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Chorlitos curativos y “caladrios” desdeñosos: la evolución de un mito zoológico (II)

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.

Llega la hora de caminar sobre nuestras pisadas tras las tímidas huellas del chorlito, ave mirífica que curaba con la vista conforme a viejas habladurías venidas probablemente de la India y transmutadas en el matraz del folclore grecorromano, al calor de supersticiones y de las teorías científicas al uso.

Al Charadrius todavía le aguardaba otra operación alquímica: sublimarse contaminado de la radiación cristiana que todo lo verticaliza. Veamos un pasaje revelador de la edición latina del Fisiólogo (versión B; siglos IV-X) debida a Villar Vidal y Docampo Álvarez:

El Fisiólogo dice de él que es enteramente blanco, que no tiene parte alguna negra; su excremento no expulsado cura los ojos entelados. Se encuentra en los atrios de los reyes. Y si alguien está enfermo, por medio del caladrio se sabe si vivirá o morirá, pues si el hombre está enfermo de muerte, en cuanto el caladrio ve al enfermo aparta de él la mirada, y todos saben que va a morir; pero si su enfermedad no es de muerte, el caladrio lo mira fijamente y asume sobre sí todas sus enfermedades, y vuela por los aires hacia el sol y las quema y las dispersa, y el enfermo se cura.

Pues bien, el caladrio representa la persona de nuestro Salvador: es totalmente blanco nuestro Señor, sin mancha alguna […]. Y cuando desde su excelso cielo se dirigió al pueblo enfermo de los judíos, apartó su rostro de ellos a causa de su incredulidad; se volvió hacia nosotros los gentiles cargando con nuestras enfermedades; y, llevando sobre sí nuestros pecados, fue exaltado en el leño de la cruz. Ascendiendo, pues, a las alturas, llevó cautiva la cautividad, dio sus dones a los hombres.

Esta interpretación tan finamente articulada funcionaba como una máquina sensacionalista de propaganda religiosa, amén de ejemplo meridiano de una lectura centrípeta (o, como a mí me gusta denominarla, de una “hermenéutica de la torcedura”): el pensamiento opera por analogías, alegorías y parábolas, revive el mecanismo de la magia simpática y busca semejanzas peregrinas para sostener una tesis dada de antemano. Como las aguas de un remolino, que tienden a girar siempre en la misma dirección, aquí todo desemboca en un escenario doctrinal que admite escasas fisuras.

Pero posémonos de nuevo sobre el hombro de nuestra pequeña criatura limícola. En esta traducción su identidad ha quedado totalmente desvanecida: el “caladrio”, degenerado en su etimología, no es ya un pájaro real, sino un símbolo; sus plumas se han teñido de nieve, contagiadas de una pureza sagrada que jamás pidió; ahora asiste a la monarquía y se reserva el derecho de despreciar a quien le plazca, conforme a un arbitrio inescrutable (¿un misterio divino?) que el exégeta no aclara, por más que lo insinúe. Así es, la evocación de Jesucristo dista de ser ingenua o síntoma exclusivo de un fervor exacerbado: igual que él repudiaba a los “apóstatas” que no reconocían su autoridad —de acuerdo con estas líneas—, de la misma guisa había de obrar el ave, permitiendo que languideciesen herejes e impíos.

El paralelismo entre ambos alcanza su cúspide con el vuelo del caladrio, depurado bajo la caricia urticante del astro rey, un resquicio pagano del que no tardó en apoderarse la Iglesia. El movimiento es idéntico: ambos ascienden; ambos superan la ordalía y regresan renovados; ambos purgan males ajenos. Y su despigmentación responde claramente a la misma lógica. Reparemos en algo curioso: pese a que da la sensación de que el tierno chorlito pervive degradado en este retrato, deviene una vez más víctima de nuestra manía óptica, pues sus excrementos remedian las cataratas y blanco es el color de los rayos luminosos que —según la extramisión— transmitían bendiciones o dolencias dependiendo de quien los despidiera.

El caladrio hizo fortuna en la iconografía de los bestiarios, progresivamente más despegado de su pariente zancudo. Reproduzco una sola imagen emblemática del manuscrito Harley MS 4751 (ca. 1230), propiedad de la British Library:

Esta ilustración que hoy contemplamos como una rareza de museo servía entonces para traer a los ojos de sus fascinados espectadores una lección moral que poco tenía de sutil: la carencia de fe corrompía el alma, los valores del individuo y hasta su cuerpo, merced a vínculos no erradicados entre la materialidad sucia y grosera de la carne y la perversión del espíritu. Una reducción tendenciosa que sigue vigente en nuestros cánones de belleza contemporáneos: si es bonito, es bueno; si es feo, lo condenamos a la iniquidad.

Mas ¿qué fue del modesto chorlito? ¿En qué rama el árbol crístico decidió asentar el nido? Y ¿cuál fue la suerte del impostor caladrio que —cual impenitente cuco— allanó su trono de paja y usurpó su legado? Lo descubriremos en la próxima (y última) huella de esta serie.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Chorlitos curativos y “caladrios” desdeñosos: la evolución de un mito zoológico (I)

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.

Hace tiempo me impuse como meta trazar la historia cultural de ciertos animales. Por aquel entonces consideraba que el summum de la erudición consistía en acumular miles de cuentos dispersos y ordenarlos en una serie con sentido; que aquellas caudalosas aguas sapienciales convergerían en un hallazgo mayor, que me abrirían las puertas a una lógica secreta que apenas si alcanzaba a vislumbrar.

No he perdido esa curiosidad ingenua y expansiva, aunque ya no me interesa reunir el repertorio más amplio, sino el más selecto, el mejor compuesto, aquel que transmite un mensaje; el que deja al descubierto una anomalía, una grieta que pocos podrían haber detectado. He ahí un nuevo horizonte en el que posar la vista, un punto infinitamente más lejano, abstracto y complejo que el que contempla el chorlito de la leyenda.

En su perseverante afán de construir una enciclopedia de las maravillas de la naturaleza, Eliano recogió el siguiente mito sobre esta diminuta ave limícola (cito desde la edición de Díaz-Regañón):

El chorlito tiene un don que, en manera alguna, es despreciable. En efecto, si una persona se ve invadida de ictericia y lo mira de hito en hito, aquél aguanta la mirada con la misma impavidez que si sintiera celos de ella, y esta mirada retadora cura la mencionada enfermedad de la persona.

Omitía o ignoraba —quizá porque la superstición corría antaño de boca en boca— que en otras versiones (Plinio) el pájaro estaba condenado a morir tras absorber la dolencia: una solución fatal, pero justificable desde la óptica de la transferencia infecciosa. Tampoco era consciente de que esta creencia probablemente vino de la India a través de la Ruta de la Seda, pues aparece en el Rigveda (1400-1100 a. C.). Allí se dice que ciertos volátiles amarillos actúan como recipientes —previo hechizo— del mal del enfermo de ictericia.

Si observamos esta ilustración del chorlito dorado (uno de los más comunes en la cuenca mediterránea) facilitada por SEO BirdLife, a lo mejor comenzaremos a atisbar por qué a este pequeño zancudo le tocó representar el papel de criatura salvífica:

Como habrá intuido el lector, lo más posible es que se deba a su coloración ocre. Aquellas cuatro rápidas líneas de Eliano, despachadas casi como si albergasen una certeza universal (ya que no menciona testigos, ni da la sensación de que dude de su veracidad), ocultaban un poso de magia simpática sánscrita: el charadrius sanaba la ictericia —caracterizada por el tono bilioso de la piel y de la esclerótica— por pura y dura similitud cromática.

Queda por resolver una pregunta que no se remonta a las referencias védicas: ¿por qué curaba por medio de la mirada? Puede acudirse, si se desea, a la práctica ancestral del mal de ojo o a las teorías seudocientíficas de la extramisión que defendieron filósofos griegos como Pitágoras y Platón: la idea de que los globos oculares despedían rayos. Dicha noción parecía bien asentada —acaso vulgarizada— en el trasfondo mítico y folclórico de la época; o tal vez fue esa otra vía la que obligó a vestir de galas intelectuales un bagaje popular. Si las gorgonas petrificaban echando un vistazo, el basilisco de mordida ponzoñosa fulminaba también así a sus víctimas.

Aquí se detiene esta primera huella centrada en las bondades del chorlito en la Antigüedad clásica. Nuestra búsqueda del rastro del charadrius continúa en el medievo, un momento especialmente fértil para el simbolismo faunístico en el que el pájaro cambia de plumaje, de nombre, de fe y asciende, además, varios peldaños en la jerarquía divina.

Dejaremos ese vuelo didáctico para otra ocasión. Nos “olemos” pronto.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Samaniego y la (i)lógica moral de las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Mucho se ha hablado sobre la atemporalidad de las enseñanzas de la fábula. En realidad, lo que permanece y se recuerda no es el contenido ético, sino la más sabrosa sustancia literaria: la anécdota, que luego se rodea de interpretaciones, significados y valoraciones no siempre coincidentes. Viene siendo así desde siempre: cuentos, apólogos y refranes se han transferido materiales a través de vasos comunicantes, aunque cada género —y cada narrador— los usa como le conviene.

Sería ingenuo suponer que, en miles de años, desde Esopo (y antes), no ha cambiado nada. Pero no hace falta desplazarse tan lejos: basta volver la vista hacia Samaniego para darnos cuenta de que la fábula no es un tejido regular y liso, un archivo coherente de certezas morales, sino un campo de batalla en el que pugnan ideologías coetáneas con trazas fósiles astilladas en la boca del relato.

A propósito de las relaciones entre humanos y animales, sucede exactamente lo mismo. Un mismo autor puede defender ideas dispares, aparentemente contrarias, sin percatarse o sin preocuparse (quizá) de que alguien note dicha contradicción. Por eso el alavés, en algunos textos, critica la glotonería carnicera y la ingratitud hacia la fauna que acompaña al hombre, en tanto que en otros le niega la igualdad de derechos y la enjuicia con arreglo a una vara de medir muy distinta.

Como botón de muestra, leamos la fábula “El gato y el cazador”:

Cierto Gato, en poblado descontento,

Por mejorar sin duda su destino

(Que no sería Gato de convento),

Pasó de ciudadano a campesino.

Metióse santamente

Dentro de una covacha, mas no lejos

De un gran soto poblado de conejos.

Considere el lector piadosamente

Si el novel ermitaño

Probaría la yerba en todo el año.

Lo mejor de la caza devoraba,

Haciendo mil excesos;

Mas al fin, por el rastro que dejaba

De plumas y de huesos,

Un Cazador lo advierte; le persigue,

Arma trampas y redes con tal maña,

Que al instante consigue

Atrapar la carnívora alimaña.

Llégase el Cazador al prisionero;

Quiere darle la muerte;

El animal le dice: «Caballero,

Duélase de la suerte

De un triste pobrecito,

Metido en la prisión, y sin delito.»

«¿Sin delito, me dices,

Cuando sé que tus uñas y tus dientes

Devoran infinitos inocentes?»

«Señor, eran conejos y perdices,

Y yo no hacía más, a fe de Gato,

Que lo que ustedes hacen en el plato.»

«Ea, pícaro, muere;

Que tu mala razón no satisface.»

Con que sea la cosa que se fuere,

¿La podrá usted hacer, si otro la hace?

El protagonista es un gato asilvestrado, un felino escapado del domicilio, y ya desde el principio Samaniego lo convierte en blanco de varias burlas: “no sería gato de convento”, porque los gatos que mantenían los religiosos para comerse las ratas en las iglesias estaban —como sus dueños— bien alimentados (¿anida aquí, quizá, una pequeña puya anticlerical?); y “Si el novel ermitaño / Probaría la yerba en todo el año”, una acusación de desviarse de los principios de una vida de abstinencia.

No quiso ver, desconocía o no le importaba que la dieta de estos mamíferos se compusiese exclusivamente de carne. El pequeño animal se justifica argumentando que ambos compartían las mismas predilecciones gastronómicas y que los crímenes que había cometido eran leves (porque no mataba personas, sino “conejos y perdices”), pero sus razones no alcanzan a conmover al venador que lo había apresado para eliminarlo. A fin de cuentas, le estaba arrebatando las piezas; a sus ojos —y a ojos de la sociedad— ese era su delito, a despecho de que lo disfrazasen de vaporosas “fechorías” contra los supuestos inocentes (¡como si nuestra especie no las hubiese cometido mucho peores!).

La voz del autor se escucha con nitidez en la moraleja: “¿La podrá usted hacer, si otro la hace?”. La lección parece irrebatible: que los demás obren mal no nos autoriza a hacer lo propio. Ahora bien, el ejemplo no acierta: deviene antropocéntrico e incongruente: evita reprocharle al cazador un acto hipócrita; esto es, pasa de puntillas sobre su sentencia con una afirmación muy general y le escamotea al lector —ya convencido de que el gato tiene los días contados— el escarmiento de un pícaro igual o peor que él.

A lo mejor en el fondo era consciente de que el hombre merecía el rapapolvo, pero prefirió hacer oídos sordos. Era lo más tranquilizador. Buena parte de la teología, las ciencias naturales de la época y la visión popular del mundo situaban a la humanidad en un peldaño superior. Disculparse habría sonado innecesario y aun sospechoso.

He ahí una grieta transparente en la lógica del alavés: la modestísima protesta del felino se concibe, es transcrita, incomoda (tal vez), aunque irremediablemente cae en saco roto.

Aquel no era país para gatos salvajes…

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

El Edén o la nostalgia de la armonía universal

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

¿Cuántas veces no echamos la vista atrás con las gafas rosadas de la añoranza? Evocamos recuerdos infantiles, juegos, mañanas luminosas en la playa o en el campo, rodeados de parientes, amigos, peluches (¡quizá!), sin un lunar que afee un pasado lejano e idealizado. Nuestros tutores nos protegían, cada día era una aventura y cada pequeño aprendizaje se sentía tanto un salto al abismo como un logro descomunal.

La mitología y las religiones han codificado en sus genes un espacio muy similar a este. La Edad de Oro de los griegos no distaba de tal ensueño; e incluso los gentiles prados de la Arcadia eran arrullados por una brisa que transportaba en sus vahídos semillas de nostalgia. Resulta asombroso cuán a menudo la cronología de la humanidad y la humilde biografía del individuo contemporáneo se abrazan, cómo la despreocupación de la niñez entronca en la cultura con formas, paisajes e ideas antiguas.

Pero abundan los problemas en el paraíso: por el sistema circulatorio de estas figuraciones de la concordia universal corren prejuicios, afanes, pérdidas irreparables e inseguridades silenciosas. Lo demostraré por medio de tres obras visuales, en un trayecto comparativo que alumbrará una zona poco soleada del imaginario cristiano.

Asomémonos primero al Edén netamente medieval de El Jardín de las Delicias (ca. 1500), el célebre tríptico del Bosco que hoy custodia el Museo del Prado. Sus paneles cuentan una historia amarga, satírica y fatalista. Me fijaré en el de la izquierda, que es el que cubre la génesis del hombre y la mujer:

La tabla está colmada de detalles y rebosa un simbolismo que los especialistas siguen debatiendo medio milenio después de su concepción. No pretendo desentrañarlo en escasos minutos; mis ambiciones son infinitamente más modestas. Quiero que reparemos en algunos elementos que desnudan la mirada del Bosco —y, con él, de una parte de la iconografía occidental— sobre el Edén.

Aunque Eva, Adán y Dios ocupan una posición delantera, en su corazón se ubica una extraña estructura vertical: una fuente que se eleva hasta el cielo y que contiene un orbe (¿una alusión al globo terrestre de las puertas del tríptico?) en cuyo seno anida un ave nocturna (¿un búho?), oculta, apenas visible desde la distancia. Un indicio inquietante, al que habría que sumar reptiles (culebras, lagartijas), anfibios (ranas) y mamíferos marinos (una foca) que brotan de las aguas para macular con su negrura el vergel divino.

Estas señales permiten entrever intuiciones fértiles. El Bosco pone a nuestra especie más cerca del espectador, pero la clave de su cosmología la transmite ese núcleo parasitado por una rapaz: un presagio funesto. La imagen anticipa, así, el pecado que irá cristalizando en los otros dos lienzos. Sus sabandijas, minúsculas y repugnantes, emergen de un pozo insondable, misterioso, situado fuera del dominio humano, garantizando —a la par— la coherencia narrativa entre todos los miembros de la secuencia.

El mal acecha a Adán y Eva. El pacífico Edén, jardín del Señor, sufre la plaga de la depredación: el gato (¿o jineta?) captura un ratón; dos aves de fantasía picotean el cadáver de un sapo; un león devora un ciervo… Palpitan aquí presentimientos y asociaciones sugerentes que no exploraré con exhaustividad: lo bestial como síntoma de perversión, fieras míticas o ficticias (el unicornio, híbridos inauditos) codeándose con conejos, osos, cisnes, jirafas… La fauna no integra —ahora bien— un catálogo naturalista: son teselas de un mosaico alegórico, valiosas por lo que representan más allá de su hipotética existencia material.

Continúa tratándose de un Edén antropocéntrico, teológicamente racionalizado, providencial y punitivo, destinado a funcionar como universo microscópico. La amenaza del infierno se arrastra por sus márgenes para aterrorizar a quien lo contempla. Busca conmover, pero también convencer de que la devoción católica es el único remedio eficaz contra la condena. Cada componente del cuadro impone esa lectura.

Apenas un siglo más tarde, Jan Brueghel el Viejo firmó La tentación en el Jardín del Edén (ca. 1600). Cotejémoslo:

Los cambios se perciben casi de inmediato: cuesta localizar a Adán y a Eva —escondidos y desenfocados— en una estampa protagonizada por los animales. Pero ¿qué animales? Ahí radica la enjundia de esta lámina: criaturas domésticas europeas (caballos, perros, cerdos, bóvidos…), carnívoros, omnívoros y herbívoros de los viejos continentes (ciervos, ánades, leopardos, cisnes, búhos, avutardas, lemmings, hipopótamos…) y otros exóticos venidos de América (guacamayos, micos, tucanes, pingüinos…).

Brueghel coloca el acento en la naturaleza: recrea con inimitable encanto, riqueza taxonómica, realismo pictórico y color exuberante un repertorio de especies que parece sacado de una enciclopedia o de una ménagerie. Poco se le puede reprochar a sus pinceladas: cuidadosas, reveladoras de una inmensa curiosidad botánica y zoológica, y precisas en los pormenores anatómicos; sobre todo para los volátiles y los mamíferos que se nutren de hierba. El modelo de cosmos que postula ha dado un paso hacia el empirismo, hacia la biología científica, y se halla a años luz del que manifiestaba el Jardín de las Delicias. El así llamado “descubrimiento de América” supuso un acontecimiento decisivo para este viraje, pues recuperó la maravilla y obligó a los occidentales a plantearse preguntas que, hasta la fecha, carecían de formulaciones firmes.

Pero seguía reflejando una jerarquía especista. Brueghel entendió el Edén como un vivero primigenio para la totalidad de la fauna y la flora del planeta, sin oponerse a la tesis de la concordia absoluta sostenida por la Biblia. Sin embargo, acaso sin proponérselo, había abierto una costura en el tejido del mito, por más que su educación cristiana lo impulsase a remendarla con el hilo de un mensaje expansionista, colonial, de vocación evangélica: las tierras del Oeste (y sus moradores) constituían parte de la Creación y, por consiguiente, tenían que someterse a las reglas dictadas por —y para— sus legítimos herederos.

Aquel paraíso en miniatura fue puesto de ese modo al servicio de la humanidad; y, más concretamente, de los fieles de la Iglesia romana. Por eso los predadores —leones, leopardos, perros, estrígidos…— se cuentan con los dedos de las manos en comparación con sus presas: porque la cultura no suele ser favorable a los animales que le disputan la caza al hombre.

Para el último eslabón de la cadena voy a regresar a los orígenes de este blog: al anime Wolf’s Rain (2003) de Tensai Okamura. Reproduzcamos un fragmento ya conocido:

El diseño de este “falso paraíso” se nos antojará sospechosamente familiar: hay un escenario idílico, vegetación ubérrima, un Adán (Kiba) y una Eva (Mew). El audiovisual pop ha desbaratado los linderos geográficos para que un lobo ártico (Kiba) y un caracal (Mew) coexistan con rebaños de bisontes y bandadas de patos en lo que semeja tratarse de un valle norteamericano enclavado entre las montañas. Pero que no nos engañe este revoltijo de referencias: la quimera de un Edén inmarcesible, a salvo de la matanza y el dolor, no ha abandonado este nuevo pliegue de una fábula con visos de inmortalidad.

Aún podríamos convocar a Jauja o discurrir por senderos y mitos mucho menos transitados, pero llega la hora de cerrar esta entrada. El antropocentrismo subsiste en las distintas iteraciones del Edén; no obstante, detenernos ahí sería una solución demasiado cómoda. Lanzo, por ello, una duda que aspiro a contestar algún día: ¿no reside en la inspiración de estos dibujos —incubado, latente— el anhelo íntimo de conectar con el prójimo animal; el deseo inconfesable, milenario, desequilibrado y todavía imperfecto —con dejes especistas— de una convivencia armoniosa?

Eso pienso yo. Aunque quizá no sea más que un arrebato de morriña.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Hacia una filosofía del peluche

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Para un investigador que ha dedicado años a examinar la fábula, el estigma de lo infantil se siente como el mosquito veraniego que te sobrevuela con avidez de sangre: lo escuchas zumbando junto a tu oído, no siempre lo percibes con claridad, pero intuyes que no anda lejos y que, en cuanto bajes la guardia, te hincará el aguijón sin remordimientos.

Cada vez se tolera más que un adulto disfrute de series de animación (ahora hay muchas repletas de violencia y sexo) o que invierta horas de su ocio en determinados videojuegos. No estaría tan bien visto que abrazase un peluche antes de dormir, que le pusiese nombre o que hablase con él, aunque lo hiciera desde la intimidad relativa de su habitación. Se le podría disculpar que acumulase estos objetos en calidad de rasgo excéntrico, bajo la lógica flexible del coleccionismo. En tal caso, acapararía bestezuelas de felpa como quien llena álbumes con sellos, estanterías con maquetas o mesas con figuritas de Warhammer.

Entre niños, en cambio, sí se admite. Se considera positivo y abundan los estudios psicológicos que lo demuestran: el peluche tranquiliza, aviva la fantasía y resulta confortable al tacto. También se han probado sus beneficios para las personas del espectro autista. La bibliografía sobre esta materia es profusa y no viene a cuento, de modo que se me permitirá omitirla para saltar al tema que me concierne hoy: la ontología del animal de felpa y su vínculo con el ser humano.

Retrocedamos a la fotografía que encabeza esta entrada. Es un oso Teddy de la empresa Steiff, llamada así en honor a su fundadora, Margaret Steiff, inventora del peluche. Aunque los orígenes de este clásico se remontan a una caricatura del presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, famoso cazador y conservacionista que se opuso a disparar a un oso negro herido por juzgarlo poco deportivo (o eso afirmaba él; ¿quién sabe si en realidad no experimentó una pizca de lástima?).

Una caricatura política más tarde, a un inmigrante ruso se le ocurrió diseñar el archiconocido modelo y comercializarlo bajo el nombre de Teddy en honor a Roosevelt, hipotético defensor de aquellas fieras desvalidas. Sobra decir que su hallazgo arrasó en ventas y acabó canonizando a esta especie como embajadora del reino peluchesco.

Hasta ahí la historia. No es preciso ser un genio para atisbar indicios de antropomorfismo neoténico en la configuración del “Teddy Bear”: brazos y piernas articulados como los nuestros, ausencia de la característica “chepa” del Ursus arctos y ojos como “espejos de azabache”, platerescos; así creo que los definiría mi querido Juan Ramón. Todo en él es dulce, suave, mórbido. No apesta a carroña y carece de colmillos y garras. Su existencia responde a los propósitos de hacer felices a los más pequeños, conseguir que se sientan acompañados y estimular su creatividad.

Muchos condenarían este (ab)uso de la fauna como algo ilegítimo o, quizá, como un mal menor, asumible en aras del bienestar emocional de nuestros retoños. Cierto es que falsea la naturaleza silvestre y que enmascara verdades incómodas, como la amenaza de la depredación y los conflictos éticos que subyacen al consumo de carne. Alimenta, asimismo, las utopías agricultoras que tan de moda se han puesto en series audiovisuales como la Granja de Zenón, en la LIJ y aun en los videojuegos del género cozy (e. g., Stardew Valley). Pero no se debe negar que nos acercan a animales que, de otra manera, solo habitarían nuestra imaginación o los zoológicos, o que serían víctimas perpetuas de los discursos de odio: temed al oso/lobo/tigre porque se come a las vacas/cabras/ovejas (que el hombre cuida para zampárselas él; aunque, curiosamente, eso nunca se explicita).

La culpa carnista abrasa las lenguas de los pedagogos. ¿Cómo le confiesas a tu hijo que el delicioso muslo aviar que le serviste en el almuerzo fue arrancado de la pata del primo del gallo Bartolito? He aquí una primera encrucijada moral.

Pero no quiero detenerme en un problema que ya he explorado en numerosas ocasiones. ¿Qué hay de los individuos maduros que conservan el apego hacia sus peluches, muñecas u otros juguetes que, según la sociedad, tendrían que haber abandonado hace décadas? Sospecho que algunos trasladan vicariamente esos sentimientos a sus vástagos y que reviven aprecios prohibidos bajo el pretexto del juego paternofilial.

¿Y quienes no somos padres ni madres a qué excusa nos aferramos? A ninguna: nuestras inclinaciones permanecen al desnudo y o bien decidimos sepultarlas en un hoyo profundo, donde nadie las encuentre, o bien las enarbolamos por bandera y nos arriesgamos a ser blanco de burlas.

Todavía subsiste una cuestión tanto o más delicada que esa: ¿qué tipo de relación forjamos con la fauna de carne y hueso a través de sus simulacros de felpa?

Por un lado, los hemos instrumentalizado y depurado de su animalidad. Por otro, hasta esta aproximación imperfecta puede nutrir nuestro imaginario y suscitar una sombra de empatía. Ello no implica —claro está— que los osos “no Teddys” sean nuestros amigos y que estén dispuestos a tomar el té con nosotros si un día nos cruzamos por el bosque. Eso sí, allana el camino. El peluche deviene, conforme a mi tesis, un potencial facilitador de la sensibilidad hacia otros seres vivos, especialmente cuando lo respalda una educación emocional de signo ecoanimalista.

¿Y qué hay de la persona talluda que se obstina en no desprenderse de dicha muleta, tierno “residuo” de la infancia? Nuevamente se trata de un asunto espinoso. Aparquemos lecturas psicologistas que, por su simplicidad o recurrencia tópica, no nos llevarían a buen puerto. Mi duda es otra: ¿no resuena en este “amor oscuro” un eco del cariño hacia las mascotas, una cierta fascinación por lo salvaje, por criaturas diferentes, así como un secreto anhelo de conexión con ellas?

La respuesta probablemente sea subjetiva y graduada, como el aleteo distante del tábano que nos acosa en las noches estivales.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 

Dejando huella: el proyecto ANIMAL

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Son muchas las dificultades que atraviesa un investigador de los estudios de animales en las disciplinas humanísticas españolas. Dejando de lado los aspectos económicos, uno de los desafíos más importantes radica en visibilizar un corpus desde el que aproximarse a temas tan sugerentes y contemporáneos como el amor hacia la fauna en otras épocas, o cuestiones biopolíticas como el control de las plagas.

La mayor parte de las pesquisas dentro de las corrientes ecocríticas se concentran en textos, fenómenos y movimientos colectivos bastante recientes. Es una opción cómoda —parecen más accesibles y existe menos riesgo hermenéutico—, aunque también limitante, ya que relega a un segundo plano el testimonio histórico. El peligro intelectual no es pequeño: quedar atrapados en compartimentos relativamente seguros, presentistas, cada vez más transitados, que agradecerían el complemento de una mirada de larga duración.

Escribo este mensaje para presentar un proyecto que estoy gestando en la matriz de Huellas en la tinta y que planeo transferir a una infraestructura más amplia en el futuro. ANIMAL, Archivo de Narrativas Ibéricas sobre Medioambiente, Animales y Liminalidad, inicia su andadura con objetivos modestos: editar, traducir y recopilar digitalmente obras peninsulares antiguas que exploren la relación del ser humano con otros vivientes. Un segundo propósito, más allá de funcionar como ayuda y estímulo para la comunidad universitaria, estriba en acercar estas piezas a la sociedad a través de transcripciones comprensibles y bien glosadas.

Se trata de una meta ambiciosa, en realidad. Echo aquí los cimientos con la esperanza de construirla con el paso de los años, con suerte arropado por más medios, tiempo y colaboradores.

Por lo pronto, inauguro esta nueva serie ANIMAL con el tratado catalán Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688). Mi traslación al castellano verá la luz en tres partes. Aspiro a culminarla durante los meses estivales. Ofrezco al lector una muestra o, si se prefiere, la primera huella de un camino que presumo extenso.

Nos “olemos”.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

De arcadios y vacas caníbales

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los recuerdos ejercen un poderoso hechizo en la mente: cuando los vivimos en tiempo real, rara vez nos percatamos de su importancia. Meses o años más tarde, mientras repasamos el archivo de nuestra memoria, las huellas que no se han desvanecido adquieren el tinte rosado de la añoranza y el tono vagamente sentimental de lo bucólico.

La idea era magnífica: celebrar un seminario en pleno monte de León, en un pueblito perdido con evocaciones del Maienfeld de Heidi. Ponencias, amigos y rostros familiares, rutas por el bosque… El encuentro poseía los ingredientes necesarios para convertirse en una experiencia enriquecedora a todos los niveles. Lo que dicha receta no contemplaba era que un tropezón intruso se colaría en su estofado, fulminando de un repentino choque eléctrico las reminiscencias pastoriles que despertaba el lugar.

Sabía que el consumo de carne en el norte de España era alto. Lo he atestiguado en La Rioja, al pedir un sándwich vegetal que —para mi sorpresa— estaba adobado con atún. Con una inocencia pasmosa, el dependiente me aseguró que no llevaba carne y que, por tanto, era adecuado para mi régimen vegetariano. Yo le sonreí y rechacé el plato.

Los ociosos pastores de la Arcadia, una recua de cortesanos bajo disfraz, habrían turbado su ánimo ante un manjar compuesto de los dulces ruiseñores, las tórtolas y las ovejas que amenizaban sus devaneos amorosos. O quizá hubiesen esperado a que Virgilio y Garcilaso no anduvieran por allí trenzando versos para satisfacer sus apetitos carnívoros y regresar después con el estómago lleno y un nuevo motivo para digerir sus penas.

De lo que estoy convencido es de que a estos especialistas en el camuflaje y la doblez emocional les habría revuelto las tripas el cartel que aparece en portada. O tal vez lo hubiesen leído con el mecanicismo del filólogo que analiza las figuras literarias de un poema: personificación (reses antropomórficas) y una antítesis rayana en lo absurdo. ¿Cómo se traga —perdóneseme el juego de palabras— que estas vacas ataviadas de Hell Angels, transterradas y aquejadas de un desorden de alimentación severo, se zampen una hamburguesa en una cantina ibérica al son de Welcome to the Jungle?

A mí la imagen me supo tan artificial como un bocadillo de píxeles generado por la IA. Artificial y problemática. La dieta del ganado ha sido falseada para vendernos una hamburguesa, porque si hasta las vacas (las “donantes”) la disfrutan, ¿por qué no iba a hacer lo mismo un cliente humano?

Esto guarda relación con el concepto de “referente ausente” que acuñó Adams: vemos las rodajas de chorizo en el bocata, pero no las asociamos con la criatura de la que proceden. Tal desidentificación degenera en regodeo carnista y llega un paso más lejos: las víctimas del jifero, enloquecidas por un prompt oximorónico, nos convidan a que entremos en ese típico bar de moteros leonés para gozar juntos no de los cantos afligidos de los árcades, sino de los riffs de las guitarras de Guns N’ Roses a medida que extraemos el jugo de un filete.

Y yo me pregunto: ¿por qué sometemos a esta violencia visual a los animales? ¿No es suficiente con descuartizarlos, empaquetarlos y cocinarlos en la sartén o el horno? ¿También tenemos que despojarlos de su dignidad, de su naturaleza, para comercializar así otro descendiente de la larga y clownesca progenie del Big Mac? Y aclaro que esta reflexión no va dirigida contra nadie en concreto: contrasentidos como este se cuentan por miles en los supermercados y en la publicidad televisiva.

Seamos más conscientes de las morcillas que nos embuchan los medios. He ahí el deseo que estampo en esta entrada.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Animales velados: trazas de “verdad” zoológica en la fábula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Discutir sobre la veracidad del relato fabulístico podría antojársenos un oxímoron. En español el término “fábula” denota una patraña, un cuento irreal sin asomos de certeza.

Existen, claro, matices. Nadie negará que la lealtad simbólica que se le atribuye al perro emana de su cercanía con el hombre, o que la fama que arrastra el lobo se debe a la depredación de las reses ovinas, lo que atenta contra los intereses humanos. En el apólogo son pocos los animales que traicionan su presunta esencia: no veremos fieras sirviendo motu proprio a nuestra especie ni al ganado emancipándose. Si lo hicieran, entraría en juego la pedagogía punitiva de este género y un agente externo los colocaría de inmediato en su lugar. En este ecosistema de papel ninguna criatura es capaz de impugnar los designios que pesan sobre ella desde la cuna: los raposos serán siempre astutos, los leones, regios y los pavos, vanidosos. Las desviaciones de la norma resultan tan infrecuentes como poco fructíferas.

Esta inmutabilidad ontológica perfila una cosmovisión según la cual los animales están condenados a ocupar un peldaño inferior en la Scala Naturae. No solo extraemos de ellos productos, nos lucramos con su trabajo y los utilizamos para propagar enseñanzas éticas, también los sometemos a una reducción semiótica que barre de un plumazo su singularidad para convertirlos en seres unidimensionales, representantes de un valor tipificado. Pero ¿yace algo bajo la epidermis de este utilitarismo feroz? ¿La vida salvaje es solo un pretexto para educar en civismo? ¿Subsisten trazas de autenticidad en su retrato?

Tomemos como ejemplo la fábula esópica de “El cuervo y el zorro”, reelaborada por La Fontaine, Samaniego y toda una pléyade de autores. Reproduzco el texto desde la edición de Bádenas de la Peña:

Un cuervo que había robado un trozo de carne se posó en un árbol. Y una zorra, que lo vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar sus proporciones y su belleza, le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. Pero al querer demostrar a la zorra que tenía voz, dejó caer la carne y se puso a dar grandes graznidos. Aquella se lanzó y después que arrebató la carne, dijo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser el rey de las aves”.

De aquí deduciremos dos obviedades: que ambas criaturas se nutren de carne y que las aves se posan en los árboles. No hacía falta ser Aristóteles o Plinio para llegar a estas conclusiones. Pero si enfocamos mejor nuestra lente, entresacaremos detalles no tan visibles para un lector preocupado por la moral. El zorro explota las debilidades del pájaro para obtener su premio y le ataca donde más le duele: en su apariencia y en el canto. Hoy el plumaje de los córvidos nos parece majestuoso, equivalente a un distinguido traje de frac; no obstante, no alcanzan a igualar a volátiles más coloridos, como el papagayo de la India, la abubilla o el martín pescador.

Este dato es más revelador de la mentalidad de quien compuso la pieza —y de la sociedad donde se gestó— que de un estudio minucioso sobre la fauna. Ahora bien, quien ideó el cuento no obraba desde la ignorancia zoológica: había oído el graznido desacompasado y ronco de los cuervos y decidió cebarse con ese rasgo. Su intención era avergonzar al animal y, para ello, necesitaba anclar su mofa a una característica real, que el narrador no explica, ya que se daba por evidente.

La adulación no habría funcionado con un ruiseñor ni con un mirlo, reputados de excelentes intérpretes. Solo un córvido, con su trino desasosegante, podría sucumbir ante semejante elogio en un contexto (no se olvide) plenamente antropomórfico.

¿Esta clase de matices transforman el apólogo en una crónica naturalista fiel? En absoluto. Sí demuestran que no existe una desconexión total entre la plausibilidad zoológica y la ficción en la fábula, que algunos pormenores conductuales no fueron pasados por alto por sus artífices y que la fauna apologística no es un mero recipiente a la espera de ser llenado.

En definitiva, la especie importa. Si no se corresponde con la visión del mundo que posee la comunidad de destino (basada tanto en creencias como en observaciones factuales), la historia entera se deshilacha.

Huellas en la tinta

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Amor a la fauna en el medievo: Francisco de Asís y el lobo de Gubbio

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

El género biográfico lleva miles de años estando de moda; al fin y al cabo, los humanos buscamos constantemente modelos que imitar. Algunos autores (Plutarco, sin ir más lejos) decidieron que lo más ventajoso sería recopilar las vidas de una galería de personajes ilustres para que pudiesen funcionar como ejemplos. Esta cuestión enlaza con el carácter presuntamente verdadero de tales relatos: una historia que porta el marchamo de lo auténtico activa las especulaciones, atrae a otro público y a veces vende más, porque traspasa el lindero bien delimitado de la ficción y presenta algo que les podría ocurrir al consumidor o a su vecino. De ahí que las películas y los libros “basados en hechos reales” resalten esta condición con letras gruesas en sus portadas.

Las hagiografías constituyen la versión religiosa del molde antedicho. Gozaron de amplia circulación durante largos siglos, sirviendo como instrumento para la irradiación de la doctrina cristiana. Y quizá nos sorprenda averiguar que los animales no estaban ausentes en ellas: a muchos santos se les atribuía el milagro de pacificar a bestias agrestes o a fauna doméstica enfurecida. Se afirmaba, así, el dominio del Dios cristiano —a través de sus ministros— sobre todos los seres de la Creación; esto es, era una confirmación de su autoridad sobre los hombres que, a la par, reforzaba el control (político, social y moral) de la Iglesia.

Se imaginará que muchas de estas proezas habían sido exageradas o eran, sencillamente, falsas. Incluso un viejo amigo nuestro —el león de Androcles— ingresó en el repositorio hagiográfico de la mano de Gerásimo y Jerónimo, en quienes se recicló la receta androcleana revestida de propaganda católica. No profundizaré en ellos ahora; eso sí, compilar y desgranar estos cuentos individualmente podría probarse un ejercicio productivo para indagar en la extensión del antropocentrismo. Hoy, no obstante, me fijaré en único testimonio extraordinario: la narración de Francisco de Asís y el lobo de Gubbio.

Al fundador de la orden franciscana se le ha concedido desde antiguo un amor singular por los animales, cristalizado en su Laudes Creaturarum, en su “sermón a las aves” y en otros actos salvíficos dirigidos a las criaturas más desvalidas: peces, corderos, alondras, liebres, gusanos… Por estos méritos fue declarado patrono de la ecología por Juan Pablo II en 1979. Notaremos, con todo, que su bondad tiende a inclinarse hacia la fauna herbívora o insectívora; es decir, la más inofensiva y obediente al hombre. Por eso el incidente del lobo de Gubbio resulta tan llamativo. Transcribo varios fragmentos desde la edición de Lázaro Iriarte:

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.

[…] San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. […]

—¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

—Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:

—Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesites mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. […]

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros.

Una lectura atenta de este episodio nos revelará rasgos curiosos: en primer lugar, el poverello se persigna antes de acercarse a la fiera para invocar la salvaguarda de Dios; segundamente, el cánido acata sus instrucciones sin poner pegas, hechizado por su poder divino; y, por último, el narrador usa el relato para realzar la gracia del Señor y la virtud de Francisco, no para predicar la concordia universal, a despecho de lo que hubiese deseado el santo.

Hasta aquí hemos ido observando lo que otros ya han visto. Estos aspectos nos permitirían calificar a Francisco de Asís como uno de los (muchos) santos domadores de bestias del medievo, un cliché reiterado hasta la saciedad en sus currículos. Ahora bien, la genealogía cultural —la comparación con otras leyendas similares— arroja un dato de interés: en ninguna hagiografía que yo conozca el agente de Dios firma una tregua con el animal amansado, casi siempre se limita a someterlo sin tener en cuenta sus necesidades alimenticias y sin disculpar sus atentados contra la economía del agricultor. No así Francisco, quien enseguida presupone que “por hambre has hecho el mal que has hecho”.

Milenios de violencia humana contra el Canis lupus justificados bajo la premisa de que se trataba de un ser diabólico antropófago (un mito fraudulento) y ladrón del ganado eran arrumbados de forma inesperada por aquel simple gesto de empatía. Y, además, superados simbólicamente por medio de un pacto que reconocía de manera abierta los requerimientos nutricionales del lobo. Un pacto consistente en un contrato oral con el pueblo italiano de Gubbio para que se le respetase hasta el final de sus días.

Deduciremos que esta gesta no refrendaba ni promovía —forzosamente— una hipotética sensibilidad hacia la vida salvaje entre los europeos de la Edad Media. El lobo ha seguido siendo un objetivo que abatir hasta hace escasas décadas. En la actualidad no se ha liberado de ese estigma: muchos anhelan diezmar sus poblaciones bajo la lógica de proteger el patrimonio de los granjeros. Asimismo, tal evento encajaba dentro de la óptica consuetudinaria de “lo maravilloso”: tenía por misión edificar, asombrar y deleitar, pero era considerado una excepción a la norma, algo irrepetible y, por consiguiente, único.

Reservo para otra ocasión el análisis del poema de Rubén Darío inspirado en esta “florecilla”. También me guardo el comentario de la abundante documentación visual que ha generado este capítulo de la hagiografía de Francisco. Concluyo este sucinto artículo con una prueba de la popularidad hodierna de este cuento. Junto a la capilla de Santa Maria della Vittoria, en Gubbio, se alza en el presente esta estatua:

Es —¿qué duda cabe?— un admirable tributo al santo. Aunque yace en él otra operación que transforma parcialmente el significado del suceso como consecuencia de una licencia artística respecto de la obra original: el cánido trepa aquí por el cuerpo de Francisco como si fuese un perro que asalta gozosamente a su amo para pedirle comida o para recibirlo en el hogar tras una dilatada ausencia. Sus manos se tocan y las miradas de ambos se encuentran mucho más cerca, lo que sugiere una mayor proximidad emocional y un posicionamiento ontológico más igualitario. Por el contrario, en la cromolitografía decimonónica que encabeza esta entrada el lobo no levanta la testa de la tierra y, desde esa postura sumisa, le ofrece al poverello la pata en señal de servidumbre.

En estas ocho centurias algo ha cambiado en el modo en que entendemos nuestra relación con los animales. Los parámetros de la domesticación continúan vigentes como horizonte de expectativas, pero el arte ya no enfatiza tanto la distancia entre humanos y no humanos. Un pequeño paso para nuestra especie y un gran salto para las demás…

Huellas en la tinta

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¿Cómo leer fábulas en tiempos de crisis ambiental? Propuesta de trabajo para el aula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada proveerá al lector de herramientas para reexaminar un género literario tan antiguo como la escritura misma: la fábula.

Estas sencillas composiciones se han empleado durante milenios para instruir a la juventud y han cristalizado en refranes, máximas y coletillas. Algunos de los valores que inculcan resultan todavía vigentes en nuestras sociedades occidentales. Otros, fosilizados en moralejas con vocación atemporal, no han sobrevivido al transcurso de las eras. El procedimiento habitual para modernizarlas estriba en rehacer el mensaje ético respetando la narrativa. O sea, que la historia original permanece, pero cambia su exégesis.

En esencia, ese es el espíritu que anima mi relectura crítica —o, como me gusta llamarla, “lectura a contrapelo”—, cuya intención consiste en suministrar un método actual para el uso de la fabulística por parte de profesores de literatura de la ESO, bachillerato y universidad, así como docentes en formación de los grados de filología y didáctica. ¿El horizonte? Estimular la concienciación ambiental, a la par que se trabajan piezas canónicas para desarrollar la competencia lectora y el pensamiento crítico.

Podríamos concretar esta propuesta en tres objetivos pedagógicos:

1. Identificar el antropomorfismo y sus efectos.

2. Problematizar la primacía de la moraleja frente al relato (caso o “ejemplo”).

3. Ensayar un análisis no antropocéntrico con el apoyo del profesor.

Muchos apólogos no retratan a la fauna con verosimilitud. La mayoría de las veces, los animales que los protagonizan degeneran en símbolos que representan una virtud o lacra humana. Estos cuentos tampoco suelen ser urdidos desde la perspectiva de estos actores; con más frecuencia la fábula deviene un coliseo en el que se enfrentan dos elementos opuestos: fuerza y astucia, necedad y sabiduría… Vaya, que las criaturas que desfilan por la producción de Esopo, Fedro, Rómulo, La Fontaine, Samaniego, Iriarte, etc., tienen poco de auténticas; de hecho, a menudo funcionan como pretextos para contrastar determinadas ideas e imponer una tesis política o moral.

Aunque no siempre se verifica este dictamen. En ocasiones, algún destello efímero de la fiera aludida se filtra bajo densas capas de antropomorfismo, ya sea mediante un rasgo correcto de acuerdo con la zoología hodierna o a través de una voz que se ajusta —en la medida de lo posible— a los impulsos y deseos que nuestra especie adjudica a otras. O bien se promueve explícita o implícitamente el cuidado de la fauna, o como mínimo alcanzamos a entrever la consideración histórica que han merecido determinados animales.

He ahí varias de las alternativas clasificatorias que esbocé en un trabajo reciente. Dentro de mi tipología, las casillas que más me interesan ahora son estas tres:

1. Cuando el animal protesta por el trato que recibe del hombre (fábula “zoocrítica”).

2. Cuando queda reflejada su relación con la humanidad (fábula testimonial).

3. Cuando se busca activamente fomentar su protección (fábula “zooética”).

Procedo a aplicar una lente contemporánea, con arreglo a lo que aquí he perfilado, a uno de los apólogos más difundidos del catálogo esópico: “El lobo y el perro cebado”. El relato —tomado de la traducción de Pedro Bádenas— reza así:

Un perro bien cebado se encontró con un lobo que empezó a examinarlo acerca de dónde lo habían alimentado para llegar a semejante tamaño y a semejante abundancia de grasa. —Un hombre generoso —dijo— es el que me da de comer. —¿Y tu cuello? —pregunta el lobo—, ¿cómo se puso blanco? —Se ha rozado la carne con el collar de hierro que fundió mi amo y me puso al cuello. Y el lobo, carcajeándose de él, le dice: —Me río yo de este lujo que te obliga a rozarte el cuello con un hierro.

No costaría demasiado adosarle una moraleja. Se podría, inclusive, formular como dicho sentencioso: “vale más la libertad, pese a sus riesgos, que la esclavitud, no obstante sus comodidades”. Obviamente, esto no afirmaría nada ni a favor, ni en contra ni sobre los animales. Harán falta mayores esfuerzos para sacar todo el jugo hermenéutico de las fábulas y remozar sus vetustas enseñanzas.

A continuación, invitaré al público a que me acompañe en una breve travesía intelectual. Olvidémonos por un instante de que los animales no utilizan el lenguaje humano y de que —seguramente— un perro y un lobo no discutirían sino a base ladridos, gruñidos y mordiscos. Fijémonos en el contexto: el Canis lupus familiaris, mascota predilecta de nuestra especie, está atado y luce indicios de abuso en su piel; por el contrario, su pariente salvaje padece hambre, pero deambula a su antojo y no ha sido herido por el hombre. Miles de años de odio al lobo cristalizados en exempla, proverbios, iluminaciones y estampas son refutados al presentarnos a este ejemplar silvestre sano y triunfal, que se permite reírse de su congénere menos afortunado. Ahí yace un testimonio único de evaluación positiva de una criatura demonizada por la depredación del ganado.

Vayamos un paso más allá y escarbemos en sus palabras literales, sin espigarlas en busca de dobles sentidos. El lobo está cuestionando la sumisión de las especies domésticas al ser humano. Pone en duda que dicho estado sea ideal y descubre, a la par, que la comida que se les brinda está supeditada a la obediencia y al castigo físico. Su cavilación —en mayor o menor grado— continúa siendo válida hoy.

Se me objetará que he pasado por alto la moraleja (que se identifica con el último aserto del lobo), pero ha quedado acreditado a lo largo de su dilatado historial de reelaboraciones que este es el pilar más endeble de todo el edificio fabulístico.

Observemos ahora “El cerdo y los corderos”, otro ejemplo del corpus grecolatino:

En medio de un rebaño de corderos pacía un cerdo que allí se había metido. Y he aquí que un día el pastor le cogió y el cerdo se puso a chillar y a resistirse. Los corderos, criticándole por sus gritos, dijeron: “Pues a nosotros nos coge de vez en cuando y no chillamos”. El cerdo repuso: “Pero a mí no me coge por lo mismo que a vosotros, porque a vosotros os busca por la lana o por la leche, pero a mí es por la carne”. La fábula muestra que gritan con razón aquellos que tienen en peligro no su dinero sino su vida.

La queja del cerdo —una atestación del uso alimentario de la ganadería— se nos antojará fatalista, acaso trágica. En el relato se insinúa que se había camuflado entre los corderos para evitar que lo destripasen. El hombre no puede, no quiere o finge no oír sus gemidos, de modo que son los ovinos quienes le toman el relevo —como súbditos egoístas y privilegiados— afeando ignorantemente la conducta del suido.

Me parece muy revelador el carácter anecdótico, realista, de este cuento, frente a otros más fantasiosos en los que la fauna se engaña y compite por el acceso a los víveres. Ante la amenaza del cuchillo, los animales saben bien qué suerte les aguarda. Esto lo ha probado la ciencia, aunque basta echar una ojeada a las granjas y a los mataderos para reconocer en los rebaños signos de tristeza y estrés: mugidos, apagamiento, inquietud… ¿Quién sostendría que este escenario no cabe dentro del territorio de lo verosímil? ¿Que, tal vez, pudo haberse inspirado en un suceso real, repetido, cotidiano? Quizá el porcino logró anticipar —por los preparativos delatores del pastor— el destino que le habían deparado, acordándose de la desaparición de algunos de sus semejantes, y reaccionó —presa del pánico— huyendo adonde se creía a salvo.

Es más, la moraleja no descentra la mirada del sufrimiento de la criatura: aunque va dirigida al conjunto humano, puede extrapolarse a la perfección al trato que le proporcionamos al ganado. Tampoco deslegitima la protesta del cerdo; al contrario, señala expresamente que “gritan con razón aquellos que tienen en peligro […] su vida” y el caso aducido lo pone de manifiesto.

De nuevo habrá quien insista en que la clave de la fábula es la lección que encierra, no tanto el hecho particular que la suscita. Un punto de vista comprensible, aunque —a mi juicio— miope: la sustancia narrativa es tanto o más memorable que la instrucción que de ella desprende el autor. Perdería su condición de modelo convincente si el lector no pudiera experimentar siquiera un destello de empatía hacia el marrano. Por no decir que todo escrito queda abierto a múltiples abordajes; desde otra clave interpretativa (como la que aquí se adopta), el aprendizaje que de él se extraiga diferirá ineludiblemente.

Llegados al final, y a la luz de estos antecedentes, ¿es lícito mantener una visión inmutable y esencialista de la literatura? ¿No sería aconsejable —y hasta necesario— renovar las obras canónicas? No harían falta grandes desvelos: bastaría con saber dónde posar los ojos. Y si se desea reforzar una lectura animalista con miras a la educación infantil, la voz siempre alerta del tutor o maestro discreto estará más que capacitada para reponer lo que el texto insinúa o para acomodarlo a sus propósitos docentes. Verbigracia, convendría explicarle al joven los caprichos irresponsables que motivan el abandono de mascotas tras las Navidades, cómo se somete a privaciones dramáticas a los perros destinados a la caza o el infeliz desenlace de las vidas de los cerdos.

Cabría —por último— debatir cuál es la edad idónea para exponer a un niño a estas realidades, pero eso queda fuera de mis designios.

Como apéndice didáctico, añado una serie de interrogantes susceptibles de ser planteados en el aula para incentivar la reflexión y el comentario de textos:

1. ¿Qué funciones ha cumplido la fábula dentro de la cultura occidental?

2. ¿Por qué podríamos considerarla un género “antropocéntrico” (enfocado en el ser humano)?

3. ¿Qué diferencias existen entre los animales reales y los que protagonizan las fábulas?

4. ¿Qué elementos del relato quedarían invisibilizados si solo lo leyéramos como la alegoría de un intercambio social entre humanos?

5. ¿Qué gana y qué pierde el texto cuando se relee desde un ángulo “zoocrítico”?

6. ¿En qué sentido podríamos hablar de “veracidad” en el retrato de los animales fabulísticos: zoológico, cultural, ético, emocional…? Pon un ejemplo.

7. ¿Qué riesgos conlleva proyectar valores humanos sobre otras especies?

8. ¿Crees que el apólogo puede seguir siendo útil hoy en día para la enseñanza?

9. ¿Es apropiado “forzar” una lectura animalista en textos tan antiguos?

Tras esta clase, ¿dirías que las fábulas hablan sobre animales, con animales o a través de ellos? Justifica tu respuesta.

Bibliografía recomendada

Bádenas de la Peña, Pedro (ed.): Fábulas de Esopo. Madrid: Gredos.

Dijk, Gert-Jan van (2015): Aesopica posteriora. Medieval and Modern Versions of Greek and Latin Fables, Génova: Università degli Studi di Genova.

Rodríguez Adrados, Francisco (1987): Historia de la fábula greco-latina, vols. 1-3. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense.

Rodríguez García, Miguel (2024): Vulpes in fabula. Oralidad, literatura y estudios de animales. Jaén: Boletín de Literatura Oral (anejo 9).

Rodríguez García, Miguel (2024): “Cuentos de animales en las fábulas españolas de finales del siglo XVIII-XIX. Primera aproximación a un catálogo comentado”. Boletín de Literatura Oral, 14, pp. 34-79.

Rodríguez García, Miguel (2025): “Fábulas para la empatía animal. Desde La Fontaine hasta Julián Chave y Castilla”. Theory Now, 8, 1, pp. 81-107.

Talavera Cuesta, Santiago (2007): La fábula esópica en España en el siglo XVIII. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Uther, Hans-Jörg (2011): The Types of International Folktales. A Classification and Bibliography. Part I. Animal Tales, Tales of Magic, Religious Tales, and Realistic Tales, with and Introduction. Helsinki: Academia Scientiarum Fennica.

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