El Edén o la nostalgia de la armonía universal

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

¿Cuántas veces no echamos la vista atrás con las gafas rosadas de la añoranza? Evocamos recuerdos infantiles, juegos, mañanas luminosas en la playa o en el campo, rodeados de parientes, amigos, peluches (¡quizá!), sin un lunar que afee un pasado lejano e idealizado. Nuestros tutores nos protegían, cada día era una aventura y cada pequeño aprendizaje se sentía tanto un salto al abismo como un logro descomunal.

La mitología y las religiones han codificado en sus genes un espacio muy similar a este. La Edad de Oro de los griegos no distaba de tal ensueño; e incluso los gentiles prados de la Arcadia eran arrullados por una brisa que transportaba en sus vahídos semillas de nostalgia. Resulta asombroso cuán a menudo la cronología de la humanidad y la humilde biografía del individuo contemporáneo se abrazan, cómo la despreocupación de la niñez entronca en la cultura con formas, paisajes e ideas antiguas.

Pero abundan los problemas en el paraíso: por el sistema circulatorio de estas figuraciones de la concordia universal corren prejuicios, afanes, pérdidas irreparables e inseguridades silenciosas. Lo demostraré por medio de tres obras visuales, en un trayecto comparativo que alumbrará una zona poco soleada del imaginario cristiano.

Asomémonos primero al Edén netamente medieval de El Jardín de las Delicias (ca. 1500), el célebre tríptico del Bosco que hoy custodia el Museo del Prado. Sus paneles cuentan una historia amarga, satírica y fatalista. Me fijaré en el de la izquierda, que es el que cubre la génesis del hombre y la mujer:

La tabla está colmada de detalles y rebosa un simbolismo que los especialistas siguen debatiendo medio milenio después de su concepción. No pretendo desentrañarlo en escasos minutos; mis ambiciones son infinitamente más modestas. Quiero que reparemos en algunos elementos que desnudan la mirada del Bosco —y, con él, de una parte de la iconografía occidental— sobre el Edén.

Aunque Eva, Adán y Dios ocupan una posición delantera, en su corazón se ubica una extraña estructura vertical: una fuente que se eleva hasta el cielo y que contiene un orbe (¿una alusión al globo terrestre de las puertas del tríptico?) en cuyo seno anida un ave nocturna (¿un búho?), oculta, apenas visible desde la distancia. Un indicio inquietante, al que habría que sumar reptiles (culebras, lagartijas), anfibios (ranas) y mamíferos marinos (una foca) que brotan de las aguas para macular con su negrura el vergel divino.

Estas señales permiten entrever intuiciones fértiles. El Bosco pone a nuestra especie más cerca del espectador, pero la clave de su cosmología la transmite ese núcleo parasitado por una rapaz: un presagio funesto. La imagen anticipa, así, el pecado que irá cristalizando en los otros dos lienzos. Sus sabandijas, minúsculas y repugnantes, emergen de un pozo insondable, misterioso, situado fuera del dominio humano, garantizando —a la par— la coherencia narrativa entre todos los miembros de la secuencia.

El mal acecha a Adán y Eva. El pacífico Edén, jardín del Señor, sufre la plaga de la depredación: el gato (¿o jineta?) captura un ratón; dos aves de fantasía picotean el cadáver de un sapo; un león devora un ciervo… Palpitan aquí presentimientos y asociaciones sugerentes que no exploraré con exhaustividad: lo bestial como síntoma de perversión, fieras míticas o ficticias (el unicornio, híbridos inauditos) codeándose con conejos, osos, cisnes, jirafas… La fauna no integra —ahora bien— un catálogo naturalista: son teselas de un mosaico alegórico, valiosas por lo que representan más allá de su hipotética existencia material.

Continúa tratándose de un Edén antropocéntrico, teológicamente racionalizado, providencial y punitivo, destinado a funcionar como universo microscópico. La amenaza del infierno se arrastra por sus márgenes para aterrorizar a quien lo contempla. Busca conmover, pero también convencer de que la devoción católica es el único remedio eficaz contra la condena. Cada componente del cuadro impone esa lectura.

Apenas un siglo más tarde, Jan Brueghel el Viejo firmó La tentación en el Jardín del Edén (ca. 1600). Cotejémoslo:

Los cambios se perciben casi de inmediato: cuesta localizar a Adán y a Eva —escondidos y desenfocados— en una estampa protagonizada por los animales. Pero ¿qué animales? Ahí radica la enjundia de esta lámina: criaturas domésticas europeas (caballos, perros, cerdos, bóvidos…), carnívoros, omnívoros y herbívoros de los viejos continentes (ciervos, ánades, leopardos, cisnes, búhos, avutardas, lemmings, hipopótamos…) y otros exóticos venidos de América (guacamayos, micos, tucanes, pingüinos…).

Brueghel coloca el acento en la naturaleza: recrea con inimitable encanto, riqueza taxonómica, realismo pictórico y color exuberante un repertorio de especies que parece sacado de una enciclopedia o de una ménagerie. Poco se le puede reprochar a sus pinceladas: cuidadosas, reveladoras de una inmensa curiosidad botánica y zoológica, y precisas en los pormenores anatómicos; sobre todo para los volátiles y los mamíferos que se nutren de hierba. El modelo de cosmos que postula ha dado un paso hacia el empirismo, hacia la biología científica, y se halla a años luz del que manifiestaba el Jardín de las Delicias. El así llamado “descubrimiento de América” supuso un acontecimiento decisivo para este viraje, pues recuperó la maravilla y obligó a los occidentales a plantearse preguntas que, hasta la fecha, carecían de formulaciones firmes.

Pero seguía reflejando una jerarquía especista. Brueghel entendió el Edén como un vivero primigenio para la totalidad de la fauna y la flora del planeta, sin oponerse a la tesis de la concordia absoluta sostenida por la Biblia. Sin embargo, acaso sin proponérselo, había abierto una costura en el tejido del mito, por más que su educación cristiana lo impulsase a remendarla con el hilo de un mensaje expansionista, colonial, de vocación evangélica: las tierras del Oeste (y sus moradores) constituían parte de la Creación y, por consiguiente, tenían que someterse a las reglas dictadas por —y para— sus legítimos herederos.

Aquel paraíso en miniatura fue puesto de ese modo al servicio de la humanidad; y, más concretamente, de los fieles de la Iglesia romana. Por eso los predadores —leones, leopardos, perros, estrígidos…— se cuentan con los dedos de las manos en comparación con sus presas: porque la cultura no suele ser favorable a los animales que le disputan la caza al hombre.

Para el último eslabón de la cadena voy a regresar a los orígenes de este blog: al anime Wolf’s Rain (2003) de Tensai Okamura. Reproduzcamos un fragmento ya conocido:

El diseño de este “falso paraíso” se nos antojará sospechosamente familiar: hay un escenario idílico, vegetación ubérrima, un Adán (Kiba) y una Eva (Mew). El audiovisual pop ha desbaratado los linderos geográficos para que un lobo ártico (Kiba) y un caracal (Mew) coexistan con rebaños de bisontes y bandadas de patos en lo que semeja tratarse de un valle norteamericano enclavado entre las montañas. Pero que no nos engañe este revoltijo de referencias: la quimera de un Edén inmarcesible, a salvo de la matanza y el dolor, no ha abandonado este nuevo pliegue de una fábula con visos de inmortalidad.

Aún podríamos convocar a Jauja o discurrir por senderos y mitos mucho menos transitados, pero llega la hora de cerrar esta entrada. El antropocentrismo subsiste en las distintas iteraciones del Edén; no obstante, detenernos ahí sería una solución demasiado cómoda. Lanzo, por ello, una duda que aspiro a contestar algún día: ¿no reside en la inspiración de estos dibujos —incubado, latente— el anhelo íntimo de conectar con el prójimo animal; el deseo inconfesable, milenario, desequilibrado y todavía imperfecto —con dejes especistas— de una convivencia armoniosa?

Eso pienso yo. Aunque quizá no sea más que un arrebato de morriña.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“El pájaro Sisón” (s. XVIII): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego valenciano El pardal Sisò (s. XVIII), atribuido a León Carlos.

Se trata de una composición burlesca, en forma de diálogo, entre dos figuras emblemáticas de la topografía de Valencia: el Sisón de lo alto del campanario de San Juan del Mercado y el Dragón del Colegio del Patriarca. Los preparativos de las fiestas por la beatificación de Juan de Ribera —andamios, luminarias, ornamentos, albañiles y bullicio urbano— esbozan una escena que refleja ansiedades en torno a la destrucción patrimonial. El pájaro, alarmado por las obras que se levantan junto a su campanario, cree que van a vandalizar su efigie; el Dragón se lamenta de haber sido olvidado en una celebración de gran magnificencia. Por lo demás, en el coloquio se funden la sátira urbana, la cultura festiva y una mirada irónica sobre los preparativos ceremoniales.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Facilito al final un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

EL PÁJARO SISÓN, QUE ESTÁ EN LO ALTO DEL CAMPANARIO de la Iglesia de San Juan, aturdido al ver la barahúnda que se movía en la Plaza del Mercado, con motivo de las Fiestas de la Beatificación del B. Juan de Ribera; y lo que es más, viendo los andamios que ponía el Clero de San Juan, pensando que iban a hacerle una mala pasada, tomó vuelo, y se paró en un tejado del Colegio, desde donde divisó al Dragón.

S. Dragón, muy buenos días tengas.

¿Qué, acaso estás escondido?

Amigo, ¿qué te ha sucedido?

¿Habrá fortuna más grande

que haber parado yo el vuelo

donde nunca había pensado?

D. ¿Quién eres tú, que así me hablas

con tanta marcialidad?

Sisón. ¿No me conoces?

Dragón. Ni tampoco

te he visto, ni te he hablado.

Sisón. Supongo que eso es muy cierto;

y, a decir verdad,

yo no te he visto en mi vida;

pero es tu fama tan grande,

que de Levante a Poniente,

mujeres, hombres, chicos y grandes

saben que eres del Colegio

el más antiguo habitante.

Dragón. Calla, calla, cesa, cesa,

porque un puntito has tocado

que me ha dejado trastornado,

colérico, triste, y arrinconado.

Sisón. Pues ¿a qué viene esa manía?

Dragón. Di tú primero el caso

que te ha traído a esta Casa,

y una vez enterado

de tus aventuras,

entonces te daré parte

de las aflicciones que me tienen

melancólico, y angustiado.

Sisón. Hablas como Dragón de bien;

y pues en tu Casa estás,

y yo vengo a guarecerme

en tan grave necesidad

de tu protección,

escúchame pues, y sabrás

la historia más estupenda,

el pasaje más gallardo,

el cuento más primoroso,

el jeroglífico más grande

que en Valencia ha sucedido

desde que hay Murciélago,

que es lo mismo que si fuera

desde el punto en que la quitó

a los Moros el Rey Don Jaime.

¡Oh qué gran antigüedad!

Has de saber pues, amigo,

que yo, si no has reparado

en las señas, soy el Sisón,

aquel remontado Pájaro

que está en lo alto del Campanario

de aquella Iglesia brillante

por todo el Orbe conocida,

la de San Juan del Mercado.

Dragón. ¿Tú eres aquel elemento

que atisbas sin chistar

todo cuanto en el Mercado pasa?

Sisón. Sí, ¡y si quisiera hablar

bien creo que habría tela que cortar!,

pero volvamos a nuestro caso.

Estando pues de centinela

todo el término registrando,

vi preparativos

magníficos, grandes y especiales:

muchas maderas por aquí:

muchas obras por allá;

balcones añadidos a un puesto;

a otro, ventanas grandes:

medidas por la Puerta Nueva:

medidas en el Consulado;

agujeros cerca de la calle Nueva;

mas de nada hacía caso,

pues como he visto tantas fiestas

desde que estoy allá arriba

me pensé que serían

algunos preparativos

de otras fiestas, y quietecito

me estaba repantigado;

hasta que anteayer,

todavía estoy espantado,

reparé, ¡qué tristeza!

que en aquel rellano tan grande

encima de las escaleritas

iban poniendo barras

y hacían un andamiaje;

pensé que sería un Altar

que mi Clero quería hacer

y quedé algo sosegado.

Crecía el andamio a varas

y cuando me di cuenta

ya llegaba a los balconcitos:

yo dije entre mí, ¡caramba!

este cuento va de veras.

¿Qué querrán hacer aquí arriba

donde en el tiempo en que estoy

ningún viviente ha subido?

Estando en estos pensamientos

veo que iban arrimando

escaleras, y que a porfía

intentaban subir

una turba de albañiles;

y como por mi dignidad

y el alto puesto en que existo

tengo contrarios a montones,

me hice estas reflexiones

así como las voy contando.

¿Si serán los Compradores,

algunos que suelen sisar,

y sabiendo que todo lo veo

me querrán asesinar?

¿Si acaso las Revendedoras

perfectas de este Mercado

se han conjurado contra mí,

porque oigo los disparates

con que a todos tratan por todas partes?

¿Si algunos perdidos Estudiantes

que en los melones y la fruta,

y hasta en las tablas del pan,

obrando a la chita callando,

viendo que solo yo declarar

puedo en tal causa, me quieren

con sus mañas enredar?

¿Si los Tenderos:::- pero amigo,

estando soliloquiando,

veo junto a la bola dos hombres

con las dos zarpas en alto.

No averigüé la intención,

pero estando entendiendo ya

del refrán aquel tan sabido:

Que salto de mata, más

vale que ruego de buenos,

sacudiendo las alas

los dejé a todos en un moco

de diez varas, y pegando,

como quien dice, campo a través,

a este tejado he llegado,

donde casualmente te encuentro.

Este ha sido mi caso.

Si estas desdichas te mueven,

si atiendes a estas verdades,

si tienes el corazón generoso

como toda Valencia sabe,

espero de tu afecto

que aquí me patrocinarás,

me darás cuanto puedas,

y si es que llegara el caso

de venir por mí, en defensa

mía, la vida perderás.

Dragón. Mil abrazos te daría

si yo te pudiera abrazar

y pues que reconocido

en tu modo me he visto,

después de darte palabra

de en todo ser tu Atlante,

pues en materias de honor

ningún Dragón se ha negado,

escúchame otro ratito

y te contaré mi caso.

Desde que se fundó el Colegio

por mandamiento del Prelado,

mi Señor Fundador,

Patriarca venerado,

y Beato hoy en el día,

que siempre he estado atisbando

la Iglesia sin entrar dentro,

pero muy bien visitado

por hombres, mujeres, chicas, chicos

y forasteros a montones:

siendo pues yo el más bello de todos,

me tienen arrinconado,

y en cuanto a las Luminarias

que se hicieron en el año pasado,

todos gozaron de la fiesta,

siendo solo yo el desgraciado.

Dos meses hará por lo menos

que lo ponen de punta en blanco

todo, renuevan pinturas,

los claustros han blanqueado,

de bolas y de faroles

no se cuentan los millares,

arcos, cirios y blandones,

con arañas de cristal

un sinnúmero; las varas

del más fino y pulido damasco

dan miedo solo de pensarlo;

el terno que se estrenará

está cuajado de oro;

en una palabra, hacen

tantas cosas estupendas,

que memoria quedará

en Valencia de estas Fiestas,

tanto por la solemnidad,

como por la magnificencia.

Sisón. Pues ¿en qué estriba el pesar

cuando lo que dices es placer,

y muy contento debes estar?

Dragón. Mientras tú hablabas, amigo,

atento te estaba escuchando

sin meter la cucharada;

todavía no hemos acabado,

y el punto fijo del asunto

queda por noticiar,

y así déjate de preguntas,

ni tienes que irme a la mano,

porque las explicaderas

son, a Dios gracias, bien grandes,

causándolo el trato que tengo

con tantísimos Estudiantes.

Siendo yo el más antiguo de todos,

¿no estaba puesto en razón

digna y muy correspondiente,

el haber contado conmigo

en una Función de tal grandeza?

Pues nadie se ha acordado,

hasta que ayer por la mañana

pasó el Librero de ahí delante,

el más antiguo, y un Coloquio

fue a dar a los Capellanes

en que Sento, y Tito decían

que estaba desesperado yo

porque conmigo no contaban

quedándome allí arrinconado

siendo el Decano de todos,

y otras cosas que en tal

papelote ellos embocaban.

Esta voz se esparció,

y tomó tan gran cuerpo,

que en un punto y en un instante

me descuelgan, me limpian,

y me pintan de muy buen grado,

subiéndome a esta solana,

hasta que se haya secado

el vestido nuevo; los Pintores

están siempre refunfuñando

diciendo que me sacarán a la vista,

y que en la Plaza he de estar

los tres días: este es

tanto mi gozo como mi pesar;

y pues que el mismo motivo

nos tiene a los dos tan alterados,

ánimo y resignación,

que este tiempo otro nos traerá.

Sisón. Tú al menos, Dragón, tienes motivos

de ese modo de pensar,

pero yo: nee nominetur.

Dragón. ¿Quién te ha enseñado a hablar

en latín?

Sisón. Todas las lenguas

se oyen en el Mercado,

pero el latín lo he aprendido

de hablar con el Escolano

que aparece pintado a solas.

Dragón. Muy bien.

Puede ser que lo entendieras mal,

y el querer cogerte, sería

para hacerte plateado

o dorado algún vestido.

Sisón. Como son los Comisionados

jóvenes, alguna diablura

pensé que habrían ideado:

tomé las de Villadiego.

Dragón. No creo que lo hayas acertado.

Sisón. Tomaré noticias, alzaré el vuelo

subiéndome al campanario

de San Andrés, descubriendo

lo que pasa por allá,

y según la información

que me hagan, limpito y claro,

así obraré.

Dragón. Me place.

Muy entendido es el Sisón;

mucho me he alegrado de verlo.

Ni extraño lo sucedido;

ni lo que a mí me ha pasado.

Si no fuese por Tito y Sento

a oscuras hubiera estado.

Pero ya parece que otra vez

el Sisón se ha bajado.

Sisón. Amigo, al puesto me vuelvo

pues según me han informado

unos Palomos, para lucirme

me querían coger.

Dios te pague tu buen celo

permitiendo que gocemos en paz

de unas Fiestas tan lucidas.

Veré si podré volver

a hacerte otra visitita.

Dragón. Cuando quieras volar

bien podrás; muchas memorias

a los Concurrentes del Mercado,

y que se acaben las Fiestas

con paz y tranquilidad.

En Valencia: Por Miguel-Estévan.


GLOSARIO

Andamiaje: estructura provisional de madera que sirve para subirse y trabajar en una construcción, pintura o reparación.

Atlante: titán que sujetaba en sus hombros el peso del cielo por castigo de Zeus. Por extensión, sostén anímico o protector de alguien.

Beatificación de Juan de Ribera: fiestas celebradas con motivo del reconocimiento oficial del patriarca Juan de Ribera como beato.

Blandón: cirio grande y, también, el candelero que lo sostiene.

Chita callando: actuar silenciosamente y con disimulo.

Colegio del Patriarca: Real Colegio Seminario de Corpus Christi de Valencia, fundado por Juan de Ribera.

Consulado: referencia al Consulado del Mar, un edificio histórico valenciano.

Dragón: figura legendaria que se exhibe en el Colegio del Patriarca. Se trata de un cocodrilo disecado.

Escolano: joven que canta en el coro y que ayuda en los oficios litúrgicos; parecido al monaguillo.

Explicaderas: coloquialismo. Manera de expresarse o darse a entender.

Luminaria: luz puesta en ventanas, balcones, torres y calles en señal de festejo.

Meter la cucharada: interrumpir (en este caso, la conversación).

Murciélago: Lo Rat Penat. Símbolo heráldico de Valencia asociado a una historia medieval sobre el rey Jaume I.

Nee nominetur: latinismo con el significado de “que no se nombre”; reticencia discursiva.

Papelote: forma despectiva de designar un papel impreso.

Puerta Nueva: Puerta de la Alcaicería que en el pasado dio acceso a la ciudad.

San Andrés: se corresponde con la Real Parroquia de San Andrés Apóstol, hoy ubicada en el centro de la ciudad.

San Juan del Mercado: es hoy la Real Parroquia de los Santos Juanes, situada junto al Mercado Central.

Sento y Tito: personajes de otro coloquio mencionado en el texto.

Sisar: hurtar pequeñas cantidades.

Sisón: veleta metálica colocada en lo alto del campanario de la iglesia de San Juan. Representa a un sisón, ave esteparia emparentada con la avutarda.

Solana: lugar donde incide intensamente el sol.

Terno: vestuario litúrgico de los religiosos que ofician una misa mayor.

Tomar las de Villadiego: expresión coloquial con el significado de “huir apresuradamente”.

Vara: medida antigua de longitud.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Gran historia de un pollino” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Gran historia de un pollí (s. XIX).

Se trata de una composición burlesca protagonizada por un asno vendido y maltratado varias veces hasta que, tras su muerte, su piel acaba convertida en cuero para fabricar unos timbales festivos. En el texto se entremezclan el humor popular, la violencia, bromas obscenas y xenófobas, léxico rural y voces rebosantes de colorido. Sabemos que gozó de una difusión nada despreciable y que fue reimpreso en repetidas ocasiones durante las últimas décadas de la centuria, lo que apunta a un origen finidecimonónico.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Planeo retomarlo en una investigación futura sobre los sentimientos ambivalentes en torno a los burros.

Facilito al final, por lo demás, un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

GRAN HISTORIA DE UN POLLINO

burro, asno, bestia y animal;
y muy desgraciado por una pequeña ilusión

Un año por la primavera,
que es cuando cantan las ranas,
un burro de cuatro patas
nació de una borrica.

Es decir, era un pollino,
que burros de golpe no nacen:
estos, cuando vienen al mundo,
ya parecen algo mozos.

Pues sí; era una masía
allí donde nació el heredero:
ahora, si escucháis, sabréis
su biografía.

Allí iba pastando
y rebuznando con exceso,
y al cabo de tres años nada más
ya se había hecho muy grande.

El amo, por sacar provecho,
sin guardarle ningún miramiento,
un día lo llevó a la feria
y lo vendió a un piteo.

Aquel payés muy apañado,
para ponerlo a prueba,
le compró serón nuevo,
es decir, muy bien aparejado.

Pero lo hacía trabajar
dándole una vida amarga,
siempre doblándole la carga,
y también lo hacía arar.

Para comer, muchas veces
no le daba más que engaños;
y en lugar de darle algarrobas
le daba garrotazos.

Un día, por diversión,
a un pueblo que llaman Lilla,
el burro, el amo y su hija
fueron a fiesta mayor.

La hija a caballo iba,
sin tener nada de miedo,
y su padre, con un bastón,
detrás de los dos iba.

Y por gran casualidad,
en medio de la carretera
pasaba una borrica;
he aquí al burro excitado.

Allí comienza a rebuznar,
con las orejas muy derechas,
y sin guardar etiquetas
la empieza a perseguir.

Se alza el burro, y a la guerra
con las patas de delante:
ya podéis ir imaginando,
la muchacha, de cabeza al suelo.

En fin, ya podéis imaginar
cómo quedó la escena,
nada menos que enseñaba
todo lo que Dios le dio.

Allí acudió todo el mundo
que por aquel punto pasaba,
y claro, como ella chillaba,
la taparon no sé cómo.

Tan guapa y tan presumida,
¡rediós, y cómo lloraba!;
hasta la cara se tapaba
de verse avergonzada.

El burro, no lo preguntéis,
qué modo de armar pelea;
su amo pega que pega,
allí gritaba todo Dios.

Al burro le decían “¡so!”…..
y a la borriquita “¡arre!”,
es decir, movieron un alboroto
que más grande no lo he visto yo.

Cuanto más al burro pegaban,
él repartía más coces;
y los dejaba bien espabilados
porque a algunos les alcanzaban.

Al fin se fue sosegando
con diez mil golpes de bastón,
y hacia fiesta mayor
la gente se fue en tropel.

Pero esta burra tan asna,
y la hija, y el payés,
sin pensárselo nada más,
se volvieron hacia casa.

El piteo, todo disgustado;
y su hija, medio baldada;
y el burro, de la paliza,
quedó todo molido.

Y me lo hicieron ayunar
lo mismo que a la chiquillería;
nada de algarrobas ni paja,
y sin llevarlo a beber.

Cuando ya pasaron muchos días,
el burro, haciéndose el tonto,
se había vuelto muy manso
y se le pasaron las manías.

Otro día el patán
le dio otro golpe,
y el burro una mordida
le dio cerca de la nuca.

Viendo que era mordedor
y coceador y rebuznador,
aquel payés, de puro miedo,
ya no se lo llevaba al campo.

Y no pudiéndose servir de él
porque ya no era posible:
vio que no era rentable
tenerlo que mantener.

Sin tenerle más miramiento,
pues no lo podía aguantar,
al fin determinó
llevarlo a vender a una feria.

Ya tenéis a aquel piteo,
todo resuelto y todo formal,
llevando al rucio del ramal,
yendo hacia la feria a pie.

El burro, ufano, lo seguía,
atravesando la sierra,
siempre olfateando por tierra
y hasta reía de alegría.

Al pueblo llegaron,
y del ferial a la plaza
el piteo, con mucha traza,
en un pilar lo ató.

Había en el suelo un puesto
de vasos, de cacerolas,
de platos, pucheros y cazuelas,
y mucha loza esparcida.

Aquel tipejo espabiladito,
muy satisfecho y ufano,
se fue a una taberna,
claro, a tomarse un cuartillo.

Un rato reposó
como quien dice “no me preocupo”,
allí se lio su cigarro
y junto con otros charló.

Explicó que llevaba un asno
que era muy valiente y manso,
y que él lo quería vender
y volverse a casa.

Mientras él estaba allí
hablando con mucha cachaza,
escuchad lo que en la plaza
al rucio le sucedió.

Un chico muy bromista
allí al burro se acercó
y en la oreja le metió
dos fósforos de yesca ardiendo.

El burro, al sentir aquello
que lo quemaba con gran fuerza,
de coces no queráis más;
estaba que daba miedo.

Se rompió las riendas,
no podía sosegarse,
todo lo del suelo aplastó,
y la gente dio grandes risas.

El dueño de aquel puesto,
cuando vio aquel destrozo,
se volvió loco perdido
al ver su mercancía aplastada.

Cogió una vara,
y al burro, sin cumplimientos,
de golpes le dio cientos,
dejándolo todo maltrecho.

¡Pobre animal!,… huyó;
aquello parecía una fiera,
y fue a parar a una riera
y allí creo que se desplomó.

El payés volvió al ferial
para vender el burro deprisa,
y quedó muerto, helado,
al no encontrar el animal.

Preguntó y le dijeron
lo que había sucedido;
que el burro había huido
y el daño que había dejado.

Que si aquel burro malvado
era suyo, que pagaría
todo el daño que allí había,
y eso como gesto de amistad.

El payés pensó un rato
y dijo que no era suyo;
y añadió en voz baja:
“si acaso lo encuentro, lo mato”.

Nada, que lo abandonó
para que no le diera más disgustos,
y sin rucio ni dinero
a su pueblo se volvió.

Dos gitanos muy despiertos,
que también a la feria iban,
por la riera pasaban
y se quedaron ambos parados.

El más viejo se dio cuenta,
y como si no creyese que fuera cierto,
dijo: “Batu, ay, qué Quért (1),
va solo a pastar”.

El otro dijo: “mala suerte,
ya podemos decir gelén (2),
¿notas qué cantipén? (3),
vámonos, que debe de estar muerto”.

“No, que está vivo”, dijo el más viejo,
“ha gelát (4) de su cuartel,
porque de tanto marel (5)
le agujereaban la piel.”

Le agarraron la cola,
dándole buenos tirones,
y con tres o cuatro patadas
al fin lo hicieron alzarse.

“Ah, salao, ya está derecho”,
dijo el joven tan contento:
“nada, nada, hagamos gelén (6),
que sacaremos algún cuartillo”.

A la feria fueron
el burro y aquellos dos tunantes,
y en el ferial, quien más quien menos,
todo el mundo deseaba comprar.

Un barrendero muy bribón
se presenta en aquel momento
diciendo que para sus fines
quería comprar aquel burro.

Un gitano enseguida
lo montó con ligereza;
aquello parecía un guerrero,
tan tieso y tan espabilado.

Lo hacía ir como quería,
deprisa o poco a poco,
le hacía cualquier juego,
porque en ello tienen maestría.

El trato arreglaron
sin regatear demasiado,
y entonces el barrendero
con el burro se quedó.

Pero sucedió un caso
que tampoco fue gran cosa:
que, estando ya en sus manos,
ya no quiso dar un paso.

Le da una garrotada
el gitano en un costado;
el burro, todo ladeado
por miedo a otra paliza.

Otro golpe de bastón
le pega al lado contrario,
y aquel burro perdulario
bailaba de lo mejor.

El barrendero dijo:
“mirad cómo menea el culo…
eso lo hace porque no es gandul
y quizá quiere presumir.”

El gitano muy apañado
le dijo con toda la fe:
“cuando él menea el trasero
es que le gusta presumir”.

El barrendero muy contento
enseguida se puso en marcha,
todo satisfecho y orgulloso
de tener un rucio tan valiente.

Pero la hizo buena
con todo aquel presumir,
que el rucio se le murió
antes de llegar a Barcelona.

De llanto ya no queráis más,
y con gran sentimiento
lo dejó en un torrente,
perdido el burro y el dinero.

Pero aquel que lo desolló,
que era un curtidor feo y viejo,
dijo que su piel
muy bien la aprovechó.

Con ella hicieron cosa muy buena,
pues sin romperse mucho la cabeza,
por Corpus todo el mundo ya sabe
que hay procesión en Barcelona.

No lo busquéis por las estampas,
el gran caso ya os lo diré:
de aquella piel hicieron
los dos timbales de las trampas.

Muerto el rucio, muerta la historia.

Fin

Imps. Hospital, 19, “El Abanico”


Notas del pliego

(1) Quért: quiere decir burro.
(2) Gelén: huye.
(3) Cantipén: hedor.
(4) Gelát: huido.
(5) Marel: golpes.
(6) Gelén: huyamos.


GLOSARIO

Arre: interjección para estimular a las caballerías.

Baldada: agotada físicamente, dolorida o medio impedida por las contusiones.

Cachaza: coloquialismo que significa ‘parsimonia’.

Cuartillo: medida antigua de capacidad (para áridos y líquidos) y, también, la cuarta parte de un real. Aunque el contexto no resulta del todo claro, pienso que hace referencia a un trago de bebida alcohólica.

Cumplimiento: cumplido.

Garrotada: golpe asestado con garrote.

Payés: campesino catalán.

Piteo: literalmente, habitante de Sant Llorenç de Morunys; aquí, voz usada con intención denostativa. Es equivalente a las bromas que, en el resto de la península, se hacen sobre el pueblo de Lepe. El motivo del escarnio viene del cuento de “los savis dels piteus”, tres hombres que van a una feria en Manresa y acaban siendo burlados.

Pollino: asno joven.

Ramal: ronzal (cuerda) que va sujeto a la cabecera de una bestia de carga.

Rucio: asno grisáceo; así llamaba Sancho Panza a su montura. El término catalán original es ruch/ruc. He optado por esta traducción para preservar el sabor literario.

Serón: especie de cesta grande y sin asas que sirve para cargar las caballerías.

So: interjección para hacer que se detengan las caballerías.

Timbal: tambor con una caja en forma de media esfera.

Trampa: del catalán trampes. Designa o bien a los timbaleros o bien a los instrumentos colocados sobre un caballo y percutidos durante la procesión del Corpus.

Yesca: materia seca, preparada para entrar en combustión.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Hacia una filosofía del peluche

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Para un investigador que ha dedicado años a examinar la fábula, el estigma de lo infantil se siente como el mosquito veraniego que te sobrevuela con avidez de sangre: lo escuchas zumbando junto a tu oído, no siempre lo percibes con claridad, pero intuyes que no anda lejos y que, en cuanto bajes la guardia, te hincará el aguijón sin remordimientos.

Cada vez se tolera más que un adulto disfrute de series de animación (ahora hay muchas repletas de violencia y sexo) o que invierta horas de su ocio en determinados videojuegos. No estaría tan bien visto que abrazase un peluche antes de dormir, que le pusiese nombre o que hablase con él, aunque lo hiciera desde la intimidad relativa de su habitación. Se le podría disculpar que acumulase estos objetos en calidad de rasgo excéntrico, bajo la lógica flexible del coleccionismo. En tal caso, acapararía bestezuelas de felpa como quien llena álbumes con sellos, estanterías con maquetas o mesas con figuritas de Warhammer.

Entre niños, en cambio, sí se admite. Se considera positivo y abundan los estudios psicológicos que lo demuestran: el peluche tranquiliza, aviva la fantasía y resulta confortable al tacto. También se han probado sus beneficios para las personas del espectro autista. La bibliografía sobre esta materia es profusa y no viene a cuento, de modo que se me permitirá omitirla para saltar al tema que me concierne hoy: la ontología del animal de felpa y su vínculo con el ser humano.

Retrocedamos a la fotografía que encabeza esta entrada. Es un oso Teddy de la empresa Steiff, llamada así en honor a su fundadora, Margaret Steiff, inventora del peluche. Aunque los orígenes de este clásico se remontan a una caricatura del presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, famoso cazador y conservacionista que se opuso a disparar a un oso negro herido por juzgarlo poco deportivo (o eso afirmaba él; ¿quién sabe si en realidad no experimentó una pizca de lástima?).

Una caricatura política más tarde, a un inmigrante ruso se le ocurrió diseñar el archiconocido modelo y comercializarlo bajo el nombre de Teddy en honor a Roosevelt, hipotético defensor de aquellas fieras desvalidas. Sobra decir que su hallazgo arrasó en ventas y acabó canonizando a esta especie como embajadora del reino peluchesco.

Hasta ahí la historia. No es preciso ser un genio para atisbar indicios de antropomorfismo neoténico en la configuración del “Teddy Bear”: brazos y piernas articulados como los nuestros, ausencia de la característica “chepa” del Ursus arctos y ojos como “espejos de azabache”, platerescos; así creo que los definiría mi querido Juan Ramón. Todo en él es dulce, suave, mórbido. No apesta a carroña y carece de colmillos y garras. Su existencia responde a los propósitos de hacer felices a los más pequeños, conseguir que se sientan acompañados y estimular su creatividad.

Muchos condenarían este (ab)uso de la fauna como algo ilegítimo o, quizá, como un mal menor, asumible en aras del bienestar emocional de nuestros retoños. Cierto es que falsea la naturaleza silvestre y que enmascara verdades incómodas, como la amenaza de la depredación y los conflictos éticos que subyacen al consumo de carne. Alimenta, asimismo, las utopías agricultoras que tan de moda se han puesto en series audiovisuales como la Granja de Zenón, en la LIJ y aun en los videojuegos del género cozy (e. g., Stardew Valley). Pero no se debe negar que nos acercan a animales que, de otra manera, solo habitarían nuestra imaginación o los zoológicos, o que serían víctimas perpetuas de los discursos de odio: temed al oso/lobo/tigre porque se come a las vacas/cabras/ovejas (que el hombre cuida para zampárselas él; aunque, curiosamente, eso nunca se explicita).

La culpa carnista abrasa las lenguas de los pedagogos. ¿Cómo le confiesas a tu hijo que el delicioso muslo aviar que le serviste en el almuerzo fue arrancado de la pata del primo del gallo Bartolito? He aquí una primera encrucijada moral.

Pero no quiero detenerme en un problema que ya he explorado en numerosas ocasiones. ¿Qué hay de los individuos maduros que conservan el apego hacia sus peluches, muñecas u otros juguetes que, según la sociedad, tendrían que haber abandonado hace décadas? Sospecho que algunos trasladan vicariamente esos sentimientos a sus vástagos y que reviven aprecios prohibidos bajo el pretexto del juego paternofilial.

¿Y quienes no somos padres ni madres a qué excusa nos aferramos? A ninguna: nuestras inclinaciones permanecen al desnudo y o bien decidimos sepultarlas en un hoyo profundo, donde nadie las encuentre, o bien las enarbolamos por bandera y nos arriesgamos a ser blanco de burlas.

Todavía subsiste una cuestión tanto o más delicada que esa: ¿qué tipo de relación forjamos con la fauna de carne y hueso a través de sus simulacros de felpa?

Por un lado, los hemos instrumentalizado y depurado de su animalidad. Por otro, hasta esta aproximación imperfecta puede nutrir nuestro imaginario y suscitar una sombra de empatía. Ello no implica —claro está— que los osos “no Teddys” sean nuestros amigos y que estén dispuestos a tomar el té con nosotros si un día nos cruzamos por el bosque. Eso sí, allana el camino. El peluche deviene, conforme a mi tesis, un potencial facilitador de la sensibilidad hacia otros seres vivos, especialmente cuando lo respalda una educación emocional de signo ecoanimalista.

¿Y qué hay de la persona talluda que se obstina en no desprenderse de dicha muleta, tierno “residuo” de la infancia? Nuevamente se trata de un asunto espinoso. Aparquemos lecturas psicologistas que, por su simplicidad o recurrencia tópica, no nos llevarían a buen puerto. Mi duda es otra: ¿no resuena en este “amor oscuro” un eco del cariño hacia las mascotas, una cierta fascinación por lo salvaje, por criaturas diferentes, así como un secreto anhelo de conexión con ellas?

La respuesta probablemente sea subjetiva y graduada, como el aleteo distante del tábano que nos acosa en las noches estivales.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 

Eliano y los delfines, o el mutualismo en las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…

A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.

En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.

¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.

Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:

Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.

Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.

¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.

Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.

Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.

Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 “Remedios para la matanza de la plaga de la langosta” (1688): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción al español de la que tengo noticia del breve tratado Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688), una compilación miscelánea de diversos métodos para proteger los campos de las invasiones de langostas en un contexto de inquietud por su expansión en distintos lugares de Cataluña.

Su interés reside en el amplio repertorio de estrategias que compila —zanjas, redes, fuego, enterramientos, recompensas por captura— y en la hibridez de un discurso que revela la movilización de diversos actores sociales (civiles, clérigos y autoridades administrativas) para paliar un evento considerado catastrófico.

Al margen de estas breves notas, el estudio introductorio de este documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Baste con advertir el peso de una religiosidad providencialista y disciplinaria, así como la variedad de tratamientos desplegados no solo para resguardar los cultivos, sino para exterminar localmente la especie.

Facilito al final un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a los signos de puntuación y a palabras y formas verbales que, por desuso o error gramatical, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

REMEDIOS PARA LA MATANZA DE LA PLAGA DE LA LANGOSTA,
sacados de diferentes papeles, venidos a noticia del muy Ilustre Consistorio de Diputados del General de Cataluña, sacados a luz para el consuelo de los pueblos del presente Principado, a instancia de los muy Ilustres Señores Diputados y Oidores de Cuentas del General de Cataluña, para que cada pueblo escoja de aquellos los que le parezca más conveniente según el terreno.

SE EXHORTA A TODOS A QUE NO DEJEN DE HACER TODAS cuantas devociones puedan, para que Dios Nuestro Señor nos mire con ojos de su infinita misericordia.

Año 1688.
En Barcelona: estampados por mandamiento de dicho muy Ilustre Consistorio, en casa de Rafael Figueró.

JESÚS, MARÍA, JOSÉ Y SAN JORGE.

SÍGUENSE LOS REMEDIOS.

EL PRIMERO ES EL QUE HA SACADO A LUZ EL REAL CONSEJO, el cual lo mandó publicar por todo el Principado, que es del tenor siguiente. Considerando su Excelencia y Real Consejo los lastimosos estragos que ha causado y amenaza la langosta, afligiendo diferentes términos del presente Principado, devastando en algunos totalmente los frutos y en otros en parte, ocasionando en todos los lugares adonde ha llegado daño considerable; y atendiendo a que se va cada día extendiendo de unos a otros distritos muy distantes, y que, además de las calamidades que se han originado hasta hoy de esta plaga, podrían resultar de ella otras mucho mayores en adelante, si, ayudados por la Divina Clemencia, los naturales no se desvelasen en prevenir los remedios que tan urgente necesidad demanda. Deseando su Excelencia la conservación y alivio del país, como

3


materia de su primer cuidado, habiendo ponderado con mucha premeditación las circunstancias y consecuencias de este negocio de tanta importancia para el bien público, ha resuelto prevenir lo contenido en los capítulos siguientes.

Primeramente, reconociéndose que en todos los aprietos y aflicciones el principal y más eficaz consuelo se ha de implorar de la mano de Dios Nuestro Señor y de su infinita misericordia; por ello, su Excelencia ha puesto en consideración de los Prelados Eclesiásticos que dispongan con toda brevedad, y con el celo que corresponde a los oficios y cargos, las devociones más propias para aplacar la ira divina, como son plegarias, ayunos, votos, penitencias y otros actos de virtud y remedios espirituales; y para que no quede Nuestro Señor ofendido con escándalos públicos y delitos atroces, su Excelencia ha ordenado no solo que se evitasen semejantes desórdenes, sino también las ocasiones de que podrían suscitarse, lo cual con toda aplicación se va ejecutando; y se manda a los Ordinarios, así Reales como de Barones, que observen y hagan observar lo mismo, persiguiendo amancebamientos, juegos ilícitos y blasfemias contra la honra de Dios y de sus Santos, y cualesquiera otras cosas de mal ejemplo.

Ítem, por cuanto la voluntad de Dios Nuestro Señor es que por nuestra parte, con medios humanos, procuremos obviar esta plaga, ponderando que en tres tiempos principales conviene hacer las precauciones más esenciales. El primero, cuando las langostas se reúnen, tiempo en el cual se consideran dos operaciones de ellas, esto es, disponerse para incubar los huevos y el incubarlos inmediatamente. El segundo, después de haber puesto los huevos, y cuando, avivadas, están para volar. El tercero, cuando comienzan a emprender el vuelo y se dispersan por la tierra. Por ello, se irán proponiendo los remedios para cada uno de dichos tiempos en particular. En orden al primero, que es cuando se reúnen para hacer los huevos y cuando los tienen hechos, lo cual sucede en el mes de agosto, o en otro tiempo poco menos avanzado, se juzga muy importante que se labre la superficie de la tierra, y donde no se pueda labrar, que se cave; por ello se dice y encarga que se hagan estas diligencias con todo cuidado, y que las langostas, canutos y huevos que se hayan encontrado por medio de ellas se sepulten en unos hoyos, pozos o silos muy hondos, los que parezcan necesarios, que para este efecto se han de hacer; y que, puestas allí, se aplasten y cubran con cal viva, y después se rellenen de tierra, el cual medio se cree que es mejor que quemarlas, por la corrupción que dan cuando se queman y por otros peligros que podrían sobrevenir; advirtiendo que ha de haber

4


seis palmos de tierra bien apretada con mazas o pisones, apisonándola como cuando se hace una tapia; y, últimamente, aplicándose encima un montón de tierra, para evitar que por los poros de ella transpiren los vapores corruptos.

Y aunque la cal viva se juzga ser el remedio más eficaz para consumir dichas langostas y su simiente, pero a falta de ella se habrían de ahogar dentro de unos vasos llenos de agua salada de mar, o de la dulce mezclada con sal, en la cual hubiesen hervido algunos medicamentos convenientes, como son cohombros amargos, o raíces y hojas de la misma planta, altramuces y otras cosas amargas que impiden la corrupción, y después enterrarlas en los pozos, como se ha dicho.

Ítem, en el segundo tiempo, en que dichas langostas estarán nacidas hasta que vuelan, con mantas, sábanas, ramas y otras cosas semejantes, se han de matar y soterrar en la forma sobredicha.

Ítem, en el tercer tiempo, en que comienzan a volar, se van dispersando por la tierra y no tienen bastantes fuerzas para volar muy alto, al cual tiempo también se reduce el estado en que caminan, se han de recoger asimismo con mantas, sábanas y otras cosas semejantes, y se ha de hacer lo demás que arriba está advertido.

Y por cuanto en el mismo tiempo muchas de ellas se lanzan por las acequias y por los ríos, se han de recoger en la forma expresada en los capítulos antecedentes.

Y respecto de que, hallándose las langostas en las orillas del mar, o en ríos, rieras u otras aguas, se podrían matar con un instrumento que los pescadores llaman cop, con el cual se pescan las lisas a la encandilada, y, entrando muy adentro en las aguas, podrían pescarse con el instrumento con que se pescan las sabogas, o con el propio llamado cop, y sepultarlas en la forma dicha en los capítulos precedentes. Por ello se usará de estos remedios conforme las circunstancias dictaren ser más conveniente, para que el pescado del mar o de aguas dulces no se infecte y dañe a la salud de los hombres, no permitiendo que quede en ninguno de dichos tiempos multitud de ellas sobre la tierra, o a la orilla de las aguas, ni dentro, antes bien soterrándolas en cuanto se pueda.

Ítem, se prevé que las diligencias arriba referidas se han de hacer una y muchas veces, y todas las que convengan, aunque sea por muchos meses; y para este efecto los Ordinarios Reales y de Barones darán las órdenes que sean menester, para que acuda al trabajo la gente que sea necesaria, sin que por causa tan precisa se exima en su caso persona de cualquier grado, estamento o condición que

5


sea, así en contribuir al gasto como a la fatiga, y ayudar con todo lo que se ofreciere para esto, a lo cual también darán impulso los Consejeros, Jurados y Paeres de las Universidades, acudiendo los de una parte a la otra, conforme la necesidad y estado de las cosas dictare; y a este fin su Excelencia y Real Consejo destinará también los Ministros que sean convenientes.

Ítem, aunque se tienen esperanzas muy fundadas de que con las sobredichas y otras diligencias se preservarán las contingencias de infestarse las aguas, con todo, en caso de suceder esta desgracia, lo que Nuestro Señor no permita por su suma bondad, se encarga a los Ordinarios, tanto Reales como de Barones, que en cuanto hubiere recelos de esto hagan publicar pregones, prohibiendo con grandes penas que personas ni animales beban de dichas aguas sospechosas. Entendiéndose también comprendidas en esta prohibición gallinas, huevos y cualesquiera otras cosas en que recaiga sospecha de estar infestadas, cuyo uso se quitará totalmente.

Ítem, queriendo dar providencia a que por ocasión de las aguas no perezcan las personas y animales, ni se infecten los aires, se dice y manda que se cierren los pozos y balsas, haciendo paredes o palos para impedir la entrada de las langostas de la mejor manera que se pueda ejecutar. Y para que las sobredichas cosas vengan a noticia de todos, se ha mandado imprimir la presente Instrucción, que se envía a los pueblos más numerosos del presente Principado, para que los Vegueres, Alcaldes y demás Justicias de ellos, los Jurados, Consejeros, Paeres y Procuradores, así Reales como de Barones, y otros a quienes toque, ejecuten y hagan que se observe lo expresado en dichos capítulos, y todo lo demás que convenga para el remedio de que se necesita.

6


OTROS REMEDIOS QUE HAN USADO la Ciudad de Lleida y otros pueblos circunvecinos, del tenor siguiente

El primero fue arar los rodales o partes donde están. Este remedio fue de poco provecho, pero yo lo atribuyo a que solo se aró una vez, y juzgo que aprovechará mucho si se hace del modo que he visto anotado por algunos doctores. Es decir: arando dos o más veces la parte donde están los canutos, una a lo largo y otra a través, y con las orejeras del arado o apero pequeñas, juntas y bajas.

Y si en las partes donde haya leña quisieran hacer hormigueros de aquella tierra removida, se aniquilará del todo la semilla, porque se quemarán los canutos removidos y los que no se hayan arrancado con la reja o el arado.

El segundo, y más principal, es escoger y separar los canutos de la tierra, y dar por ello una cantidad por cuartera, y poner estos en silos o zanjas bien enterrados, o arrojarlos al mar o al río, o quemarlos, regulándolo según los lugares y la cantidad que se recoja.

Otros pueblos donde la tierra sea más blanda y suelta usan unas palas de hierro con las que acostumbran a limpiar las eras, para raspar los lugares y partes de la cría; y después, en aquellas partes, poner leña y fuego.

También creo que sería buen remedio poner en uno o más montones la tierra removida y arada con los canutos, o hacer una zanja y enterrarla, porque, según se dice, ha probado un curioso que enterró unos canutos dentro de un cesto de tierra: solo nacieron los que puso en la superficie de la tierra; pero los que tenían cuatro dedos de tierra encima, y los que tenían más, aunque se avivaron al llegar el tiempo, no pudieron salir de debajo de la tierra, y se hallaron ahogados y muertos.

El segundo tiempo en que se debe matar la langosta es después de haber nacido, hasta que vuele; y en aquel tiempo los remedios de que ha usado esta ciudad y sus comarcanos son muchos.

7


El primero es matarlas con unos mazos; y de este artificio solo se puede usar por las mañanas, o cuando el día está nublado, porque la langosta está en montones, como si fuesen enjambres de abejas, y la frescura la detiene y le da espera; que, haciendo sol, enseguida se dispersa.

El segundo remedio o artificio es hacer unas zanjas cerca de donde está reunida, y hacia la parte del sol naciente (porque de ordinario salta hacia esta parte); y después de estar hechas, con unas ramas irla tocando y guiando hacia la zanja, y enterrarla en ella; y de este remedio han usado muchos lugares de Aragón; y es remedio que también se puede hacer cuando vuela la langosta, pero solo es bueno para las mañanas y para los días nublados, cuando no puede volar alto.

El tercero es (si la tierra es llana) el rodillo o piedra con que se hacen y allanan las eras, tirado por un par de mulas; se hace pasar por encima de las langostas, y de este solo se usa por las mañanas y en días nublados, cuando se encuentran reunidas; y de aquel han usado algunos lugares del Urgel, como Torregrosa, y aseguran que mataron muchas; y lo mismo se puede hacer con una viga.

El cuarto es rodear el rodal o lugar donde está la langosta con paja de arroz, leña u otra broza, y prenderle fuego todo a un tiempo; e ir lanzando aquella broza, paja o leña dentro de aquel rodal donde está la langosta, y continuarlo hasta que el fuego esté extendido por todo el rodal.

El quinto, y más usado en Lérida, es el de los buitrones o lienzos, con un saco en medio, ancho por la boca y estrecho por el fondo; y, poniéndolos hacia la parte por donde va caminando la langosta, tocándolas o guiándolas, cuando ya el buitrón está bien negro de langosta, lo cierran, las hacen caer dentro del saco, y las llevan a unos hoyos (que se deben hacer) para enterrarlas y ahogarlas con la tierra que se les echa encima.

El sexto, y último, es el de mayor provecho, de tal manera que, aplicando cuidado, se mata toda, sin escaparse apenas una; y se mata con mucho descanso; verdad es que este remedio no se puede hacer sino en parte de acequias, y se ha de hacer según el agua y el terreno; y así se dice y advierte que se deben barrer bien y desbrozar las acequias, y, si puede ser, ensancharlas, dejándolas bien despejadas; y por cuanto al tiempo de avivarse la langosta, que es de ordinario a primeros de abril, crece la hierba de los ribazos o márgenes de las acequias, las aneas y otras hierbas que se hacen y nacen dentro de la misma agua, será bueno en aquel tiempo cortar las aneas y desbrozar, y sacar toda aquella hierba; porque, por poca que sea, se va deteniendo la langosta en ella poco a poco, y se forma una gran masa o remanso, y salen muchas.

8


En las acequias que no llevan mucha agua y cuyo cauce o ribera no es alto, se hacen unos sacos de paño claro de jergón, poco menos anchos de lo que es la acequia, y en cada lado de la boca del saco se debe coser una barra un poco más larga que la boca del saco;  y aquellas dos barras cosidas a la boca del saco se pondrán una dentro del agua, unos cuatro dedos, y la otra se atará con otra barra travesera, que se ha de poner de ribazo a ribazo, o de orilla a orilla de la acequia; y por eso ha de estar un poco abierto de cada lado el saco; y así el agua entra por dentro del saco, y con ella la langosta que trae, la cual queda dentro, y al agua no se le impide el curso, por ser la tela o paño claro. Y después, cuando parezca que hay allí langosta que puedan sacar los hombres destinados a este efecto, sacarán el saco con la langosta y la enterrarán en los silos u hoyos que tendrán allí preparados para este efecto. Advirtiendo que de tanto en tanto ha de haber un saco o parada de estas, tanto cuanto tenga de largo, o enfrente de la langosta que va viniendo, y uno más abajo del encuentro o frente que trae la langosta, para que, cuando se saca el saco para vaciar la que va pasando, venga a quedarse en el último saco, que está fuera del encuentro de la langosta.

En las acequias, empero, en que hay bastante agua y tienen el cauce o margen alto, se ha de poner una viga cuadrada de parte a parte de la acequia, no de derecho a derecho, sino al sesgo, y esta no ha de tocar el agua, y sirve de puente; y a la cara de esta viga gruesa se han de poner unas tres o cuatro estacas, que estén hincadas abajo en el suelo de la acequia; y delante de ellas se ha de poner un cañizo que llegue de parte a parte de la acequia, el cual se mantendrá con las estacas; y este cañizo ha de estar forrado con una tela de jergón, y no ha de entrar sino un palmo o una mano dentro del agua, para que no se impida su curso y corriente, y no se remanse, porque, si se remansa, queda el agua muerta, llega a las hierbas del margen, y se sale la langosta; y en el extremo más hondo, o más atrás de esta parada, se ha de romper el cauce o ribera de la acequia, haciendo una abertura arriba, en la superficie del agua, de tal manera que por ella salga un reguero, y con él saldrá toda la langosta, cayendo juntamente con el agua; y en esta abertura y salto del agua se pondrá un saco de tela de jergón con medio aro en la boca, formándolo como un arco de ballesta, y a cada lado del saco una barra que suba desde el fondo hasta la boca; y se pondrá al salto de esta agua de tal manera que la reciba toda, y con ella recibirá también la langosta que va encima, como espuma; y como

9


el cañizo y la parada están al sesgo, lanza toda la espuma y superficie del agua, y con ella la langosta, al salto o abertura. Y cuando el saco esté lleno, se pondrá otro, y se irá a vaciar aquel en las zanjas o silos que tendrán prevenidos para enterrarla. Este es el mejor artificio y el más descansado que se ha experimentado, y se debe hacer en los lugares, esto es, donde salte la langosta, y más abajo de donde salte, buscando buen terreno, porque estas paradas no se pueden hacer en todas partes, sino haciendo las que parezcan ser más convenientes.

Para este remedio y artificio se advierten tres cosas; a saber, que se lance el agua de la abertura; se hará en las paredes de cañizo y anea, en algún brazal que esté bien hecho y limpio, y, si puede ser, que vaya al río o al mar, por si acaso hubiera algún descuido en los que asistirán y dejasen escapar algunas.

La segunda, y más digna de reparo, es que, por cuanto la langosta va siempre por el hilo y corriente del agua, y en las acequias hay muchas curvas donde se arrima, y se ha visto escapar mucha langosta en estos lugares, y en otros en que se vuelve y se remansa el agua, se dice que en estos lugares se pondrán trozos de caña o bastones bien lisos, hincados en el margen y, por el lado del agua, con la punta hacia abajo, siguiendo la corriente, porque de esta manera las cañas o bastones la devuelven a la corriente y al hilo del agua, sin darle lugar a agarrarse al ribazo ni a salirse. La tercera es deshacer los puentes, o hacer quemar broza allí, o que esté allí alguien que la desvíe; porque, si no se les impide el paso de los puentes, se entran por ellos en las huertas.

Tercero, o en el tercer tiempo en que se debe trabajar en matar la langosta, es cuando vuela; y en este tiempo el remedio es hacer zanjas hondas y hacerlas caer en ellas a la madrugada, al atardecer y en días nublados, cuando están torpes y no emprenden el vuelo (como se ha dicho). De este remedio se han valido algunos lugares.

Otros han usado algunos ciudadanos de esta ciudad, como son hacer humo en las heredades y, en lo fuerte del sol, mover el trigo o la cebada donde está la langosta con una soga que llevan dos hombres, etc., los cuales juzgo de poco provecho, y por eso no los refiero.

Y finalmente, para varios de estos tres tiempos, traen muchos remedios los doctores, y señaladamente Casio Dionisio en el tratado que hace de agricultura, libro 13, capítulo 1, donde refiere diferentes remedios; Juan Quiñones, en el dicho capítulo 3, que lo rubrica de esta manera: “Cómo se remedian los daños que hacen las langostas”.

10


OTROS REMEDIOS VENIDOS DEL REINO DE ARAGÓN, del tenor siguiente.

Los remedios naturales humanos se dividen en tres diferencias de tiempo, porque en tres estados se pueden considerar y desterrar las langostas: conviene saber, en canutillos; cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y cuando son grandes. En canutillo se matan arando entonces las heredades y tierras donde las hay, con las orejeras de los arados bajas y los surcos juntos, que de ordinario son partes incultas y no labradas, dándoles algunas vueltas, se entierran y encubren los huevos y canutos, y los que no, sacándolos de su lugar y estando descubiertos encima de la tierra, el sol y las inclemencias del tiempo los consumen, o las aves se los comen; y así perecen muchas langostas que habían de serlo. Esta diligencia, por ser a los principios, es importante, pues mueren en los huevos antes de que nazcan. Esta efectuó en la ciudad de Huesca, por orden del Consejo Supremo de Castilla, don Juan de Quiñones, y dice que se mató entonces mucha langosta. La misma ejecutó en la villa y partido de Consuegra don Francisco Salvatierra, con consejo universal de todos los labradores, pues unánimes acordaron que tal remedio consistía en arar de dos rejas las tierras enlangostadas que por tales estuviesen con sus apeos. Pero esta labor convenía, para que fuese de provecho, hacerla dando los surcos juntos y las orejeras del arado bajas y cortas, porque de otra suerte no se conseguiría el fin de acabar con los canutillos. Y lo convence la razón, pues las orejeras en la forma referida, y la reja llevando juntos los surcos, rompen el canuto que topan y ponen los demás sobre la superficie de la tierra, para que lo consuman las inclemencias del cielo y aves del campo. Las tierras enlangostadas y dehesas que son de pasto común deben ararse de dos rejas y romperse a costa de los bienes comunes; y, si no tuvieren las comunidades para ello, entra la piedad y obligación de los Señores Diputados del Reino, para determinar y ejecutar lo que pareciere ser más conveniente.

11


Cardano dice que, cuando la langosta está en canuto, que es cuando los huevos están metidos en la tierra, se ha experimentado que, quemando los campos y heredades donde están, se acaban y consumen, y no nacen de ellos las langostas. Aldrovando afirma que, con quemarse la superficie de las tierras enlangostadas, se consumen los canutillos; pero tengo por remedio más seguro el arar de dos rejas en la conformidad que se ha referido, pues se ha logrado de esta suerte el fin de extinguirlas en canuto en Andalucía, Castilla y la Mancha.

El segundo tiempo y estado de las langostas es cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y el remedio mejor es coger unos buitrones hechos de anjeo, anchos por arriba y estrechos por abajo, y seis u ocho personas en cada buitrón cogen gran cantidad de ellas, tanta que matará cada buitrón todos los días cinco y seis cahíces, según la langosta va creciendo; y después, metiéndolas en unos hoyos y cubriéndolas con tierra, las ahogan y matan. Pero se ha de hacer esto antes de que salga el sol que las caliente, porque con el fresco de la noche y mañana están entorpecidas y encogidas, y con el calor se alientan y vuelan, y no se cogen, o se cogen mal; y así todas vienen de partes cálidas, y no de frías, y el viento que de ordinario las trae es el Austro, y no el Aquilón.

Don Francisco Salvatierra asegura en una carta que escribió al Supremo Consejo de Castilla, y otra a don Juan de Quiñones, que solo en la Dehesa de Alcudia mataron y enterraron más de ochenta mil fanegas de langosta, y que constaba por los testimonios de los demás lugares haber excedido el número de quinientas mil fanegas, lo que parece, ciertamente, cosa increíble. Suelen darse a coger por celemines y fanegas, dando una cantidad por cada medida. Así lo dispuso el santo pontífice Estéfano VI en Roma, el año 885, y Hércules II, duque de Ferrara, el año 1542. Pero advierto que, como el remedio de los buitrones es tan eficaz, será necesario que se apliquen a ejecutarlo, sin reparar en el gasto, aunque contribuyesen con algunas partidas todos los lugares del reino; y por ser medio tan a propósito, compró en su comisión don Francisco Salvatierra más de treinta y tres mil varas de anjeo para socorrer los lugares enlangostados. Y no faltan libros y autores que señalan que las personas están obligadas a contribuir para atajar un daño tan universal y pernicioso contra la vida del hombre. Y así ensanchen, por amor de Dios, los corazones, y obren con eficacia antes de que se nos pase el tiempo y la coyuntura.

12


El tercero y último estado de las langostas es cuando son grandes, y entonces es más dificultoso el remedio para atajarlas en común; pero los particulares podrán aplicar en sus campos alguno o todos los remedios siguientes.

Primero, colgar algunos murciélagos muertos en los árboles más altos que hubiere en las mieses; así lo escriben Casio Dionisio, Giraldo, Arabio y otros muchos autores experimentados. Segundo, coger muchas langostas y quemarlas en los mismos campos o en sus márgenes, porque, al llegar el olor a las demás, las deja sin sentido, y parte de ellas se mueren, o el sol las consume y acaba. Y esto es natural, porque lo mismo sucede en los escorpiones: que, si se quema uno de ellos, los demás huyen o se dejan coger; y en las hormigas, como se ve cada día por la experiencia, y tal vez sucede lo propio en los demás animales. La causa de estas operaciones no es fácil saberla, así como no alcanzamos en qué consiste la virtud con que el imán atrae el hierro y las piedras estancan la sangre. Olaus Magnus dice que, para sacarlas de las mieses, cojan unas teas de pino encendidas, y corran de unas partes a otras de los campos, y las harán huir. Estos y otros remedios trae nuestro Vicente de Beauvais de autores antiguos y experimentados. Los cuales se han ejecutado en Castilla, la Mancha y Andalucía muchas veces, enviando el Consejo Supremo un juez a las tierras enlangostadas, y con el dinero que liberalmente entregaba el rey nuestro señor de sus Arcas Reales, y con el que contribuían todos los lugares del contorno, se han librado de semejante plaga.

13


OTRO REMEDIO EXPERIMENTADO EN LA HUERTA de Santa Clara de la presente ciudad de Barcelona, a la madrugada o a la tarde, cuando las langostas están más torpes.

El hortelano de dicha huerta, en la ocasión en que dicha huerta estaba en extremo afligida por la dicha plaga, tomó un cedazo o garbillo pequeño, cuyo palo tenía de altura cosa de dos palmos, y cuya tela era de pergamino. Y dicho hortelano, con dicho garbillo, de una pasada, iba sacudiendo las plantas de dicho huerto, haciendo caer cada vez muchas langostas dentro de dicho garbillo o cedazo; y casi al mismo tiempo volcaba dichas langostas dentro de un saco que un muchacho le llevaba a su lado; y, al tener dentro de dicho saco cosa de unos tres o cuatro cuartanes de dicha langosta, con el mismo saco la golpeaba contra la tierra con violencia, hasta tenerla muerta; y luego la enterraba en un lugar destinado, y volvía a hacer la misma diligencia; y en esta conformidad experimentó grandísimo alivio en dicha huerta.

OTROS REMEDIOS TRAEN LOS DOCTORES.

COMO es dar por dichas langostas una cierta suma de dinero por cuartera, como se experimentó en la ciudad de Milán en el año 1542, cuando en espacio de muy poco tiempo se llenaron doce mil sacos. Quiera Nuestro Señor, por su infinita misericordia, que estos remedios, u otros, aprovechen como deseamos. Sic fiat, fiat. Amén.

FIN.

14


GLOSARIO

Aquilón: viento del norte.

Anea: planta acuática de tallo y hoja alargados que crece en la vereda de los ríos. También llamada ‘espadaña’.

Anjeo: especie de lienzo basto.

Austro: viento del sur.

Buitrón: red para cazar perdices y otros animales pequeños.

Brazal: canal secundario que sale de un río o acequia más grande para regar.

Cahíz: medida de capacidad para cereales cuyo valor variaba en función del territorio.

Canuto: según el Diccionario de la lengua española, es el “tubo formado por la tierra que se adhiere a los huevos que la langosta y otros ortópteros depositan después de haber introducido verticalmente el abdomen en el suelo”.

Cop: arte de pesca utilizado en la “pesca a la encandilada”; probablemente algún tipo de red o aparejo.

Cuartán: medida de capacidad para áridos inferior a la cuartera.

Jergón: colchón de paja, esparto o hierba.

Paeres: magistrados municipales catalanes. El término se asocia especialmente a la Paeria de Lleida.

Reja: pieza de hierro del arado que abre el surco en la tierra.

Universidad: corporación o comunidad municipal. En la documentación de época designa el cuerpo político-administrativo de un lugar.

Veguer: oficial real con jurisdicción en una veguería. Puede compararse con el corregidor de Castilla.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Dejando huella: el proyecto ANIMAL

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Son muchas las dificultades que atraviesa un investigador de los estudios de animales en las disciplinas humanísticas españolas. Dejando de lado los aspectos económicos, uno de los desafíos más importantes radica en visibilizar un corpus desde el que aproximarse a temas tan sugerentes y contemporáneos como el amor hacia la fauna en otras épocas, o cuestiones biopolíticas como el control de las plagas.

La mayor parte de las pesquisas dentro de las corrientes ecocríticas se concentran en textos, fenómenos y movimientos colectivos bastante recientes. Es una opción cómoda —parecen más accesibles y existe menos riesgo hermenéutico—, aunque también limitante, ya que relega a un segundo plano el testimonio histórico. El peligro intelectual no es pequeño: quedar atrapados en compartimentos relativamente seguros, presentistas, cada vez más transitados, que agradecerían el complemento de una mirada de larga duración.

Escribo este mensaje para presentar un proyecto que estoy gestando en la matriz de Huellas en la tinta y que planeo transferir a una infraestructura más amplia en el futuro. ANIMAL, Archivo de Narrativas Ibéricas sobre Medioambiente, Animales y Liminalidad, inicia su andadura con objetivos modestos: editar, traducir y recopilar digitalmente obras peninsulares antiguas que exploren la relación del ser humano con otros vivientes. Un segundo propósito, más allá de funcionar como ayuda y estímulo para la comunidad universitaria, estriba en acercar estas piezas a la sociedad a través de transcripciones comprensibles y bien glosadas.

Se trata de una meta ambiciosa, en realidad. Echo aquí los cimientos con la esperanza de construirla con el paso de los años, con suerte arropado por más medios, tiempo y colaboradores.

Por lo pronto, inauguro esta nueva serie ANIMAL con el tratado catalán Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688). Mi traslación al castellano verá la luz en tres partes. Aspiro a culminarla durante los meses estivales. Ofrezco al lector una muestra o, si se prefiere, la primera huella de un camino que presumo extenso.

Nos “olemos”.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

De arcadios y vacas caníbales

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los recuerdos ejercen un poderoso hechizo en la mente: cuando los vivimos en tiempo real, rara vez nos percatamos de su importancia. Meses o años más tarde, mientras repasamos el archivo de nuestra memoria, las huellas que no se han desvanecido adquieren el tinte rosado de la añoranza y el tono vagamente sentimental de lo bucólico.

La idea era magnífica: celebrar un seminario en pleno monte de León, en un pueblito perdido con evocaciones del Maienfeld de Heidi. Ponencias, amigos y rostros familiares, rutas por el bosque… El encuentro poseía los ingredientes necesarios para convertirse en una experiencia enriquecedora a todos los niveles. Lo que dicha receta no contemplaba era que un tropezón intruso se colaría en su estofado, fulminando de un repentino choque eléctrico las reminiscencias pastoriles que despertaba el lugar.

Sabía que el consumo de carne en el norte de España era alto. Lo he atestiguado en La Rioja, al pedir un sándwich vegetal que —para mi sorpresa— estaba adobado con atún. Con una inocencia pasmosa, el dependiente me aseguró que no llevaba carne y que, por tanto, era adecuado para mi régimen vegetariano. Yo le sonreí y rechacé el plato.

Los ociosos pastores de la Arcadia, una recua de cortesanos bajo disfraz, habrían turbado su ánimo ante un manjar compuesto de los dulces ruiseñores, las tórtolas y las ovejas que amenizaban sus devaneos amorosos. O quizá hubiesen esperado a que Virgilio y Garcilaso no anduvieran por allí trenzando versos para satisfacer sus apetitos carnívoros y regresar después con el estómago lleno y un nuevo motivo para digerir sus penas.

De lo que estoy convencido es de que a estos especialistas en el camuflaje y la doblez emocional les habría revuelto las tripas el cartel que aparece en portada. O tal vez lo hubiesen leído con el mecanicismo del filólogo que analiza las figuras literarias de un poema: personificación (reses antropomórficas) y una antítesis rayana en lo absurdo. ¿Cómo se traga —perdóneseme el juego de palabras— que estas vacas ataviadas de Hell Angels, transterradas y aquejadas de un desorden de alimentación severo, se zampen una hamburguesa en una cantina ibérica al son de Welcome to the Jungle?

A mí la imagen me supo tan artificial como un bocadillo de píxeles generado por la IA. Artificial y problemática. La dieta del ganado ha sido falseada para vendernos una hamburguesa, porque si hasta las vacas (las “donantes”) la disfrutan, ¿por qué no iba a hacer lo mismo un cliente humano?

Esto guarda relación con el concepto de “referente ausente” que acuñó Adams: vemos las rodajas de chorizo en el bocata, pero no las asociamos con la criatura de la que proceden. Tal desidentificación degenera en regodeo carnista y llega un paso más lejos: las víctimas del jifero, enloquecidas por un prompt oximorónico, nos convidan a que entremos en ese típico bar de moteros leonés para gozar juntos no de los cantos afligidos de los árcades, sino de los riffs de las guitarras de Guns N’ Roses a medida que extraemos el jugo de un filete.

Y yo me pregunto: ¿por qué sometemos a esta violencia visual a los animales? ¿No es suficiente con descuartizarlos, empaquetarlos y cocinarlos en la sartén o el horno? ¿También tenemos que despojarlos de su dignidad, de su naturaleza, para comercializar así otro descendiente de la larga y clownesca progenie del Big Mac? Y aclaro que esta reflexión no va dirigida contra nadie en concreto: contrasentidos como este se cuentan por miles en los supermercados y en la publicidad televisiva.

Seamos más conscientes de las morcillas que nos embuchan los medios. He ahí el deseo que estampo en esta entrada.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Animales velados: trazas de “verdad” zoológica en la fábula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Discutir sobre la veracidad del relato fabulístico podría antojársenos un oxímoron. En español el término “fábula” denota una patraña, un cuento irreal sin asomos de certeza.

Existen, claro, matices. Nadie negará que la lealtad simbólica que se le atribuye al perro emana de su cercanía con el hombre, o que la fama que arrastra el lobo se debe a la depredación de las reses ovinas, lo que atenta contra los intereses humanos. En el apólogo son pocos los animales que traicionan su presunta esencia: no veremos fieras sirviendo motu proprio a nuestra especie ni al ganado emancipándose. Si lo hicieran, entraría en juego la pedagogía punitiva de este género y un agente externo los colocaría de inmediato en su lugar. En este ecosistema de papel ninguna criatura es capaz de impugnar los designios que pesan sobre ella desde la cuna: los raposos serán siempre astutos, los leones, regios y los pavos, vanidosos. Las desviaciones de la norma resultan tan infrecuentes como poco fructíferas.

Esta inmutabilidad ontológica perfila una cosmovisión según la cual los animales están condenados a ocupar un peldaño inferior en la Scala Naturae. No solo extraemos de ellos productos, nos lucramos con su trabajo y los utilizamos para propagar enseñanzas éticas, también los sometemos a una reducción semiótica que barre de un plumazo su singularidad para convertirlos en seres unidimensionales, representantes de un valor tipificado. Pero ¿yace algo bajo la epidermis de este utilitarismo feroz? ¿La vida salvaje es solo un pretexto para educar en civismo? ¿Subsisten trazas de autenticidad en su retrato?

Tomemos como ejemplo la fábula esópica de “El cuervo y el zorro”, reelaborada por La Fontaine, Samaniego y toda una pléyade de autores. Reproduzco el texto desde la edición de Bádenas de la Peña:

Un cuervo que había robado un trozo de carne se posó en un árbol. Y una zorra, que lo vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar sus proporciones y su belleza, le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. Pero al querer demostrar a la zorra que tenía voz, dejó caer la carne y se puso a dar grandes graznidos. Aquella se lanzó y después que arrebató la carne, dijo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser el rey de las aves”.

De aquí deduciremos dos obviedades: que ambas criaturas se nutren de carne y que las aves se posan en los árboles. No hacía falta ser Aristóteles o Plinio para llegar a estas conclusiones. Pero si enfocamos mejor nuestra lente, entresacaremos detalles no tan visibles para un lector preocupado por la moral. El zorro explota las debilidades del pájaro para obtener su premio y le ataca donde más le duele: en su apariencia y en el canto. Hoy el plumaje de los córvidos nos parece majestuoso, equivalente a un distinguido traje de frac; no obstante, no alcanzan a igualar a volátiles más coloridos, como el papagayo de la India, la abubilla o el martín pescador.

Este dato es más revelador de la mentalidad de quien compuso la pieza —y de la sociedad donde se gestó— que de un estudio minucioso sobre la fauna. Ahora bien, quien ideó el cuento no obraba desde la ignorancia zoológica: había oído el graznido desacompasado y ronco de los cuervos y decidió cebarse con ese rasgo. Su intención era avergonzar al animal y, para ello, necesitaba anclar su mofa a una característica real, que el narrador no explica, ya que se daba por evidente.

La adulación no habría funcionado con un ruiseñor ni con un mirlo, reputados de excelentes intérpretes. Solo un córvido, con su trino desasosegante, podría sucumbir ante semejante elogio en un contexto (no se olvide) plenamente antropomórfico.

¿Esta clase de matices transforman el apólogo en una crónica naturalista fiel? En absoluto. Sí demuestran que no existe una desconexión total entre la plausibilidad zoológica y la ficción en la fábula, que algunos pormenores conductuales no fueron pasados por alto por sus artífices y que la fauna apologística no es un mero recipiente a la espera de ser llenado.

En definitiva, la especie importa. Si no se corresponde con la visión del mundo que posee la comunidad de destino (basada tanto en creencias como en observaciones factuales), la historia entera se deshilacha.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Amor a la fauna en el medievo: Francisco de Asís y el lobo de Gubbio

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

El género biográfico lleva miles de años estando de moda; al fin y al cabo, los humanos buscamos constantemente modelos que imitar. Algunos autores (Plutarco, sin ir más lejos) decidieron que lo más ventajoso sería recopilar las vidas de una galería de personajes ilustres para que pudiesen funcionar como ejemplos. Esta cuestión enlaza con el carácter presuntamente verdadero de tales relatos: una historia que porta el marchamo de lo auténtico activa las especulaciones, atrae a otro público y a veces vende más, porque traspasa el lindero bien delimitado de la ficción y presenta algo que les podría ocurrir al consumidor o a su vecino. De ahí que las películas y los libros “basados en hechos reales” resalten esta condición con letras gruesas en sus portadas.

Las hagiografías constituyen la versión religiosa del molde antedicho. Gozaron de amplia circulación durante largos siglos, sirviendo como instrumento para la irradiación de la doctrina cristiana. Y quizá nos sorprenda averiguar que los animales no estaban ausentes en ellas: a muchos santos se les atribuía el milagro de pacificar a bestias agrestes o a fauna doméstica enfurecida. Se afirmaba, así, el dominio del Dios cristiano —a través de sus ministros— sobre todos los seres de la Creación; esto es, era una confirmación de su autoridad sobre los hombres que, a la par, reforzaba el control (político, social y moral) de la Iglesia.

Se imaginará que muchas de estas proezas habían sido exageradas o eran, sencillamente, falsas. Incluso un viejo amigo nuestro —el león de Androcles— ingresó en el repositorio hagiográfico de la mano de Gerásimo y Jerónimo, en quienes se recicló la receta androcleana revestida de propaganda católica. No profundizaré en ellos ahora; eso sí, compilar y desgranar estos cuentos individualmente podría probarse un ejercicio productivo para indagar en la extensión del antropocentrismo. Hoy, no obstante, me fijaré en único testimonio extraordinario: la narración de Francisco de Asís y el lobo de Gubbio.

Al fundador de la orden franciscana se le ha concedido desde antiguo un amor singular por los animales, cristalizado en su Laudes Creaturarum, en su “sermón a las aves” y en otros actos salvíficos dirigidos a las criaturas más desvalidas: peces, corderos, alondras, liebres, gusanos… Por estos méritos fue declarado patrono de la ecología por Juan Pablo II en 1979. Notaremos, con todo, que su bondad tiende a inclinarse hacia la fauna herbívora o insectívora; es decir, la más inofensiva y obediente al hombre. Por eso el incidente del lobo de Gubbio resulta tan llamativo. Transcribo varios fragmentos desde la edición de Lázaro Iriarte:

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.

[…] San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. […]

—¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

—Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:

—Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesites mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. […]

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros.

Una lectura atenta de este episodio nos revelará rasgos curiosos: en primer lugar, el poverello se persigna antes de acercarse a la fiera para invocar la salvaguarda de Dios; segundamente, el cánido acata sus instrucciones sin poner pegas, hechizado por su poder divino; y, por último, el narrador usa el relato para realzar la gracia del Señor y la virtud de Francisco, no para predicar la concordia universal, a despecho de lo que hubiese deseado el santo.

Hasta aquí hemos ido observando lo que otros ya han visto. Estos aspectos nos permitirían calificar a Francisco de Asís como uno de los (muchos) santos domadores de bestias del medievo, un cliché reiterado hasta la saciedad en sus currículos. Ahora bien, la genealogía cultural —la comparación con otras leyendas similares— arroja un dato de interés: en ninguna hagiografía que yo conozca el agente de Dios firma una tregua con el animal amansado, casi siempre se limita a someterlo sin tener en cuenta sus necesidades alimenticias y sin disculpar sus atentados contra la economía del agricultor. No así Francisco, quien enseguida presupone que “por hambre has hecho el mal que has hecho”.

Milenios de violencia humana contra el Canis lupus justificados bajo la premisa de que se trataba de un ser diabólico antropófago (un mito fraudulento) y ladrón del ganado eran arrumbados de forma inesperada por aquel simple gesto de empatía. Y, además, superados simbólicamente por medio de un pacto que reconocía de manera abierta los requerimientos nutricionales del lobo. Un pacto consistente en un contrato oral con el pueblo italiano de Gubbio para que se le respetase hasta el final de sus días.

Deduciremos que esta gesta no refrendaba ni promovía —forzosamente— una hipotética sensibilidad hacia la vida salvaje entre los europeos de la Edad Media. El lobo ha seguido siendo un objetivo que abatir hasta hace escasas décadas. En la actualidad no se ha liberado de ese estigma: muchos anhelan diezmar sus poblaciones bajo la lógica de proteger el patrimonio de los granjeros. Asimismo, tal evento encajaba dentro de la óptica consuetudinaria de “lo maravilloso”: tenía por misión edificar, asombrar y deleitar, pero era considerado una excepción a la norma, algo irrepetible y, por consiguiente, único.

Reservo para otra ocasión el análisis del poema de Rubén Darío inspirado en esta “florecilla”. También me guardo el comentario de la abundante documentación visual que ha generado este capítulo de la hagiografía de Francisco. Concluyo este sucinto artículo con una prueba de la popularidad hodierna de este cuento. Junto a la capilla de Santa Maria della Vittoria, en Gubbio, se alza en el presente esta estatua:

Es —¿qué duda cabe?— un admirable tributo al santo. Aunque yace en él otra operación que transforma parcialmente el significado del suceso como consecuencia de una licencia artística respecto de la obra original: el cánido trepa aquí por el cuerpo de Francisco como si fuese un perro que asalta gozosamente a su amo para pedirle comida o para recibirlo en el hogar tras una dilatada ausencia. Sus manos se tocan y las miradas de ambos se encuentran mucho más cerca, lo que sugiere una mayor proximidad emocional y un posicionamiento ontológico más igualitario. Por el contrario, en la cromolitografía decimonónica que encabeza esta entrada el lobo no levanta la testa de la tierra y, desde esa postura sumisa, le ofrece al poverello la pata en señal de servidumbre.

En estas ocho centurias algo ha cambiado en el modo en que entendemos nuestra relación con los animales. Los parámetros de la domesticación continúan vigentes como horizonte de expectativas, pero el arte ya no enfatiza tanto la distancia entre humanos y no humanos. Un pequeño paso para nuestra especie y un gran salto para las demás…

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190