No es ningún secreto que no creo en la objetividad pura. La ciencia humana no queda libre de sesgos; de hecho, la defensa a capa y espada del rigor académico arroja no pocas preguntas sobre cómo se construye esa noción.
El empirismo, con su afán descriptivista y causal, ayudó a reorientar la percepción de los animales entre la aurora de la modernidad y el siglo XIX. Para entonces, naturalistas de Indias y zoólogos como Buffon comenzaban a tomar distancia de una interpretación netamente simbolista, avalada por un sistema epistemológico de marcada reverencia hacia las autoridades grecolatinas y cristianas: Aristóteles, Plinio, Isidoro de Sevilla… No obstante, ni siquiera esos amagos de experimentalismo emergente alcanzaron a ahogar el peso de la tradición, del interés económico y del utilitarismo humano; un legado de miedo, abuso y propaganda política, en el que no resulta fácil distinguir los regateos de quienes ostentaban el poder, siempre raudos para delegar sus culpas en otros más desprotegidos y menos audibles.
En este caso me estoy refiriendo al lobo. Pocas bestias hay más cargadas de significados peyorativos, más demonizadas y agraviadas que esta. ¿Injustamente? Dependiendo del ojo de quien mire. Al norte de España, en Asturias, me cuentan mis amigos que los agricultores evitan la iconografía lupina como si se erigiera en foco de infección. Responsabilizan a estas criaturas de los raptos del ganado, las envenenan, tienden trampas para aniquilarlas y algunos, incluso, exhiben sus cabezas colgadas de lo alto como trofeos macabros: un tributo a cierto modelo de masculinidad y un dardo disparado contra los gobiernos autonómicos.
Pero ¿de qué van a sustentarse estos carnívoros si los hábitats de sus presas se ven cada vez más fragmentados por las ciudades, carreteras y tierras de labranza? Y aunque no nos pusiéramos inmediatamente de su parte, si reconocemos que se trata de un problema complejo, ¿no bastaría con garantizar la salvaguarda de las reses —que, irónicamente, quizá más tarde devore una persona— y condenarlos al triste destino de la inanición? ¿Hacía falta burlarse, vejar sus cadáveres, pintar a su especie entera como la villana de una película en la que a nosotros se nos ha asignado el papel de héroes?
No será preciso que convoque a Caperucita ni que reviva a Félix Rodríguez de la Fuente para respaldar mis argumentos. Invito al lector a que se asome conmigo a un nuevo itinerario cultural a través de las láminas de una obra del Setecientos que mereció de manera temprana —y que mantuvo durante más de cien años— el calificativo indiscutible de clásico. Por supuesto, estoy aludiendo a la Historia natural de Buffon.
Nos fijaremos para ello en algunos de los grabados que acompañaron a sus ediciones. Observemos, primero, este publicado alrededor de 1837 y coloreado posteriormente a mano:
Dejando de lado la técnica, así como ciertas irregularidades anatómicas (e. g., el tamaño de las retinas y la forma de las pupilas de ambos especímenes), el dibujo se nos antojará revelador de la pedagogía antrozoológica de la época. La fauna salvaje —Canis lupus y Vulpes vulpes— no ha sido representada cazando por pintoresquismo ni por accidente: las entradas del conde recogían una amalgama de informaciones heterogéneas relativas a su dieta, costumbres, técnicas para capturarla, relación con el hombre y aun su sabor. La lógica compositiva de dichos manuales los arrima antes al género de la miscelánea, a la erudición exhibicionista de Eliano y a las forestas barrocas (dentro de una serie de parámetros geográficos y taxonómicos) que a nuestro concepto actual de enciclopedia animalística.
Tampoco se perdía de vista el componente didáctico. Así es, la fábula no muere con La Fontaine; resucita entre los mimbres buffonescos al calor de un cientificismo antropocéntrico y todavía especulativo, con arrebatos polímatas que no discernían entre la anécdota, el suceso maravilloso, la ficción engalanada de hecho veraz y el dato contrastado. Y cuando absolutamente todo estaba llamado a educar y entretener, hasta el más ínfimo trazo era susceptible de entenderse como la partícula de una cadena comunicativa que el receptor tenía que descifrar.
Aquí la moraleja queda clara. Lobo y zorro parecen sacados de un cuento esópico: uno engulle ovejas, el otro asalta gallineros. Las poses estatuarias, estáticas, que aparecen en otros compendios de su tiempo han sido descartadas en favor de una escena dinámica que transparenta la catadura ética de ambos depredadores. Los dos saquean y exterminan a los pobres súbditos que el hombre preserva para abastecerse de lana, huevos y carne. El raposo huye a la carrera del castigo que le aguarda; mientras tanto, el lobo —acaso más insolente— reta a quien contempla el grabado o lo vigila atento mientras destripa in situ al ovino. Ni retrocede ni se achanta; probablemente el artista era muy consciente de que así, colocado en esa pose, luciría peligroso y desafiante.
Constituían, a fin de cuentas, enemigos a abatir para la humanidad, porque esquilmaban las haciendas de latifundistas y pastores. Porque no se les ocurrió (o no quisieron barruntar) que, a lo mejor, nuestra especie había invadido sus territorios, que había reducido el censo de conejos y ciervos. Aquello no era relevante. Según la Scala Naturae, al hombre le correspondía una posición cimera, de privilegio, sobre los demás seres de la Creación. Ya había algunos que se planteaban con amargura —a veces parapetados tras las herramientas de la sátira— tal contradicción, impropiedad y asimetría. Pero considerar seriamente sus implicaciones incomodaba por aquellas fechas tanto o más que ahora.
Veamos otra ilustración fechada hacia 1880:
Me permitiré ser más conciso y enunciaré mi reparo vestido de interrogación: ¿qué necesidad había de incluir lo que semeja tratarse de una carcasa a los pies del cánido y de retorcerle el cuello en ese ángulo anómalo para que le muestre los dientes al espectador? Ninguna. Es más, su postura resulta antinatural: por un lado, el can encoge el cuerpo como si quisiese mantener a salvo sus órganos de una acometida lateral; simultáneamente, está arqueando la testuz y enseñando los colmillos como si fuese a pasar al ataque de un momento a otro. Más que una licencia artística, recuerda a un truco de montaje. Y uno poco logrado, a decir verdad.
El realismo gestual brilla —en definitiva— por su ausencia. He ahí otra dramatización que confirma estereotipos de lo más convenientes para conservar nuestro estatus de superioridad moral. Su efigie desborda lo estrictamente empírico para adentrarse en el apólogo pictórico: le loup deviene fiera sanguinaria y antropófaga, azote de los campos y los bosques. Su matanza quedaba, así, plenamente justificada.
El lobo no suponía una amenaza directa para nuestra seguridad, aunque su imagen terminó siendo eclipsada por la sombra de la perfidia, como se aprecia a continuación:
Para ser sincero, ignoro si esta última estampa proviene de la estirpe buffoniana o de otra fuente similar; ahora bien, comparte cuna decimonónica con las precedentes y refuerza una tesis progresivamente más tangible: el Canis lupus como asesino inmisericorde, como agresor de un tierno cervatillo que yace —¿finado, revolviéndose impotente?— bajo sus garras, como si hubiera sido transmutado en un delincuente que se atreve a exponer sus fauces tras haberse visto sorprendido en medio de un acto atroz.
El autor podría haber escogido como víctima a un ejemplar anciano, o haberlo retratado en convivencia con los miembros de su unidad familiar. La elección de la cría intensifica el morbo, acentúa el efecto sensacionalista y espeja mejor la idea que la cultura occidental había forjado de su especie: una criatura abyecta, voraz, despojada del parco atisbo de redención que podía ofrecerle el rol de alimentador de su camada. Y no porque se desconociera que actuaba en grupos —qué va—, sino porque (casi) nadie estaba dispuesto a concederle que sintiese cariño hacia los suyos. Porque el relato que habíamos levantado sobre ellos, el odio cocido a fuego lento durante milenios en el horno de la lengua y la literatura, se extinguiría de un soplido.
Una estrategia muy identificable —y demasiado humana— para escurrir el bulto y eludir el remordimiento que produciría en muchos la certeza de haber eliminado a unos animales que, en el fondo, no son tan diferentes de nosotros.
No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…
A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.
En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.
¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.
Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:
Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.
Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.
¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.
Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.
Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.
Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.
Ofrezco al lector la primera traducción al español de la que tengo noticia del breve tratado Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688), una compilación miscelánea de diversos métodos para proteger los campos de las invasiones de langostas en un contexto de inquietud por su expansión en distintos lugares de Cataluña.
Su interés reside en el amplio repertorio de estrategias que compila —zanjas, redes, fuego, enterramientos, recompensas por captura— y en la hibridez de un discurso que revela la movilización de diversos actores sociales (civiles, clérigos y autoridades administrativas) para paliar un evento considerado catastrófico.
Al margen de estas breves notas, el estudio introductorio de este documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Baste con advertir el peso de una religiosidad providencialista y disciplinaria, así como la variedad de tratamientos desplegados no solo para resguardar los cultivos, sino para exterminar localmente la especie.
Facilito al final un glosario con los términos más complicados.
Criterios de traducción:
Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a los signos de puntuación y a palabras y formas verbales que, por desuso o error gramatical, han sido sustituidas por otras equivalentes.
REMEDIOS PARA LA MATANZA DE LA PLAGA DE LA LANGOSTA, sacados de diferentes papeles, venidos a noticia del muy Ilustre Consistorio de Diputados del General de Cataluña, sacados a luz para el consuelo de los pueblos del presente Principado, a instancia de los muy Ilustres Señores Diputados y Oidores de Cuentas del General de Cataluña, para que cada pueblo escoja de aquellos los que le parezca más conveniente según el terreno.
SE EXHORTA A TODOS A QUE NO DEJEN DE HACER TODAS cuantas devociones puedan, para que Dios Nuestro Señor nos mire con ojos de su infinita misericordia.
Año 1688. En Barcelona: estampados por mandamiento de dicho muy Ilustre Consistorio, en casa de Rafael Figueró.
JESÚS, MARÍA, JOSÉ Y SAN JORGE.
SÍGUENSE LOS REMEDIOS.
EL PRIMERO ES EL QUE HA SACADO A LUZ EL REAL CONSEJO, el cual lo mandó publicar por todo el Principado, que es del tenor siguiente. Considerando su Excelencia y Real Consejo los lastimosos estragos que ha causado y amenaza la langosta, afligiendo diferentes términos del presente Principado, devastando en algunos totalmente los frutos y en otros en parte, ocasionando en todos los lugares adonde ha llegado daño considerable; y atendiendo a que se va cada día extendiendo de unos a otros distritos muy distantes, y que, además de las calamidades que se han originado hasta hoy de esta plaga, podrían resultar de ella otras mucho mayores en adelante, si, ayudados por la Divina Clemencia, los naturales no se desvelasen en prevenir los remedios que tan urgente necesidad demanda. Deseando su Excelencia la conservación y alivio del país, como
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materia de su primer cuidado, habiendo ponderado con mucha premeditación las circunstancias y consecuencias de este negocio de tanta importancia para el bien público, ha resuelto prevenir lo contenido en los capítulos siguientes.
Primeramente, reconociéndose que en todos los aprietos y aflicciones el principal y más eficaz consuelo se ha de implorar de la mano de Dios Nuestro Señor y de su infinita misericordia; por ello, su Excelencia ha puesto en consideración de los Prelados Eclesiásticos que dispongan con toda brevedad, y con el celo que corresponde a los oficios y cargos, las devociones más propias para aplacar la ira divina, como son plegarias, ayunos, votos, penitencias y otros actos de virtud y remedios espirituales; y para que no quede Nuestro Señor ofendido con escándalos públicos y delitos atroces, su Excelencia ha ordenado no solo que se evitasen semejantes desórdenes, sino también las ocasiones de que podrían suscitarse, lo cual con toda aplicación se va ejecutando; y se manda a los Ordinarios, así Reales como de Barones, que observen y hagan observar lo mismo, persiguiendo amancebamientos, juegos ilícitos y blasfemias contra la honra de Dios y de sus Santos, y cualesquiera otras cosas de mal ejemplo.
Ítem, por cuanto la voluntad de Dios Nuestro Señor es que por nuestra parte, con medios humanos, procuremos obviar esta plaga, ponderando que en tres tiempos principales conviene hacer las precauciones más esenciales. El primero, cuando las langostas se reúnen, tiempo en el cual se consideran dos operaciones de ellas, esto es, disponerse para incubar los huevos y el incubarlos inmediatamente. El segundo, después de haber puesto los huevos, y cuando, avivadas, están para volar. El tercero, cuando comienzan a emprender el vuelo y se dispersan por la tierra. Por ello, se irán proponiendo los remedios para cada uno de dichos tiempos en particular. En orden al primero, que es cuando se reúnen para hacer los huevos y cuando los tienen hechos, lo cual sucede en el mes de agosto, o en otro tiempo poco menos avanzado, se juzga muy importante que se labre la superficie de la tierra, y donde no se pueda labrar, que se cave; por ello se dice y encarga que se hagan estas diligencias con todo cuidado, y que las langostas, canutos y huevos que se hayan encontrado por medio de ellas se sepulten en unos hoyos, pozos o silos muy hondos, los que parezcan necesarios, que para este efecto se han de hacer; y que, puestas allí, se aplasten y cubran con cal viva, y después se rellenen de tierra, el cual medio se cree que es mejor que quemarlas, por la corrupción que dan cuando se queman y por otros peligros que podrían sobrevenir; advirtiendo que ha de haber
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seis palmos de tierra bien apretada con mazas o pisones, apisonándola como cuando se hace una tapia; y, últimamente, aplicándose encima un montón de tierra, para evitar que por los poros de ella transpiren los vapores corruptos.
Y aunque la cal viva se juzga ser el remedio más eficaz para consumir dichas langostas y su simiente, pero a falta de ella se habrían de ahogar dentro de unos vasos llenos de agua salada de mar, o de la dulce mezclada con sal, en la cual hubiesen hervido algunos medicamentos convenientes, como son cohombros amargos, o raíces y hojas de la misma planta, altramuces y otras cosas amargas que impiden la corrupción, y después enterrarlas en los pozos, como se ha dicho.
Ítem, en el segundo tiempo, en que dichas langostas estarán nacidas hasta que vuelan, con mantas, sábanas, ramas y otras cosas semejantes, se han de matar y soterrar en la forma sobredicha.
Ítem, en el tercer tiempo, en que comienzan a volar, se van dispersando por la tierra y no tienen bastantes fuerzas para volar muy alto, al cual tiempo también se reduce el estado en que caminan, se han de recoger asimismo con mantas, sábanas y otras cosas semejantes, y se ha de hacer lo demás que arriba está advertido.
Y por cuanto en el mismo tiempo muchas de ellas se lanzan por las acequias y por los ríos, se han de recoger en la forma expresada en los capítulos antecedentes.
Y respecto de que, hallándose las langostas en las orillas del mar, o en ríos, rieras u otras aguas, se podrían matar con un instrumento que los pescadores llaman cop, con el cual se pescan las lisas a la encandilada, y, entrando muy adentro en las aguas, podrían pescarse con el instrumento con que se pescan las sabogas, o con el propio llamado cop, y sepultarlas en la forma dicha en los capítulos precedentes. Por ello se usará de estos remedios conforme las circunstancias dictaren ser más conveniente, para que el pescado del mar o de aguas dulces no se infecte y dañe a la salud de los hombres, no permitiendo que quede en ninguno de dichos tiempos multitud de ellas sobre la tierra, o a la orilla de las aguas, ni dentro, antes bien soterrándolas en cuanto se pueda.
Ítem, se prevé que las diligencias arriba referidas se han de hacer una y muchas veces, y todas las que convengan, aunque sea por muchos meses; y para este efecto los Ordinarios Reales y de Barones darán las órdenes que sean menester, para que acuda al trabajo la gente que sea necesaria, sin que por causa tan precisa se exima en su caso persona de cualquier grado, estamento o condición que
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sea, así en contribuir al gasto como a la fatiga, y ayudar con todo lo que se ofreciere para esto, a lo cual también darán impulso los Consejeros, Jurados y Paeres de las Universidades, acudiendo los de una parte a la otra, conforme la necesidad y estado de las cosas dictare; y a este fin su Excelencia y Real Consejo destinará también los Ministros que sean convenientes.
Ítem, aunque se tienen esperanzas muy fundadas de que con las sobredichas y otras diligencias se preservarán las contingencias de infestarse las aguas, con todo, en caso de suceder esta desgracia, lo que Nuestro Señor no permita por su suma bondad, se encarga a los Ordinarios, tanto Reales como de Barones, que en cuanto hubiere recelos de esto hagan publicar pregones, prohibiendo con grandes penas que personas ni animales beban de dichas aguas sospechosas. Entendiéndose también comprendidas en esta prohibición gallinas, huevos y cualesquiera otras cosas en que recaiga sospecha de estar infestadas, cuyo uso se quitará totalmente.
Ítem, queriendo dar providencia a que por ocasión de las aguas no perezcan las personas y animales, ni se infecten los aires, se dice y manda que se cierren los pozos y balsas, haciendo paredes o palos para impedir la entrada de las langostas de la mejor manera que se pueda ejecutar. Y para que las sobredichas cosas vengan a noticia de todos, se ha mandado imprimir la presente Instrucción, que se envía a los pueblos más numerosos del presente Principado, para que los Vegueres, Alcaldes y demás Justicias de ellos, los Jurados, Consejeros, Paeres y Procuradores, así Reales como de Barones, y otros a quienes toque, ejecuten y hagan que se observe lo expresado en dichos capítulos, y todo lo demás que convenga para el remedio de que se necesita.
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OTROS REMEDIOS QUE HAN USADO la Ciudad de Lleida y otros pueblos circunvecinos, del tenor siguiente
El primero fue arar los rodales o partes donde están. Este remedio fue de poco provecho, pero yo lo atribuyo a que solo se aró una vez, y juzgo que aprovechará mucho si se hace del modo que he visto anotado por algunos doctores. Es decir: arando dos o más veces la parte donde están los canutos, una a lo largo y otra a través, y con las orejeras del arado o apero pequeñas, juntas y bajas.
Y si en las partes donde haya leña quisieran hacer hormigueros de aquella tierra removida, se aniquilará del todo la semilla, porque se quemarán los canutos removidos y los que no se hayan arrancado con la reja o el arado.
El segundo, y más principal, es escoger y separar los canutos de la tierra, y dar por ello una cantidad por cuartera, y poner estos en silos o zanjas bien enterrados, o arrojarlos al mar o al río, o quemarlos, regulándolo según los lugares y la cantidad que se recoja.
Otros pueblos donde la tierra sea más blanda y suelta usan unas palas de hierro con las que acostumbran a limpiar las eras, para raspar los lugares y partes de la cría; y después, en aquellas partes, poner leña y fuego.
También creo que sería buen remedio poner en uno o más montones la tierra removida y arada con los canutos, o hacer una zanja y enterrarla, porque, según se dice, ha probado un curioso que enterró unos canutos dentro de un cesto de tierra: solo nacieron los que puso en la superficie de la tierra; pero los que tenían cuatro dedos de tierra encima, y los que tenían más, aunque se avivaron al llegar el tiempo, no pudieron salir de debajo de la tierra, y se hallaron ahogados y muertos.
El segundo tiempo en que se debe matar la langosta es después de haber nacido, hasta que vuele; y en aquel tiempo los remedios de que ha usado esta ciudad y sus comarcanos son muchos.
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El primero es matarlas con unos mazos; y de este artificio solo se puede usar por las mañanas, o cuando el día está nublado, porque la langosta está en montones, como si fuesen enjambres de abejas, y la frescura la detiene y le da espera; que, haciendo sol, enseguida se dispersa.
El segundo remedio o artificio es hacer unas zanjas cerca de donde está reunida, y hacia la parte del sol naciente (porque de ordinario salta hacia esta parte); y después de estar hechas, con unas ramas irla tocando y guiando hacia la zanja, y enterrarla en ella; y de este remedio han usado muchos lugares de Aragón; y es remedio que también se puede hacer cuando vuela la langosta, pero solo es bueno para las mañanas y para los días nublados, cuando no puede volar alto.
El tercero es (si la tierra es llana) el rodillo o piedra con que se hacen y allanan las eras, tirado por un par de mulas; se hace pasar por encima de las langostas, y de este solo se usa por las mañanas y en días nublados, cuando se encuentran reunidas; y de aquel han usado algunos lugares del Urgel, como Torregrosa, y aseguran que mataron muchas; y lo mismo se puede hacer con una viga.
El cuarto es rodear el rodal o lugar donde está la langosta con paja de arroz, leña u otra broza, y prenderle fuego todo a un tiempo; e ir lanzando aquella broza, paja o leña dentro de aquel rodal donde está la langosta, y continuarlo hasta que el fuego esté extendido por todo el rodal.
El quinto, y más usado en Lérida, es el de los buitrones o lienzos, con un saco en medio, ancho por la boca y estrecho por el fondo; y, poniéndolos hacia la parte por donde va caminando la langosta, tocándolas o guiándolas, cuando ya el buitrón está bien negro de langosta, lo cierran, las hacen caer dentro del saco, y las llevan a unos hoyos (que se deben hacer) para enterrarlas y ahogarlas con la tierra que se les echa encima.
El sexto, y último, es el de mayor provecho, de tal manera que, aplicando cuidado, se mata toda, sin escaparse apenas una; y se mata con mucho descanso; verdad es que este remedio no se puede hacer sino en parte de acequias, y se ha de hacer según el agua y el terreno; y así se dice y advierte que se deben barrer bien y desbrozar las acequias, y, si puede ser, ensancharlas, dejándolas bien despejadas; y por cuanto al tiempo de avivarse la langosta, que es de ordinario a primeros de abril, crece la hierba de los ribazos o márgenes de las acequias, las aneas y otras hierbas que se hacen y nacen dentro de la misma agua, será bueno en aquel tiempo cortar las aneas y desbrozar, y sacar toda aquella hierba; porque, por poca que sea, se va deteniendo la langosta en ella poco a poco, y se forma una gran masa o remanso, y salen muchas.
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En las acequias que no llevan mucha agua y cuyo cauce o ribera no es alto, se hacen unos sacos de paño claro de jergón, poco menos anchos de lo que es la acequia, y en cada lado de la boca del saco se debe coser una barra un poco más larga que la boca del saco; y aquellas dos barras cosidas a la boca del saco se pondrán una dentro del agua, unos cuatro dedos, y la otra se atará con otra barra travesera, que se ha de poner de ribazo a ribazo, o de orilla a orilla de la acequia; y por eso ha de estar un poco abierto de cada lado el saco; y así el agua entra por dentro del saco, y con ella la langosta que trae, la cual queda dentro, y al agua no se le impide el curso, por ser la tela o paño claro. Y después, cuando parezca que hay allí langosta que puedan sacar los hombres destinados a este efecto, sacarán el saco con la langosta y la enterrarán en los silos u hoyos que tendrán allí preparados para este efecto. Advirtiendo que de tanto en tanto ha de haber un saco o parada de estas, tanto cuanto tenga de largo, o enfrente de la langosta que va viniendo, y uno más abajo del encuentro o frente que trae la langosta, para que, cuando se saca el saco para vaciar la que va pasando, venga a quedarse en el último saco, que está fuera del encuentro de la langosta.
En las acequias, empero, en que hay bastante agua y tienen el cauce o margen alto, se ha de poner una viga cuadrada de parte a parte de la acequia, no de derecho a derecho, sino al sesgo, y esta no ha de tocar el agua, y sirve de puente; y a la cara de esta viga gruesa se han de poner unas tres o cuatro estacas, que estén hincadas abajo en el suelo de la acequia; y delante de ellas se ha de poner un cañizo que llegue de parte a parte de la acequia, el cual se mantendrá con las estacas; y este cañizo ha de estar forrado con una tela de jergón, y no ha de entrar sino un palmo o una mano dentro del agua, para que no se impida su curso y corriente, y no se remanse, porque, si se remansa, queda el agua muerta, llega a las hierbas del margen, y se sale la langosta; y en el extremo más hondo, o más atrás de esta parada, se ha de romper el cauce o ribera de la acequia, haciendo una abertura arriba, en la superficie del agua, de tal manera que por ella salga un reguero, y con él saldrá toda la langosta, cayendo juntamente con el agua; y en esta abertura y salto del agua se pondrá un saco de tela de jergón con medio aro en la boca, formándolo como un arco de ballesta, y a cada lado del saco una barra que suba desde el fondo hasta la boca; y se pondrá al salto de esta agua de tal manera que la reciba toda, y con ella recibirá también la langosta que va encima, como espuma; y como
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el cañizo y la parada están al sesgo, lanza toda la espuma y superficie del agua, y con ella la langosta, al salto o abertura. Y cuando el saco esté lleno, se pondrá otro, y se irá a vaciar aquel en las zanjas o silos que tendrán prevenidos para enterrarla. Este es el mejor artificio y el más descansado que se ha experimentado, y se debe hacer en los lugares, esto es, donde salte la langosta, y más abajo de donde salte, buscando buen terreno, porque estas paradas no se pueden hacer en todas partes, sino haciendo las que parezcan ser más convenientes.
Para este remedio y artificio se advierten tres cosas; a saber, que se lance el agua de la abertura; se hará en las paredes de cañizo y anea, en algún brazal que esté bien hecho y limpio, y, si puede ser, que vaya al río o al mar, por si acaso hubiera algún descuido en los que asistirán y dejasen escapar algunas.
La segunda, y más digna de reparo, es que, por cuanto la langosta va siempre por el hilo y corriente del agua, y en las acequias hay muchas curvas donde se arrima, y se ha visto escapar mucha langosta en estos lugares, y en otros en que se vuelve y se remansa el agua, se dice que en estos lugares se pondrán trozos de caña o bastones bien lisos, hincados en el margen y, por el lado del agua, con la punta hacia abajo, siguiendo la corriente, porque de esta manera las cañas o bastones la devuelven a la corriente y al hilo del agua, sin darle lugar a agarrarse al ribazo ni a salirse. La tercera es deshacer los puentes, o hacer quemar broza allí, o que esté allí alguien que la desvíe; porque, si no se les impide el paso de los puentes, se entran por ellos en las huertas.
Tercero, o en el tercer tiempo en que se debe trabajar en matar la langosta, es cuando vuela; y en este tiempo el remedio es hacer zanjas hondas y hacerlas caer en ellas a la madrugada, al atardecer y en días nublados, cuando están torpes y no emprenden el vuelo (como se ha dicho). De este remedio se han valido algunos lugares.
Otros han usado algunos ciudadanos de esta ciudad, como son hacer humo en las heredades y, en lo fuerte del sol, mover el trigo o la cebada donde está la langosta con una soga que llevan dos hombres, etc., los cuales juzgo de poco provecho, y por eso no los refiero.
Y finalmente, para varios de estos tres tiempos, traen muchos remedios los doctores, y señaladamente Casio Dionisio en el tratado que hace de agricultura, libro 13, capítulo 1, donde refiere diferentes remedios; Juan Quiñones, en el dicho capítulo 3, que lo rubrica de esta manera: “Cómo se remedian los daños que hacen las langostas”.
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OTROS REMEDIOS VENIDOS DEL REINO DE ARAGÓN, del tenor siguiente.
Los remedios naturales humanos se dividen en tres diferencias de tiempo, porque en tres estados se pueden considerar y desterrar las langostas: conviene saber, en canutillos; cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y cuando son grandes. En canutillo se matan arando entonces las heredades y tierras donde las hay, con las orejeras de los arados bajas y los surcos juntos, que de ordinario son partes incultas y no labradas, dándoles algunas vueltas, se entierran y encubren los huevos y canutos, y los que no, sacándolos de su lugar y estando descubiertos encima de la tierra, el sol y las inclemencias del tiempo los consumen, o las aves se los comen; y así perecen muchas langostas que habían de serlo. Esta diligencia, por ser a los principios, es importante, pues mueren en los huevos antes de que nazcan. Esta efectuó en la ciudad de Huesca, por orden del Consejo Supremo de Castilla, don Juan de Quiñones, y dice que se mató entonces mucha langosta. La misma ejecutó en la villa y partido de Consuegra don Francisco Salvatierra, con consejo universal de todos los labradores, pues unánimes acordaron que tal remedio consistía en arar de dos rejas las tierras enlangostadas que por tales estuviesen con sus apeos. Pero esta labor convenía, para que fuese de provecho, hacerla dando los surcos juntos y las orejeras del arado bajas y cortas, porque de otra suerte no se conseguiría el fin de acabar con los canutillos. Y lo convence la razón, pues las orejeras en la forma referida, y la reja llevando juntos los surcos, rompen el canuto que topan y ponen los demás sobre la superficie de la tierra, para que lo consuman las inclemencias del cielo y aves del campo. Las tierras enlangostadas y dehesas que son de pasto común deben ararse de dos rejas y romperse a costa de los bienes comunes; y, si no tuvieren las comunidades para ello, entra la piedad y obligación de los Señores Diputados del Reino, para determinar y ejecutar lo que pareciere ser más conveniente.
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Cardano dice que, cuando la langosta está en canuto, que es cuando los huevos están metidos en la tierra, se ha experimentado que, quemando los campos y heredades donde están, se acaban y consumen, y no nacen de ellos las langostas. Aldrovando afirma que, con quemarse la superficie de las tierras enlangostadas, se consumen los canutillos; pero tengo por remedio más seguro el arar de dos rejas en la conformidad que se ha referido, pues se ha logrado de esta suerte el fin de extinguirlas en canuto en Andalucía, Castilla y la Mancha.
El segundo tiempo y estado de las langostas es cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y el remedio mejor es coger unos buitrones hechos de anjeo, anchos por arriba y estrechos por abajo, y seis u ocho personas en cada buitrón cogen gran cantidad de ellas, tanta que matará cada buitrón todos los días cinco y seis cahíces, según la langosta va creciendo; y después, metiéndolas en unos hoyos y cubriéndolas con tierra, las ahogan y matan. Pero se ha de hacer esto antes de que salga el sol que las caliente, porque con el fresco de la noche y mañana están entorpecidas y encogidas, y con el calor se alientan y vuelan, y no se cogen, o se cogen mal; y así todas vienen de partes cálidas, y no de frías, y el viento que de ordinario las trae es el Austro, y no el Aquilón.
Don Francisco Salvatierra asegura en una carta que escribió al Supremo Consejo de Castilla, y otra a don Juan de Quiñones, que solo en la Dehesa de Alcudia mataron y enterraron más de ochenta mil fanegas de langosta, y que constaba por los testimonios de los demás lugares haber excedido el número de quinientas mil fanegas, lo que parece, ciertamente, cosa increíble. Suelen darse a coger por celemines y fanegas, dando una cantidad por cada medida. Así lo dispuso el santo pontífice Estéfano VI en Roma, el año 885, y Hércules II, duque de Ferrara, el año 1542. Pero advierto que, como el remedio de los buitrones es tan eficaz, será necesario que se apliquen a ejecutarlo, sin reparar en el gasto, aunque contribuyesen con algunas partidas todos los lugares del reino; y por ser medio tan a propósito, compró en su comisión don Francisco Salvatierra más de treinta y tres mil varas de anjeo para socorrer los lugares enlangostados. Y no faltan libros y autores que señalan que las personas están obligadas a contribuir para atajar un daño tan universal y pernicioso contra la vida del hombre. Y así ensanchen, por amor de Dios, los corazones, y obren con eficacia antes de que se nos pase el tiempo y la coyuntura.
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El tercero y último estado de las langostas es cuando son grandes, y entonces es más dificultoso el remedio para atajarlas en común; pero los particulares podrán aplicar en sus campos alguno o todos los remedios siguientes.
Primero, colgar algunos murciélagos muertos en los árboles más altos que hubiere en las mieses; así lo escriben Casio Dionisio, Giraldo, Arabio y otros muchos autores experimentados. Segundo, coger muchas langostas y quemarlas en los mismos campos o en sus márgenes, porque, al llegar el olor a las demás, las deja sin sentido, y parte de ellas se mueren, o el sol las consume y acaba. Y esto es natural, porque lo mismo sucede en los escorpiones: que, si se quema uno de ellos, los demás huyen o se dejan coger; y en las hormigas, como se ve cada día por la experiencia, y tal vez sucede lo propio en los demás animales. La causa de estas operaciones no es fácil saberla, así como no alcanzamos en qué consiste la virtud con que el imán atrae el hierro y las piedras estancan la sangre. Olaus Magnus dice que, para sacarlas de las mieses, cojan unas teas de pino encendidas, y corran de unas partes a otras de los campos, y las harán huir. Estos y otros remedios trae nuestro Vicente de Beauvais de autores antiguos y experimentados. Los cuales se han ejecutado en Castilla, la Mancha y Andalucía muchas veces, enviando el Consejo Supremo un juez a las tierras enlangostadas, y con el dinero que liberalmente entregaba el rey nuestro señor de sus Arcas Reales, y con el que contribuían todos los lugares del contorno, se han librado de semejante plaga.
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OTRO REMEDIO EXPERIMENTADO EN LA HUERTA de Santa Clara de la presente ciudad de Barcelona, a la madrugada o a la tarde, cuando las langostas están más torpes.
El hortelano de dicha huerta, en la ocasión en que dicha huerta estaba en extremo afligida por la dicha plaga, tomó un cedazo o garbillo pequeño, cuyo palo tenía de altura cosa de dos palmos, y cuya tela era de pergamino. Y dicho hortelano, con dicho garbillo, de una pasada, iba sacudiendo las plantas de dicho huerto, haciendo caer cada vez muchas langostas dentro de dicho garbillo o cedazo; y casi al mismo tiempo volcaba dichas langostas dentro de un saco que un muchacho le llevaba a su lado; y, al tener dentro de dicho saco cosa de unos tres o cuatro cuartanes de dicha langosta, con el mismo saco la golpeaba contra la tierra con violencia, hasta tenerla muerta; y luego la enterraba en un lugar destinado, y volvía a hacer la misma diligencia; y en esta conformidad experimentó grandísimo alivio en dicha huerta.
OTROS REMEDIOS TRAEN LOS DOCTORES.
COMO es dar por dichas langostas una cierta suma de dinero por cuartera, como se experimentó en la ciudad de Milán en el año 1542, cuando en espacio de muy poco tiempo se llenaron doce mil sacos. Quiera Nuestro Señor, por su infinita misericordia, que estos remedios, u otros, aprovechen como deseamos. Sic fiat, fiat. Amén.
FIN.
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GLOSARIO
Aquilón: viento del norte.
Anea: planta acuática de tallo y hoja alargados que crece en la vereda de los ríos. También llamada ‘espadaña’.
Anjeo: especie de lienzo basto.
Austro: viento del sur.
Buitrón: red para cazar perdices y otros animales pequeños.
Brazal: canal secundario que sale de un río o acequia más grande para regar.
Cahíz: medida de capacidad para cereales cuyo valor variaba en función del territorio.
Canuto: según el Diccionario de la lengua española, es el “tubo formado por la tierra que se adhiere a los huevos que la langosta y otros ortópteros depositan después de haber introducido verticalmente el abdomen en el suelo”.
Cop: arte de pesca utilizado en la “pesca a la encandilada”; probablemente algún tipo de red o aparejo.
Cuartán: medida de capacidad para áridos inferior a la cuartera.
Jergón: colchón de paja, esparto o hierba.
Paeres: magistrados municipales catalanes. El término se asocia especialmente a la Paeria de Lleida.
Reja: pieza de hierro del arado que abre el surco en la tierra.
Universidad: corporación o comunidad municipal. En la documentación de época designa el cuerpo político-administrativo de un lugar.
Veguer: oficial real con jurisdicción en una veguería. Puede compararse con el corregidor de Castilla.
Este año proyecté a mis alumnos el cortometraje Sangre de unicornio (2013), de Alberto Vázquez, para inaugurar dos asignaturas del grado de Lengua y literatura hispánicas de la Universidad de La Rioja: Cine y literatura (tercer curso) e Historia del cine (cuarto curso). Aspiraba a sacarlos de la rigidez del programa, a mostrar la tónica general del curso, mi enfoque pedagógico y el uso de las herramientas que iban a aprender.
En una entrada futura examinaré el valor docente de la que se erige en su magnum opus: Unicorn Wars (2022), una cinta que bebe del argumento aquí esbozado. Ahora deseo fijarme en el potencial ecomitocrítico y desautomatizador de esta pieza breve, que encapsula en ocho minutos varios asuntos esenciales del largometraje. Llevaré —por tanto— a cabo un “close reading” que se corresponderá grosso modo con los puntos en los que hice hincapié durante mi clase.
El filme arranca con una escena aparentemente bucólica: dos unicornios —madre e hija— pacen con mansedumbre en una pradera roja. Existe, ahora bien, un elemento inquietante: el color de árboles y césped es rojo, no verde. El arte —deliberadamente expresionista— anticipa mediante su paleta cromática el contenido violento de la obra, así como su eje central: la búsqueda de la sangre del unicornio. Dicho ingrediente ya fue revestido de connotaciones impías en la saga de J. K. Rowling, Harry Potter, y reverbera con saberes naturalistas sobre las propiedades benéficas de los cuernos de estos équidos. Eliano y la iconografía medieval acreditan, respectivamente, que eran capaces de revertir los efectos del veneno y de depurar las aguas.
Su conexión con Jesús de Nazaret —en concreto, con las imágenes de su martirio— fue establecida por eruditos del medievo como Neckam. El narrador no lo oculta; de hecho, en los primeros compases enuncia esta evocadora profecía:
El unicornio es la bestia sagrada que señala el camino y guarda el portal. El unicornio es la llave y el unicornio es la puerta. El unicornio es la llave que abre la puerta. Maravillaos, pues, ante la obra de Dios, vuestro señor.
Un zoom al ojo del unicornio, bestia sagrada y purificadora, da paso al siguiente tramo, protagonizado por los osos de peluche Mofi y Gregorio. Desde el plano musical arranca con un tema de heavy metal: una fuerte disonancia acústica que nos alertará de las intenciones transgresoras de Vázquez. Las calaveras apiladas, la presencia de una rata, el paisaje encarnado y una iglesia en ruinas apuntalan visualmente este contraste con unas criaturas de felpa que en el imaginario moderno se pretenden dulces, buenas y aniñadas.
Mofi constituye un ejemplar modélico. En palabras de su hermano Gregorio, “era la superación de nuestra especie: lo que se dice un auténtico macho alfa”. Pero su aspecto enternecedor oculta un fondo perverso: humilla y abusa verbalmente de Gregorio, menos agraciado que él, tuerto como resultado del ataque de uno de estos animales y con sobrepeso por la ansiedad social a la que se ve sometido tras la disminución de su belleza. La voz en off explica este incidente y recupera las resonancias cristológicas a propósito de una etimología muy reveladora: “Dolor, del latín ‘dolor, doloris’. Uno: sentimiento, pena, aflicción de haber ofendido a Dios. Ejemplo: cuando el unicornio clava su cuerno a Gregorio en el ojo, le causa un inmenso DOLOR”.
Hay otro excurso intercalado durante la cacería de Mofi y Gregorio, de resabios asimismo medievales. El narrador regresa a su tono adivinatorio y formula una predicción apocalíptica que entrelaza la materia religiosa con la preocupación ambiental:
El día que el último unicornio fallezca, el suelo y el mar enfermarán, y el viento será vapor venenoso. Tan solo los ruines matarán al unicornio. Ese día llegará y cuando así sea, volverá la época en que el más espantoso de los demonios reinará otra vez sobre la tierra: el hombre.
Su vaticinio se cumple cuando Mofi atraviesa el cuello de la fiera con una saeta con punta de corazón. Su cría salta por un precipicio, presa del pánico, mientras Gregorio la contempla dubitativo. Frente al acantilado, Mofi reprocha a su pariente su ineptitud y, en un estallido de ira, el aludido lo arroja al vacío, consumando una traición cainita. Eso desencadena su metamorfosis en humano, cubierto por una bruma carmesí. Un nuevo zoom, esta vez a su cuenca ocular vacía —un agujero negro devorador—, clausura el corto con un paralelismo estructural que enfatiza la degeneración de nuestra especie.
A mi juicio, esta obra envía un mensaje transparente: el hombre nace de pecados como la ruptura del amor fraternal y la destrucción de la naturaleza. Es una reescritura bíblica de la antropogénesis en clave ecologista, o así lo interpreto yo. Mis estudiantes coincidieron con esta lectura; es más, el visionado de Sangre de unicornio les ayudó a comprender Unicorn Wars: una película más densa y con un desenlace ambiguo.
Si les enseñé Sangre de unicornio no fue solo para allanar la exégesis del otro celuloide. Ambicionaba —ante todo— disolver la pareja “adorable/infantil”. Aquí esta asociación no se verifica; al contrario, se vulnera para impactar al espectador y obligarlo a reflexionar sobre la superficialidad de las apariencias.
El gesto de Vázquez no es únicamente estético, sino ideológico. Ojalá alguien aplicase un ácido similar a la dupla formada por la LIJ y la fauna antropomórfica, cuna de innumerables prejuicios.
Que los textos hablan y cuentan historias es una realidad; que ocultan y maquillan otras, también lo es.
La filología de corte más positivista rechazaría, sin duda, cualquier especulación que pretendiese ir más allá de lo que un escrito refiere literalmente. Eso no significa que lo niegue; afirmará que no existen evidencias empíricas. Hasta ahí, todo correcto. Pero puede que haya indicios más o menos fuertes que apunten a lecturas alternativas.
“¿A qué viene este devaneo epistemológico?”, se preguntará algún lector no muy acostumbrado a lidiar con corrientes de pensamiento distintas de la suya. Es —en parte— la manera de afianzar una postura intelectual no dependiente de escuelas, que se resiste a aceptar como prueba incontrovertible de la veracidad de un hecho la ausencia de datos que lo cuestionen. Eso me acerca a los planteamientos de los teóricos de la sospecha y a los paradigmas relativistas, en ocasiones eufemizados bajo fórmulas como “conocimiento situado”.
Del pavor que produce a algunos la carencia de certezas a las que aferrarse no me ocuparé aquí. El objetivo de mi digresión consiste en allanar el camino de un método para abordar los textos que mencionan a la fauna más allá del seguimiento ad pedem litterae y del simbolismo y la metáfora, dos vías ya problematizadas en entradas anteriores.
Tomemos como ejemplo el poema “Muerte del pajarito”, presunta elegía al gorrión de la amante de Catulo, Lesbia (Clodia). No me interesa ahondar en los vaivenes románticos del veronés ni en la identidad de su enamorada. Ha corrido ya mucha tinta sobre estos asuntos. Lo que propongo es una interpretación posible (no la única ni —necesariamente— la correcta) de las composiciones fúnebres tributadas a animales.
Copio algunos versos de la edición de Ramírez de Verger:
¡Llorad vosotros, Venus y Cupidos
y todos los hombres sensibles!
Ha muerto el pajarito de mi amada,
el pajarito, delicia de mi amada,
a quien quería más que a sus propios ojos:
era dulce como la miel, conocía a su
dueña como una hija a su madre
y no se separaba de su regazo,
sino que, saltando de aquí para allá,
solamente a su dueña continuamente piaba.
[…]
¡Enhoramala vosotras, malditas tinieblas
del Orco, que devoráis todas las cosas bellas:
me habéis robado tan bello pajarito!
¡Qué desgracia, que ahora por tu culpa,
pobre pajarito, los ojos de mi amada
están rojos e hinchados de llorar!
El texto se nos antojará contradictorio: por un lado, deplora la defunción del ave, pero a la vez le imputa haber turbado el ánimo de Lesbia. No pasemos por alto el papel de las figuras literarias en este fragmento: la exclamación retórica de los últimos tres versos sugiere que esta atribución de responsabilidad es una exageración, un exceso emotivo circunstancial, pues —en rigor— lo que ha provocado su deceso es el destino (concretamente, “el Orco”). Por otra parte, el lenguaje del primer tramo bebe de los campos léxicos del sentimiento (“quería”), las relaciones filiales (“hija”, “madre”) y lo gustativo (“delicia”, “dulce”, “miel”), dibujando un recuerdo genuinamente afectuoso.
He aquí la batería de interrogantes que traslado al poema: ¿hasta qué punto y por qué razón llora Catulo la pérdida del pajarillo? ¿Solo porque aflige a Lesbia? ¿O hay algo más…?
Una exégesis restrictiva se conformaría con eso. Catulo lo subraya en los versos finales: “ahora por tu culpa, pobre pajarito, los ojos de mi amada están rojos e hinchados de llorar”. No era su mascota, sino la de su amante. Tiene sentido. Pero ¿quién nos dice que Catulo no se conmoviera personalmente por la suerte del gorrión, al margen del disgusto de Lesbia? Quizá había jugado con él, lo había alimentado, lo había acariciado o le gustaba oírle cantar; aunque eso no lo anuncia abiertamente. Sí admite que era dulce y hermoso, tal vez por tratarse del capricho de su querida. En otras palabras, según esta lectura, la honra funeraria del ave sería una coartada para expresar sus afectos hacia otro ser humano.
Pero ¿y si no era solo eso? ¿Y si Catulo apreciaba con honestidad a aquel pájaro y sintió dolor por su desaparición? En tal caso, ¿por qué esconderlo? ¿Por qué desplazar el foco del duelo hacia Lesbia? Acaso por temor a ser tildado de afeminado o pueril. Desde un punto de vista social, resultaría más aceptable manifestar su angustia por Lesbia que hacerlo por una simple avecilla. El pretexto invierte así su polaridad: el sufrimiento de su amada es —además— el suyo, aunque no lo declare de ese modo.
Esta interpretación “a contrapelo” no pretende ser indiscutible ni definitiva. Si la comparto es porque en su embrión reside una de mis intuiciones principales: que durante milenios los autores (hombres) han escondido sus emociones hacia otras criaturas con tal de no convertirse en objeto de burla para sus pares.
Aspiro a demostrar con tiempo que mi corazonada posee visos de razón ignorados por falta de hábito, por desinterés o por pura inercia cognitiva.
Hasta entonces, que el gorrión de Lesbia descanse en paz.
Asomarse al arte medieval se asemeja, a menudo, a contemplar un museo de monstruos con un caleidoscopio: a través de sus lentes prismáticas se perciben colores abigarrados y siluetas extrañas que rara vez resultan ser lo que parecen a simple vista.
Tal es el caso de las liebres venadoras incrustadas como miniaturas en códices ingleses y alemanes, que también recoge el Bosco en su famoso tríptico del Jardín de las Delicias. Si prestamos atención al panel de la derecha alcanzaremos a divisar un variado elenco de figuras grotescas padeciendo horrores inimaginables. Este paisaje, que nada tiene que envidiar en su capacidad sugestiva al infierno descrito por Dante, presenta una pintoresca galería de tipos condenados por la religión: herejes, jugadores, monjas lujuriosas… Entre ellos captará nuestro interés un lepórido de estatura humana que sopla un cuerno de caza mientras transporta —colgada de una lanza— a una persona apiolada.
En comparación con otras de las figuras que adornan la obra, dicho lagomorfo no ha suscitado apenas debate. Cualquier especialista en el medievo o el Siglo de Oro reconocerá en él las huellas de un tópico de larga solera: la impossibilia, el mundo del revés. Este dispositivo pretende transgredir de manera puntual las reglas lógicas que gobiernan el mundo; opera, por tanto, como el carnaval sobre el que disertó Bajtín: se trata de una vulneración de las normas momentánea, paródica y consentida por los de arriba, que no debe interpretarse como un gesto de rebeldía. Para el caso que nos atañe, no quiere decir que las liebres estén autorizadas a asesinar humanos como represalia por haber sido sus presas durante milenios, en una suerte de venganza poética de la naturaleza; más bien, que ante un escenario burlesco o terrible —como el que aquí dibuja el neerlandés— se podría llegar a concebir el castigo de los pecadores de nuestra especie a manos de un conjunto tan aparentemente inofensivo como el de los lepóridos.
Era, en otras palabras, una manifestación de lo absurdo, de lo inverosímil… Pero ¿era solo eso?
El mero hecho de que hubiese creadores que se planteasen qué sucedería si las bestias pagaran al hombre con su misma moneda resulta, a mi juicio, muy revelador. Descubre ansiedades, inquietudes latentes, formuladas como chiste para provocar la risa. Pero ¿acaso no nos carcajeamos para aliviar tensión? ¿No bromeamos con cuestiones que nos preocupan para tranquilizar nuestra conciencia?
El animalismo quizá haya nacido en la época contemporánea; con todo, la incomodidad que nos produce la matanza de otras criaturas deviene un sentimiento atemporal.
¿Cómo sería escribir música pensando en un destinatario no humano?
No sé si alguien habrá llevado a cabo este curiosísimo experimento. Con todo, si la realidad no nos proporciona unos antecedentes claros, la ficción sí puede servirnos para ahondar en esta pregunta.
Estas Navidades —en parte, por motivos de trabajo— he visto entero Wolf’s Rain, un anime de culto del 2003. Su argumento puede condensarse en pocas líneas: unos lobos buscan el Paraíso a través de paisajes devastados por guerras humanas. Dichos animales son capaces de proyectar ilusiones para camuflarse entre nuestra especie y saben comunicarse verbalmente, así que podríamos calificarlos como “antropomórficos” (véase al respecto mi entrada anterior). La serie, eso sí, no cae en el cliché de amansarlos al estilo de las bestias sometidas por santos cristianos —como, entre otros, Francisco de Asís—, aunque juguetea con imágenes pastoriles de tierras verdes, pacíficas, donde nuestros personajes pueden recuperar el aliento por un breve instante.
La canción que voy a reseñar se escucha en uno de esos oasis: un edén engañoso, erigido a la umbría de una montaña y dotado de agua, fauna y flora en abundancia. Kiba —el protagonista— cree haber hallado el reposo que tanto anhelaba. Mientras él se deleita en una pradera ubérrima, se oye de fondo la siguiente letra interpretada por la cantautora brasileña Joyce Moreno:
Run, wolf warrior, to ends eternal, through the wreckage of the death of the day. Scent of silence under starlight spinning, a captured beast within a human skin.
[…]
Are you searching for long lost landscapes, lit by flowers and crystal cascades? Where the lamb lies down with the lion, where the wolf is one with the wild.
[…]
Are you hunting for mystic mountains, where the air is like liquid laughter? Where the beasts inherit the earth, where the last again will be first.
El lector versado en la Biblia no pasará por alto las resonancias neotestamentarias de los versos que he subrayado. Voy a enfocarme en los dos últimos. Traduzco: “[Montañas místicas] donde las bestias heredarán la Tierra, donde los últimos serán los primeros”. Ambas citas están sacadas de dos pasajes del Evangelio de Mateo. Esta pista musical sacraliza al lobo —un oxímoron, teniendo en cuenta los esfuerzos seculares de la Iglesia para demonizarlo— y hace algo muy interesante: enuncia una profecía religiosa conforme a la cual el Canis lupus y otras criaturas han sido designadas por Dios para gobernar el globo, en detrimento del hombre. Es decir, se carga de un plumazo milenios de adoctrinamiento antropocéntrico a través de una reescritura parcial de la materia bíblica y reconoce, en el proceso, que la cultura ha relegado a un asiento de segunda fila a los animales (“los últimos serán los primeros”), en un acto de compensación divina.
Podría pasarme días alabando las virtudes de Wolf’s Rain y de su banda sonora, coronada por la dirección magistral de Yoko Kanno, pero va acercándose el momento de cerrar este hilo. He traído esta pieza aquí porque ofrece un ejemplo singular de empatía hacia otras especies desde el sector del entretenimiento. Aun así, no cabría considerar Wolf’s Rain como una obra militante. Su objetivo tampoco consiste en irradiar una pedagogía ecologista o animalista, pero al situarnos bajo la piel de un elenco de actores no humanos, tuvieron que plantearse cómo sería componer para ellos desde un lenguaje y unos tópicos que emanan —ahora bien— del acervo cultural de la cristiandad.
El ejercicio que acabo de emprender se puede llevar aún más lejos. Agradeceré señalamientos, sugerencias y contribuciones de quien desee añadir a la lista de reproducción más canciones que se atrevan a descentrar de su foco al hombre.
Hace una semana estaba retocando un artículo y decidí incluir en nota a pie de página una referencia a San Guinefort. Si al lector no le suena el nombre de este santo, no debe extrañarse; de hecho, no puede considerarse como tal, ya que ni siquiera es humano.
Transcribo sintéticamente la historia de este lebrel, de acuerdo con el relato recogido por el dominico Esteban de Borbón en De supersticione (siglo XIII). Un día, un caballero de Lyon se marchó de caza. A su regreso, reparó en dos indicios alarmantes: en primer lugar, su vástago estaba ausente y, por último, las fauces de su perro lucían ensangrentadas. Su aritmética fue instantánea y el veredicto, fatal: mató al can solo para descubrir —algo más tarde— a su heredero reposando intacto junto al cadáver de una víbora. Guinefort lo había salvado. Arrepentido, su dueño le erigió una tumba: un espacio de culto que visitaron los campesinos de las inmediaciones de Lyon durante más de medio milenio para solicitarle al prodigioso lebrel que protegiera a sus retoños y curase sus enfermedades.
Hasta ahí la fábula. La llamo así porque —en honor a la verdad— dicho suceso nunca ocurrió: fue una leyenda urbana y una narración de origen oriental, conforme al catálogo tipológico del cuento folclórico internacional elaborado por Aarne, Thompson y Uther (ATU 178). Quizá nos fascine que un acontecimiento no real inspirase tal devoción durante el medievo francés. Tal vez nos sorprenda menos la respuesta oficial de la Iglesia ante el nacimiento del culto: declararlo herético y tratar de erradicarlo a toda costa.
Jean-Claude Schmitt desgranó con inmensa lucidez este fenómeno en una de sus obras más emblemáticas: La herejía del santo lebrel. Lejos de imitarle o de resumir su libro, haré hincapié en el motivo por el cual fue censurada la veneración hacia Guinefort y jamás se le concedió legitimidad dentro del canon eclesiástico. Sencillamente, porque Guinefort era un perro, no una persona. A buena parte de la teología le ha incomodado desde siempre la sospecha de que la humanidad no sea la especie preferida de Dios, diseñada a su imagen y semejanza, y —por consiguiente— destinada a gobernar el globo en régimen de delegación divina. A las gentes del pueblo las ínfulas de control ideológico de la Iglesia no les importaban: solo querían mantener a salvo a sus hijos en épocas de alta mortandad infantil, con independencia de a quién tuvieran que rezar.
No me compete a mí juzgar si aquella desviación de la ortodoxia católica era lícita o, cuando menos, razonable. Tampoco sería justo, siglos después, cargar tintas contra el estamento clerical de antaño. Lo que me interesa es la reflexión que se desprende de aquí: como acredita el caso de Guinefort, la idiosincrasia europea se ha construido mediante el rechazo sistemático de la animalidad, una tesis con ramificaciones de calado y un impacto ético, político y ambiental tremendos. A la fauna la hemos expulsado del santoral, le hemos negado su inteligencia, la propiedad de experimentar sensaciones y emociones (véase el automatismo cartesiano), y sobra decir que no pocos de los derechos que hoy se le empieza a otorgar en determinados países.
¿La razón? El miedo a no ser especiales, a no ostentar privilegios frente a otras criaturas. Hay excepciones a esta norma —ahí está Francisco de Asís—, pero son irregularidades, arrugas que no alteran el tejido de un pensamiento casi homogéneo.
Menos mal que en este blog nos gustan los patrones moteados, escamados y rayados…
Hace años se filtró en Internet el vídeo de un cazador pateando a un zorro. Confieso que no fui capaz de verlo entero. La sonrisa orgullosa de aquel hombre, unida al estado deplorable del animal, acabó por revolverme las tripas y tuve que detener la reproducción.
Hace menos tiempo aparecieron varias cabezas de lobo colgadas junto a una carretera de Asturias. Una vez más, mis ojos se volvieron vidriosos y me vi forzado a retirar la vista.
El primer caso se pretendía celebratorio: un humano se alzaba triunfal sobre una alimaña que estraga los gallineros; un “valeroso” montero dando rienda suelta a sus impulsos sanguinarios por el poder que le otorgan una escopeta y una licencia de caza. El motivo es antiguo y lo podríamos emparentar con los relatos de guerreros que exterminan sierpes —como San Jorge— y con deidades y héroes que benefician a su clan aniquilando a la naturaleza salvaje o domesticándola. El escenario que nos ocupa, sin embargo, queda ayuno de lustre cultural: la pobre criatura, víctima de un tormento inimaginable, fue borrada del mapa para convertirse en causa de risa y en trofeo venatorio.
El segundo caso resulta igual de lamentable, pero aquí cambia el propósito: los cráneos de los lobos —un macabro tributo a la brutalidad del hombre— pretendían enviarle al gobierno un mensaje en favor de los ganaderos. Para problematizar dicha conducta basta con desliar dos de los hilos que componen su enmarañada madeja: ¿para proteger la hacienda de los granjeros es preciso extinguir la fauna autóctona?; y ¿verdaderamente hace falta mantener rebaños destinados a nuestro consumo?
Un lazo fino —casi invisible— anuda ambas manifestaciones de violencia: el animal en ellas se desdibuja. No es más que un instrumento, un pretexto, blanco de burlas y un arma arrojadiza para enfrentarse a las políticas regionales. Es, en definitiva, un objeto.
La historia de la cultura humana se erige, a la par, en la historia de la objetivación de los animales. Y de las mujeres, así como de etnias distintas de la dominante. Todo lo que se desvía de la norma de un grupo homogéneo (de un mismo sexo, raza o civilización) cae en el campo de la “otredad”. Poco a poco, la academia va aproximándose a cuestiones que no habían interesado demasiado en otras épocas; el conjunto animal, no obstante, continúa siendo el “patito feo” dentro de esta serie de indagaciones.
Muchos libros sesudos se han escrito sobre la fauna en calidad de símbolo de tal o cual virtud, o como tema que expresa una ambición, temor o deseo de nuestra especie. Pero, paradójicamente, la mayoría de sus eruditísimos autores no han sabido o no han querido ver a los animales. Su designio era muy diferente: trazar las líneas maestras del imaginario (humano), descifrar alegorías (humanas) y averiguar qué se había afirmado sobre determinadas personas a través de metáforas animalísticas. Estas simplificaciones están a la orden del día incluso en la charla del supermercado: cuando sostenemos —sin matices— que los perros se caracterizan por su lealtad o que los gatos son independientes no describimos rasgos reales, sino que adjudicamos etiquetas con base en viejos estereotipos. Negamos la individualidad de los ejemplares concretos y los transformamos en representaciones abstractas de valores morales; en personajes de la fábula esópica, en blasones heráldicos, en emblemas de Alciato… La literatura y el arte nos han suministrado millones de ejemplos de esta tendencia reductiva.
Alguien debe reaccionar ante esta omisión, ante este callamiento clamoroso. Y así está sucediendo desde corrientes científicas como los estudios de animales, la ecocrítica o las humanidades ambientales. No es —nunca será— suficiente: necesitamos voces nuevas, tanto experimentadas como jóvenes, que se sumen decididas a este grito.
En este blog me dirijo a aquellos lectores con sensibilidad hacia otras criaturas. Me liberaré aquí del corsé del estandarizado registro académico, más preocupado por ajustarse a pautas institucionalizadas que por sonar auténtico. ¿Mi meta? Dar voz a quienes carecen de ella, sacar a los animales del archivo —del silencio de las eras—, dignificar sus vidas y reconstruir su memoria.
Valga esta primera huella como firme declaración de intenciones.