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Hacia una filosofía del peluche

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Para un investigador que ha dedicado años a examinar la fábula, el estigma de lo infantil se siente como el mosquito veraniego que te sobrevuela con avidez de sangre: lo escuchas zumbando junto a tu oído, no siempre lo percibes con claridad, pero intuyes que no anda lejos y que, en cuanto bajes la guardia, te hincará el aguijón sin remordimientos.

Cada vez se tolera más que un adulto disfrute de series de animación (ahora hay muchas repletas de violencia y sexo) o que invierta horas de su ocio en determinados videojuegos. No estaría tan bien visto que abrazase un peluche antes de dormir, que le pusiese nombre o que hablase con él, aunque lo hiciera desde la intimidad relativa de su habitación. Se le podría disculpar que acumulase estos objetos en calidad de rasgo excéntrico, bajo la lógica flexible del coleccionismo. En tal caso, acapararía bestezuelas de felpa como quien llena álbumes con sellos, estanterías con maquetas o mesas con figuritas de Warhammer.

Entre niños, en cambio, sí se admite. Se considera positivo y abundan los estudios psicológicos que lo demuestran: el peluche tranquiliza, aviva la fantasía y resulta confortable al tacto. También se han probado sus beneficios para las personas del espectro autista. La bibliografía sobre esta materia es profusa y no viene a cuento, de modo que se me permitirá omitirla para saltar al tema que me concierne hoy: la ontología del animal de felpa y su vínculo con el ser humano.

Retrocedamos a la fotografía que encabeza esta entrada. Es un oso Teddy de la empresa Steiff, llamada así en honor a su fundadora, Margaret Steiff, inventora del peluche. Aunque los orígenes de este clásico se remontan a una caricatura del presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, famoso cazador y conservacionista que se opuso a disparar a un oso negro herido por juzgarlo poco deportivo (o eso afirmaba él; ¿quién sabe si en realidad no experimentó una pizca de lástima?).

Una caricatura política más tarde, a un inmigrante ruso se le ocurrió diseñar el archiconocido modelo y comercializarlo bajo el nombre de Teddy en honor a Roosevelt, hipotético defensor de aquellas fieras desvalidas. Sobra decir que su hallazgo arrasó en ventas y acabó canonizando a esta especie como embajadora del reino peluchesco.

Hasta ahí la historia. No es preciso ser un genio para atisbar indicios de antropomorfismo neoténico en la configuración del “Teddy Bear”: brazos y piernas articulados como los nuestros, ausencia de la característica “chepa” del Ursus arctos y ojos como “espejos de azabache”, platerescos; así creo que los definiría mi querido Juan Ramón. Todo en él es dulce, suave, mórbido. No apesta a carroña y carece de colmillos y garras. Su existencia responde a los propósitos de hacer felices a los más pequeños, conseguir que se sientan acompañados y estimular su creatividad.

Muchos condenarían este (ab)uso de la fauna como algo ilegítimo o, quizá, como un mal menor, asumible en aras del bienestar emocional de nuestros retoños. Cierto es que falsea la naturaleza silvestre y que enmascara verdades incómodas, como la amenaza de la depredación y los conflictos éticos que subyacen al consumo de carne. Alimenta, asimismo, las utopías agricultoras que tan de moda se han puesto en series audiovisuales como la Granja de Zenón, en la LIJ y aun en los videojuegos del género cozy (e. g., Stardew Valley). Pero no se debe negar que nos acercan a animales que, de otra manera, solo habitarían nuestra imaginación o los zoológicos, o que serían víctimas perpetuas de los discursos de odio: temed al oso/lobo/tigre porque se come a las vacas/cabras/ovejas (que el hombre cuida para zampárselas él; aunque, curiosamente, eso nunca se explicita).

La culpa carnista abrasa las lenguas de los pedagogos. ¿Cómo le confiesas a tu hijo que el delicioso muslo aviar que le serviste en el almuerzo fue arrancado de la pata del primo del gallo Bartolito? He aquí una primera encrucijada moral.

Pero no quiero detenerme en un problema que ya he explorado en numerosas ocasiones. ¿Qué hay de los individuos maduros que conservan el apego hacia sus peluches, muñecas u otros juguetes que, según la sociedad, tendrían que haber abandonado hace décadas? Sospecho que algunos trasladan vicariamente esos sentimientos a sus vástagos y que reviven aprecios prohibidos bajo el pretexto del juego paternofilial.

¿Y quienes no somos padres ni madres a qué excusa nos aferramos? A ninguna: nuestras inclinaciones permanecen al desnudo y o bien decidimos sepultarlas en un hoyo profundo, donde nadie las encuentre, o bien las enarbolamos por bandera y nos arriesgamos a ser blanco de burlas.

Todavía subsiste una cuestión tanto o más delicada que esa: ¿qué tipo de relación forjamos con la fauna de carne y hueso a través de sus simulacros de felpa?

Por un lado, los hemos instrumentalizado y depurado de su animalidad. Por otro, hasta esta aproximación imperfecta puede nutrir nuestro imaginario y suscitar una sombra de empatía. Ello no implica —claro está— que los osos “no Teddys” sean nuestros amigos y que estén dispuestos a tomar el té con nosotros si un día nos cruzamos por el bosque. Eso sí, allana el camino. El peluche deviene, conforme a mi tesis, un potencial facilitador de la sensibilidad hacia otros seres vivos, especialmente cuando lo respalda una educación emocional de signo ecoanimalista.

¿Y qué hay de la persona talluda que se obstina en no desprenderse de dicha muleta, tierno “residuo” de la infancia? Nuevamente se trata de un asunto espinoso. Aparquemos lecturas psicologistas que, por su simplicidad o recurrencia tópica, no nos llevarían a buen puerto. Mi duda es otra: ¿no resuena en este “amor oscuro” un eco del cariño hacia las mascotas, una cierta fascinación por lo salvaje, por criaturas diferentes, así como un secreto anhelo de conexión con ellas?

La respuesta probablemente sea subjetiva y graduada, como el aleteo distante del tábano que nos acosa en las noches estivales.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 

Eliano y los delfines, o el mutualismo en las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…

A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.

En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.

¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.

Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:

Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.

Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.

¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.

Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.

Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.

Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 “Remedios para la matanza de la plaga de la langosta” (1688): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción al español de la que tengo noticia del breve tratado Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688), una compilación miscelánea de diversos métodos para proteger los campos de las invasiones de langostas en un contexto de inquietud por su expansión en distintos lugares de Cataluña.

Su interés reside en el amplio repertorio de estrategias que compila —zanjas, redes, fuego, enterramientos, recompensas por captura— y en la hibridez de un discurso que revela la movilización de diversos actores sociales (civiles, clérigos y autoridades administrativas) para paliar un evento considerado catastrófico.

Al margen de estas breves notas, el estudio introductorio de este documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Baste con advertir el peso de una religiosidad providencialista y disciplinaria, así como la variedad de tratamientos desplegados no solo para resguardar los cultivos, sino para exterminar localmente la especie.

Facilito al final un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a los signos de puntuación y a palabras y formas verbales que, por desuso o error gramatical, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

REMEDIOS PARA LA MATANZA DE LA PLAGA DE LA LANGOSTA,
sacados de diferentes papeles, venidos a noticia del muy Ilustre Consistorio de Diputados del General de Cataluña, sacados a luz para el consuelo de los pueblos del presente Principado, a instancia de los muy Ilustres Señores Diputados y Oidores de Cuentas del General de Cataluña, para que cada pueblo escoja de aquellos los que le parezca más conveniente según el terreno.

SE EXHORTA A TODOS A QUE NO DEJEN DE HACER TODAS cuantas devociones puedan, para que Dios Nuestro Señor nos mire con ojos de su infinita misericordia.

Año 1688.
En Barcelona: estampados por mandamiento de dicho muy Ilustre Consistorio, en casa de Rafael Figueró.

JESÚS, MARÍA, JOSÉ Y SAN JORGE.

SÍGUENSE LOS REMEDIOS.

EL PRIMERO ES EL QUE HA SACADO A LUZ EL REAL CONSEJO, el cual lo mandó publicar por todo el Principado, que es del tenor siguiente. Considerando su Excelencia y Real Consejo los lastimosos estragos que ha causado y amenaza la langosta, afligiendo diferentes términos del presente Principado, devastando en algunos totalmente los frutos y en otros en parte, ocasionando en todos los lugares adonde ha llegado daño considerable; y atendiendo a que se va cada día extendiendo de unos a otros distritos muy distantes, y que, además de las calamidades que se han originado hasta hoy de esta plaga, podrían resultar de ella otras mucho mayores en adelante, si, ayudados por la Divina Clemencia, los naturales no se desvelasen en prevenir los remedios que tan urgente necesidad demanda. Deseando su Excelencia la conservación y alivio del país, como

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materia de su primer cuidado, habiendo ponderado con mucha premeditación las circunstancias y consecuencias de este negocio de tanta importancia para el bien público, ha resuelto prevenir lo contenido en los capítulos siguientes.

Primeramente, reconociéndose que en todos los aprietos y aflicciones el principal y más eficaz consuelo se ha de implorar de la mano de Dios Nuestro Señor y de su infinita misericordia; por ello, su Excelencia ha puesto en consideración de los Prelados Eclesiásticos que dispongan con toda brevedad, y con el celo que corresponde a los oficios y cargos, las devociones más propias para aplacar la ira divina, como son plegarias, ayunos, votos, penitencias y otros actos de virtud y remedios espirituales; y para que no quede Nuestro Señor ofendido con escándalos públicos y delitos atroces, su Excelencia ha ordenado no solo que se evitasen semejantes desórdenes, sino también las ocasiones de que podrían suscitarse, lo cual con toda aplicación se va ejecutando; y se manda a los Ordinarios, así Reales como de Barones, que observen y hagan observar lo mismo, persiguiendo amancebamientos, juegos ilícitos y blasfemias contra la honra de Dios y de sus Santos, y cualesquiera otras cosas de mal ejemplo.

Ítem, por cuanto la voluntad de Dios Nuestro Señor es que por nuestra parte, con medios humanos, procuremos obviar esta plaga, ponderando que en tres tiempos principales conviene hacer las precauciones más esenciales. El primero, cuando las langostas se reúnen, tiempo en el cual se consideran dos operaciones de ellas, esto es, disponerse para incubar los huevos y el incubarlos inmediatamente. El segundo, después de haber puesto los huevos, y cuando, avivadas, están para volar. El tercero, cuando comienzan a emprender el vuelo y se dispersan por la tierra. Por ello, se irán proponiendo los remedios para cada uno de dichos tiempos en particular. En orden al primero, que es cuando se reúnen para hacer los huevos y cuando los tienen hechos, lo cual sucede en el mes de agosto, o en otro tiempo poco menos avanzado, se juzga muy importante que se labre la superficie de la tierra, y donde no se pueda labrar, que se cave; por ello se dice y encarga que se hagan estas diligencias con todo cuidado, y que las langostas, canutos y huevos que se hayan encontrado por medio de ellas se sepulten en unos hoyos, pozos o silos muy hondos, los que parezcan necesarios, que para este efecto se han de hacer; y que, puestas allí, se aplasten y cubran con cal viva, y después se rellenen de tierra, el cual medio se cree que es mejor que quemarlas, por la corrupción que dan cuando se queman y por otros peligros que podrían sobrevenir; advirtiendo que ha de haber

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seis palmos de tierra bien apretada con mazas o pisones, apisonándola como cuando se hace una tapia; y, últimamente, aplicándose encima un montón de tierra, para evitar que por los poros de ella transpiren los vapores corruptos.

Y aunque la cal viva se juzga ser el remedio más eficaz para consumir dichas langostas y su simiente, pero a falta de ella se habrían de ahogar dentro de unos vasos llenos de agua salada de mar, o de la dulce mezclada con sal, en la cual hubiesen hervido algunos medicamentos convenientes, como son cohombros amargos, o raíces y hojas de la misma planta, altramuces y otras cosas amargas que impiden la corrupción, y después enterrarlas en los pozos, como se ha dicho.

Ítem, en el segundo tiempo, en que dichas langostas estarán nacidas hasta que vuelan, con mantas, sábanas, ramas y otras cosas semejantes, se han de matar y soterrar en la forma sobredicha.

Ítem, en el tercer tiempo, en que comienzan a volar, se van dispersando por la tierra y no tienen bastantes fuerzas para volar muy alto, al cual tiempo también se reduce el estado en que caminan, se han de recoger asimismo con mantas, sábanas y otras cosas semejantes, y se ha de hacer lo demás que arriba está advertido.

Y por cuanto en el mismo tiempo muchas de ellas se lanzan por las acequias y por los ríos, se han de recoger en la forma expresada en los capítulos antecedentes.

Y respecto de que, hallándose las langostas en las orillas del mar, o en ríos, rieras u otras aguas, se podrían matar con un instrumento que los pescadores llaman cop, con el cual se pescan las lisas a la encandilada, y, entrando muy adentro en las aguas, podrían pescarse con el instrumento con que se pescan las sabogas, o con el propio llamado cop, y sepultarlas en la forma dicha en los capítulos precedentes. Por ello se usará de estos remedios conforme las circunstancias dictaren ser más conveniente, para que el pescado del mar o de aguas dulces no se infecte y dañe a la salud de los hombres, no permitiendo que quede en ninguno de dichos tiempos multitud de ellas sobre la tierra, o a la orilla de las aguas, ni dentro, antes bien soterrándolas en cuanto se pueda.

Ítem, se prevé que las diligencias arriba referidas se han de hacer una y muchas veces, y todas las que convengan, aunque sea por muchos meses; y para este efecto los Ordinarios Reales y de Barones darán las órdenes que sean menester, para que acuda al trabajo la gente que sea necesaria, sin que por causa tan precisa se exima en su caso persona de cualquier grado, estamento o condición que

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sea, así en contribuir al gasto como a la fatiga, y ayudar con todo lo que se ofreciere para esto, a lo cual también darán impulso los Consejeros, Jurados y Paeres de las Universidades, acudiendo los de una parte a la otra, conforme la necesidad y estado de las cosas dictare; y a este fin su Excelencia y Real Consejo destinará también los Ministros que sean convenientes.

Ítem, aunque se tienen esperanzas muy fundadas de que con las sobredichas y otras diligencias se preservarán las contingencias de infestarse las aguas, con todo, en caso de suceder esta desgracia, lo que Nuestro Señor no permita por su suma bondad, se encarga a los Ordinarios, tanto Reales como de Barones, que en cuanto hubiere recelos de esto hagan publicar pregones, prohibiendo con grandes penas que personas ni animales beban de dichas aguas sospechosas. Entendiéndose también comprendidas en esta prohibición gallinas, huevos y cualesquiera otras cosas en que recaiga sospecha de estar infestadas, cuyo uso se quitará totalmente.

Ítem, queriendo dar providencia a que por ocasión de las aguas no perezcan las personas y animales, ni se infecten los aires, se dice y manda que se cierren los pozos y balsas, haciendo paredes o palos para impedir la entrada de las langostas de la mejor manera que se pueda ejecutar. Y para que las sobredichas cosas vengan a noticia de todos, se ha mandado imprimir la presente Instrucción, que se envía a los pueblos más numerosos del presente Principado, para que los Vegueres, Alcaldes y demás Justicias de ellos, los Jurados, Consejeros, Paeres y Procuradores, así Reales como de Barones, y otros a quienes toque, ejecuten y hagan que se observe lo expresado en dichos capítulos, y todo lo demás que convenga para el remedio de que se necesita.

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OTROS REMEDIOS QUE HAN USADO la Ciudad de Lleida y otros pueblos circunvecinos, del tenor siguiente

El primero fue arar los rodales o partes donde están. Este remedio fue de poco provecho, pero yo lo atribuyo a que solo se aró una vez, y juzgo que aprovechará mucho si se hace del modo que he visto anotado por algunos doctores. Es decir: arando dos o más veces la parte donde están los canutos, una a lo largo y otra a través, y con las orejeras del arado o apero pequeñas, juntas y bajas.

Y si en las partes donde haya leña quisieran hacer hormigueros de aquella tierra removida, se aniquilará del todo la semilla, porque se quemarán los canutos removidos y los que no se hayan arrancado con la reja o el arado.

El segundo, y más principal, es escoger y separar los canutos de la tierra, y dar por ello una cantidad por cuartera, y poner estos en silos o zanjas bien enterrados, o arrojarlos al mar o al río, o quemarlos, regulándolo según los lugares y la cantidad que se recoja.

Otros pueblos donde la tierra sea más blanda y suelta usan unas palas de hierro con las que acostumbran a limpiar las eras, para raspar los lugares y partes de la cría; y después, en aquellas partes, poner leña y fuego.

También creo que sería buen remedio poner en uno o más montones la tierra removida y arada con los canutos, o hacer una zanja y enterrarla, porque, según se dice, ha probado un curioso que enterró unos canutos dentro de un cesto de tierra: solo nacieron los que puso en la superficie de la tierra; pero los que tenían cuatro dedos de tierra encima, y los que tenían más, aunque se avivaron al llegar el tiempo, no pudieron salir de debajo de la tierra, y se hallaron ahogados y muertos.

El segundo tiempo en que se debe matar la langosta es después de haber nacido, hasta que vuele; y en aquel tiempo los remedios de que ha usado esta ciudad y sus comarcanos son muchos.

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El primero es matarlas con unos mazos; y de este artificio solo se puede usar por las mañanas, o cuando el día está nublado, porque la langosta está en montones, como si fuesen enjambres de abejas, y la frescura la detiene y le da espera; que, haciendo sol, enseguida se dispersa.

El segundo remedio o artificio es hacer unas zanjas cerca de donde está reunida, y hacia la parte del sol naciente (porque de ordinario salta hacia esta parte); y después de estar hechas, con unas ramas irla tocando y guiando hacia la zanja, y enterrarla en ella; y de este remedio han usado muchos lugares de Aragón; y es remedio que también se puede hacer cuando vuela la langosta, pero solo es bueno para las mañanas y para los días nublados, cuando no puede volar alto.

El tercero es (si la tierra es llana) el rodillo o piedra con que se hacen y allanan las eras, tirado por un par de mulas; se hace pasar por encima de las langostas, y de este solo se usa por las mañanas y en días nublados, cuando se encuentran reunidas; y de aquel han usado algunos lugares del Urgel, como Torregrosa, y aseguran que mataron muchas; y lo mismo se puede hacer con una viga.

El cuarto es rodear el rodal o lugar donde está la langosta con paja de arroz, leña u otra broza, y prenderle fuego todo a un tiempo; e ir lanzando aquella broza, paja o leña dentro de aquel rodal donde está la langosta, y continuarlo hasta que el fuego esté extendido por todo el rodal.

El quinto, y más usado en Lérida, es el de los buitrones o lienzos, con un saco en medio, ancho por la boca y estrecho por el fondo; y, poniéndolos hacia la parte por donde va caminando la langosta, tocándolas o guiándolas, cuando ya el buitrón está bien negro de langosta, lo cierran, las hacen caer dentro del saco, y las llevan a unos hoyos (que se deben hacer) para enterrarlas y ahogarlas con la tierra que se les echa encima.

El sexto, y último, es el de mayor provecho, de tal manera que, aplicando cuidado, se mata toda, sin escaparse apenas una; y se mata con mucho descanso; verdad es que este remedio no se puede hacer sino en parte de acequias, y se ha de hacer según el agua y el terreno; y así se dice y advierte que se deben barrer bien y desbrozar las acequias, y, si puede ser, ensancharlas, dejándolas bien despejadas; y por cuanto al tiempo de avivarse la langosta, que es de ordinario a primeros de abril, crece la hierba de los ribazos o márgenes de las acequias, las aneas y otras hierbas que se hacen y nacen dentro de la misma agua, será bueno en aquel tiempo cortar las aneas y desbrozar, y sacar toda aquella hierba; porque, por poca que sea, se va deteniendo la langosta en ella poco a poco, y se forma una gran masa o remanso, y salen muchas.

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En las acequias que no llevan mucha agua y cuyo cauce o ribera no es alto, se hacen unos sacos de paño claro de jergón, poco menos anchos de lo que es la acequia, y en cada lado de la boca del saco se debe coser una barra un poco más larga que la boca del saco;  y aquellas dos barras cosidas a la boca del saco se pondrán una dentro del agua, unos cuatro dedos, y la otra se atará con otra barra travesera, que se ha de poner de ribazo a ribazo, o de orilla a orilla de la acequia; y por eso ha de estar un poco abierto de cada lado el saco; y así el agua entra por dentro del saco, y con ella la langosta que trae, la cual queda dentro, y al agua no se le impide el curso, por ser la tela o paño claro. Y después, cuando parezca que hay allí langosta que puedan sacar los hombres destinados a este efecto, sacarán el saco con la langosta y la enterrarán en los silos u hoyos que tendrán allí preparados para este efecto. Advirtiendo que de tanto en tanto ha de haber un saco o parada de estas, tanto cuanto tenga de largo, o enfrente de la langosta que va viniendo, y uno más abajo del encuentro o frente que trae la langosta, para que, cuando se saca el saco para vaciar la que va pasando, venga a quedarse en el último saco, que está fuera del encuentro de la langosta.

En las acequias, empero, en que hay bastante agua y tienen el cauce o margen alto, se ha de poner una viga cuadrada de parte a parte de la acequia, no de derecho a derecho, sino al sesgo, y esta no ha de tocar el agua, y sirve de puente; y a la cara de esta viga gruesa se han de poner unas tres o cuatro estacas, que estén hincadas abajo en el suelo de la acequia; y delante de ellas se ha de poner un cañizo que llegue de parte a parte de la acequia, el cual se mantendrá con las estacas; y este cañizo ha de estar forrado con una tela de jergón, y no ha de entrar sino un palmo o una mano dentro del agua, para que no se impida su curso y corriente, y no se remanse, porque, si se remansa, queda el agua muerta, llega a las hierbas del margen, y se sale la langosta; y en el extremo más hondo, o más atrás de esta parada, se ha de romper el cauce o ribera de la acequia, haciendo una abertura arriba, en la superficie del agua, de tal manera que por ella salga un reguero, y con él saldrá toda la langosta, cayendo juntamente con el agua; y en esta abertura y salto del agua se pondrá un saco de tela de jergón con medio aro en la boca, formándolo como un arco de ballesta, y a cada lado del saco una barra que suba desde el fondo hasta la boca; y se pondrá al salto de esta agua de tal manera que la reciba toda, y con ella recibirá también la langosta que va encima, como espuma; y como

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el cañizo y la parada están al sesgo, lanza toda la espuma y superficie del agua, y con ella la langosta, al salto o abertura. Y cuando el saco esté lleno, se pondrá otro, y se irá a vaciar aquel en las zanjas o silos que tendrán prevenidos para enterrarla. Este es el mejor artificio y el más descansado que se ha experimentado, y se debe hacer en los lugares, esto es, donde salte la langosta, y más abajo de donde salte, buscando buen terreno, porque estas paradas no se pueden hacer en todas partes, sino haciendo las que parezcan ser más convenientes.

Para este remedio y artificio se advierten tres cosas; a saber, que se lance el agua de la abertura; se hará en las paredes de cañizo y anea, en algún brazal que esté bien hecho y limpio, y, si puede ser, que vaya al río o al mar, por si acaso hubiera algún descuido en los que asistirán y dejasen escapar algunas.

La segunda, y más digna de reparo, es que, por cuanto la langosta va siempre por el hilo y corriente del agua, y en las acequias hay muchas curvas donde se arrima, y se ha visto escapar mucha langosta en estos lugares, y en otros en que se vuelve y se remansa el agua, se dice que en estos lugares se pondrán trozos de caña o bastones bien lisos, hincados en el margen y, por el lado del agua, con la punta hacia abajo, siguiendo la corriente, porque de esta manera las cañas o bastones la devuelven a la corriente y al hilo del agua, sin darle lugar a agarrarse al ribazo ni a salirse. La tercera es deshacer los puentes, o hacer quemar broza allí, o que esté allí alguien que la desvíe; porque, si no se les impide el paso de los puentes, se entran por ellos en las huertas.

Tercero, o en el tercer tiempo en que se debe trabajar en matar la langosta, es cuando vuela; y en este tiempo el remedio es hacer zanjas hondas y hacerlas caer en ellas a la madrugada, al atardecer y en días nublados, cuando están torpes y no emprenden el vuelo (como se ha dicho). De este remedio se han valido algunos lugares.

Otros han usado algunos ciudadanos de esta ciudad, como son hacer humo en las heredades y, en lo fuerte del sol, mover el trigo o la cebada donde está la langosta con una soga que llevan dos hombres, etc., los cuales juzgo de poco provecho, y por eso no los refiero.

Y finalmente, para varios de estos tres tiempos, traen muchos remedios los doctores, y señaladamente Casio Dionisio en el tratado que hace de agricultura, libro 13, capítulo 1, donde refiere diferentes remedios; Juan Quiñones, en el dicho capítulo 3, que lo rubrica de esta manera: “Cómo se remedian los daños que hacen las langostas”.

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OTROS REMEDIOS VENIDOS DEL REINO DE ARAGÓN, del tenor siguiente.

Los remedios naturales humanos se dividen en tres diferencias de tiempo, porque en tres estados se pueden considerar y desterrar las langostas: conviene saber, en canutillos; cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y cuando son grandes. En canutillo se matan arando entonces las heredades y tierras donde las hay, con las orejeras de los arados bajas y los surcos juntos, que de ordinario son partes incultas y no labradas, dándoles algunas vueltas, se entierran y encubren los huevos y canutos, y los que no, sacándolos de su lugar y estando descubiertos encima de la tierra, el sol y las inclemencias del tiempo los consumen, o las aves se los comen; y así perecen muchas langostas que habían de serlo. Esta diligencia, por ser a los principios, es importante, pues mueren en los huevos antes de que nazcan. Esta efectuó en la ciudad de Huesca, por orden del Consejo Supremo de Castilla, don Juan de Quiñones, y dice que se mató entonces mucha langosta. La misma ejecutó en la villa y partido de Consuegra don Francisco Salvatierra, con consejo universal de todos los labradores, pues unánimes acordaron que tal remedio consistía en arar de dos rejas las tierras enlangostadas que por tales estuviesen con sus apeos. Pero esta labor convenía, para que fuese de provecho, hacerla dando los surcos juntos y las orejeras del arado bajas y cortas, porque de otra suerte no se conseguiría el fin de acabar con los canutillos. Y lo convence la razón, pues las orejeras en la forma referida, y la reja llevando juntos los surcos, rompen el canuto que topan y ponen los demás sobre la superficie de la tierra, para que lo consuman las inclemencias del cielo y aves del campo. Las tierras enlangostadas y dehesas que son de pasto común deben ararse de dos rejas y romperse a costa de los bienes comunes; y, si no tuvieren las comunidades para ello, entra la piedad y obligación de los Señores Diputados del Reino, para determinar y ejecutar lo que pareciere ser más conveniente.

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Cardano dice que, cuando la langosta está en canuto, que es cuando los huevos están metidos en la tierra, se ha experimentado que, quemando los campos y heredades donde están, se acaban y consumen, y no nacen de ellos las langostas. Aldrovando afirma que, con quemarse la superficie de las tierras enlangostadas, se consumen los canutillos; pero tengo por remedio más seguro el arar de dos rejas en la conformidad que se ha referido, pues se ha logrado de esta suerte el fin de extinguirlas en canuto en Andalucía, Castilla y la Mancha.

El segundo tiempo y estado de las langostas es cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y el remedio mejor es coger unos buitrones hechos de anjeo, anchos por arriba y estrechos por abajo, y seis u ocho personas en cada buitrón cogen gran cantidad de ellas, tanta que matará cada buitrón todos los días cinco y seis cahíces, según la langosta va creciendo; y después, metiéndolas en unos hoyos y cubriéndolas con tierra, las ahogan y matan. Pero se ha de hacer esto antes de que salga el sol que las caliente, porque con el fresco de la noche y mañana están entorpecidas y encogidas, y con el calor se alientan y vuelan, y no se cogen, o se cogen mal; y así todas vienen de partes cálidas, y no de frías, y el viento que de ordinario las trae es el Austro, y no el Aquilón.

Don Francisco Salvatierra asegura en una carta que escribió al Supremo Consejo de Castilla, y otra a don Juan de Quiñones, que solo en la Dehesa de Alcudia mataron y enterraron más de ochenta mil fanegas de langosta, y que constaba por los testimonios de los demás lugares haber excedido el número de quinientas mil fanegas, lo que parece, ciertamente, cosa increíble. Suelen darse a coger por celemines y fanegas, dando una cantidad por cada medida. Así lo dispuso el santo pontífice Estéfano VI en Roma, el año 885, y Hércules II, duque de Ferrara, el año 1542. Pero advierto que, como el remedio de los buitrones es tan eficaz, será necesario que se apliquen a ejecutarlo, sin reparar en el gasto, aunque contribuyesen con algunas partidas todos los lugares del reino; y por ser medio tan a propósito, compró en su comisión don Francisco Salvatierra más de treinta y tres mil varas de anjeo para socorrer los lugares enlangostados. Y no faltan libros y autores que señalan que las personas están obligadas a contribuir para atajar un daño tan universal y pernicioso contra la vida del hombre. Y así ensanchen, por amor de Dios, los corazones, y obren con eficacia antes de que se nos pase el tiempo y la coyuntura.

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El tercero y último estado de las langostas es cuando son grandes, y entonces es más dificultoso el remedio para atajarlas en común; pero los particulares podrán aplicar en sus campos alguno o todos los remedios siguientes.

Primero, colgar algunos murciélagos muertos en los árboles más altos que hubiere en las mieses; así lo escriben Casio Dionisio, Giraldo, Arabio y otros muchos autores experimentados. Segundo, coger muchas langostas y quemarlas en los mismos campos o en sus márgenes, porque, al llegar el olor a las demás, las deja sin sentido, y parte de ellas se mueren, o el sol las consume y acaba. Y esto es natural, porque lo mismo sucede en los escorpiones: que, si se quema uno de ellos, los demás huyen o se dejan coger; y en las hormigas, como se ve cada día por la experiencia, y tal vez sucede lo propio en los demás animales. La causa de estas operaciones no es fácil saberla, así como no alcanzamos en qué consiste la virtud con que el imán atrae el hierro y las piedras estancan la sangre. Olaus Magnus dice que, para sacarlas de las mieses, cojan unas teas de pino encendidas, y corran de unas partes a otras de los campos, y las harán huir. Estos y otros remedios trae nuestro Vicente de Beauvais de autores antiguos y experimentados. Los cuales se han ejecutado en Castilla, la Mancha y Andalucía muchas veces, enviando el Consejo Supremo un juez a las tierras enlangostadas, y con el dinero que liberalmente entregaba el rey nuestro señor de sus Arcas Reales, y con el que contribuían todos los lugares del contorno, se han librado de semejante plaga.

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OTRO REMEDIO EXPERIMENTADO EN LA HUERTA de Santa Clara de la presente ciudad de Barcelona, a la madrugada o a la tarde, cuando las langostas están más torpes.

El hortelano de dicha huerta, en la ocasión en que dicha huerta estaba en extremo afligida por la dicha plaga, tomó un cedazo o garbillo pequeño, cuyo palo tenía de altura cosa de dos palmos, y cuya tela era de pergamino. Y dicho hortelano, con dicho garbillo, de una pasada, iba sacudiendo las plantas de dicho huerto, haciendo caer cada vez muchas langostas dentro de dicho garbillo o cedazo; y casi al mismo tiempo volcaba dichas langostas dentro de un saco que un muchacho le llevaba a su lado; y, al tener dentro de dicho saco cosa de unos tres o cuatro cuartanes de dicha langosta, con el mismo saco la golpeaba contra la tierra con violencia, hasta tenerla muerta; y luego la enterraba en un lugar destinado, y volvía a hacer la misma diligencia; y en esta conformidad experimentó grandísimo alivio en dicha huerta.

OTROS REMEDIOS TRAEN LOS DOCTORES.

COMO es dar por dichas langostas una cierta suma de dinero por cuartera, como se experimentó en la ciudad de Milán en el año 1542, cuando en espacio de muy poco tiempo se llenaron doce mil sacos. Quiera Nuestro Señor, por su infinita misericordia, que estos remedios, u otros, aprovechen como deseamos. Sic fiat, fiat. Amén.

FIN.

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GLOSARIO

Aquilón: viento del norte.

Anea: planta acuática de tallo y hoja alargados que crece en la vereda de los ríos. También llamada ‘espadaña’.

Anjeo: especie de lienzo basto.

Austro: viento del sur.

Buitrón: red para cazar perdices y otros animales pequeños.

Brazal: canal secundario que sale de un río o acequia más grande para regar.

Cahíz: medida de capacidad para cereales cuyo valor variaba en función del territorio.

Canuto: según el Diccionario de la lengua española, es el “tubo formado por la tierra que se adhiere a los huevos que la langosta y otros ortópteros depositan después de haber introducido verticalmente el abdomen en el suelo”.

Cop: arte de pesca utilizado en la “pesca a la encandilada”; probablemente algún tipo de red o aparejo.

Cuartán: medida de capacidad para áridos inferior a la cuartera.

Jergón: colchón de paja, esparto o hierba.

Paeres: magistrados municipales catalanes. El término se asocia especialmente a la Paeria de Lleida.

Reja: pieza de hierro del arado que abre el surco en la tierra.

Universidad: corporación o comunidad municipal. En la documentación de época designa el cuerpo político-administrativo de un lugar.

Veguer: oficial real con jurisdicción en una veguería. Puede compararse con el corregidor de Castilla.

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Dejando huella: el proyecto ANIMAL

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Son muchas las dificultades que atraviesa un investigador de los estudios de animales en las disciplinas humanísticas españolas. Dejando de lado los aspectos económicos, uno de los desafíos más importantes radica en visibilizar un corpus desde el que aproximarse a temas tan sugerentes y contemporáneos como el amor hacia la fauna en otras épocas, o cuestiones biopolíticas como el control de las plagas.

La mayor parte de las pesquisas dentro de las corrientes ecocríticas se concentran en textos, fenómenos y movimientos colectivos bastante recientes. Es una opción cómoda —parecen más accesibles y existe menos riesgo hermenéutico—, aunque también limitante, ya que relega a un segundo plano el testimonio histórico. El peligro intelectual no es pequeño: quedar atrapados en compartimentos relativamente seguros, presentistas, cada vez más transitados, que agradecerían el complemento de una mirada de larga duración.

Escribo este mensaje para presentar un proyecto que estoy gestando en la matriz de Huellas en la tinta y que planeo transferir a una infraestructura más amplia en el futuro. ANIMAL, Archivo de Narrativas Ibéricas sobre Medioambiente, Animales y Liminalidad, inicia su andadura con objetivos modestos: editar, traducir y recopilar digitalmente obras peninsulares antiguas que exploren la relación del ser humano con otros vivientes. Un segundo propósito, más allá de funcionar como ayuda y estímulo para la comunidad universitaria, estriba en acercar estas piezas a la sociedad a través de transcripciones comprensibles y bien glosadas.

Se trata de una meta ambiciosa, en realidad. Echo aquí los cimientos con la esperanza de construirla con el paso de los años, con suerte arropado por más medios, tiempo y colaboradores.

Por lo pronto, inauguro esta nueva serie ANIMAL con el tratado catalán Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688). Mi traslación al castellano verá la luz en tres partes. Aspiro a culminarla durante los meses estivales. Ofrezco al lector una muestra o, si se prefiere, la primera huella de un camino que presumo extenso.

Nos “olemos”.

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De arcadios y vacas caníbales

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los recuerdos ejercen un poderoso hechizo en la mente: cuando los vivimos en tiempo real, rara vez nos percatamos de su importancia. Meses o años más tarde, mientras repasamos el archivo de nuestra memoria, las huellas que no se han desvanecido adquieren el tinte rosado de la añoranza y el tono vagamente sentimental de lo bucólico.

La idea era magnífica: celebrar un seminario en pleno monte de León, en un pueblito perdido con evocaciones del Maienfeld de Heidi. Ponencias, amigos y rostros familiares, rutas por el bosque… El encuentro poseía los ingredientes necesarios para convertirse en una experiencia enriquecedora a todos los niveles. Lo que dicha receta no contemplaba era que un tropezón intruso se colaría en su estofado, fulminando de un repentino choque eléctrico las reminiscencias pastoriles que despertaba el lugar.

Sabía que el consumo de carne en el norte de España era alto. Lo he atestiguado en La Rioja, al pedir un sándwich vegetal que —para mi sorpresa— estaba adobado con atún. Con una inocencia pasmosa, el dependiente me aseguró que no llevaba carne y que, por tanto, era adecuado para mi régimen vegetariano. Yo le sonreí y rechacé el plato.

Los ociosos pastores de la Arcadia, una recua de cortesanos bajo disfraz, habrían turbado su ánimo ante un manjar compuesto de los dulces ruiseñores, las tórtolas y las ovejas que amenizaban sus devaneos amorosos. O quizá hubiesen esperado a que Virgilio y Garcilaso no anduvieran por allí trenzando versos para satisfacer sus apetitos carnívoros y regresar después con el estómago lleno y un nuevo motivo para digerir sus penas.

De lo que estoy convencido es de que a estos especialistas en el camuflaje y la doblez emocional les habría revuelto las tripas el cartel que aparece en portada. O tal vez lo hubiesen leído con el mecanicismo del filólogo que analiza las figuras literarias de un poema: personificación (reses antropomórficas) y una antítesis rayana en lo absurdo. ¿Cómo se traga —perdóneseme el juego de palabras— que estas vacas ataviadas de Hell Angels, transterradas y aquejadas de un desorden de alimentación severo, se zampen una hamburguesa en una cantina ibérica al son de Welcome to the Jungle?

A mí la imagen me supo tan artificial como un bocadillo de píxeles generado por la IA. Artificial y problemática. La dieta del ganado ha sido falseada para vendernos una hamburguesa, porque si hasta las vacas (las “donantes”) la disfrutan, ¿por qué no iba a hacer lo mismo un cliente humano?

Esto guarda relación con el concepto de “referente ausente” que acuñó Adams: vemos las rodajas de chorizo en el bocata, pero no las asociamos con la criatura de la que proceden. Tal desidentificación degenera en regodeo carnista y llega un paso más lejos: las víctimas del jifero, enloquecidas por un prompt oximorónico, nos convidan a que entremos en ese típico bar de moteros leonés para gozar juntos no de los cantos afligidos de los árcades, sino de los riffs de las guitarras de Guns N’ Roses a medida que extraemos el jugo de un filete.

Y yo me pregunto: ¿por qué sometemos a esta violencia visual a los animales? ¿No es suficiente con descuartizarlos, empaquetarlos y cocinarlos en la sartén o el horno? ¿También tenemos que despojarlos de su dignidad, de su naturaleza, para comercializar así otro descendiente de la larga y clownesca progenie del Big Mac? Y aclaro que esta reflexión no va dirigida contra nadie en concreto: contrasentidos como este se cuentan por miles en los supermercados y en la publicidad televisiva.

Seamos más conscientes de las morcillas que nos embuchan los medios. He ahí el deseo que estampo en esta entrada.

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Animales velados: trazas de “verdad” zoológica en la fábula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Discutir sobre la veracidad del relato fabulístico podría antojársenos un oxímoron. En español el término “fábula” denota una patraña, un cuento irreal sin asomos de certeza.

Existen, claro, matices. Nadie negará que la lealtad simbólica que se le atribuye al perro emana de su cercanía con el hombre, o que la fama que arrastra el lobo se debe a la depredación de las reses ovinas, lo que atenta contra los intereses humanos. En el apólogo son pocos los animales que traicionan su presunta esencia: no veremos fieras sirviendo motu proprio a nuestra especie ni al ganado emancipándose. Si lo hicieran, entraría en juego la pedagogía punitiva de este género y un agente externo los colocaría de inmediato en su lugar. En este ecosistema de papel ninguna criatura es capaz de impugnar los designios que pesan sobre ella desde la cuna: los raposos serán siempre astutos, los leones, regios y los pavos, vanidosos. Las desviaciones de la norma resultan tan infrecuentes como poco fructíferas.

Esta inmutabilidad ontológica perfila una cosmovisión según la cual los animales están condenados a ocupar un peldaño inferior en la Scala Naturae. No solo extraemos de ellos productos, nos lucramos con su trabajo y los utilizamos para propagar enseñanzas éticas, también los sometemos a una reducción semiótica que barre de un plumazo su singularidad para convertirlos en seres unidimensionales, representantes de un valor tipificado. Pero ¿yace algo bajo la epidermis de este utilitarismo feroz? ¿La vida salvaje es solo un pretexto para educar en civismo? ¿Subsisten trazas de autenticidad en su retrato?

Tomemos como ejemplo la fábula esópica de “El cuervo y el zorro”, reelaborada por La Fontaine, Samaniego y toda una pléyade de autores. Reproduzco el texto desde la edición de Bádenas de la Peña:

Un cuervo que había robado un trozo de carne se posó en un árbol. Y una zorra, que lo vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar sus proporciones y su belleza, le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. Pero al querer demostrar a la zorra que tenía voz, dejó caer la carne y se puso a dar grandes graznidos. Aquella se lanzó y después que arrebató la carne, dijo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser el rey de las aves”.

De aquí deduciremos dos obviedades: que ambas criaturas se nutren de carne y que las aves se posan en los árboles. No hacía falta ser Aristóteles o Plinio para llegar a estas conclusiones. Pero si enfocamos mejor nuestra lente, entresacaremos detalles no tan visibles para un lector preocupado por la moral. El zorro explota las debilidades del pájaro para obtener su premio y le ataca donde más le duele: en su apariencia y en el canto. Hoy el plumaje de los córvidos nos parece majestuoso, equivalente a un distinguido traje de frac; no obstante, no alcanzan a igualar a volátiles más coloridos, como el papagayo de la India, la abubilla o el martín pescador.

Este dato es más revelador de la mentalidad de quien compuso la pieza —y de la sociedad donde se gestó— que de un estudio minucioso sobre la fauna. Ahora bien, quien ideó el cuento no obraba desde la ignorancia zoológica: había oído el graznido desacompasado y ronco de los cuervos y decidió cebarse con ese rasgo. Su intención era avergonzar al animal y, para ello, necesitaba anclar su mofa a una característica real, que el narrador no explica, ya que se daba por evidente.

La adulación no habría funcionado con un ruiseñor ni con un mirlo, reputados de excelentes intérpretes. Solo un córvido, con su trino desasosegante, podría sucumbir ante semejante elogio en un contexto (no se olvide) plenamente antropomórfico.

¿Esta clase de matices transforman el apólogo en una crónica naturalista fiel? En absoluto. Sí demuestran que no existe una desconexión total entre la plausibilidad zoológica y la ficción en la fábula, que algunos pormenores conductuales no fueron pasados por alto por sus artífices y que la fauna apologística no es un mero recipiente a la espera de ser llenado.

En definitiva, la especie importa. Si no se corresponde con la visión del mundo que posee la comunidad de destino (basada tanto en creencias como en observaciones factuales), la historia entera se deshilacha.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190