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“Conversación de dos perros” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego mallorquín Conversa de dos Cans.

Se trata de un valioso testimonio sobre los espectáculos populares con animales en el que se fabula una pelea de perros celebrada en Palma de Mallorca durante 1892. El antropomorfismo disimula la violencia a la que se ven expuestos los canes Moreno y Ñap. Aunque la lucha se reviste de galas de heroísmo mediante un lenguaje que evoca las gestas de los caballeros medievales, esta estrategia retórica encubre un paisaje moral sórdido: abusos, apuestas y un pasatiempo cruel que, pese a la falta de reconocimiento oficial, es aplaudido por las masas. Queda lejos del retrato del Coloquio de los perros cervantinos: aquí los dogos absorben la perspectiva de los humanos, renuncian a su individualidad y se entregan a la lucha por conceptos tan intangibles para ellos como el honor y el beneficio económico de sus propietarios.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. En este caso no veo la necesidad de incluir un glosario final.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

Conversación de dos Perros
SOBRE LA PELEA DEL DÍA 15 DE MAYO DEL 92, QUE TUVO LUGAR
CERCA DE SON BOTER ENTRE

Moreno y Ñap

Cuando los soltaron

Moreno le dijo:

Ñap, no me muerdas así,

o si no, mal te sabrá;

antes te quiero advertir

que no te has de figurar,

si me quieres zarandear,

que siempre tenga que aguantar.

Ñap.

Moreno, no me cuentes milongas,

que de todos modos no te creeré,

y no te eches atrás,

que un perro sale más curtido

si lo ponen a prueba los de Palma;

ya lo comprobarás por ti mismo

cuando grites al sentir

el tarascón que te daré.

Moreno.

Ñap, no me vengas con enredos

ni me quieras revolver;

la pelea hemos de empezar,

no lo pintes tan difícil,

que luego ya se verá

cuál es el mejor de los dos,

que sé cierto que los dolores

son fuertes cuando yo agarro.

Ñap.

En la raya estoy puesto

y mi amo ya me agarra,

y tiro a Moreno en tierra,

allá en medio con un golpe.

Tumbos por la derecha y la izquierda;

allí hubierais visto a Ñap,

que hasta que estuvo cansado

supo resistir la guerra.

Moreno.

Vienes ligero como un caballo,

pero yo sé batallar con buena espada;

ya tengo la boca llena

de polvo de andar agachado.

Te crees que llevas buena baza,

pero por ti no me callo,

porque, al acabar este baile,

terminarás como un asno.

Ñap.

Te he sacudido demasiado pronto,

Moreno, ¿tú qué harás?

Abajo, abajo sufrirás,

pero allí tomarás resuello;

entonces sacarás las fuerzas,

tú que serás más soldado,

que cuando me veas cansado

entonces te volverás contra mí.

Moreno.

Ñap, ñap y ñap, tres veces.

¿No ves que no me ganarás?

Yo veo que te haces el chulo

y ganas por los revolcones;

¿no sabes lo que conseguirás?

Que, teniendo las fuerzas acabadas,

entonces, a las embestidas,

ya no saldrás al medio.

Ñap.

Moreno, ya estoy cansado,

no te hacía tan valiente;

tú haces la pelea jugando

y a mí me has dejado desdentado.

Y aliento ya no tengo;

y el chasco más pesado

es que en vano me han cuidado,

y quedaré malparado.

Moreno.

Démonos una embestida

y veremos quién va primero;

que por abajo he tenido que ir

y tengo la espalda ensuciada,

y eso es malo de aguantar;

pero con una sacudida

que le dé otra vez,

Ñap no querrá volver.

El amo de Ñap lo agarró

y lo separó pronto,

y le dijo: «¿qué tal, Ñap,

Moreno qué hará? »

Y Ñap le contestó:

«Lo veo en dificultad,

el juego está perdido;

ya pueden darlo por ganador.»

A Moreno también

de él lo apartaron

para volverlo a soltar,

y quedó de lo más entero,

y al otro perro dijo:

«Ñap, me gusta hablar claro:

a ti te he de ganar;

veo que eres demasiado alborotador.»

Moreno.

Veo que, al llegar la hora de la verdad,

ese que tanto me zarandea

y de ganar ya fanfarronea,

de encima de mí se quitará;

es verdad que sabe morder

y me arrastra y me patea,

pero yo tengo correa,

y a la larga se verá.

Volvamos a dar otra embestida;

el amo de Ñap volvió a decir:

«Yo sé cierto que el perro es fino

y no hará mala pasada;

y si le pegan la pitada

delante de todos los que hay aquí,

buscar donde huir

quien acaso lleve las de perder.»

Moreno.

Si Ñap se asustó,

su amo aún más;

y luego, apostando dinero,

se quería defender,

hasta el punto de que propuso,

despreciando su interés,

querer hacer un exceso,

como si quisiera amenazar.

Ñap.

Amo, el juego es peligroso,

veo que estáis enfadado,

y yo llevo carga de sobra

y no puedo defenderos;

no vayamos a caer los dos.

Yo ya estoy estropeado

y habéis de andaros con tiento

para que os apaleen a vos.

Moreno.

Si lo volvéis a hacer pelear

conmigo otra vez,

la apuesta ha de ser abundante

con buen dinero por delante;

así su amo sabrá

si soy una gallina amarrada,

y podrá valorar, en la embestida,

si Moreno es buen perro.

Ñap.

Yo, en mis adentros,

solía pensar

que otro se fue a pelear

en Palma y quedó

en medio de la plaza sin piernas…

Moreno, en aguante me superas,

porque veo que tienes tales mañas

que a fuerza de palique ganarás.

Moreno.

Lo que importa es poner

apuestas de cincuenta duros,

y así veremos los chulos

de Palma ajustando cuentas;

y, si salimos del apuro,

tendremos para echar unos tragos

para matar algún gallo,

y para cafés, copas y puros.

Ñap.

Bueno, hablar está de más;

no voy a volver a pelear,

y si él vuelve a apostar,

se expone a perder el dinero

todo cuanto allí arriesgue.

Ya les vale a esos perdularios,

que, si ellos son unos veletas,

tenga yo que pagarlo.

Moreno.

Al amo no has de dar

la culpa, que no la tiene;

la tienes tú, que eres un haragán.

Tienes desgana para pelear;

mi amo ya me lo dijo:

«Tú, para lo que eres bueno es para comer,

y si te hacen agarrarte,

hasta te avergüenzas de quedar bien.»

Ñap.

Amo, no brindéis por mí;

ni se volverá a armar tal jaleo,

ni tú me ganarás

ni a comer un plato de sopa.

Y si alguna vez te topas conmigo,

tú mismo luego lo verás:

no creas que eres capaz

de ganarlas todas.

Moreno.

Me he cansado de sermonear

y no te lo puedo dar a entender:

que para pelea eres malo,

porque pronto te sueles cansar;

y así dejémoslo estar,

que el amo que te suele guardar

bien puede presumir

de tener semejante pieza.

Ñap.

Mi amo es que tiene miedo,

y aunque sea un dogo mallorquín,

soy bueno para hacer ruido

y para comer, aunque sea un trozo,

tanto si hace sol como si llueve.

Lo que pienso es que conmigo

no ganará ningún tesoro

ni estrenará ropa nueva.

Moreno.

Con tu nombre no erraron:

tú eres dogo mallorquín antiguo;

pero solo si te dan el buey frito,

no si te ponen a pelear.

Yo ya estoy enterado

de que, si te hacen demostrarlo,

tendrán que buscarte por ahí,

porque te habrás escondido.

Ñap.

Yo soy bueno para pelear

y para tener discusiones,

pero con perros de poca monta

a los que pueda manejar;

pero no hago apuestas

contra uno que me pueda ganar,

pues enseguida lo dejo estar

y no doy más razones.

Moreno.

Tú, algo ruidoso,

y tu amo, bravucón;

los dos hacéis mucho ruido

sin saber por dónde sopla el viento,

y luego, para quedar bien,

os suele costar del bolsillo,

y lo peor de todo

es que Ñap no tiene nada que hacer.

Ñap.

Si vuelvo a pelear con él,

no me sabrá mal si pierdo dinero;

que el amo se empeña en torcerlo todo,

y ya veréis qué remedio,

si acaso sucediera

que me volviera a tocar la piel,

o la nuca del cogote,

huiré y no me verá más.

Moreno.

Tú mismo te precipitas

al pelearte con otro,

y eso es una falta

que suele traerte desgracia;

la razón a la vista salta,

y, si nos volvemos a topar,

ya nunca más podrás ir,

Ñap, con la cola tan alta.

Ñap.

Moreno, tú juegas con ventaja;

no es que me quiera pelear,

es el amo quien me suele forzar,

porque se le ha metido en la cabeza

que gracias a mí se quiere ganar

el jornal, este soldado;

y yo he quedado maltrecho

y no me quiero volver a agarrar.

Moreno.

Tu amo se ha venido arriba

y soltó la frase

de que tú eres el perro mejor

que había en Palma;

y no quiero disputarlo,

pero yo, por piedad,

no te dejé desollado

cerca de Cala Major.

Para lo que sí eres muy listo,

te lo digo y lo has de creer,

es para alguna vez sacar

los bocados de dentro del plato;

y lo que digo puede verse:

quieres estar descansado

en un rincón retirado,

con un jergón donde yacer.

Ñap.

En vano hemos conversado:

tú has ganado la victoria.

Dejemos ya el alboroto,

que eres el más aventajado,

y el amo que te ha adiestrado

podrá tomar posesión

del dinero y la honra y gloria

de decir por todas partes que has ganado.

Moreno.

Dios te dé buen descanso,

que con salud podamos estar

y te puedas librar

de caer en malas manos;

tú no tienes mañas suficientes

para poder pelearte,

y el amo que te cuidó

ni siquiera sabe lo que son los perros.

Dejemos la conversación

y no hablemos más del lance;

tú, si te escuece, ya curarás,

yo también he de sanarme;

yo lo que quiero procurar

es no ofender si me alargo,

aunque sé que no hacen caso

de las palabras de un perro.

Y si nadie, de ningún modo,

cree en todo lo que he dicho,

lo quiero dar por escrito

y lo firmo: El perro Moreno.

El que este papel ha compuesto

a todos pide perdón,

y si hay alguna falta,

espera ser perdonado;

soy un pobre desdichado,

y vivo de mi sudor,

y solo paz y unión a todos he deseado.

(Es propiedad)

Se halla de venta en Palma, tienda de M. Borrás y en la casita de madera de la cuesta del Teatro.

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ISSN 3101-5190

“Historia interesante de un grandioso elefante” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego anónimo catalán Historia interesán de un grandiós elefán, de finales del siglo XIX o inicios del XX.

Se trata de una composición popular, de marcado acento satírico, concebida como relación fabulosa de las aventuras de un elefante desde su nacimiento hasta que llegó a la ciudad condal. El texto encadena hipérboles con humor escatológico y disparates geográficos propios de cierta rama de la literatura de cordel. Nuestro animal es descrito con dimensiones monstruosas, lucha contra fieras, atraviesa bosques y mares, visita Montevideo, hunde embarcaciones y acaba sus días siendo exhibido en el Parque de la Ciudadela. Algunos incidentes parecen remitir a la trayectoria de paquidermos célebres como Pizarro; otros apuntan al “Abuelo” —en realidad, una hembra—, probiscidio residente del Zoo de Barcelona entre 1892 y 1914. La vena grotesca del pliego transformó, así, un trasfondo reconocible en una biografía falsificada y caricaturesca.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Facilito al final un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

HISTORIA INTERESANTE
DE UN
GRANDIOSO ELEFANTE

Con todas las hazañas por las que pasó
desde su nacimiento hasta el presente año.

Lector, si acaso viajaras,

verías cosas muy grandes:

verías los elefantes

que hay en las Indias bravas.

Verías unos animales…

«que yo no les he tomado la medida»,

son, sin decir ninguna mentira,

más gordos que catedrales.

Tienen unas piernas, lar…gas,

«y no lo digo cantando en coplas:»

son cuatro veces más gordas

que aquellos bocoyes de seis cargas.

¡Y una cabeza! Vaya, dejémoslo correr,

porque te espantarás:

pues la caldera del gas

les sería estrecha como gorra.

Las orejas… qué te diré,

es decir, las de los elefantes

no son, ni con mucho, tan grandes

los abanicos de un barbero.

Ah; también tiene unos ojos. ¡Hijo mío!

y no te digo ningún disparate:

más grandes que ruedas de carro;

anchos de nueve palmos o diez.

Después tienen unos colmillos,

vaya, que te darían miedo.

No hay ninguna embarcación

que lleve los palos tan altos.

¡Y la trompa! ¡Ay, tu madre!

¡Si veíais aquel trasto!

¿Qué os creéis, que no es bien gruesa?

¡La lleva larga por varas!

¡Pues sí, muchachos! El elefante,

la trompa le sirve de mano:

cuando han de beber o comer,

con la trompa todo lo hacen.

Si te dan una bufada

con aquel horrible armatoste,

vais tú, y tu pueblo y todo,

dos horas de reculón.

La cola tiene una fisonomía

igual que un cono de papel,

es tan pequeña y mezquina

que aquello parece una birria.

En el cuerpo tiene una cosota

que… yo no la oso decir:

si lo íbamos a medir

parecería otra pata.

Cuando hacen una meada,

si vierais aquellos campos,

queda un reguero de tres palmos

y una hora de largo.

No creáis que sean romances,

que yo no soy embustero;

quiero decir: si hay alguno que es fiera,

también hay que son mansos.

Cuando hacen sonar la trompa,

aquello, hijos míos, parece una corneta:

te mueve un terremoto

como si el mundo hubiese de acabar.

Un día… ¡Ay, san Antonio!,

me pasó uno por la vera

como una locomotora:

igual, lo mismo que un demonio.

Después se averiguó

que aquel tremendo elefante,

en una cueva muy grande,

se fue a parir.

Tuvo dos pequeños

allí en un montón de paja:

pues sí, sí; aquella chiquillería

ya hacían bufidos y gritos.

A los veinte días de estar allí,

o al cabo de cuatro semanas,

eran gordos como tartanas,

y el más pequeño huyó.

Y ahora que me viene a la memoria

y se presenta la ocasión,

de este pequeño animalejo

os voy a contar la historia.

Iba atravesando campos

tanto de noche como de día:

¿sabéis de qué se mantenía?

De comer palmas y ramos.

Oh, sí, no os pongáis a reír,

Dios grande, ¡qué trabajos penosos!,

hay quienes comen ramajes

tan solo para poder vivir.

Veinte días caminaba

sin atender a razones;

veía serpientes, veía leones,

pero nunca se detenía.

Como que aquello era en el estío,

la sed lo mortificaba,

y para beber, se paraba

a la orillita de un río.

Metía la trompa allí,

y cómo chupaba con aquel pico:

hasta que el río quedó seco,

y hasta que se hartó.

Una hiena que era chata

también fue allí a beber;

como agua no encontró,

no faltó gresca.

La hiena, toda enfadada,

dentro de un bosque se metió,

y con gruñidos, gritos y bramidos

iba dando la voz de alarma.

Enseguida acudieron

dos leopardos y un chacal,

dos tigres del Senegal,

un búfalo y un jabalí.

Dos serpientes de cascabel,

veinte panteras, seis leones:

allí habríais visto disputas,

y todo Cristo contra él.

Él, con la trompa levantada,

ya me los comenzó a perseguir,

y a todos ahogados los dejó

tan solo con una bufada.

Vuelven a emprender la lucha,

y él firme, con toda pompa,

y otra vez con la gran trompa

les dio otra ducha.

¡A rediós, qué batalla!…

Todos sobre él a mordiscos,

empujones y arañazos;

y él derecho como una muralla.

No pudieron salir bien

tanta tropa contra él,

porque, hijos míos, tiene una piel

que las balas no le hacen nada.

Él, al final, quemado

de tantos bramidos y mordiscos,

con tres o cuatro trompazos

dejó el campo limpiado.

Cansado ya de estar allí,

orgulloso y soberano,

el tipo, muy despacio, despacio,

volvió a emprender el camino.

Pasaba arenales, montañas;

su paso ya era inseguro;

nunca pisó nadie

unas tierras tan extrañas.

Sin penas ni quimeras

y descansando rendido,

atravesaba una noche

unos grandes bosques de palmeras.

Sintió ruido, y se paró:

y para recoger aquel olor,

levantó la trompa al aire

y se puso espantado.

Y así que ya estaba a punto,

con intenciones no muy buenas,

más de veinticuatro monas

se le tiraron encima.

De aquello que llaman pericos

saltaron allí… ¡quién sabe cuántos!

cotorras, orangutanes,

y más de ochenta micos.

Parecían enjambres de abejas

todos botando por encima de él;

subían piernas arriba

y agarrados a sus orejas.

Él con la trompa, rip rap,

contra aquellas domésticas fieras,

pero como van tan ligeros

no podía tocar a ninguno.

Como veía que no daba una,

y que la trompa no le servía,

no tuvo más remedio

que ponerse enseguida a correr.

Parecía que se volviese loco,

atravesando aquel campo

todo cargado de animalerío:

ya os digo yo que daba gusto.

Reventado de hacer el viaje,

de bestias tan cargado,

llegó todo reventado

a la orilla de una playa.

Como sabía nadar,

y la carga lo aturdía,

allí no hubo tu tía,

dentro del mar se metió.

¡Rediós, qué terremoto!

Como se veían perdidos todos,

ya podéis contar qué saltos

hacían arriba y abajo.

Aquello parecía una guerra,

todo Dios brincaba y saltaba,

y el que no se ahogó

es porque volvió a tierra.

Ya lejos de micos y monas,

dentro del mar el elefante,

nadaba de tanto en tanto

e iba reposando a ratos.

Desde una barca pescadora

lo vieron unos marineros,

y sin pensarlo más

le tiraron una fisga.

Cuando él se sintió pinchado,

un golpe de trompa, y adiós:

ellos y la barca, hechos añicos,

todo Cristo quedó ahogado.

Nadando iba siguiendo,

y por voluntad de Dios,

llegó a Montevideo

y del mar fue saliendo.

Pastando de la Ceca a la Meca

fue a parar a un campo de guano;

y allí lo encontró un gitano

que era hijo de Vilaseca.

Pero estaba un poco borracho,

porque el grandísimo muñeco,

viéndolo con la trompa y todo,

se pensó que era un mulo.

Y decía: «¡Allí me juego un nabo,

que no ha visto nunca ningún gandul

un mulo con la cola en el culo

y una cola en la cabeza.

¡Mirad el pobre cómo está!

he aquí, esto es un fenómeno:

este, sin jugar al dominó,

siempre ha de hacer cabeza y cola.

¡Ay, y ahora! ¡Que está esquilado!

no tiene un pelo: ¡Virgen María!

quizá es de una enfermedad,

o quizá lo han afeitado.

¡Qué ore…jas! ¡Señora!

Eso sí que no tiene medida.

Parecen, sin decir mentira,

toldos de revendedoras.

Arre… niño… toma, ten…

Hace cara de enfadado:

me parece que ya he cobrado

si acaso me endiña un vaivén.

¡Ay! no se menea ni se mueve…

el payo, como hace el bobalicón.

Tiene los cuernos en la boca,

puede ser que sí que deba de ser un buey.

Pero, ca, un buey no es así,

porque ya me habría embestido.

¡Qué culo tiene más caído!:

veamos si lo haré seguir.

Toma, pequeño, arre, ho…

veo que el miedo no lo arredra:

veamos, tirémosle una piedra

para ver si coge miedo.

¡Cómo me mira el cicatero!

¡Recristo, cómo se eriza!

¡Ay, madre mía, cómo bufa!

¡me largo, que se hace el torero!».

El elefante se enfadó

cuando se vio insultado,

y con la trompa preparada

al gitano persiguió.

Lo agarra por el cogote

con la trompa el animal,

ved si lo tiró alto

que no hemos sabido nada más de él.

Pero un día llegó:

«esto sí, ya lo podéis creer»,

que dos indios que lo vieron

una trampa le prepararon.

La bestia una costumbre tenía:

que cuando quería dormir,

se arrimaba a un pino

porque echarse no podía.

El pino se lo serraron

hasta que justo se aguantase;

al apoyarse, con el peso

se acabó de romper.

De culo el animal cayó

sin poder moverse de allí,

y al día siguiente por la mañana

lo hicieron prisionero.

Lo alzaron con un aparejo

y atado sin clemencia,

y con el tiempo y con gran paciencia

domaron al animal.

Le cortaron los colmillos,

que así dicen que se vuelven mansos

y que no son precisamente romances,

que sacaron muchos reales.

Un inglés lo compró

y con un barco y mucha maña

se lo llevó hacia aquí a España

y a Barcelona lo trajo.

Allí se hicieron con él,

comprado o vendido no lo sé,

lo que sí puedo decir muy bien

es que allí en el Parque lo encontraréis.

No es nada travieso, es muy sabio;

la chiquillería, cuando va allí,

siempre le apartan pan

y por nombre le dicen Abuelo.

— FIN —

Y si hay algún botarate

que lo que he dicho no quiera creer,

cuando quiera lo puede ir a ver,

y acabado, amén Jesús.

Es propiedad de Juan Grau.

Reus—Se vende en la librería Joan Grau, calle de Meliá, núm. 1.


GLOSARIO

Bocoy: tonel grande.

Bufada: soplido fuerte, bufido.

Cicatero: mezquino, ruin, miserable.

De la Ceca a la Meca: dicho popular con el significado de andar de un lado a otro.

Endiñar: dar, propinar, asestar (generalmente, un golpe).

Fisga: arpón de varias puntas destinado a la pesca.

Guano: excremento de aves marinas o murciélagos empleado como abono.

No hubo tu tía: expresión coloquial que quiere decir “no hubo remedio”.

Reculón: retroceso brusco.

Rediós: interjección que denota enfado o sorpresa; equivalente a “rediez”.

Tartana: carruaje abovedado y ligero de dos ruedas.

Vilaseca: municipio de Tarragona (Cataluña).

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Canción nueva y divertida del gabacho y el monito” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Canso nova y divertida del gabacho y el monito.

Se trata de una composición popular que sigue las desventuras de un tipo cómico: un organillero de otro país que exhibe una mona amaestrada por las calles e intenta desesperadamente conquistar a una tabernera. El atractivo del pliego reside no tanto en la acción como en la lengua misma: una mezcla macarrónica de castellano y catalán con deformaciones del francés y del italiano. Este dialecto híbrido caracteriza al protagonista como artista ambulante, músico callejero y figura excéntrica, blanco de las mofas de una sociedad xenófoba que lo juzga —con un doble rasero moral— en función de cuánto dinero posea.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Al final facilito un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes. Se ha decidido mantener algunas voces macarrónicas para conservar el sabor del texto.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

CANCIÓN NUEVA Y DIVERTIDA
DEL
GABACHO Y EL MONITO

I

Yo, tocando un grosso órgano,
haciendo bailar a la mona,
divierto a tutta la chiente
y los sous me sé ganar.
¡Ea, señores,
venidlo a ver,
que tiene el mono
molto saber!
Es muy vivo
para trabajar,
y muy ligero
para bailar.


II

Sabe bailar molta polca,
cargar y disparar el fusil,
y tocar las variaciones
del concierto de violín.
¡Verán, siñores!…
—¡Monito!… ¡alón!…
¡Al hombro!… ¡carguen
a discreción!
¡Sacarranundi!
¡Prepar…! ¡apun…!
¡Apun…! ¡Carajo!…
¡Fuego!… ¡Pim! ¡Pum!


III

¡Ea! Un real, señoritas,
por el mono tan sabido,
que yo ando buscando el archán,
y en el mundo el archán lo hace todo.
Y senza bolsa,
si quiero comer,
todos dicen:
«¡No compre pan!»
Pero si yo llevo
algún dinero,
las niñas dicen:
«¡Qué buen messié!».


IV

Yo estoy muy enamorado
y me muero de pasión
por la bella tabernera
que me vende la ración.
Y yo le digo:
“Casarte conmigo quiero,
y en matrimonio
tener garçons”;
y ella responde:
“¡Marcha, gabacho!
Tienes mala facha
para ser amado”.


V

Al matin del otro día,
yo paré a comer la sopa
y le di a la tabernera
un abrazo muy fuerte.
Ella llevaba
un grosso plato,
lleno de sopas
que había pedido.
Con mucha risa,
¡futro!, tiré
todas las sopas
sobre mi cogote.


VI

Cuando toco por las calles,
siguen los petits garçons;
y me dicen: “¡Gabacho! ¡puerco!”.
Y yo digo: “¡A futre! ¡alón!”.
Y todos corren
como un relámpago,
y yo con la mona
busco el archán,
para que se rinda
ante tantos sous
la tabernera
de mi corazón.


Se hallará de venta en casa de los sucesores de Antonio Bosch, calle del Bou de la Plaza Nueva, núm. 13, tienda.

Barcelona.—Imprenta Peninsular, Asalto, núm. 69.


GLOSARIO

Alón: deformación macarrónica del francés allons (‘vamos’).

Archán: dinero; voz macarrónica relacionada con el francés argent (‘plata’, ‘dinero’).

Futre / futro: deformaciones macarrónicas del francés foutre, voz vulgar empleada como interjección o taco.

Gabacho: denominación aplicada a los franceses.

Garçons / petits garçons: del francés garçons (‘muchachos’) y petits garçons (‘niños’, ‘muchachos pequeños’).

Grosso: forma italianizante por ‘grande’.

Matin: del francés matin (‘mañana’).

Messié: deformación macarrónica del francés monsieur (‘señor’).

Molto: italianismo por ‘mucho’.

No compre pan: deformación macarrónica del francés ne comprends pas (‘no entiendo’), cruzada cómicamente con “pan” en un contexto de hambre.

Sacarranundi: voz macarrónica de sentido incierto.

Senza: italianismo por ‘sin’.

Sous: moneda francesa de escaso valor; por extensión, dinero.

Tutta la chiente: por ‘toda la gente’, con italianismo en tutta y deformación macarrónica de ‘gente’ en chiente.

Huellas en la tinta

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“El pájaro Sisón” (s. XVIII): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego valenciano El pardal Sisò (s. XVIII), atribuido a León Carlos.

Se trata de una composición burlesca, en forma de diálogo, entre dos figuras emblemáticas de la topografía de Valencia: el Sisón de lo alto del campanario de San Juan del Mercado y el Dragón del Colegio del Patriarca. Los preparativos de las fiestas por la beatificación de Juan de Ribera —andamios, luminarias, ornamentos, albañiles y bullicio urbano— esbozan una escena que refleja ansiedades en torno a la destrucción patrimonial. El pájaro, alarmado por las obras que se levantan junto a su campanario, cree que van a vandalizar su efigie; el Dragón se lamenta de haber sido olvidado en una celebración de gran magnificencia. Por lo demás, en el coloquio se funden la sátira urbana, la cultura festiva y una mirada irónica sobre los preparativos ceremoniales.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Facilito al final un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

EL PÁJARO SISÓN, QUE ESTÁ EN LO ALTO DEL CAMPANARIO de la Iglesia de San Juan, aturdido al ver la barahúnda que se movía en la Plaza del Mercado, con motivo de las Fiestas de la Beatificación del B. Juan de Ribera; y lo que es más, viendo los andamios que ponía el Clero de San Juan, pensando que iban a hacerle una mala pasada, tomó vuelo, y se paró en un tejado del Colegio, desde donde divisó al Dragón.

S. Dragón, muy buenos días tengas.

¿Qué, acaso estás escondido?

Amigo, ¿qué te ha sucedido?

¿Habrá fortuna más grande

que haber parado yo el vuelo

donde nunca había pensado?

D. ¿Quién eres tú, que así me hablas

con tanta marcialidad?

Sisón. ¿No me conoces?

Dragón. Ni tampoco

te he visto, ni te he hablado.

Sisón. Supongo que eso es muy cierto;

y, a decir verdad,

yo no te he visto en mi vida;

pero es tu fama tan grande,

que de Levante a Poniente,

mujeres, hombres, chicos y grandes

saben que eres del Colegio

el más antiguo habitante.

Dragón. Calla, calla, cesa, cesa,

porque un puntito has tocado

que me ha dejado trastornado,

colérico, triste, y arrinconado.

Sisón. Pues ¿a qué viene esa manía?

Dragón. Di tú primero el caso

que te ha traído a esta Casa,

y una vez enterado

de tus aventuras,

entonces te daré parte

de las aflicciones que me tienen

melancólico, y angustiado.

Sisón. Hablas como Dragón de bien;

y pues en tu Casa estás,

y yo vengo a guarecerme

en tan grave necesidad

de tu protección,

escúchame pues, y sabrás

la historia más estupenda,

el pasaje más gallardo,

el cuento más primoroso,

el jeroglífico más grande

que en Valencia ha sucedido

desde que hay Murciélago,

que es lo mismo que si fuera

desde el punto en que la quitó

a los Moros el Rey Don Jaime.

¡Oh qué gran antigüedad!

Has de saber pues, amigo,

que yo, si no has reparado

en las señas, soy el Sisón,

aquel remontado Pájaro

que está en lo alto del Campanario

de aquella Iglesia brillante

por todo el Orbe conocida,

la de San Juan del Mercado.

Dragón. ¿Tú eres aquel elemento

que atisbas sin chistar

todo cuanto en el Mercado pasa?

Sisón. Sí, ¡y si quisiera hablar

bien creo que habría tela que cortar!,

pero volvamos a nuestro caso.

Estando pues de centinela

todo el término registrando,

vi preparativos

magníficos, grandes y especiales:

muchas maderas por aquí:

muchas obras por allá;

balcones añadidos a un puesto;

a otro, ventanas grandes:

medidas por la Puerta Nueva:

medidas en el Consulado;

agujeros cerca de la calle Nueva;

mas de nada hacía caso,

pues como he visto tantas fiestas

desde que estoy allá arriba

me pensé que serían

algunos preparativos

de otras fiestas, y quietecito

me estaba repantigado;

hasta que anteayer,

todavía estoy espantado,

reparé, ¡qué tristeza!

que en aquel rellano tan grande

encima de las escaleritas

iban poniendo barras

y hacían un andamiaje;

pensé que sería un Altar

que mi Clero quería hacer

y quedé algo sosegado.

Crecía el andamio a varas

y cuando me di cuenta

ya llegaba a los balconcitos:

yo dije entre mí, ¡caramba!

este cuento va de veras.

¿Qué querrán hacer aquí arriba

donde en el tiempo en que estoy

ningún viviente ha subido?

Estando en estos pensamientos

veo que iban arrimando

escaleras, y que a porfía

intentaban subir

una turba de albañiles;

y como por mi dignidad

y el alto puesto en que existo

tengo contrarios a montones,

me hice estas reflexiones

así como las voy contando.

¿Si serán los Compradores,

algunos que suelen sisar,

y sabiendo que todo lo veo

me querrán asesinar?

¿Si acaso las Revendedoras

perfectas de este Mercado

se han conjurado contra mí,

porque oigo los disparates

con que a todos tratan por todas partes?

¿Si algunos perdidos Estudiantes

que en los melones y la fruta,

y hasta en las tablas del pan,

obrando a la chita callando,

viendo que solo yo declarar

puedo en tal causa, me quieren

con sus mañas enredar?

¿Si los Tenderos:::- pero amigo,

estando soliloquiando,

veo junto a la bola dos hombres

con las dos zarpas en alto.

No averigüé la intención,

pero estando entendiendo ya

del refrán aquel tan sabido:

Que salto de mata, más

vale que ruego de buenos,

sacudiendo las alas

los dejé a todos en un moco

de diez varas, y pegando,

como quien dice, campo a través,

a este tejado he llegado,

donde casualmente te encuentro.

Este ha sido mi caso.

Si estas desdichas te mueven,

si atiendes a estas verdades,

si tienes el corazón generoso

como toda Valencia sabe,

espero de tu afecto

que aquí me patrocinarás,

me darás cuanto puedas,

y si es que llegara el caso

de venir por mí, en defensa

mía, la vida perderás.

Dragón. Mil abrazos te daría

si yo te pudiera abrazar

y pues que reconocido

en tu modo me he visto,

después de darte palabra

de en todo ser tu Atlante,

pues en materias de honor

ningún Dragón se ha negado,

escúchame otro ratito

y te contaré mi caso.

Desde que se fundó el Colegio

por mandamiento del Prelado,

mi Señor Fundador,

Patriarca venerado,

y Beato hoy en el día,

que siempre he estado atisbando

la Iglesia sin entrar dentro,

pero muy bien visitado

por hombres, mujeres, chicas, chicos

y forasteros a montones:

siendo pues yo el más bello de todos,

me tienen arrinconado,

y en cuanto a las Luminarias

que se hicieron en el año pasado,

todos gozaron de la fiesta,

siendo solo yo el desgraciado.

Dos meses hará por lo menos

que lo ponen de punta en blanco

todo, renuevan pinturas,

los claustros han blanqueado,

de bolas y de faroles

no se cuentan los millares,

arcos, cirios y blandones,

con arañas de cristal

un sinnúmero; las varas

del más fino y pulido damasco

dan miedo solo de pensarlo;

el terno que se estrenará

está cuajado de oro;

en una palabra, hacen

tantas cosas estupendas,

que memoria quedará

en Valencia de estas Fiestas,

tanto por la solemnidad,

como por la magnificencia.

Sisón. Pues ¿en qué estriba el pesar

cuando lo que dices es placer,

y muy contento debes estar?

Dragón. Mientras tú hablabas, amigo,

atento te estaba escuchando

sin meter la cucharada;

todavía no hemos acabado,

y el punto fijo del asunto

queda por noticiar,

y así déjate de preguntas,

ni tienes que irme a la mano,

porque las explicaderas

son, a Dios gracias, bien grandes,

causándolo el trato que tengo

con tantísimos Estudiantes.

Siendo yo el más antiguo de todos,

¿no estaba puesto en razón

digna y muy correspondiente,

el haber contado conmigo

en una Función de tal grandeza?

Pues nadie se ha acordado,

hasta que ayer por la mañana

pasó el Librero de ahí delante,

el más antiguo, y un Coloquio

fue a dar a los Capellanes

en que Sento, y Tito decían

que estaba desesperado yo

porque conmigo no contaban

quedándome allí arrinconado

siendo el Decano de todos,

y otras cosas que en tal

papelote ellos embocaban.

Esta voz se esparció,

y tomó tan gran cuerpo,

que en un punto y en un instante

me descuelgan, me limpian,

y me pintan de muy buen grado,

subiéndome a esta solana,

hasta que se haya secado

el vestido nuevo; los Pintores

están siempre refunfuñando

diciendo que me sacarán a la vista,

y que en la Plaza he de estar

los tres días: este es

tanto mi gozo como mi pesar;

y pues que el mismo motivo

nos tiene a los dos tan alterados,

ánimo y resignación,

que este tiempo otro nos traerá.

Sisón. Tú al menos, Dragón, tienes motivos

de ese modo de pensar,

pero yo: nee nominetur.

Dragón. ¿Quién te ha enseñado a hablar

en latín?

Sisón. Todas las lenguas

se oyen en el Mercado,

pero el latín lo he aprendido

de hablar con el Escolano

que aparece pintado a solas.

Dragón. Muy bien.

Puede ser que lo entendieras mal,

y el querer cogerte, sería

para hacerte plateado

o dorado algún vestido.

Sisón. Como son los Comisionados

jóvenes, alguna diablura

pensé que habrían ideado:

tomé las de Villadiego.

Dragón. No creo que lo hayas acertado.

Sisón. Tomaré noticias, alzaré el vuelo

subiéndome al campanario

de San Andrés, descubriendo

lo que pasa por allá,

y según la información

que me hagan, limpito y claro,

así obraré.

Dragón. Me place.

Muy entendido es el Sisón;

mucho me he alegrado de verlo.

Ni extraño lo sucedido;

ni lo que a mí me ha pasado.

Si no fuese por Tito y Sento

a oscuras hubiera estado.

Pero ya parece que otra vez

el Sisón se ha bajado.

Sisón. Amigo, al puesto me vuelvo

pues según me han informado

unos Palomos, para lucirme

me querían coger.

Dios te pague tu buen celo

permitiendo que gocemos en paz

de unas Fiestas tan lucidas.

Veré si podré volver

a hacerte otra visitita.

Dragón. Cuando quieras volar

bien podrás; muchas memorias

a los Concurrentes del Mercado,

y que se acaben las Fiestas

con paz y tranquilidad.

En Valencia: Por Miguel-Estévan.


GLOSARIO

Andamiaje: estructura provisional de madera que sirve para subirse y trabajar en una construcción, pintura o reparación.

Atlante: titán que sujetaba en sus hombros el peso del cielo por castigo de Zeus. Por extensión, sostén anímico o protector de alguien.

Beatificación de Juan de Ribera: fiestas celebradas con motivo del reconocimiento oficial del patriarca Juan de Ribera como beato.

Blandón: cirio grande y, también, el candelero que lo sostiene.

Chita callando: actuar silenciosamente y con disimulo.

Colegio del Patriarca: Real Colegio Seminario de Corpus Christi de Valencia, fundado por Juan de Ribera.

Consulado: referencia al Consulado del Mar, un edificio histórico valenciano.

Dragón: figura legendaria que se exhibe en el Colegio del Patriarca. Se trata de un cocodrilo disecado.

Escolano: joven que canta en el coro y que ayuda en los oficios litúrgicos; parecido al monaguillo.

Explicaderas: coloquialismo. Manera de expresarse o darse a entender.

Luminaria: luz puesta en ventanas, balcones, torres y calles en señal de festejo.

Meter la cucharada: interrumpir (en este caso, la conversación).

Murciélago: Lo Rat Penat. Símbolo heráldico de Valencia asociado a una historia medieval sobre el rey Jaume I.

Nee nominetur: latinismo con el significado de “que no se nombre”; reticencia discursiva.

Papelote: forma despectiva de designar un papel impreso.

Puerta Nueva: Puerta de la Alcaicería que en el pasado dio acceso a la ciudad.

San Andrés: se corresponde con la Real Parroquia de San Andrés Apóstol, hoy ubicada en el centro de la ciudad.

San Juan del Mercado: es hoy la Real Parroquia de los Santos Juanes, situada junto al Mercado Central.

Sento y Tito: personajes de otro coloquio mencionado en el texto.

Sisar: hurtar pequeñas cantidades.

Sisón: veleta metálica colocada en lo alto del campanario de la iglesia de San Juan. Representa a un sisón, ave esteparia emparentada con la avutarda.

Solana: lugar donde incide intensamente el sol.

Terno: vestuario litúrgico de los religiosos que ofician una misa mayor.

Tomar las de Villadiego: expresión coloquial con el significado de “huir apresuradamente”.

Vara: medida antigua de longitud.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Gran historia de un pollino” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Gran historia de un pollí (s. XIX).

Se trata de una composición burlesca protagonizada por un asno vendido y maltratado varias veces hasta que, tras su muerte, su piel acaba convertida en cuero para fabricar unos timbales festivos. En el texto se entremezclan el humor popular, la violencia, bromas obscenas y xenófobas, léxico rural y voces rebosantes de colorido. Sabemos que gozó de una difusión nada despreciable y que fue reimpreso en repetidas ocasiones durante las últimas décadas de la centuria, lo que apunta a un origen finidecimonónico.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Planeo retomarlo en una investigación futura sobre los sentimientos ambivalentes en torno a los burros.

Facilito al final, por lo demás, un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

GRAN HISTORIA DE UN POLLINO

burro, asno, bestia y animal;
y muy desgraciado por una pequeña ilusión

Un año por la primavera,
que es cuando cantan las ranas,
un burro de cuatro patas
nació de una borrica.

Es decir, era un pollino,
que burros de golpe no nacen:
estos, cuando vienen al mundo,
ya parecen algo mozos.

Pues sí; era una masía
allí donde nació el heredero:
ahora, si escucháis, sabréis
su biografía.

Allí iba pastando
y rebuznando con exceso,
y al cabo de tres años nada más
ya se había hecho muy grande.

El amo, por sacar provecho,
sin guardarle ningún miramiento,
un día lo llevó a la feria
y lo vendió a un piteo.

Aquel payés muy apañado,
para ponerlo a prueba,
le compró serón nuevo,
es decir, muy bien aparejado.

Pero lo hacía trabajar
dándole una vida amarga,
siempre doblándole la carga,
y también lo hacía arar.

Para comer, muchas veces
no le daba más que engaños;
y en lugar de darle algarrobas
le daba garrotazos.

Un día, por diversión,
a un pueblo que llaman Lilla,
el burro, el amo y su hija
fueron a fiesta mayor.

La hija a caballo iba,
sin tener nada de miedo,
y su padre, con un bastón,
detrás de los dos iba.

Y por gran casualidad,
en medio de la carretera
pasaba una borrica;
he aquí al burro excitado.

Allí comienza a rebuznar,
con las orejas muy derechas,
y sin guardar etiquetas
la empieza a perseguir.

Se alza el burro, y a la guerra
con las patas de delante:
ya podéis ir imaginando,
la muchacha, de cabeza al suelo.

En fin, ya podéis imaginar
cómo quedó la escena,
nada menos que enseñaba
todo lo que Dios le dio.

Allí acudió todo el mundo
que por aquel punto pasaba,
y claro, como ella chillaba,
la taparon no sé cómo.

Tan guapa y tan presumida,
¡rediós, y cómo lloraba!;
hasta la cara se tapaba
de verse avergonzada.

El burro, no lo preguntéis,
qué modo de armar pelea;
su amo pega que pega,
allí gritaba todo Dios.

Al burro le decían “¡so!”…..
y a la borriquita “¡arre!”,
es decir, movieron un alboroto
que más grande no lo he visto yo.

Cuanto más al burro pegaban,
él repartía más coces;
y los dejaba bien espabilados
porque a algunos les alcanzaban.

Al fin se fue sosegando
con diez mil golpes de bastón,
y hacia fiesta mayor
la gente se fue en tropel.

Pero esta burra tan asna,
y la hija, y el payés,
sin pensárselo nada más,
se volvieron hacia casa.

El piteo, todo disgustado;
y su hija, medio baldada;
y el burro, de la paliza,
quedó todo molido.

Y me lo hicieron ayunar
lo mismo que a la chiquillería;
nada de algarrobas ni paja,
y sin llevarlo a beber.

Cuando ya pasaron muchos días,
el burro, haciéndose el tonto,
se había vuelto muy manso
y se le pasaron las manías.

Otro día el patán
le dio otro golpe,
y el burro una mordida
le dio cerca de la nuca.

Viendo que era mordedor
y coceador y rebuznador,
aquel payés, de puro miedo,
ya no se lo llevaba al campo.

Y no pudiéndose servir de él
porque ya no era posible:
vio que no era rentable
tenerlo que mantener.

Sin tenerle más miramiento,
pues no lo podía aguantar,
al fin determinó
llevarlo a vender a una feria.

Ya tenéis a aquel piteo,
todo resuelto y todo formal,
llevando al rucio del ramal,
yendo hacia la feria a pie.

El burro, ufano, lo seguía,
atravesando la sierra,
siempre olfateando por tierra
y hasta reía de alegría.

Al pueblo llegaron,
y del ferial a la plaza
el piteo, con mucha traza,
en un pilar lo ató.

Había en el suelo un puesto
de vasos, de cacerolas,
de platos, pucheros y cazuelas,
y mucha loza esparcida.

Aquel tipejo espabiladito,
muy satisfecho y ufano,
se fue a una taberna,
claro, a tomarse un cuartillo.

Un rato reposó
como quien dice “no me preocupo”,
allí se lio su cigarro
y junto con otros charló.

Explicó que llevaba un asno
que era muy valiente y manso,
y que él lo quería vender
y volverse a casa.

Mientras él estaba allí
hablando con mucha cachaza,
escuchad lo que en la plaza
al rucio le sucedió.

Un chico muy bromista
allí al burro se acercó
y en la oreja le metió
dos fósforos de yesca ardiendo.

El burro, al sentir aquello
que lo quemaba con gran fuerza,
de coces no queráis más;
estaba que daba miedo.

Se rompió las riendas,
no podía sosegarse,
todo lo del suelo aplastó,
y la gente dio grandes risas.

El dueño de aquel puesto,
cuando vio aquel destrozo,
se volvió loco perdido
al ver su mercancía aplastada.

Cogió una vara,
y al burro, sin cumplimientos,
de golpes le dio cientos,
dejándolo todo maltrecho.

¡Pobre animal!,… huyó;
aquello parecía una fiera,
y fue a parar a una riera
y allí creo que se desplomó.

El payés volvió al ferial
para vender el burro deprisa,
y quedó muerto, helado,
al no encontrar el animal.

Preguntó y le dijeron
lo que había sucedido;
que el burro había huido
y el daño que había dejado.

Que si aquel burro malvado
era suyo, que pagaría
todo el daño que allí había,
y eso como gesto de amistad.

El payés pensó un rato
y dijo que no era suyo;
y añadió en voz baja:
“si acaso lo encuentro, lo mato”.

Nada, que lo abandonó
para que no le diera más disgustos,
y sin rucio ni dinero
a su pueblo se volvió.

Dos gitanos muy despiertos,
que también a la feria iban,
por la riera pasaban
y se quedaron ambos parados.

El más viejo se dio cuenta,
y como si no creyese que fuera cierto,
dijo: “Batu, ay, qué Quért (1),
va solo a pastar”.

El otro dijo: “mala suerte,
ya podemos decir gelén (2),
¿notas qué cantipén? (3),
vámonos, que debe de estar muerto”.

“No, que está vivo”, dijo el más viejo,
“ha gelát (4) de su cuartel,
porque de tanto marel (5)
le agujereaban la piel.”

Le agarraron la cola,
dándole buenos tirones,
y con tres o cuatro patadas
al fin lo hicieron alzarse.

“Ah, salao, ya está derecho”,
dijo el joven tan contento:
“nada, nada, hagamos gelén (6),
que sacaremos algún cuartillo”.

A la feria fueron
el burro y aquellos dos tunantes,
y en el ferial, quien más quien menos,
todo el mundo deseaba comprar.

Un barrendero muy bribón
se presenta en aquel momento
diciendo que para sus fines
quería comprar aquel burro.

Un gitano enseguida
lo montó con ligereza;
aquello parecía un guerrero,
tan tieso y tan espabilado.

Lo hacía ir como quería,
deprisa o poco a poco,
le hacía cualquier juego,
porque en ello tienen maestría.

El trato arreglaron
sin regatear demasiado,
y entonces el barrendero
con el burro se quedó.

Pero sucedió un caso
que tampoco fue gran cosa:
que, estando ya en sus manos,
ya no quiso dar un paso.

Le da una garrotada
el gitano en un costado;
el burro, todo ladeado
por miedo a otra paliza.

Otro golpe de bastón
le pega al lado contrario,
y aquel burro perdulario
bailaba de lo mejor.

El barrendero dijo:
“mirad cómo menea el culo…
eso lo hace porque no es gandul
y quizá quiere presumir.”

El gitano muy apañado
le dijo con toda la fe:
“cuando él menea el trasero
es que le gusta presumir”.

El barrendero muy contento
enseguida se puso en marcha,
todo satisfecho y orgulloso
de tener un rucio tan valiente.

Pero la hizo buena
con todo aquel presumir,
que el rucio se le murió
antes de llegar a Barcelona.

De llanto ya no queráis más,
y con gran sentimiento
lo dejó en un torrente,
perdido el burro y el dinero.

Pero aquel que lo desolló,
que era un curtidor feo y viejo,
dijo que su piel
muy bien la aprovechó.

Con ella hicieron cosa muy buena,
pues sin romperse mucho la cabeza,
por Corpus todo el mundo ya sabe
que hay procesión en Barcelona.

No lo busquéis por las estampas,
el gran caso ya os lo diré:
de aquella piel hicieron
los dos timbales de las trampas.

Muerto el rucio, muerta la historia.

Fin

Imps. Hospital, 19, “El Abanico”


Notas del pliego

(1) Quért: quiere decir burro.
(2) Gelén: huye.
(3) Cantipén: hedor.
(4) Gelát: huido.
(5) Marel: golpes.
(6) Gelén: huyamos.


GLOSARIO

Arre: interjección para estimular a las caballerías.

Baldada: agotada físicamente, dolorida o medio impedida por las contusiones.

Cachaza: coloquialismo que significa ‘parsimonia’.

Cuartillo: medida antigua de capacidad (para áridos y líquidos) y, también, la cuarta parte de un real. Aunque el contexto no resulta del todo claro, pienso que hace referencia a un trago de bebida alcohólica.

Cumplimiento: cumplido.

Garrotada: golpe asestado con garrote.

Payés: campesino catalán.

Piteo: literalmente, habitante de Sant Llorenç de Morunys; aquí, voz usada con intención denostativa. Es equivalente a las bromas que, en el resto de la península, se hacen sobre el pueblo de Lepe. El motivo del escarnio viene del cuento de “los savis dels piteus”, tres hombres que van a una feria en Manresa y acaban siendo burlados.

Pollino: asno joven.

Ramal: ronzal (cuerda) que va sujeto a la cabecera de una bestia de carga.

Rucio: asno grisáceo; así llamaba Sancho Panza a su montura. El término catalán original es ruch/ruc. He optado por esta traducción para preservar el sabor literario.

Serón: especie de cesta grande y sin asas que sirve para cargar las caballerías.

So: interjección para hacer que se detengan las caballerías.

Timbal: tambor con una caja en forma de media esfera.

Trampa: del catalán trampes. Designa o bien a los timbaleros o bien a los instrumentos colocados sobre un caballo y percutidos durante la procesión del Corpus.

Yesca: materia seca, preparada para entrar en combustión.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 “Remedios para la matanza de la plaga de la langosta” (1688): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción al español de la que tengo noticia del breve tratado Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688), una compilación miscelánea de diversos métodos para proteger los campos de las invasiones de langostas en un contexto de inquietud por su expansión en distintos lugares de Cataluña.

Su interés reside en el amplio repertorio de estrategias que compila —zanjas, redes, fuego, enterramientos, recompensas por captura— y en la hibridez de un discurso que revela la movilización de diversos actores sociales (civiles, clérigos y autoridades administrativas) para paliar un evento considerado catastrófico.

Al margen de estas breves notas, el estudio introductorio de este documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Baste con advertir el peso de una religiosidad providencialista y disciplinaria, así como la variedad de tratamientos desplegados no solo para resguardar los cultivos, sino para exterminar localmente la especie.

Facilito al final un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a los signos de puntuación y a palabras y formas verbales que, por desuso o error gramatical, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

REMEDIOS PARA LA MATANZA DE LA PLAGA DE LA LANGOSTA,
sacados de diferentes papeles, venidos a noticia del muy Ilustre Consistorio de Diputados del General de Cataluña, sacados a luz para el consuelo de los pueblos del presente Principado, a instancia de los muy Ilustres Señores Diputados y Oidores de Cuentas del General de Cataluña, para que cada pueblo escoja de aquellos los que le parezca más conveniente según el terreno.

SE EXHORTA A TODOS A QUE NO DEJEN DE HACER TODAS cuantas devociones puedan, para que Dios Nuestro Señor nos mire con ojos de su infinita misericordia.

Año 1688.
En Barcelona: estampados por mandamiento de dicho muy Ilustre Consistorio, en casa de Rafael Figueró.

JESÚS, MARÍA, JOSÉ Y SAN JORGE.

SÍGUENSE LOS REMEDIOS.

EL PRIMERO ES EL QUE HA SACADO A LUZ EL REAL CONSEJO, el cual lo mandó publicar por todo el Principado, que es del tenor siguiente. Considerando su Excelencia y Real Consejo los lastimosos estragos que ha causado y amenaza la langosta, afligiendo diferentes términos del presente Principado, devastando en algunos totalmente los frutos y en otros en parte, ocasionando en todos los lugares adonde ha llegado daño considerable; y atendiendo a que se va cada día extendiendo de unos a otros distritos muy distantes, y que, además de las calamidades que se han originado hasta hoy de esta plaga, podrían resultar de ella otras mucho mayores en adelante, si, ayudados por la Divina Clemencia, los naturales no se desvelasen en prevenir los remedios que tan urgente necesidad demanda. Deseando su Excelencia la conservación y alivio del país, como

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materia de su primer cuidado, habiendo ponderado con mucha premeditación las circunstancias y consecuencias de este negocio de tanta importancia para el bien público, ha resuelto prevenir lo contenido en los capítulos siguientes.

Primeramente, reconociéndose que en todos los aprietos y aflicciones el principal y más eficaz consuelo se ha de implorar de la mano de Dios Nuestro Señor y de su infinita misericordia; por ello, su Excelencia ha puesto en consideración de los Prelados Eclesiásticos que dispongan con toda brevedad, y con el celo que corresponde a los oficios y cargos, las devociones más propias para aplacar la ira divina, como son plegarias, ayunos, votos, penitencias y otros actos de virtud y remedios espirituales; y para que no quede Nuestro Señor ofendido con escándalos públicos y delitos atroces, su Excelencia ha ordenado no solo que se evitasen semejantes desórdenes, sino también las ocasiones de que podrían suscitarse, lo cual con toda aplicación se va ejecutando; y se manda a los Ordinarios, así Reales como de Barones, que observen y hagan observar lo mismo, persiguiendo amancebamientos, juegos ilícitos y blasfemias contra la honra de Dios y de sus Santos, y cualesquiera otras cosas de mal ejemplo.

Ítem, por cuanto la voluntad de Dios Nuestro Señor es que por nuestra parte, con medios humanos, procuremos obviar esta plaga, ponderando que en tres tiempos principales conviene hacer las precauciones más esenciales. El primero, cuando las langostas se reúnen, tiempo en el cual se consideran dos operaciones de ellas, esto es, disponerse para incubar los huevos y el incubarlos inmediatamente. El segundo, después de haber puesto los huevos, y cuando, avivadas, están para volar. El tercero, cuando comienzan a emprender el vuelo y se dispersan por la tierra. Por ello, se irán proponiendo los remedios para cada uno de dichos tiempos en particular. En orden al primero, que es cuando se reúnen para hacer los huevos y cuando los tienen hechos, lo cual sucede en el mes de agosto, o en otro tiempo poco menos avanzado, se juzga muy importante que se labre la superficie de la tierra, y donde no se pueda labrar, que se cave; por ello se dice y encarga que se hagan estas diligencias con todo cuidado, y que las langostas, canutos y huevos que se hayan encontrado por medio de ellas se sepulten en unos hoyos, pozos o silos muy hondos, los que parezcan necesarios, que para este efecto se han de hacer; y que, puestas allí, se aplasten y cubran con cal viva, y después se rellenen de tierra, el cual medio se cree que es mejor que quemarlas, por la corrupción que dan cuando se queman y por otros peligros que podrían sobrevenir; advirtiendo que ha de haber

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seis palmos de tierra bien apretada con mazas o pisones, apisonándola como cuando se hace una tapia; y, últimamente, aplicándose encima un montón de tierra, para evitar que por los poros de ella transpiren los vapores corruptos.

Y aunque la cal viva se juzga ser el remedio más eficaz para consumir dichas langostas y su simiente, pero a falta de ella se habrían de ahogar dentro de unos vasos llenos de agua salada de mar, o de la dulce mezclada con sal, en la cual hubiesen hervido algunos medicamentos convenientes, como son cohombros amargos, o raíces y hojas de la misma planta, altramuces y otras cosas amargas que impiden la corrupción, y después enterrarlas en los pozos, como se ha dicho.

Ítem, en el segundo tiempo, en que dichas langostas estarán nacidas hasta que vuelan, con mantas, sábanas, ramas y otras cosas semejantes, se han de matar y soterrar en la forma sobredicha.

Ítem, en el tercer tiempo, en que comienzan a volar, se van dispersando por la tierra y no tienen bastantes fuerzas para volar muy alto, al cual tiempo también se reduce el estado en que caminan, se han de recoger asimismo con mantas, sábanas y otras cosas semejantes, y se ha de hacer lo demás que arriba está advertido.

Y por cuanto en el mismo tiempo muchas de ellas se lanzan por las acequias y por los ríos, se han de recoger en la forma expresada en los capítulos antecedentes.

Y respecto de que, hallándose las langostas en las orillas del mar, o en ríos, rieras u otras aguas, se podrían matar con un instrumento que los pescadores llaman cop, con el cual se pescan las lisas a la encandilada, y, entrando muy adentro en las aguas, podrían pescarse con el instrumento con que se pescan las sabogas, o con el propio llamado cop, y sepultarlas en la forma dicha en los capítulos precedentes. Por ello se usará de estos remedios conforme las circunstancias dictaren ser más conveniente, para que el pescado del mar o de aguas dulces no se infecte y dañe a la salud de los hombres, no permitiendo que quede en ninguno de dichos tiempos multitud de ellas sobre la tierra, o a la orilla de las aguas, ni dentro, antes bien soterrándolas en cuanto se pueda.

Ítem, se prevé que las diligencias arriba referidas se han de hacer una y muchas veces, y todas las que convengan, aunque sea por muchos meses; y para este efecto los Ordinarios Reales y de Barones darán las órdenes que sean menester, para que acuda al trabajo la gente que sea necesaria, sin que por causa tan precisa se exima en su caso persona de cualquier grado, estamento o condición que

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sea, así en contribuir al gasto como a la fatiga, y ayudar con todo lo que se ofreciere para esto, a lo cual también darán impulso los Consejeros, Jurados y Paeres de las Universidades, acudiendo los de una parte a la otra, conforme la necesidad y estado de las cosas dictare; y a este fin su Excelencia y Real Consejo destinará también los Ministros que sean convenientes.

Ítem, aunque se tienen esperanzas muy fundadas de que con las sobredichas y otras diligencias se preservarán las contingencias de infestarse las aguas, con todo, en caso de suceder esta desgracia, lo que Nuestro Señor no permita por su suma bondad, se encarga a los Ordinarios, tanto Reales como de Barones, que en cuanto hubiere recelos de esto hagan publicar pregones, prohibiendo con grandes penas que personas ni animales beban de dichas aguas sospechosas. Entendiéndose también comprendidas en esta prohibición gallinas, huevos y cualesquiera otras cosas en que recaiga sospecha de estar infestadas, cuyo uso se quitará totalmente.

Ítem, queriendo dar providencia a que por ocasión de las aguas no perezcan las personas y animales, ni se infecten los aires, se dice y manda que se cierren los pozos y balsas, haciendo paredes o palos para impedir la entrada de las langostas de la mejor manera que se pueda ejecutar. Y para que las sobredichas cosas vengan a noticia de todos, se ha mandado imprimir la presente Instrucción, que se envía a los pueblos más numerosos del presente Principado, para que los Vegueres, Alcaldes y demás Justicias de ellos, los Jurados, Consejeros, Paeres y Procuradores, así Reales como de Barones, y otros a quienes toque, ejecuten y hagan que se observe lo expresado en dichos capítulos, y todo lo demás que convenga para el remedio de que se necesita.

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OTROS REMEDIOS QUE HAN USADO la Ciudad de Lleida y otros pueblos circunvecinos, del tenor siguiente

El primero fue arar los rodales o partes donde están. Este remedio fue de poco provecho, pero yo lo atribuyo a que solo se aró una vez, y juzgo que aprovechará mucho si se hace del modo que he visto anotado por algunos doctores. Es decir: arando dos o más veces la parte donde están los canutos, una a lo largo y otra a través, y con las orejeras del arado o apero pequeñas, juntas y bajas.

Y si en las partes donde haya leña quisieran hacer hormigueros de aquella tierra removida, se aniquilará del todo la semilla, porque se quemarán los canutos removidos y los que no se hayan arrancado con la reja o el arado.

El segundo, y más principal, es escoger y separar los canutos de la tierra, y dar por ello una cantidad por cuartera, y poner estos en silos o zanjas bien enterrados, o arrojarlos al mar o al río, o quemarlos, regulándolo según los lugares y la cantidad que se recoja.

Otros pueblos donde la tierra sea más blanda y suelta usan unas palas de hierro con las que acostumbran a limpiar las eras, para raspar los lugares y partes de la cría; y después, en aquellas partes, poner leña y fuego.

También creo que sería buen remedio poner en uno o más montones la tierra removida y arada con los canutos, o hacer una zanja y enterrarla, porque, según se dice, ha probado un curioso que enterró unos canutos dentro de un cesto de tierra: solo nacieron los que puso en la superficie de la tierra; pero los que tenían cuatro dedos de tierra encima, y los que tenían más, aunque se avivaron al llegar el tiempo, no pudieron salir de debajo de la tierra, y se hallaron ahogados y muertos.

El segundo tiempo en que se debe matar la langosta es después de haber nacido, hasta que vuele; y en aquel tiempo los remedios de que ha usado esta ciudad y sus comarcanos son muchos.

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El primero es matarlas con unos mazos; y de este artificio solo se puede usar por las mañanas, o cuando el día está nublado, porque la langosta está en montones, como si fuesen enjambres de abejas, y la frescura la detiene y le da espera; que, haciendo sol, enseguida se dispersa.

El segundo remedio o artificio es hacer unas zanjas cerca de donde está reunida, y hacia la parte del sol naciente (porque de ordinario salta hacia esta parte); y después de estar hechas, con unas ramas irla tocando y guiando hacia la zanja, y enterrarla en ella; y de este remedio han usado muchos lugares de Aragón; y es remedio que también se puede hacer cuando vuela la langosta, pero solo es bueno para las mañanas y para los días nublados, cuando no puede volar alto.

El tercero es (si la tierra es llana) el rodillo o piedra con que se hacen y allanan las eras, tirado por un par de mulas; se hace pasar por encima de las langostas, y de este solo se usa por las mañanas y en días nublados, cuando se encuentran reunidas; y de aquel han usado algunos lugares del Urgel, como Torregrosa, y aseguran que mataron muchas; y lo mismo se puede hacer con una viga.

El cuarto es rodear el rodal o lugar donde está la langosta con paja de arroz, leña u otra broza, y prenderle fuego todo a un tiempo; e ir lanzando aquella broza, paja o leña dentro de aquel rodal donde está la langosta, y continuarlo hasta que el fuego esté extendido por todo el rodal.

El quinto, y más usado en Lérida, es el de los buitrones o lienzos, con un saco en medio, ancho por la boca y estrecho por el fondo; y, poniéndolos hacia la parte por donde va caminando la langosta, tocándolas o guiándolas, cuando ya el buitrón está bien negro de langosta, lo cierran, las hacen caer dentro del saco, y las llevan a unos hoyos (que se deben hacer) para enterrarlas y ahogarlas con la tierra que se les echa encima.

El sexto, y último, es el de mayor provecho, de tal manera que, aplicando cuidado, se mata toda, sin escaparse apenas una; y se mata con mucho descanso; verdad es que este remedio no se puede hacer sino en parte de acequias, y se ha de hacer según el agua y el terreno; y así se dice y advierte que se deben barrer bien y desbrozar las acequias, y, si puede ser, ensancharlas, dejándolas bien despejadas; y por cuanto al tiempo de avivarse la langosta, que es de ordinario a primeros de abril, crece la hierba de los ribazos o márgenes de las acequias, las aneas y otras hierbas que se hacen y nacen dentro de la misma agua, será bueno en aquel tiempo cortar las aneas y desbrozar, y sacar toda aquella hierba; porque, por poca que sea, se va deteniendo la langosta en ella poco a poco, y se forma una gran masa o remanso, y salen muchas.

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En las acequias que no llevan mucha agua y cuyo cauce o ribera no es alto, se hacen unos sacos de paño claro de jergón, poco menos anchos de lo que es la acequia, y en cada lado de la boca del saco se debe coser una barra un poco más larga que la boca del saco;  y aquellas dos barras cosidas a la boca del saco se pondrán una dentro del agua, unos cuatro dedos, y la otra se atará con otra barra travesera, que se ha de poner de ribazo a ribazo, o de orilla a orilla de la acequia; y por eso ha de estar un poco abierto de cada lado el saco; y así el agua entra por dentro del saco, y con ella la langosta que trae, la cual queda dentro, y al agua no se le impide el curso, por ser la tela o paño claro. Y después, cuando parezca que hay allí langosta que puedan sacar los hombres destinados a este efecto, sacarán el saco con la langosta y la enterrarán en los silos u hoyos que tendrán allí preparados para este efecto. Advirtiendo que de tanto en tanto ha de haber un saco o parada de estas, tanto cuanto tenga de largo, o enfrente de la langosta que va viniendo, y uno más abajo del encuentro o frente que trae la langosta, para que, cuando se saca el saco para vaciar la que va pasando, venga a quedarse en el último saco, que está fuera del encuentro de la langosta.

En las acequias, empero, en que hay bastante agua y tienen el cauce o margen alto, se ha de poner una viga cuadrada de parte a parte de la acequia, no de derecho a derecho, sino al sesgo, y esta no ha de tocar el agua, y sirve de puente; y a la cara de esta viga gruesa se han de poner unas tres o cuatro estacas, que estén hincadas abajo en el suelo de la acequia; y delante de ellas se ha de poner un cañizo que llegue de parte a parte de la acequia, el cual se mantendrá con las estacas; y este cañizo ha de estar forrado con una tela de jergón, y no ha de entrar sino un palmo o una mano dentro del agua, para que no se impida su curso y corriente, y no se remanse, porque, si se remansa, queda el agua muerta, llega a las hierbas del margen, y se sale la langosta; y en el extremo más hondo, o más atrás de esta parada, se ha de romper el cauce o ribera de la acequia, haciendo una abertura arriba, en la superficie del agua, de tal manera que por ella salga un reguero, y con él saldrá toda la langosta, cayendo juntamente con el agua; y en esta abertura y salto del agua se pondrá un saco de tela de jergón con medio aro en la boca, formándolo como un arco de ballesta, y a cada lado del saco una barra que suba desde el fondo hasta la boca; y se pondrá al salto de esta agua de tal manera que la reciba toda, y con ella recibirá también la langosta que va encima, como espuma; y como

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el cañizo y la parada están al sesgo, lanza toda la espuma y superficie del agua, y con ella la langosta, al salto o abertura. Y cuando el saco esté lleno, se pondrá otro, y se irá a vaciar aquel en las zanjas o silos que tendrán prevenidos para enterrarla. Este es el mejor artificio y el más descansado que se ha experimentado, y se debe hacer en los lugares, esto es, donde salte la langosta, y más abajo de donde salte, buscando buen terreno, porque estas paradas no se pueden hacer en todas partes, sino haciendo las que parezcan ser más convenientes.

Para este remedio y artificio se advierten tres cosas; a saber, que se lance el agua de la abertura; se hará en las paredes de cañizo y anea, en algún brazal que esté bien hecho y limpio, y, si puede ser, que vaya al río o al mar, por si acaso hubiera algún descuido en los que asistirán y dejasen escapar algunas.

La segunda, y más digna de reparo, es que, por cuanto la langosta va siempre por el hilo y corriente del agua, y en las acequias hay muchas curvas donde se arrima, y se ha visto escapar mucha langosta en estos lugares, y en otros en que se vuelve y se remansa el agua, se dice que en estos lugares se pondrán trozos de caña o bastones bien lisos, hincados en el margen y, por el lado del agua, con la punta hacia abajo, siguiendo la corriente, porque de esta manera las cañas o bastones la devuelven a la corriente y al hilo del agua, sin darle lugar a agarrarse al ribazo ni a salirse. La tercera es deshacer los puentes, o hacer quemar broza allí, o que esté allí alguien que la desvíe; porque, si no se les impide el paso de los puentes, se entran por ellos en las huertas.

Tercero, o en el tercer tiempo en que se debe trabajar en matar la langosta, es cuando vuela; y en este tiempo el remedio es hacer zanjas hondas y hacerlas caer en ellas a la madrugada, al atardecer y en días nublados, cuando están torpes y no emprenden el vuelo (como se ha dicho). De este remedio se han valido algunos lugares.

Otros han usado algunos ciudadanos de esta ciudad, como son hacer humo en las heredades y, en lo fuerte del sol, mover el trigo o la cebada donde está la langosta con una soga que llevan dos hombres, etc., los cuales juzgo de poco provecho, y por eso no los refiero.

Y finalmente, para varios de estos tres tiempos, traen muchos remedios los doctores, y señaladamente Casio Dionisio en el tratado que hace de agricultura, libro 13, capítulo 1, donde refiere diferentes remedios; Juan Quiñones, en el dicho capítulo 3, que lo rubrica de esta manera: “Cómo se remedian los daños que hacen las langostas”.

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OTROS REMEDIOS VENIDOS DEL REINO DE ARAGÓN, del tenor siguiente.

Los remedios naturales humanos se dividen en tres diferencias de tiempo, porque en tres estados se pueden considerar y desterrar las langostas: conviene saber, en canutillos; cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y cuando son grandes. En canutillo se matan arando entonces las heredades y tierras donde las hay, con las orejeras de los arados bajas y los surcos juntos, que de ordinario son partes incultas y no labradas, dándoles algunas vueltas, se entierran y encubren los huevos y canutos, y los que no, sacándolos de su lugar y estando descubiertos encima de la tierra, el sol y las inclemencias del tiempo los consumen, o las aves se los comen; y así perecen muchas langostas que habían de serlo. Esta diligencia, por ser a los principios, es importante, pues mueren en los huevos antes de que nazcan. Esta efectuó en la ciudad de Huesca, por orden del Consejo Supremo de Castilla, don Juan de Quiñones, y dice que se mató entonces mucha langosta. La misma ejecutó en la villa y partido de Consuegra don Francisco Salvatierra, con consejo universal de todos los labradores, pues unánimes acordaron que tal remedio consistía en arar de dos rejas las tierras enlangostadas que por tales estuviesen con sus apeos. Pero esta labor convenía, para que fuese de provecho, hacerla dando los surcos juntos y las orejeras del arado bajas y cortas, porque de otra suerte no se conseguiría el fin de acabar con los canutillos. Y lo convence la razón, pues las orejeras en la forma referida, y la reja llevando juntos los surcos, rompen el canuto que topan y ponen los demás sobre la superficie de la tierra, para que lo consuman las inclemencias del cielo y aves del campo. Las tierras enlangostadas y dehesas que son de pasto común deben ararse de dos rejas y romperse a costa de los bienes comunes; y, si no tuvieren las comunidades para ello, entra la piedad y obligación de los Señores Diputados del Reino, para determinar y ejecutar lo que pareciere ser más conveniente.

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Cardano dice que, cuando la langosta está en canuto, que es cuando los huevos están metidos en la tierra, se ha experimentado que, quemando los campos y heredades donde están, se acaban y consumen, y no nacen de ellos las langostas. Aldrovando afirma que, con quemarse la superficie de las tierras enlangostadas, se consumen los canutillos; pero tengo por remedio más seguro el arar de dos rejas en la conformidad que se ha referido, pues se ha logrado de esta suerte el fin de extinguirlas en canuto en Andalucía, Castilla y la Mancha.

El segundo tiempo y estado de las langostas es cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y el remedio mejor es coger unos buitrones hechos de anjeo, anchos por arriba y estrechos por abajo, y seis u ocho personas en cada buitrón cogen gran cantidad de ellas, tanta que matará cada buitrón todos los días cinco y seis cahíces, según la langosta va creciendo; y después, metiéndolas en unos hoyos y cubriéndolas con tierra, las ahogan y matan. Pero se ha de hacer esto antes de que salga el sol que las caliente, porque con el fresco de la noche y mañana están entorpecidas y encogidas, y con el calor se alientan y vuelan, y no se cogen, o se cogen mal; y así todas vienen de partes cálidas, y no de frías, y el viento que de ordinario las trae es el Austro, y no el Aquilón.

Don Francisco Salvatierra asegura en una carta que escribió al Supremo Consejo de Castilla, y otra a don Juan de Quiñones, que solo en la Dehesa de Alcudia mataron y enterraron más de ochenta mil fanegas de langosta, y que constaba por los testimonios de los demás lugares haber excedido el número de quinientas mil fanegas, lo que parece, ciertamente, cosa increíble. Suelen darse a coger por celemines y fanegas, dando una cantidad por cada medida. Así lo dispuso el santo pontífice Estéfano VI en Roma, el año 885, y Hércules II, duque de Ferrara, el año 1542. Pero advierto que, como el remedio de los buitrones es tan eficaz, será necesario que se apliquen a ejecutarlo, sin reparar en el gasto, aunque contribuyesen con algunas partidas todos los lugares del reino; y por ser medio tan a propósito, compró en su comisión don Francisco Salvatierra más de treinta y tres mil varas de anjeo para socorrer los lugares enlangostados. Y no faltan libros y autores que señalan que las personas están obligadas a contribuir para atajar un daño tan universal y pernicioso contra la vida del hombre. Y así ensanchen, por amor de Dios, los corazones, y obren con eficacia antes de que se nos pase el tiempo y la coyuntura.

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El tercero y último estado de las langostas es cuando son grandes, y entonces es más dificultoso el remedio para atajarlas en común; pero los particulares podrán aplicar en sus campos alguno o todos los remedios siguientes.

Primero, colgar algunos murciélagos muertos en los árboles más altos que hubiere en las mieses; así lo escriben Casio Dionisio, Giraldo, Arabio y otros muchos autores experimentados. Segundo, coger muchas langostas y quemarlas en los mismos campos o en sus márgenes, porque, al llegar el olor a las demás, las deja sin sentido, y parte de ellas se mueren, o el sol las consume y acaba. Y esto es natural, porque lo mismo sucede en los escorpiones: que, si se quema uno de ellos, los demás huyen o se dejan coger; y en las hormigas, como se ve cada día por la experiencia, y tal vez sucede lo propio en los demás animales. La causa de estas operaciones no es fácil saberla, así como no alcanzamos en qué consiste la virtud con que el imán atrae el hierro y las piedras estancan la sangre. Olaus Magnus dice que, para sacarlas de las mieses, cojan unas teas de pino encendidas, y corran de unas partes a otras de los campos, y las harán huir. Estos y otros remedios trae nuestro Vicente de Beauvais de autores antiguos y experimentados. Los cuales se han ejecutado en Castilla, la Mancha y Andalucía muchas veces, enviando el Consejo Supremo un juez a las tierras enlangostadas, y con el dinero que liberalmente entregaba el rey nuestro señor de sus Arcas Reales, y con el que contribuían todos los lugares del contorno, se han librado de semejante plaga.

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OTRO REMEDIO EXPERIMENTADO EN LA HUERTA de Santa Clara de la presente ciudad de Barcelona, a la madrugada o a la tarde, cuando las langostas están más torpes.

El hortelano de dicha huerta, en la ocasión en que dicha huerta estaba en extremo afligida por la dicha plaga, tomó un cedazo o garbillo pequeño, cuyo palo tenía de altura cosa de dos palmos, y cuya tela era de pergamino. Y dicho hortelano, con dicho garbillo, de una pasada, iba sacudiendo las plantas de dicho huerto, haciendo caer cada vez muchas langostas dentro de dicho garbillo o cedazo; y casi al mismo tiempo volcaba dichas langostas dentro de un saco que un muchacho le llevaba a su lado; y, al tener dentro de dicho saco cosa de unos tres o cuatro cuartanes de dicha langosta, con el mismo saco la golpeaba contra la tierra con violencia, hasta tenerla muerta; y luego la enterraba en un lugar destinado, y volvía a hacer la misma diligencia; y en esta conformidad experimentó grandísimo alivio en dicha huerta.

OTROS REMEDIOS TRAEN LOS DOCTORES.

COMO es dar por dichas langostas una cierta suma de dinero por cuartera, como se experimentó en la ciudad de Milán en el año 1542, cuando en espacio de muy poco tiempo se llenaron doce mil sacos. Quiera Nuestro Señor, por su infinita misericordia, que estos remedios, u otros, aprovechen como deseamos. Sic fiat, fiat. Amén.

FIN.

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GLOSARIO

Aquilón: viento del norte.

Anea: planta acuática de tallo y hoja alargados que crece en la vereda de los ríos. También llamada ‘espadaña’.

Anjeo: especie de lienzo basto.

Austro: viento del sur.

Buitrón: red para cazar perdices y otros animales pequeños.

Brazal: canal secundario que sale de un río o acequia más grande para regar.

Cahíz: medida de capacidad para cereales cuyo valor variaba en función del territorio.

Canuto: según el Diccionario de la lengua española, es el “tubo formado por la tierra que se adhiere a los huevos que la langosta y otros ortópteros depositan después de haber introducido verticalmente el abdomen en el suelo”.

Cop: arte de pesca utilizado en la “pesca a la encandilada”; probablemente algún tipo de red o aparejo.

Cuartán: medida de capacidad para áridos inferior a la cuartera.

Jergón: colchón de paja, esparto o hierba.

Paeres: magistrados municipales catalanes. El término se asocia especialmente a la Paeria de Lleida.

Reja: pieza de hierro del arado que abre el surco en la tierra.

Universidad: corporación o comunidad municipal. En la documentación de época designa el cuerpo político-administrativo de un lugar.

Veguer: oficial real con jurisdicción en una veguería. Puede compararse con el corregidor de Castilla.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Dejando huella: el proyecto ANIMAL

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Son muchas las dificultades que atraviesa un investigador de los estudios de animales en las disciplinas humanísticas españolas. Dejando de lado los aspectos económicos, uno de los desafíos más importantes radica en visibilizar un corpus desde el que aproximarse a temas tan sugerentes y contemporáneos como el amor hacia la fauna en otras épocas, o cuestiones biopolíticas como el control de las plagas.

La mayor parte de las pesquisas dentro de las corrientes ecocríticas se concentran en textos, fenómenos y movimientos colectivos bastante recientes. Es una opción cómoda —parecen más accesibles y existe menos riesgo hermenéutico—, aunque también limitante, ya que relega a un segundo plano el testimonio histórico. El peligro intelectual no es pequeño: quedar atrapados en compartimentos relativamente seguros, presentistas, cada vez más transitados, que agradecerían el complemento de una mirada de larga duración.

Escribo este mensaje para presentar un proyecto que estoy gestando en la matriz de Huellas en la tinta y que planeo transferir a una infraestructura más amplia en el futuro. ANIMAL, Archivo de Narrativas Ibéricas sobre Medioambiente, Animales y Liminalidad, inicia su andadura con objetivos modestos: editar, traducir y recopilar digitalmente obras peninsulares antiguas que exploren la relación del ser humano con otros vivientes. Un segundo propósito, más allá de funcionar como ayuda y estímulo para la comunidad universitaria, estriba en acercar estas piezas a la sociedad a través de transcripciones comprensibles y bien glosadas.

Se trata de una meta ambiciosa, en realidad. Echo aquí los cimientos con la esperanza de construirla con el paso de los años, con suerte arropado por más medios, tiempo y colaboradores.

Por lo pronto, inauguro esta nueva serie ANIMAL con el tratado catalán Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688). Mi traslación al castellano verá la luz en tres partes. Aspiro a culminarla durante los meses estivales. Ofrezco al lector una muestra o, si se prefiere, la primera huella de un camino que presumo extenso.

Nos “olemos”.

Huellas en la tinta

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