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Chorlitos curativos y “caladrios” desdeñosos: la evolución de un mito zoológico (II)

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.

Llega la hora de caminar sobre nuestras pisadas tras las tímidas huellas del chorlito, ave mirífica que curaba con la vista conforme a viejas habladurías venidas probablemente de la India y transmutadas en el matraz del folclore grecorromano, al calor de supersticiones y de las teorías científicas al uso.

Al Charadrius todavía le aguardaba otra operación alquímica: sublimarse contaminado de la radiación cristiana que todo lo verticaliza. Veamos un pasaje revelador de la edición latina del Fisiólogo (versión B; siglos IV-X) debida a Villar Vidal y Docampo Álvarez:

El Fisiólogo dice de él que es enteramente blanco, que no tiene parte alguna negra; su excremento no expulsado cura los ojos entelados. Se encuentra en los atrios de los reyes. Y si alguien está enfermo, por medio del caladrio se sabe si vivirá o morirá, pues si el hombre está enfermo de muerte, en cuanto el caladrio ve al enfermo aparta de él la mirada, y todos saben que va a morir; pero si su enfermedad no es de muerte, el caladrio lo mira fijamente y asume sobre sí todas sus enfermedades, y vuela por los aires hacia el sol y las quema y las dispersa, y el enfermo se cura.

Pues bien, el caladrio representa la persona de nuestro Salvador: es totalmente blanco nuestro Señor, sin mancha alguna […]. Y cuando desde su excelso cielo se dirigió al pueblo enfermo de los judíos, apartó su rostro de ellos a causa de su incredulidad; se volvió hacia nosotros los gentiles cargando con nuestras enfermedades; y, llevando sobre sí nuestros pecados, fue exaltado en el leño de la cruz. Ascendiendo, pues, a las alturas, llevó cautiva la cautividad, dio sus dones a los hombres.

Esta interpretación tan finamente articulada funcionaba como una máquina sensacionalista de propaganda religiosa, amén de ejemplo meridiano de una lectura centrípeta (o, como a mí me gusta denominarla, de una “hermenéutica de la torcedura”): el pensamiento opera por analogías, alegorías y parábolas, revive el mecanismo de la magia simpática y busca semejanzas peregrinas para sostener una tesis dada de antemano. Como las aguas de un remolino, que tienden a girar siempre en la misma dirección, aquí todo desemboca en un escenario doctrinal que admite escasas fisuras.

Pero posémonos de nuevo sobre el hombro de nuestra pequeña criatura limícola. En esta traducción su identidad ha quedado totalmente desvanecida: el “caladrio”, degenerado en su etimología, no es ya un pájaro real, sino un símbolo; sus plumas se han teñido de nieve, contagiadas de una pureza sagrada que jamás pidió; ahora asiste a la monarquía y se reserva el derecho de despreciar a quien le plazca, conforme a un arbitrio inescrutable (¿un misterio divino?) que el exégeta no aclara, por más que lo insinúe. Así es, la evocación de Jesucristo dista de ser ingenua o síntoma exclusivo de un fervor exacerbado: igual que él repudiaba a los “apóstatas” que no reconocían su autoridad —de acuerdo con estas líneas—, de la misma guisa había de obrar el ave, permitiendo que languideciesen herejes e impíos.

El paralelismo entre ambos alcanza su cúspide con el vuelo del caladrio, depurado bajo la caricia urticante del astro rey, un resquicio pagano del que no tardó en apoderarse la Iglesia. El movimiento es idéntico: ambos ascienden; ambos superan la ordalía y regresan renovados; ambos purgan males ajenos. Y su despigmentación responde claramente a la misma lógica. Reparemos en algo curioso: pese a que da la sensación de que el tierno chorlito pervive degradado en este retrato, deviene una vez más víctima de nuestra manía óptica, pues sus excrementos remedian las cataratas y blanco es el color de los rayos luminosos que —según la extramisión— transmitían bendiciones o dolencias dependiendo de quien los despidiera.

El caladrio hizo fortuna en la iconografía de los bestiarios, progresivamente más despegado de su pariente zancudo. Reproduzco una sola imagen emblemática del manuscrito Harley MS 4751 (ca. 1230), propiedad de la British Library:

Esta ilustración que hoy contemplamos como una rareza de museo servía entonces para traer a los ojos de sus fascinados espectadores una lección moral que poco tenía de sutil: la carencia de fe corrompía el alma, los valores del individuo y hasta su cuerpo, merced a vínculos no erradicados entre la materialidad sucia y grosera de la carne y la perversión del espíritu. Una reducción tendenciosa que sigue vigente en nuestros cánones de belleza contemporáneos: si es bonito, es bueno; si es feo, lo condenamos a la iniquidad.

Mas ¿qué fue del modesto chorlito? ¿En qué rama el árbol crístico decidió asentar el nido? Y ¿cuál fue la suerte del impostor caladrio que —cual impenitente cuco— allanó su trono de paja y usurpó su legado? Lo descubriremos en la próxima (y última) huella de esta serie.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

La lupofobia y el mito de la objetividad en la historia natural

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No es ningún secreto que no creo en la objetividad pura. La ciencia humana no queda libre de sesgos; de hecho, la defensa a capa y espada del rigor académico arroja no pocas preguntas sobre cómo se construye esa noción.

El empirismo, con su afán descriptivista y causal, ayudó a reorientar la percepción de los animales entre la aurora de la modernidad y el siglo XIX. Para entonces, naturalistas de Indias y zoólogos como Buffon comenzaban a tomar distancia de una interpretación netamente simbolista, avalada por un sistema epistemológico de marcada reverencia hacia las autoridades grecolatinas y cristianas: Aristóteles, Plinio, Isidoro de Sevilla… No obstante, ni siquiera esos amagos de experimentalismo emergente alcanzaron a ahogar el peso de la tradición, del interés económico y del utilitarismo humano; un legado de miedo, abuso y propaganda política, en el que no resulta fácil distinguir los regateos de quienes ostentaban el poder, siempre raudos para delegar sus culpas en otros más desprotegidos y menos audibles.

En este caso me estoy refiriendo al lobo. Pocas bestias hay más cargadas de significados peyorativos, más demonizadas y agraviadas que esta. ¿Injustamente? Dependiendo del ojo de quien mire. Al norte de España, en Asturias, me cuentan mis amigos que los agricultores evitan la iconografía lupina como si se erigiera en foco de infección. Responsabilizan a estas criaturas de los raptos del ganado, las envenenan, tienden trampas para aniquilarlas y algunos, incluso, exhiben sus cabezas colgadas de lo alto como trofeos macabros: un tributo a cierto modelo de masculinidad y un dardo disparado contra los gobiernos autonómicos.

Pero ¿de qué van a sustentarse estos carnívoros si los hábitats de sus presas se ven cada vez más fragmentados por las ciudades, carreteras y tierras de labranza? Y aunque no nos pusiéramos inmediatamente de su parte, si reconocemos que se trata de un problema complejo, ¿no bastaría con garantizar la salvaguarda de las reses —que, irónicamente, quizá más tarde devore una persona— y condenarlos al triste destino de la inanición? ¿Hacía falta burlarse, vejar sus cadáveres, pintar a su especie entera como la villana de una película en la que a nosotros se nos ha asignado el papel de héroes?

No será preciso que convoque a Caperucita ni que reviva a Félix Rodríguez de la Fuente para respaldar mis argumentos. Invito al lector a que se asome conmigo a un nuevo itinerario cultural a través de las láminas de una obra del Setecientos que mereció de manera temprana —y que mantuvo durante más de cien años— el calificativo indiscutible de clásico. Por supuesto, estoy aludiendo a la Historia natural de Buffon.

Nos fijaremos para ello en algunos de los grabados que acompañaron a sus ediciones. Observemos, primero, este publicado alrededor de 1837 y coloreado posteriormente a mano:

Dejando de lado la técnica, así como ciertas irregularidades anatómicas (e. g., el tamaño de las retinas y la forma de las pupilas de ambos especímenes), el dibujo se nos antojará revelador de la pedagogía antrozoológica de la época. La fauna salvaje —Canis lupus y Vulpes vulpes— no ha sido representada cazando por pintoresquismo ni por accidente: las entradas del conde recogían una amalgama de informaciones heterogéneas relativas a su dieta, costumbres, técnicas para capturarla, relación con el hombre y aun su sabor. La lógica compositiva de dichos manuales los arrima antes al género de la miscelánea, a la erudición exhibicionista de Eliano y a las forestas barrocas (dentro de una serie de parámetros geográficos y taxonómicos) que a nuestro concepto actual de enciclopedia animalística.

Tampoco se perdía de vista el componente didáctico. Así es, la fábula no muere con La Fontaine; resucita entre los mimbres buffonescos al calor de un cientificismo antropocéntrico y todavía especulativo, con arrebatos polímatas que no discernían entre la anécdota, el suceso maravilloso, la ficción engalanada de hecho veraz y el dato contrastado. Y cuando absolutamente todo estaba llamado a educar y entretener, hasta el más ínfimo trazo era susceptible de entenderse como la partícula de una cadena comunicativa que el receptor tenía que descifrar.

Aquí la moraleja queda clara. Lobo y zorro parecen sacados de un cuento esópico: uno engulle ovejas, el otro asalta gallineros. Las poses estatuarias, estáticas, que aparecen en otros compendios de su tiempo han sido descartadas en favor de una escena dinámica que transparenta la catadura ética de ambos depredadores. Los dos saquean y exterminan a los pobres súbditos que el hombre preserva para abastecerse de lana, huevos y carne. El raposo huye a la carrera del castigo que le aguarda; mientras tanto, el lobo —acaso más insolente— reta a quien contempla el grabado o lo vigila atento mientras destripa in situ al ovino. Ni retrocede ni se achanta; probablemente el artista era muy consciente de que así, colocado en esa pose, luciría peligroso y desafiante.

Constituían, a fin de cuentas, enemigos a abatir para la humanidad, porque esquilmaban las haciendas de latifundistas y pastores. Porque no se les ocurrió (o no quisieron barruntar) que, a lo mejor, nuestra especie había invadido sus territorios, que había reducido el censo de conejos y ciervos. Aquello no era relevante. Según la Scala Naturae, al hombre le correspondía una posición cimera, de privilegio, sobre los demás seres de la Creación. Ya había algunos que se planteaban con amargura —a veces parapetados tras las herramientas de la sátira— tal contradicción, impropiedad y asimetría. Pero considerar seriamente sus implicaciones incomodaba por aquellas fechas tanto o más que ahora.

Veamos otra ilustración fechada hacia 1880:

Me permitiré ser más conciso y enunciaré mi reparo vestido de interrogación: ¿qué necesidad había de incluir lo que semeja tratarse de una carcasa a los pies del cánido y de retorcerle el cuello en ese ángulo anómalo para que le muestre los dientes al espectador? Ninguna. Es más, su postura resulta antinatural: por un lado, el can encoge el cuerpo como si quisiese mantener a salvo sus órganos de una acometida lateral; simultáneamente, está arqueando la testuz y enseñando los colmillos como si fuese a pasar al ataque de un momento a otro. Más que una licencia artística, recuerda a un truco de montaje. Y uno poco logrado, a decir verdad.

El realismo gestual brilla —en definitiva— por su ausencia. He ahí otra dramatización que confirma estereotipos de lo más convenientes para conservar nuestro estatus de superioridad moral. Su efigie desborda lo estrictamente empírico para adentrarse en el apólogo pictórico: le loup deviene fiera sanguinaria y antropófaga, azote de los campos y los bosques. Su matanza quedaba, así, plenamente justificada.

El lobo no suponía una amenaza directa para nuestra seguridad, aunque su imagen terminó siendo eclipsada por la sombra de la perfidia, como se aprecia a continuación:

Para ser sincero, ignoro si esta última estampa proviene de la estirpe buffoniana o de otra fuente similar; ahora bien, comparte cuna decimonónica con las precedentes y refuerza una tesis progresivamente más tangible: el Canis lupus como asesino inmisericorde, como agresor de un tierno cervatillo que yace —¿finado, revolviéndose impotente?— bajo sus garras, como si hubiera sido transmutado en un delincuente que se atreve a exponer sus fauces tras haberse visto sorprendido en medio de un acto atroz.

El autor podría haber escogido como víctima a un ejemplar anciano, o haberlo retratado en convivencia con los miembros de su unidad familiar. La elección de la cría intensifica el morbo, acentúa el efecto sensacionalista y espeja mejor la idea que la cultura occidental había forjado de su especie: una criatura abyecta, voraz, despojada del parco atisbo de redención que podía ofrecerle el rol de alimentador de su camada. Y no porque se desconociera que actuaba en grupos —qué va—, sino porque (casi) nadie estaba dispuesto a concederle que sintiese cariño hacia los suyos. Porque el relato que habíamos levantado sobre ellos, el odio cocido a fuego lento durante milenios en el horno de la lengua y la literatura, se extinguiría de un soplido.

Una estrategia muy identificable —y demasiado humana— para escurrir el bulto y eludir el remordimiento que produciría en muchos la certeza de haber eliminado a unos animales que, en el fondo, no son tan diferentes de nosotros.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

El Edén o la nostalgia de la armonía universal

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

¿Cuántas veces no echamos la vista atrás con las gafas rosadas de la añoranza? Evocamos recuerdos infantiles, juegos, mañanas luminosas en la playa o en el campo, rodeados de parientes, amigos, peluches (¡quizá!), sin un lunar que afee un pasado lejano e idealizado. Nuestros tutores nos protegían, cada día era una aventura y cada pequeño aprendizaje se sentía tanto un salto al abismo como un logro descomunal.

La mitología y las religiones han codificado en sus genes un espacio muy similar a este. La Edad de Oro de los griegos no distaba de tal ensueño; e incluso los gentiles prados de la Arcadia eran arrullados por una brisa que transportaba en sus vahídos semillas de nostalgia. Resulta asombroso cuán a menudo la cronología de la humanidad y la humilde biografía del individuo contemporáneo se abrazan, cómo la despreocupación de la niñez entronca en la cultura con formas, paisajes e ideas antiguas.

Pero abundan los problemas en el paraíso: por el sistema circulatorio de estas figuraciones de la concordia universal corren prejuicios, afanes, pérdidas irreparables e inseguridades silenciosas. Lo demostraré por medio de tres obras visuales, en un trayecto comparativo que alumbrará una zona poco soleada del imaginario cristiano.

Asomémonos primero al Edén netamente medieval de El Jardín de las Delicias (ca. 1500), el célebre tríptico del Bosco que hoy custodia el Museo del Prado. Sus paneles cuentan una historia amarga, satírica y fatalista. Me fijaré en el de la izquierda, que es el que cubre la génesis del hombre y la mujer:

La tabla está colmada de detalles y rebosa un simbolismo que los especialistas siguen debatiendo medio milenio después de su concepción. No pretendo desentrañarlo en escasos minutos; mis ambiciones son infinitamente más modestas. Quiero que reparemos en algunos elementos que desnudan la mirada del Bosco —y, con él, de una parte de la iconografía occidental— sobre el Edén.

Aunque Eva, Adán y Dios ocupan una posición delantera, en su corazón se ubica una extraña estructura vertical: una fuente que se eleva hasta el cielo y que contiene un orbe (¿una alusión al globo terrestre de las puertas del tríptico?) en cuyo seno anida un ave nocturna (¿un búho?), oculta, apenas visible desde la distancia. Un indicio inquietante, al que habría que sumar reptiles (culebras, lagartijas), anfibios (ranas) y mamíferos marinos (una foca) que brotan de las aguas para macular con su negrura el vergel divino.

Estas señales permiten entrever intuiciones fértiles. El Bosco pone a nuestra especie más cerca del espectador, pero la clave de su cosmología la transmite ese núcleo parasitado por una rapaz: un presagio funesto. La imagen anticipa, así, el pecado que irá cristalizando en los otros dos lienzos. Sus sabandijas, minúsculas y repugnantes, emergen de un pozo insondable, misterioso, situado fuera del dominio humano, garantizando —a la par— la coherencia narrativa entre todos los miembros de la secuencia.

El mal acecha a Adán y Eva. El pacífico Edén, jardín del Señor, sufre la plaga de la depredación: el gato (¿o jineta?) captura un ratón; dos aves de fantasía picotean el cadáver de un sapo; un león devora un ciervo… Palpitan aquí presentimientos y asociaciones sugerentes que no exploraré con exhaustividad: lo bestial como síntoma de perversión, fieras míticas o ficticias (el unicornio, híbridos inauditos) codeándose con conejos, osos, cisnes, jirafas… La fauna no integra —ahora bien— un catálogo naturalista: son teselas de un mosaico alegórico, valiosas por lo que representan más allá de su hipotética existencia material.

Continúa tratándose de un Edén antropocéntrico, teológicamente racionalizado, providencial y punitivo, destinado a funcionar como universo microscópico. La amenaza del infierno se arrastra por sus márgenes para aterrorizar a quien lo contempla. Busca conmover, pero también convencer de que la devoción católica es el único remedio eficaz contra la condena. Cada componente del cuadro impone esa lectura.

Apenas un siglo más tarde, Jan Brueghel el Viejo firmó La tentación en el Jardín del Edén (ca. 1600). Cotejémoslo:

Los cambios se perciben casi de inmediato: cuesta localizar a Adán y a Eva —escondidos y desenfocados— en una estampa protagonizada por los animales. Pero ¿qué animales? Ahí radica la enjundia de esta lámina: criaturas domésticas europeas (caballos, perros, cerdos, bóvidos…), carnívoros, omnívoros y herbívoros de los viejos continentes (ciervos, ánades, leopardos, cisnes, búhos, avutardas, lemmings, hipopótamos…) y otros exóticos venidos de América (guacamayos, micos, tucanes, pingüinos…).

Brueghel coloca el acento en la naturaleza: recrea con inimitable encanto, riqueza taxonómica, realismo pictórico y color exuberante un repertorio de especies que parece sacado de una enciclopedia o de una ménagerie. Poco se le puede reprochar a sus pinceladas: cuidadosas, reveladoras de una inmensa curiosidad botánica y zoológica, y precisas en los pormenores anatómicos; sobre todo para los volátiles y los mamíferos que se nutren de hierba. El modelo de cosmos que postula ha dado un paso hacia el empirismo, hacia la biología científica, y se halla a años luz del que manifiestaba el Jardín de las Delicias. El así llamado “descubrimiento de América” supuso un acontecimiento decisivo para este viraje, pues recuperó la maravilla y obligó a los occidentales a plantearse preguntas que, hasta la fecha, carecían de formulaciones firmes.

Pero seguía reflejando una jerarquía especista. Brueghel entendió el Edén como un vivero primigenio para la totalidad de la fauna y la flora del planeta, sin oponerse a la tesis de la concordia absoluta sostenida por la Biblia. Sin embargo, acaso sin proponérselo, había abierto una costura en el tejido del mito, por más que su educación cristiana lo impulsase a remendarla con el hilo de un mensaje expansionista, colonial, de vocación evangélica: las tierras del Oeste (y sus moradores) constituían parte de la Creación y, por consiguiente, tenían que someterse a las reglas dictadas por —y para— sus legítimos herederos.

Aquel paraíso en miniatura fue puesto de ese modo al servicio de la humanidad; y, más concretamente, de los fieles de la Iglesia romana. Por eso los predadores —leones, leopardos, perros, estrígidos…— se cuentan con los dedos de las manos en comparación con sus presas: porque la cultura no suele ser favorable a los animales que le disputan la caza al hombre.

Para el último eslabón de la cadena voy a regresar a los orígenes de este blog: al anime Wolf’s Rain (2003) de Tensai Okamura. Reproduzcamos un fragmento ya conocido:

El diseño de este “falso paraíso” se nos antojará sospechosamente familiar: hay un escenario idílico, vegetación ubérrima, un Adán (Kiba) y una Eva (Mew). El audiovisual pop ha desbaratado los linderos geográficos para que un lobo ártico (Kiba) y un caracal (Mew) coexistan con rebaños de bisontes y bandadas de patos en lo que semeja tratarse de un valle norteamericano enclavado entre las montañas. Pero que no nos engañe este revoltijo de referencias: la quimera de un Edén inmarcesible, a salvo de la matanza y el dolor, no ha abandonado este nuevo pliegue de una fábula con visos de inmortalidad.

Aún podríamos convocar a Jauja o discurrir por senderos y mitos mucho menos transitados, pero llega la hora de cerrar esta entrada. El antropocentrismo subsiste en las distintas iteraciones del Edén; no obstante, detenernos ahí sería una solución demasiado cómoda. Lanzo, por ello, una duda que aspiro a contestar algún día: ¿no reside en la inspiración de estos dibujos —incubado, latente— el anhelo íntimo de conectar con el prójimo animal; el deseo inconfesable, milenario, desequilibrado y todavía imperfecto —con dejes especistas— de una convivencia armoniosa?

Eso pienso yo. Aunque quizá no sea más que un arrebato de morriña.

Huellas en la tinta

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De arcadios y vacas caníbales

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los recuerdos ejercen un poderoso hechizo en la mente: cuando los vivimos en tiempo real, rara vez nos percatamos de su importancia. Meses o años más tarde, mientras repasamos el archivo de nuestra memoria, las huellas que no se han desvanecido adquieren el tinte rosado de la añoranza y el tono vagamente sentimental de lo bucólico.

La idea era magnífica: celebrar un seminario en pleno monte de León, en un pueblito perdido con evocaciones del Maienfeld de Heidi. Ponencias, amigos y rostros familiares, rutas por el bosque… El encuentro poseía los ingredientes necesarios para convertirse en una experiencia enriquecedora a todos los niveles. Lo que dicha receta no contemplaba era que un tropezón intruso se colaría en su estofado, fulminando de un repentino choque eléctrico las reminiscencias pastoriles que despertaba el lugar.

Sabía que el consumo de carne en el norte de España era alto. Lo he atestiguado en La Rioja, al pedir un sándwich vegetal que —para mi sorpresa— estaba adobado con atún. Con una inocencia pasmosa, el dependiente me aseguró que no llevaba carne y que, por tanto, era adecuado para mi régimen vegetariano. Yo le sonreí y rechacé el plato.

Los ociosos pastores de la Arcadia, una recua de cortesanos bajo disfraz, habrían turbado su ánimo ante un manjar compuesto de los dulces ruiseñores, las tórtolas y las ovejas que amenizaban sus devaneos amorosos. O quizá hubiesen esperado a que Virgilio y Garcilaso no anduvieran por allí trenzando versos para satisfacer sus apetitos carnívoros y regresar después con el estómago lleno y un nuevo motivo para digerir sus penas.

De lo que estoy convencido es de que a estos especialistas en el camuflaje y la doblez emocional les habría revuelto las tripas el cartel que aparece en portada. O tal vez lo hubiesen leído con el mecanicismo del filólogo que analiza las figuras literarias de un poema: personificación (reses antropomórficas) y una antítesis rayana en lo absurdo. ¿Cómo se traga —perdóneseme el juego de palabras— que estas vacas ataviadas de Hell Angels, transterradas y aquejadas de un desorden de alimentación severo, se zampen una hamburguesa en una cantina ibérica al son de Welcome to the Jungle?

A mí la imagen me supo tan artificial como un bocadillo de píxeles generado por la IA. Artificial y problemática. La dieta del ganado ha sido falseada para vendernos una hamburguesa, porque si hasta las vacas (las “donantes”) la disfrutan, ¿por qué no iba a hacer lo mismo un cliente humano?

Esto guarda relación con el concepto de “referente ausente” que acuñó Adams: vemos las rodajas de chorizo en el bocata, pero no las asociamos con la criatura de la que proceden. Tal desidentificación degenera en regodeo carnista y llega un paso más lejos: las víctimas del jifero, enloquecidas por un prompt oximorónico, nos convidan a que entremos en ese típico bar de moteros leonés para gozar juntos no de los cantos afligidos de los árcades, sino de los riffs de las guitarras de Guns N’ Roses a medida que extraemos el jugo de un filete.

Y yo me pregunto: ¿por qué sometemos a esta violencia visual a los animales? ¿No es suficiente con descuartizarlos, empaquetarlos y cocinarlos en la sartén o el horno? ¿También tenemos que despojarlos de su dignidad, de su naturaleza, para comercializar así otro descendiente de la larga y clownesca progenie del Big Mac? Y aclaro que esta reflexión no va dirigida contra nadie en concreto: contrasentidos como este se cuentan por miles en los supermercados y en la publicidad televisiva.

Seamos más conscientes de las morcillas que nos embuchan los medios. He ahí el deseo que estampo en esta entrada.

Huellas en la tinta

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Amor a la fauna en el medievo: Francisco de Asís y el lobo de Gubbio

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

El género biográfico lleva miles de años estando de moda; al fin y al cabo, los humanos buscamos constantemente modelos que imitar. Algunos autores (Plutarco, sin ir más lejos) decidieron que lo más ventajoso sería recopilar las vidas de una galería de personajes ilustres para que pudiesen funcionar como ejemplos. Esta cuestión enlaza con el carácter presuntamente verdadero de tales relatos: una historia que porta el marchamo de lo auténtico activa las especulaciones, atrae a otro público y a veces vende más, porque traspasa el lindero bien delimitado de la ficción y presenta algo que les podría ocurrir al consumidor o a su vecino. De ahí que las películas y los libros “basados en hechos reales” resalten esta condición con letras gruesas en sus portadas.

Las hagiografías constituyen la versión religiosa del molde antedicho. Gozaron de amplia circulación durante largos siglos, sirviendo como instrumento para la irradiación de la doctrina cristiana. Y quizá nos sorprenda averiguar que los animales no estaban ausentes en ellas: a muchos santos se les atribuía el milagro de pacificar a bestias agrestes o a fauna doméstica enfurecida. Se afirmaba, así, el dominio del Dios cristiano —a través de sus ministros— sobre todos los seres de la Creación; esto es, era una confirmación de su autoridad sobre los hombres que, a la par, reforzaba el control (político, social y moral) de la Iglesia.

Se imaginará que muchas de estas proezas habían sido exageradas o eran, sencillamente, falsas. Incluso un viejo amigo nuestro —el león de Androcles— ingresó en el repositorio hagiográfico de la mano de Gerásimo y Jerónimo, en quienes se recicló la receta androcleana revestida de propaganda católica. No profundizaré en ellos ahora; eso sí, compilar y desgranar estos cuentos individualmente podría probarse un ejercicio productivo para indagar en la extensión del antropocentrismo. Hoy, no obstante, me fijaré en único testimonio extraordinario: la narración de Francisco de Asís y el lobo de Gubbio.

Al fundador de la orden franciscana se le ha concedido desde antiguo un amor singular por los animales, cristalizado en su Laudes Creaturarum, en su “sermón a las aves” y en otros actos salvíficos dirigidos a las criaturas más desvalidas: peces, corderos, alondras, liebres, gusanos… Por estos méritos fue declarado patrono de la ecología por Juan Pablo II en 1979. Notaremos, con todo, que su bondad tiende a inclinarse hacia la fauna herbívora o insectívora; es decir, la más inofensiva y obediente al hombre. Por eso el incidente del lobo de Gubbio resulta tan llamativo. Transcribo varios fragmentos desde la edición de Lázaro Iriarte:

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.

[…] San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. […]

—¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

—Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:

—Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesites mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. […]

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros.

Una lectura atenta de este episodio nos revelará rasgos curiosos: en primer lugar, el poverello se persigna antes de acercarse a la fiera para invocar la salvaguarda de Dios; segundamente, el cánido acata sus instrucciones sin poner pegas, hechizado por su poder divino; y, por último, el narrador usa el relato para realzar la gracia del Señor y la virtud de Francisco, no para predicar la concordia universal, a despecho de lo que hubiese deseado el santo.

Hasta aquí hemos ido observando lo que otros ya han visto. Estos aspectos nos permitirían calificar a Francisco de Asís como uno de los (muchos) santos domadores de bestias del medievo, un cliché reiterado hasta la saciedad en sus currículos. Ahora bien, la genealogía cultural —la comparación con otras leyendas similares— arroja un dato de interés: en ninguna hagiografía que yo conozca el agente de Dios firma una tregua con el animal amansado, casi siempre se limita a someterlo sin tener en cuenta sus necesidades alimenticias y sin disculpar sus atentados contra la economía del agricultor. No así Francisco, quien enseguida presupone que “por hambre has hecho el mal que has hecho”.

Milenios de violencia humana contra el Canis lupus justificados bajo la premisa de que se trataba de un ser diabólico antropófago (un mito fraudulento) y ladrón del ganado eran arrumbados de forma inesperada por aquel simple gesto de empatía. Y, además, superados simbólicamente por medio de un pacto que reconocía de manera abierta los requerimientos nutricionales del lobo. Un pacto consistente en un contrato oral con el pueblo italiano de Gubbio para que se le respetase hasta el final de sus días.

Deduciremos que esta gesta no refrendaba ni promovía —forzosamente— una hipotética sensibilidad hacia la vida salvaje entre los europeos de la Edad Media. El lobo ha seguido siendo un objetivo que abatir hasta hace escasas décadas. En la actualidad no se ha liberado de ese estigma: muchos anhelan diezmar sus poblaciones bajo la lógica de proteger el patrimonio de los granjeros. Asimismo, tal evento encajaba dentro de la óptica consuetudinaria de “lo maravilloso”: tenía por misión edificar, asombrar y deleitar, pero era considerado una excepción a la norma, algo irrepetible y, por consiguiente, único.

Reservo para otra ocasión el análisis del poema de Rubén Darío inspirado en esta “florecilla”. También me guardo el comentario de la abundante documentación visual que ha generado este capítulo de la hagiografía de Francisco. Concluyo este sucinto artículo con una prueba de la popularidad hodierna de este cuento. Junto a la capilla de Santa Maria della Vittoria, en Gubbio, se alza en el presente esta estatua:

Es —¿qué duda cabe?— un admirable tributo al santo. Aunque yace en él otra operación que transforma parcialmente el significado del suceso como consecuencia de una licencia artística respecto de la obra original: el cánido trepa aquí por el cuerpo de Francisco como si fuese un perro que asalta gozosamente a su amo para pedirle comida o para recibirlo en el hogar tras una dilatada ausencia. Sus manos se tocan y las miradas de ambos se encuentran mucho más cerca, lo que sugiere una mayor proximidad emocional y un posicionamiento ontológico más igualitario. Por el contrario, en la cromolitografía decimonónica que encabeza esta entrada el lobo no levanta la testa de la tierra y, desde esa postura sumisa, le ofrece al poverello la pata en señal de servidumbre.

En estas ocho centurias algo ha cambiado en el modo en que entendemos nuestra relación con los animales. Los parámetros de la domesticación continúan vigentes como horizonte de expectativas, pero el arte ya no enfatiza tanto la distancia entre humanos y no humanos. Un pequeño paso para nuestra especie y un gran salto para las demás…

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Desmontando lo cuco: análisis ecomitocrítico de un corto proyectado en el aula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Este año proyecté a mis alumnos el cortometraje Sangre de unicornio (2013), de Alberto Vázquez, para inaugurar dos asignaturas del grado de Lengua y literatura hispánicas de la Universidad de La Rioja: Cine y literatura (tercer curso) e Historia del cine (cuarto curso). Aspiraba a sacarlos de la rigidez del programa, a mostrar la tónica general del curso, mi enfoque pedagógico y el uso de las herramientas que iban a aprender.

En una entrada futura examinaré el valor docente de la que se erige en su magnum opus: Unicorn Wars (2022), una cinta que bebe del argumento aquí esbozado. Ahora deseo fijarme en el potencial ecomitocrítico y desautomatizador de esta pieza breve, que encapsula en ocho minutos varios asuntos esenciales del largometraje. Llevaré —por tanto— a cabo un “close reading” que se corresponderá grosso modo con los puntos en los que hice hincapié durante mi clase.

El filme arranca con una escena aparentemente bucólica: dos unicornios —madre e hija— pacen con mansedumbre en una pradera roja. Existe, ahora bien, un elemento inquietante: el color de árboles y césped es rojo, no verde. El arte —deliberadamente expresionista— anticipa mediante su paleta cromática el contenido violento de la obra, así como su eje central: la búsqueda de la sangre del unicornio. Dicho ingrediente ya fue revestido de connotaciones impías en la saga de J. K. Rowling, Harry Potter, y reverbera con saberes naturalistas sobre las propiedades benéficas de los cuernos de estos équidos. Eliano y la iconografía medieval acreditan, respectivamente, que eran capaces de revertir los efectos del veneno y de depurar las aguas.

Su conexión con Jesús de Nazaret —en concreto, con las imágenes de su martirio— fue establecida por eruditos del medievo como Neckam. El narrador no lo oculta; de hecho, en los primeros compases enuncia esta evocadora profecía:

El unicornio es la bestia sagrada que señala el camino y guarda el portal. El unicornio es la llave y el unicornio es la puerta. El unicornio es la llave que abre la puerta. Maravillaos, pues, ante la obra de Dios, vuestro señor.

Un zoom al ojo del unicornio, bestia sagrada y purificadora, da paso al siguiente tramo, protagonizado por los osos de peluche Mofi y Gregorio. Desde el plano musical arranca con un tema de heavy metal: una fuerte disonancia acústica que nos alertará de las intenciones transgresoras de Vázquez. Las calaveras apiladas, la presencia de una rata, el paisaje encarnado y una iglesia en ruinas apuntalan visualmente este contraste con unas criaturas de felpa que en el imaginario moderno se pretenden dulces, buenas y aniñadas.

Mofi constituye un ejemplar modélico. En palabras de su hermano Gregorio, “era la superación de nuestra especie: lo que se dice un auténtico macho alfa”. Pero su aspecto enternecedor oculta un fondo perverso: humilla y abusa verbalmente de Gregorio, menos agraciado que él, tuerto como resultado del ataque de uno de estos animales y con sobrepeso por la ansiedad social a la que se ve sometido tras la disminución de su belleza. La voz en off explica este incidente y recupera las resonancias cristológicas a propósito de una etimología muy reveladora: “Dolor, del latín ‘dolor, doloris’. Uno: sentimiento, pena, aflicción de haber ofendido a Dios. Ejemplo: cuando el unicornio clava su cuerno a Gregorio en el ojo, le causa un inmenso DOLOR”.

Hay otro excurso intercalado durante la cacería de Mofi y Gregorio, de resabios asimismo medievales. El narrador regresa a su tono adivinatorio y formula una predicción apocalíptica que entrelaza la materia religiosa con la preocupación ambiental:

El día que el último unicornio fallezca, el suelo y el mar enfermarán, y el viento será vapor venenoso. Tan solo los ruines matarán al unicornio. Ese día llegará y cuando así sea, volverá la época en que el más espantoso de los demonios reinará otra vez sobre la tierra: el hombre.

Su vaticinio se cumple cuando Mofi atraviesa el cuello de la fiera con una saeta con punta de corazón. Su cría salta por un precipicio, presa del pánico, mientras Gregorio la contempla dubitativo. Frente al acantilado, Mofi reprocha a su pariente su ineptitud y, en un estallido de ira, el aludido lo arroja al vacío, consumando una traición cainita. Eso desencadena su metamorfosis en humano, cubierto por una bruma carmesí. Un nuevo zoom, esta vez a su cuenca ocular vacía —un agujero negro devorador—, clausura el corto con un paralelismo estructural que enfatiza la degeneración de nuestra especie.

A mi juicio, esta obra envía un mensaje transparente: el hombre nace de pecados como la ruptura del amor fraternal y la destrucción de la naturaleza. Es una reescritura bíblica de la antropogénesis en clave ecologista, o así lo interpreto yo. Mis estudiantes coincidieron con esta lectura; es más, el visionado de Sangre de unicornio les ayudó a comprender Unicorn Wars: una película más densa y con un desenlace ambiguo.

Si les enseñé Sangre de unicornio no fue solo para allanar la exégesis del otro celuloide. Ambicionaba —ante todo— disolver la pareja “adorable/infantil”. Aquí esta asociación no se verifica; al contrario, se vulnera para impactar al espectador y obligarlo a reflexionar sobre la superficialidad de las apariencias.

El gesto de Vázquez no es únicamente estético, sino ideológico. Ojalá alguien aplicase un ácido similar a la dupla formada por la LIJ y la fauna antropomórfica, cuna de innumerables prejuicios.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Liebres vengativas o el mundo del revés

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Asomarse al arte medieval se asemeja, a menudo, a contemplar un museo de monstruos con un caleidoscopio: a través de sus lentes prismáticas se perciben colores abigarrados y siluetas extrañas que rara vez resultan ser lo que parecen a simple vista.

Tal es el caso de las liebres venadoras incrustadas como miniaturas en códices ingleses y alemanes, que también recoge el Bosco en su famoso tríptico del Jardín de las Delicias. Si prestamos atención al panel de la derecha alcanzaremos a divisar un variado elenco de figuras grotescas padeciendo horrores inimaginables. Este paisaje, que nada tiene que envidiar en su capacidad sugestiva al infierno descrito por Dante, presenta una pintoresca galería de tipos condenados por la religión: herejes, jugadores, monjas lujuriosas… Entre ellos captará nuestro interés un lepórido de estatura humana que sopla un cuerno de caza mientras transporta —colgada de una lanza— a una persona apiolada.

En comparación con otras de las figuras que adornan la obra, dicho lagomorfo no ha suscitado apenas debate. Cualquier especialista en el medievo o el Siglo de Oro reconocerá en él las huellas de un tópico de larga solera: la impossibilia, el mundo del revés. Este dispositivo pretende transgredir de manera puntual las reglas lógicas que gobiernan el mundo; opera, por tanto, como el carnaval sobre el que disertó Bajtín: se trata de una vulneración de las normas momentánea, paródica y consentida por los de arriba, que no debe interpretarse como un gesto de rebeldía. Para el caso que nos atañe, no quiere decir que las liebres estén autorizadas a asesinar humanos como represalia por haber sido sus presas durante milenios, en una suerte de venganza poética de la naturaleza; más bien, que ante un escenario burlesco o terrible —como el que aquí dibuja el neerlandés— se podría llegar a concebir el castigo de los pecadores de nuestra especie a manos de un conjunto tan aparentemente inofensivo como el de los lepóridos.

Era, en otras palabras, una manifestación de lo absurdo, de lo inverosímil… Pero ¿era solo eso?

El mero hecho de que hubiese creadores que se planteasen qué sucedería si las bestias pagaran al hombre con su misma moneda resulta, a mi juicio, muy revelador. Descubre ansiedades, inquietudes latentes, formuladas como chiste para provocar la risa. Pero ¿acaso no nos carcajeamos para aliviar tensión? ¿No bromeamos con cuestiones que nos preocupan para tranquilizar nuestra conciencia?

El animalismo quizá haya nacido en la época contemporánea; con todo, la incomodidad que nos produce la matanza de otras criaturas deviene un sentimiento atemporal.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190