Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)
Este material docente se inscribe en el proyecto AVECINAS-CM: “Las aves como vecinas: exploraciones en torno a la reconciliación ecológica en la Comunidad de Madrid” (PHS-2024/PH-HUM-354).
Quienes nos adentramos en la enseñanza universitaria por la vía de la investigación no siempre estamos familiarizados con los problemas cotidianos de los maestros de escuela. Nuestro mundo gravita alrededor de una montaña de revistas y plazos cronometrados. Se trata, a menudo, de una carrera contrarreloj. No obstante, tras mi experiencia impartiendo un taller en un centro de educación elemental, he quedado plenamente convencido de que el esfuerzo sobrehumano que acomete el profesorado de primaria es digno de los mayores elogios, pues debe ser considerado a la par una maratón y una carrera de obstáculos.
Como una de las actividades del proyecto AVECINAS, un conjunto de académicos organizamos una clase temática en las castizas Escuelas Aguirre: uno de los motores de la pedagogía igualitaria desde su fundación en el Madrid de finales del siglo diecinueve. Bajo el ala “madrina” de Eva Aladro, dimos unos contenidos que debían allanar el camino a la actividad de “pajareo” que vendría después. En GIECO —como colaborador asiduo, me incluyo bajo esta etiqueta— nos enfocamos en nuestra especialidad: la literatura analizada desde un ángulo ecocrítico. El año pasado otras compañeras (Clara Contreras y Xiana Sotelo) se hicieron cargo de un ejercicio parecido; en esta ocasión, Montserrat López Mújica y yo fuimos los elegidos para representar al equipo en las aulas infantiles.
Veterana del magisterio de la tiza y la pizarra, Montserrat (Montse, en adelante) tomó la iniciativa y preparó una base de textos que desplegar ante el alumnado. Entre los dos moldeamos ese repertorio hasta crear un itinerario óptimo, que cubriese algunos puntos clave para la didáctica en humanidades ambientales: el simbolismo que oscurece la existencia material de los animales, el antropomorfismo que acalla su voz y, por último, la complejidad afectiva de los vínculos entre especies.
El guion era sencillo, calculado al milímetro, previsiblemente fácil de realizar dentro del intervalo que nos habían asignado. O eso pensaba yo. Cuando de golpe y porrazo más de cuarenta chiquillos manifestaron su entusiasmo levantando la mano, mi cerebro se sintió tan saturado como Windows ante la amenaza del Moby Dick de la informática: la temida pantalla azul. Acostumbrado a estudiantes más tranquilos, adormecidos a ratos, aquella erupción volcánica de “yos” me hizo enmudecer. Montse me lo había avisado, pero yo no predije una reacción tan extrema.
Comprendí entonces el acierto de disponer de un dispositivo breve y pautado: la sesión, que había empezado algo tarde a causa de dificultades técnicas, iba a alargarse todavía más gracias a las contribuciones de unas criaturas rebosantes de motivación.
Seguidamente ofrezco el esquema de una clase concebida para tercero y cuarto de primaria, unido a la crónica e interpretación crítica —en cierto sentido, etnográfica— de su avance, sus retos, sus atinos y los encalladeros que obstaculizaron su marcha.
Convenía un acercamiento suave que activase los marcos de referencia previos de nuestros discentes antes de meternos en materia. Una herramienta participativa, un gesto de empatía y de buena voluntad hermenéutica. La pregunta “¿qué pájaros conocéis?”.
Se alzó una avalancha de vocecillas tiernas a grito de “yo, yo, yo”. Seleccionar a cualquiera de ellos arrancaba sonoros “jo…” a los demás y bufidos cargados de exasperación. Como mejor pude, intenté señalarlos al azar sin repetir caras. Sus respuestas se me antojaron muy reveladoras: entre los pupitres revolotearon palomas, gorriones, cuervos, patos, búhos, pingüinos, loros, flamencos, gallos y gallinas… Fue invocado —si no me falla la memoria— el canario y creo que también alguna especie exótica, pero todo quedaba sepultado bajo una masa uniforme de aves urbanas y audiovisuales, así como de lo que hoy denominamos “fauna carismática”.
De esa lista no costará deducir que, con excepciones puntuales, la mayoría carecía de un contacto sostenido con las aves. La solución a nuestra siguiente duda (“¿dónde los habéis visto?”) caía de maduro: en las granjas, en jaulas, en las calles y, más probablemente, en la televisión —o, en su defecto, el streaming— y los libros infantiles.
El humilde herrerillo, el carbonero y el mirlo canoro no habían comparecido ante un tribunal tan exigente. No es de extrañar. La ornitofilia es algo que debe cultivarse en la crianza doméstica y en las escuelas. Si no se integra en el currículo formativo, el niño seguramente ignorará que el verdirrojo pito ibérico es pariente del célebre Pájaro Loco. En eso consistía nuestra misión, en tender un puente entre los animales de tinta (o de píxeles) y los que vuelan fuera del papel y las pantallas, fomentando el conocimiento científico, la concienciación ecológica y el desarrollo de valores cívicos. Esa era la esencia del proyecto AVECINAS y, más concretamente, el alto objetivo encomendado a GIECO.
Tras esta primera marabunta, quedó claro que nuestro enfoque era el correcto. Había que dar un baño de realidad ornitológica a los educandos, pero no podíamos desbaratar de un plumazo sus vivencias, modelos e ideas. Debíamos partir de ese océano mediatizado para arrimarlos a la balsa del compromiso medioambiental.
El segundo paso en esta travesía nos llevaba a introducir la diferencia entre los pájaros de los relatos y los de carne y hueso. Unos hablan y enseñan; otros cantan, surcan los aires y se ocupan de sus asuntos. Era crucial que asimilasen que la fauna, fuera de los cuentos, tiene familia y metas propias; que no están ahí para entretener, para servir o para endulzarnos el día con sus gorjeos, sino que poseen vidas autónomas, únicas y valiosas. Lo formulamos mediante una cuestión incisiva: “¿Los animales de las historias hacen lo mismo que los animales de verdad?”.
Una catarata de “yos” más tarde, llegamos a la enjundia del programa. He ahí otro escollo o —más bien— un choque con las expectativas del investigador recién aterrizado en la primaria: en nuestras aulas, mataríamos por obtener una ínfima parte de ese nivel de implicación. Allí, en cambio, interrogantes que debían resultar dinamizadores disparaban réplicas no siempre certeras, puntualmente digresivas o en exceso prolijas. De ahí extraje una lección muy importante: había que progresar a buen paso, sin desvíos, sin detenerse. De hecho, a veces el vocerío era tan intenso que para reanudar la sesión me veía obligado a menear una campanilla con la energía del fraile que llama a maitines.
Hecho este repaso, examinamos el primer fragmento de un poema de Gloria Fuertes: “El pájaro”:
El pájaro canta
aunque no tenga escuela,
aunque no tenga partitura
ni profesor de música.
Canta porque tiene
el corazón contento
o porque el aire le cosquillea
las alas y el pico.
Canta porque sí,
porque está vivo.
A continuación, lanzamos estas dos preguntas a nuestro público:
- ¿Canta porque está contento?
- ¿Tiene profesor de música?
Muchos opinaban que sí, que estaban felices de transitar los vientos; otros parecían más cautelosos. El desmontaje corrió de nuestra cuenta: les dije que la autora estaba proyectando sus sentimientos en las aves en un alarde de antropomorfismo; que quien sentía alborozo al verlos era ella, que los pájaros andaban a lo suyo y que descifrar sus emociones no era una empresa trivial. Hubo quien objetó mi aclaración aferrándose a que podían experimentar alegría de todos modos. En ese momento tuve que transmutarme en diplomático y concederle estratégicamente que aquella era una posibilidad de tantas. ¡De poco sirve que el profesor pierda la compostura! La letra no entra con sangre ni con decibelios —o eso defiendo yo—, sino con una generosa aplicación de mano izquierda.
En cuanto al segundo interrogante, agradecí el apoyo de Manuel Andrés Moreno (nuestro biólogo infiltrado), quien ayudó a explicarles —entre otras muchas precisiones técnicas repletas de amenidad y erudición— la mezcla entre instinto e instrucción paternal que imprime su sello en las tonadas de las aves: una píldora zoológica para estimular la lectura crítica, atenta a tendencias humanizadoras y sesgos antropocéntricos.
El siguiente jalón del recorrido no era un escrito, sino un vídeo de YouTube que dramatizaba cierta fábula de La Fontaine (una que, en puridad, procedía de Esopo): “El zorro y el cuervo”. Facilito el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=0KrySmDhj68
En otros sitios he censurado el uso de los productos audiovisuales en calidad de anzuelo con el que pescar el evanescente interés del estudiantado. Tal práctica no solo promueve una modernización artificial, sino que degrada —a través de su instrumentalización— los méritos de la cinta, corto o videojuego empleados. Hay que reconocer, sin embargo, que resultan tremendamente efectivos y que proporcionan un respiro necesario a un docente cansado de lidiar con interrupciones y comentarios casi constantes.
El vídeo de arriba utiliza un tono humorístico e infantil. Constituye, así, un documento paradigmático para estudiar el antropomorfismo. Por eso lo escogimos. Por eso y por su condición de clásico. Trasladamos estas dudas al aula:
- ¿Por qué el cuervo pierde el queso?
- ¿Por qué los animales de las fábulas hablan y se comportan como personas?
La primera conduce a la segunda: el raposo se aprovecha de su vanidad. Pero esa es una cualidad humana que nosotros atribuimos a los animales de los textos, no un rasgo genuinamente suyo. A todos se les antojó obvia esa conclusión: los apólogos son archivos de patrañas, no sucesos que acontecieron de verdad. ¿Por qué se narran? Para transmitir una moraleja, una doctrina a las personas. Era fundamental que entendiesen eso: que la literatura no presenta a las aves —y, por extensión, a las bestias— como verdaderamente son, sino como a nuestra especie le conviene que sean.
Nos avecinábamos al cierre de nuestro módulo y tocaba saltar a uno de mis vates favoritos: Catulo. Sus estrofas dejan un regusto lloroso, salado, en el paladar. Sospechaba que podían atragantarse con las referencias cultas al Hades, así que no me quedó otro remedio que traicionar los versos del veronés y cristianizar su inframundo. Con todo, la jugada salió bien. He aquí el trozo que reprodujimos:
Ha muerto el pajarito de mi amada,
el gorrión, delicia de mi amada,
a quien quería más que a sus propios ojos:
era dulce como la miel, conocía a su
dueña como una hija a su madre
y no se separaba de su regazo,
sino que, saltando de aquí para allá,
solamente a su dueña continuamente piaba.
Ahora va por un camino tenebroso
hacia un lugar de donde, dicen, nadie regresa.
¡Enhoramala vosotras, malditas tinieblas
del Infierno, que devoráis todas las cosas bellas:
me habéis robado tan bello pajarito!
¡Qué desgracia, que ahora por tu culpa,
pobre gorrión, los ojos de mi amada
estén rojos e hinchados de llorar!
El interrogante que esbozamos era muy abierto, reflexivo e ideal para clausurar la sesión: “¿Por qué queremos a los animales?”. Por la compañía que nos brindan, por el cariño que semejan profesarnos, porque resultan agradables al oído y a la vista… Profirieron razones abundantes y muy legítimas, todas de un jaez similar a las anteriores.
Me suponía ya a salvo de la metralleta de “yoes” cuando, por efecto de las complicaciones arriba aludidas, me vi forzado a permanecer en escena y a improvisar una nueva batería de preguntas: indagué por sus mascotas, si creían que Catulo añoraba al pardal o si solo se afligía por su amada Lesbia, etcétera. Aun así, la clase ya había durado unos tres cuartos de hora: ¡cerca del doble de lo que originalmente estimábamos! Nuestro diseño (o, si no, mi ejecución) no contemplaba que se involucrasen de aquella manera.
La ingenuidad pudo haberme costado cara y, como de todo se aprende, hago constar aquí mi error para desengaño de otros.
Y, hablando de picardías, incluyo una demostración de cómo transformar un descuido en elemento pedagógico. Las diapositivas que proyectamos incorporaban imágenes. Entre ellas, a propósito del gorrión, figuraba esta:
Evidentemente, se trata de un petirrojo. Habíamos patinado. Además, teníamos que rascar unos minutos mientras nuestras colegas aparecían para impartir su bloque. ¿Mi estrategia? Una vieja maniobra que me ha granjeado muchas sonrisas cómplices en la universidad. Les provoqué así: “no os habéis dado cuenta, pero os hemos tendido una trampa con la foto”. Mis recuerdos de aquel instante ya se han difuminado, aunque quiero sospechar que alguien se percató del desliz. No hay que subestimar la inteligencia de los jóvenes…
Pensar, Imaginar y Observar: PIO. Aquella tríada era la consigna que inspiraba nuestra intervención: pensar en exponentes reales y ficticios, imaginar cómo se podrían sentir los pájaros y, luego, observarlos en el Parque del Retiro.
Apenas nada añadiré del tercer apéndice, una excursión salpicada de peticiones del estilo de “¿puedo subirme a esa fuente?” y de tragedias tan dramáticas como “se me ha roto el boli”. Por medio de la aplicación Merlin identificamos mirlos, ánades, cotorras… Las apuntaron en sus libretas y, al terminar, las dibujaron. En mí habita la esperanza de que aquella operación permitiese que alguna especie local —más allá de los coloridos pavos reales, huéspedes de honor en nuestras tierras— quedase grabada en su memoria.
Cabe desear que nuestro pío literario dejara, asimismo, un pequeño eco para la reflexión.
Bibliografía recomendada
Ardoin, Nicole M.; Bowers, Alison W., y Gaillard, Estelle (2020): “Environmental Education Outcomes for Conservation: A Systematic Review”. Biological Conservation, 241, 108224.
Benavot, Aaron, y McKenzie, Marcia (2026): Climate Change and Sustainability in Science and Social Science Primary School Curricula. París: UNESCO.
Chawla, Louise (2020): “Childhood Nature Connection and Constructive Hope: A Review of Research on Connecting with Nature and Coping with Environmental Loss”. People and Nature, 2, pp. 619-642. DOI: 10.1002/pan3.10128.
Cornell Lab of Ornithology (s. f.): Merlin Bird ID.
Dobrin, Sidney I., y Kidd, Kenneth B. (eds.) (2004): Wild Things: Children’s Culture and Ecocriticism. Detroit: Wayne State University Press.
Flys Junquera, Carmen; Marrero Henríquez, José Manuel, y Barella Vigal, Julia (eds.) (2010): Ecocríticas: literatura y medio ambiente. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.
Heise, Ursula K.; Christensen, Jon, y Niemann, Michelle (eds.) (2017): The Routledge Companion to the Environmental Humanities. Londres/Nueva York: Routledge.
Martín Junquera, Imelda, y Flys Junquera, Carmen (eds.) (2025): Ecocríticas 2: evolución y nuevos enfoques. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y UNESCO (1975): La Carta de Belgrado: un marco general para la educación ambiental.
El PowerPoint con las diapositivas de la clase puede descargarse aquí: https://doi.org/10.5281/zenodo.20644124
Huellas en la tinta
ISSN 3101-5190