragmento ya conocido:

El diseño de este “falso paraíso” se nos antojará sospechosamente familiar: hay un escenario idílico, vegetación ubérrima, un Adán (Kiba) y una Eva (Mew). El audiovisual pop ha desbaratado los linderos geográficos para que un lobo ártico (Kiba) y un caracal (Mew) coexistan con rebaños de bisontes y bandadas de patos en lo que semeja tratarse de un valle norteamericano enclavado entre las montañas. Pero que no nos engañe este revoltijo de referencias: la quimera de un Edén inmarcesible, a salvo de la matanza y el dolor, no ha abandonado este nuevo pliegue de una fábula con visos de inmortalidad.

Aún podríamos convocar a Jauja o discurrir por senderos y mitos mucho menos transitados, pero llega la hora de cerrar esta entrada. El antropocentrismo subsiste en las distintas iteraciones del Edén; no obstante, detenernos ahí sería una solución demasiado cómoda. Lanzo, por ello, una duda que aspiro a contestar algún día: ¿no reside en la inspiración de estos dibujos —incubado, latente— el anhelo íntimo de conectar con el prójimo animal; el deseo inconfesable, milenario, desequilibrado y todavía imperfecto —con dejes especistas— de una convivencia armoniosa?

Eso pienso yo. Aunque quizá no sea más que un arrebato de morriña.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Hacia una filosofía del peluche

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Para un investigador que ha dedicado años a examinar la fábula, el estigma de lo infantil se siente como el mosquito veraniego que te sobrevuela con avidez de sangre: lo escuchas zumbando junto a tu oído, no siempre lo percibes con claridad, pero intuyes que no anda lejos y que, en cuanto bajes la guardia, te hincará el aguijón sin remordimientos.

Cada vez se tolera más que un adulto disfrute de series de animación (ahora hay muchas repletas de violencia y sexo) o que invierta horas de su ocio en determinados videojuegos. No estaría tan bien visto que abrazase un peluche antes de dormir, que le pusiese nombre o que hablase con él, aunque lo hiciera desde la intimidad relativa de su habitación. Se le podría disculpar que acumulase estos objetos en calidad de rasgo excéntrico, bajo la lógica flexible del coleccionismo. En tal caso, acapararía bestezuelas de felpa como quien llena álbumes con sellos, estanterías con maquetas o mesas con figuritas de Warhammer.

Entre niños, en cambio, sí se admite. Se considera positivo y abundan los estudios psicológicos que lo demuestran: el peluche tranquiliza, aviva la fantasía y resulta confortable al tacto. También se han probado sus beneficios para las personas del espectro autista. La bibliografía sobre esta materia es profusa y no viene a cuento, de modo que se me permitirá omitirla para saltar al tema que me concierne hoy: la ontología del animal de felpa y su vínculo con el ser humano.

Retrocedamos a la fotografía que encabeza esta entrada. Es un oso Teddy de la empresa Steiff, llamada así en honor a su fundadora, Margaret Steiff, inventora del peluche. Aunque los orígenes de este clásico se remontan a una caricatura del presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, famoso cazador y conservacionista que se opuso a disparar a un oso negro herido por juzgarlo poco deportivo (o eso afirmaba él; ¿quién sabe si en realidad no experimentó una pizca de lástima?).

Una caricatura política más tarde, a un inmigrante ruso se le ocurrió diseñar el archiconocido modelo y comercializarlo bajo el nombre de Teddy en honor a Roosevelt, hipotético defensor de aquellas fieras desvalidas. Sobra decir que su hallazgo arrasó en ventas y acabó canonizando a esta especie como embajadora del reino peluchesco.

Hasta ahí la historia. No es preciso ser un genio para atisbar indicios de antropomorfismo neoténico en la configuración del “Teddy Bear”: brazos y piernas articulados como los nuestros, ausencia de la característica “chepa” del Ursus arctos y ojos como “espejos de azabache”, platerescos; así creo que los definiría mi querido Juan Ramón. Todo en él es dulce, suave, mórbido. No apesta a carroña y carece de colmillos y garras. Su existencia responde a los propósitos de hacer felices a los más pequeños, conseguir que se sientan acompañados y estimular su creatividad.

Muchos condenarían este (ab)uso de la fauna como algo ilegítimo o, quizá, como un mal menor, asumible en aras del bienestar emocional de nuestros retoños. Cierto es que falsea la naturaleza silvestre y que enmascara verdades incómodas, como la amenaza de la depredación y los conflictos éticos que subyacen al consumo de carne. Alimenta, asimismo, las utopías agricultoras que tan de moda se han puesto en series audiovisuales como la Granja de Zenón, en la LIJ y aun en los videojuegos del género cozy (e. g., Stardew Valley). Pero no se debe negar que nos acercan a animales que, de otra manera, solo habitarían nuestra imaginación o los zoológicos, o que serían víctimas perpetuas de los discursos de odio: temed al oso/lobo/tigre porque se come a las vacas/cabras/ovejas (que el hombre cuida para zampárselas él; aunque, curiosamente, eso nunca se explicita).

La culpa carnista abrasa las lenguas de los pedagogos. ¿Cómo le confiesas a tu hijo que el delicioso muslo aviar que le serviste en el almuerzo fue arrancado de la pata del primo del gallo Bartolito? He aquí una primera encrucijada moral.

Pero no quiero detenerme en un problema que ya he explorado en numerosas ocasiones. ¿Qué hay de los individuos maduros que conservan el apego hacia sus peluches, muñecas u otros juguetes que, según la sociedad, tendrían que haber abandonado hace décadas? Sospecho que algunos trasladan vicariamente esos sentimientos a sus vástagos y que reviven aprecios prohibidos bajo el pretexto del juego paternofilial.

¿Y quienes no somos padres ni madres a qué excusa nos aferramos? A ninguna: nuestras inclinaciones permanecen al desnudo y o bien decidimos sepultarlas en un hoyo profundo, donde nadie las encuentre, o bien las enarbolamos por bandera y nos arriesgamos a ser blanco de burlas.

Todavía subsiste una cuestión tanto o más delicada que esa: ¿qué tipo de relación forjamos con la fauna de carne y hueso a través de sus simulacros de felpa?

Por un lado, los hemos instrumentalizado y depurado de su animalidad. Por otro, hasta esta aproximación imperfecta puede nutrir nuestro imaginario y suscitar una sombra de empatía. Ello no implica —claro está— que los osos “no Teddys” sean nuestros amigos y que estén dispuestos a tomar el té con nosotros si un día nos cruzamos por el bosque. Eso sí, allana el camino. El peluche deviene, conforme a mi tesis, un potencial facilitador de la sensibilidad hacia otros seres vivos, especialmente cuando lo respalda una educación emocional de signo ecoanimalista.

¿Y qué hay de la persona talluda que se obstina en no desprenderse de dicha muleta, tierno “residuo” de la infancia? Nuevamente se trata de un asunto espinoso. Aparquemos lecturas psicologistas que, por su simplicidad o recurrencia tópica, no nos llevarían a buen puerto. Mi duda es otra: ¿no resuena en este “amor oscuro” un eco del cariño hacia las mascotas, una cierta fascinación por lo salvaje, por criaturas diferentes, así como un secreto anhelo de conexión con ellas?

La respuesta probablemente sea subjetiva y graduada, como el aleteo distante del tábano que nos acosa en las noches estivales.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 

Eliano y los delfines, o el mutualismo en las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…

A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.

En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.

¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.

Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:

Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.

Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.

¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.

Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.

Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.

Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

De arcadios y vacas caníbales

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los recuerdos ejercen un poderoso hechizo en la mente: cuando los vivimos en tiempo real, rara vez nos percatamos de su importancia. Meses o años más tarde, mientras repasamos el archivo de nuestra memoria, las huellas que no se han desvanecido adquieren el tinte rosado de la añoranza y el tono vagamente sentimental de lo bucólico.

La idea era magnífica: celebrar un seminario en pleno monte de León, en un pueblito perdido con evocaciones del Maienfeld de Heidi. Ponencias, amigos y rostros familiares, rutas por el bosque… El encuentro poseía los ingredientes necesarios para convertirse en una experiencia enriquecedora a todos los niveles. Lo que dicha receta no contemplaba era que un tropezón intruso se colaría en su estofado, fulminando de un repentino choque eléctrico las reminiscencias pastoriles que despertaba el lugar.

Sabía que el consumo de carne en el norte de España era alto. Lo he atestiguado en La Rioja, al pedir un sándwich vegetal que —para mi sorpresa— estaba adobado con atún. Con una inocencia pasmosa, el dependiente me aseguró que no llevaba carne y que, por tanto, era adecuado para mi régimen vegetariano. Yo le sonreí y rechacé el plato.

Los ociosos pastores de la Arcadia, una recua de cortesanos bajo disfraz, habrían turbado su ánimo ante un manjar compuesto de los dulces ruiseñores, las tórtolas y las ovejas que amenizaban sus devaneos amorosos. O quizá hubiesen esperado a que Virgilio y Garcilaso no anduvieran por allí trenzando versos para satisfacer sus apetitos carnívoros y regresar después con el estómago lleno y un nuevo motivo para digerir sus penas.

De lo que estoy convencido es de que a estos especialistas en el camuflaje y la doblez emocional les habría revuelto las tripas el cartel que aparece en portada. O tal vez lo hubiesen leído con el mecanicismo del filólogo que analiza las figuras literarias de un poema: personificación (reses antropomórficas) y una antítesis rayana en lo absurdo. ¿Cómo se traga —perdóneseme el juego de palabras— que estas vacas ataviadas de Hell Angels, transterradas y aquejadas de un desorden de alimentación severo, se zampen una hamburguesa en una cantina ibérica al son de Welcome to the Jungle?

A mí la imagen me supo tan artificial como un bocadillo de píxeles generado por la IA. Artificial y problemática. La dieta del ganado ha sido falseada para vendernos una hamburguesa, porque si hasta las vacas (las “donantes”) la disfrutan, ¿por qué no iba a hacer lo mismo un cliente humano?

Esto guarda relación con el concepto de “referente ausente” que acuñó Adams: vemos las rodajas de chorizo en el bocata, pero no las asociamos con la criatura de la que proceden. Tal desidentificación degenera en regodeo carnista y llega un paso más lejos: las víctimas del jifero, enloquecidas por un prompt oximorónico, nos convidan a que entremos en ese típico bar de moteros leonés para gozar juntos no de los cantos afligidos de los árcades, sino de los riffs de las guitarras de Guns N’ Roses a medida que extraemos el jugo de un filete.

Y yo me pregunto: ¿por qué sometemos a esta violencia visual a los animales? ¿No es suficiente con descuartizarlos, empaquetarlos y cocinarlos en la sartén o el horno? ¿También tenemos que despojarlos de su dignidad, de su naturaleza, para comercializar así otro descendiente de la larga y clownesca progenie del Big Mac? Y aclaro que esta reflexión no va dirigida contra nadie en concreto: contrasentidos como este se cuentan por miles en los supermercados y en la publicidad televisiva.

Seamos más conscientes de las morcillas que nos embuchan los medios. He ahí el deseo que estampo en esta entrada.

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Animales velados: trazas de “verdad” zoológica en la fábula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Discutir sobre la veracidad del relato fabulístico podría antojársenos un oxímoron. En español el término “fábula” denota una patraña, un cuento irreal sin asomos de certeza.

Existen, claro, matices. Nadie negará que la lealtad simbólica que se le atribuye al perro emana de su cercanía con el hombre, o que la fama que arrastra el lobo se debe a la depredación de las reses ovinas, lo que atenta contra los intereses humanos. En el apólogo son pocos los animales que traicionan su presunta esencia: no veremos fieras sirviendo motu proprio a nuestra especie ni al ganado emancipándose. Si lo hicieran, entraría en juego la pedagogía punitiva de este género y un agente externo los colocaría de inmediato en su lugar. En este ecosistema de papel ninguna criatura es capaz de impugnar los designios que pesan sobre ella desde la cuna: los raposos serán siempre astutos, los leones, regios y los pavos, vanidosos. Las desviaciones de la norma resultan tan infrecuentes como poco fructíferas.

Esta inmutabilidad ontológica perfila una cosmovisión según la cual los animales están condenados a ocupar un peldaño inferior en la Scala Naturae. No solo extraemos de ellos productos, nos lucramos con su trabajo y los utilizamos para propagar enseñanzas éticas, también los sometemos a una reducción semiótica que barre de un plumazo su singularidad para convertirlos en seres unidimensionales, representantes de un valor tipificado. Pero ¿yace algo bajo la epidermis de este utilitarismo feroz? ¿La vida salvaje es solo un pretexto para educar en civismo? ¿Subsisten trazas de autenticidad en su retrato?

Tomemos como ejemplo la fábula esópica de “El cuervo y el zorro”, reelaborada por La Fontaine, Samaniego y toda una pléyade de autores. Reproduzco el texto desde la edición de Bádenas de la Peña:

Un cuervo que había robado un trozo de carne se posó en un árbol. Y una zorra, que lo vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar sus proporciones y su belleza, le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. Pero al querer demostrar a la zorra que tenía voz, dejó caer la carne y se puso a dar grandes graznidos. Aquella se lanzó y después que arrebató la carne, dijo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser el rey de las aves”.

De aquí deduciremos dos obviedades: que ambas criaturas se nutren de carne y que las aves se posan en los árboles. No hacía falta ser Aristóteles o Plinio para llegar a estas conclusiones. Pero si enfocamos mejor nuestra lente, entresacaremos detalles no tan visibles para un lector preocupado por la moral. El zorro explota las debilidades del pájaro para obtener su premio y le ataca donde más le duele: en su apariencia y en el canto. Hoy el plumaje de los córvidos nos parece majestuoso, equivalente a un distinguido traje de frac; no obstante, no alcanzan a igualar a volátiles más coloridos, como el papagayo de la India, la abubilla o el martín pescador.

Este dato es más revelador de la mentalidad de quien compuso la pieza —y de la sociedad donde se gestó— que de un estudio minucioso sobre la fauna. Ahora bien, quien ideó el cuento no obraba desde la ignorancia zoológica: había oído el graznido desacompasado y ronco de los cuervos y decidió cebarse con ese rasgo. Su intención era avergonzar al animal y, para ello, necesitaba anclar su mofa a una característica real, que el narrador no explica, ya que se daba por evidente.

La adulación no habría funcionado con un ruiseñor ni con un mirlo, reputados de excelentes intérpretes. Solo un córvido, con su trino desasosegante, podría sucumbir ante semejante elogio en un contexto (no se olvide) plenamente antropomórfico.

¿Esta clase de matices transforman el apólogo en una crónica naturalista fiel? En absoluto. Sí demuestran que no existe una desconexión total entre la plausibilidad zoológica y la ficción en la fábula, que algunos pormenores conductuales no fueron pasados por alto por sus artífices y que la fauna apologística no es un mero recipiente a la espera de ser llenado.

En definitiva, la especie importa. Si no se corresponde con la visión del mundo que posee la comunidad de destino (basada tanto en creencias como en observaciones factuales), la historia entera se deshilacha.

Huellas en la tinta

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Amor a la fauna en el medievo: Francisco de Asís y el lobo de Gubbio

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

El género biográfico lleva miles de años estando de moda; al fin y al cabo, los humanos buscamos constantemente modelos que imitar. Algunos autores (Plutarco, sin ir más lejos) decidieron que lo más ventajoso sería recopilar las vidas de una galería de personajes ilustres para que pudiesen funcionar como ejemplos. Esta cuestión enlaza con el carácter presuntamente verdadero de tales relatos: una historia que porta el marchamo de lo auténtico activa las especulaciones, atrae a otro público y a veces vende más, porque traspasa el lindero bien delimitado de la ficción y presenta algo que les podría ocurrir al consumidor o a su vecino. De ahí que las películas y los libros “basados en hechos reales” resalten esta condición con letras gruesas en sus portadas.

Las hagiografías constituyen la versión religiosa del molde antedicho. Gozaron de amplia circulación durante largos siglos, sirviendo como instrumento para la irradiación de la doctrina cristiana. Y quizá nos sorprenda averiguar que los animales no estaban ausentes en ellas: a muchos santos se les atribuía el milagro de pacificar a bestias agrestes o a fauna doméstica enfurecida. Se afirmaba, así, el dominio del Dios cristiano —a través de sus ministros— sobre todos los seres de la Creación; esto es, era una confirmación de su autoridad sobre los hombres que, a la par, reforzaba el control (político, social y moral) de la Iglesia.

Se imaginará que muchas de estas proezas habían sido exageradas o eran, sencillamente, falsas. Incluso un viejo amigo nuestro —el león de Androcles— ingresó en el repositorio hagiográfico de la mano de Gerásimo y Jerónimo, en quienes se recicló la receta androcleana revestida de propaganda católica. No profundizaré en ellos ahora; eso sí, compilar y desgranar estos cuentos individualmente podría probarse un ejercicio productivo para indagar en la extensión del antropocentrismo. Hoy, no obstante, me fijaré en único testimonio extraordinario: la narración de Francisco de Asís y el lobo de Gubbio.

Al fundador de la orden franciscana se le ha concedido desde antiguo un amor singular por los animales, cristalizado en su Laudes Creaturarum, en su “sermón a las aves” y en otros actos salvíficos dirigidos a las criaturas más desvalidas: peces, corderos, alondras, liebres, gusanos… Por estos méritos fue declarado patrono de la ecología por Juan Pablo II en 1979. Notaremos, con todo, que su bondad tiende a inclinarse hacia la fauna herbívora o insectívora; es decir, la más inofensiva y obediente al hombre. Por eso el incidente del lobo de Gubbio resulta tan llamativo. Transcribo varios fragmentos desde la edición de Lázaro Iriarte:

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.

[…] San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. […]

—¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

—Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:

—Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesites mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. […]

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros.

Una lectura atenta de este episodio nos revelará rasgos curiosos: en primer lugar, el poverello se persigna antes de acercarse a la fiera para invocar la salvaguarda de Dios; segundamente, el cánido acata sus instrucciones sin poner pegas, hechizado por su poder divino; y, por último, el narrador usa el relato para realzar la gracia del Señor y la virtud de Francisco, no para predicar la concordia universal, a despecho de lo que hubiese deseado el santo.

Hasta aquí hemos ido observando lo que otros ya han visto. Estos aspectos nos permitirían calificar a Francisco de Asís como uno de los (muchos) santos domadores de bestias del medievo, un cliché reiterado hasta la saciedad en sus currículos. Ahora bien, la genealogía cultural —la comparación con otras leyendas similares— arroja un dato de interés: en ninguna hagiografía que yo conozca el agente de Dios firma una tregua con el animal amansado, casi siempre se limita a someterlo sin tener en cuenta sus necesidades alimenticias y sin disculpar sus atentados contra la economía del agricultor. No así Francisco, quien enseguida presupone que “por hambre has hecho el mal que has hecho”.

Milenios de violencia humana contra el Canis lupus justificados bajo la premisa de que se trataba de un ser diabólico antropófago (un mito fraudulento) y ladrón del ganado eran arrumbados de forma inesperada por aquel simple gesto de empatía. Y, además, superados simbólicamente por medio de un pacto que reconocía de manera abierta los requerimientos nutricionales del lobo. Un pacto consistente en un contrato oral con el pueblo italiano de Gubbio para que se le respetase hasta el final de sus días.

Deduciremos que esta gesta no refrendaba ni promovía —forzosamente— una hipotética sensibilidad hacia la vida salvaje entre los europeos de la Edad Media. El lobo ha seguido siendo un objetivo que abatir hasta hace escasas décadas. En la actualidad no se ha liberado de ese estigma: muchos anhelan diezmar sus poblaciones bajo la lógica de proteger el patrimonio de los granjeros. Asimismo, tal evento encajaba dentro de la óptica consuetudinaria de “lo maravilloso”: tenía por misión edificar, asombrar y deleitar, pero era considerado una excepción a la norma, algo irrepetible y, por consiguiente, único.

Reservo para otra ocasión el análisis del poema de Rubén Darío inspirado en esta “florecilla”. También me guardo el comentario de la abundante documentación visual que ha generado este capítulo de la hagiografía de Francisco. Concluyo este sucinto artículo con una prueba de la popularidad hodierna de este cuento. Junto a la capilla de Santa Maria della Vittoria, en Gubbio, se alza en el presente esta estatua:

Es —¿qué duda cabe?— un admirable tributo al santo. Aunque yace en él otra operación que transforma parcialmente el significado del suceso como consecuencia de una licencia artística respecto de la obra original: el cánido trepa aquí por el cuerpo de Francisco como si fuese un perro que asalta gozosamente a su amo para pedirle comida o para recibirlo en el hogar tras una dilatada ausencia. Sus manos se tocan y las miradas de ambos se encuentran mucho más cerca, lo que sugiere una mayor proximidad emocional y un posicionamiento ontológico más igualitario. Por el contrario, en la cromolitografía decimonónica que encabeza esta entrada el lobo no levanta la testa de la tierra y, desde esa postura sumisa, le ofrece al poverello la pata en señal de servidumbre.

En estas ocho centurias algo ha cambiado en el modo en que entendemos nuestra relación con los animales. Los parámetros de la domesticación continúan vigentes como horizonte de expectativas, pero el arte ya no enfatiza tanto la distancia entre humanos y no humanos. Un pequeño paso para nuestra especie y un gran salto para las demás…

Huellas en la tinta

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