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PIO (Pensar, Imaginar y Observar): programa de concienciación ecológica para alumnos de educación primaria

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Este material docente se inscribe en el proyecto AVECINAS-CM: “Las aves como vecinas: exploraciones en torno a la reconciliación ecológica en la Comunidad de Madrid” (PHS-2024/PH-HUM-354).

Quienes nos adentramos en la enseñanza universitaria por la vía de la investigación no siempre estamos familiarizados con los problemas cotidianos de los maestros de escuela. Nuestro mundo gravita alrededor de una montaña de revistas y plazos cronometrados. Se trata, a menudo, de una carrera contrarreloj. No obstante, tras mi experiencia impartiendo un taller en un centro de educación elemental, he quedado plenamente convencido de que el esfuerzo sobrehumano que acomete el profesorado de primaria es digno de los mayores elogios, pues debe ser considerado a la par una maratón y una carrera de obstáculos.

Como una de las actividades del proyecto AVECINAS, un conjunto de académicos organizamos una clase temática en las castizas Escuelas Aguirre: uno de los motores de la pedagogía igualitaria desde su fundación en el Madrid de finales del siglo diecinueve. Bajo el ala “madrina” de Eva Aladro, dimos unos contenidos que debían allanar el camino a la actividad de “pajareo” que vendría después. En GIECO —como colaborador asiduo, me incluyo bajo esta etiqueta— nos enfocamos en nuestra especialidad: la literatura analizada desde un ángulo ecocrítico. El año pasado otras compañeras (Clara Contreras y Xiana Sotelo) se hicieron cargo de un ejercicio parecido; en esta ocasión, Montserrat López Mújica y yo fuimos los elegidos para representar al equipo en las aulas infantiles.

Veterana del magisterio de la tiza y la pizarra, Montserrat (Montse, en adelante) tomó la iniciativa y preparó una base de textos que desplegar ante el alumnado. Entre los dos moldeamos ese repertorio hasta crear un itinerario óptimo, que cubriese algunos puntos clave para la didáctica en humanidades ambientales: el simbolismo que oscurece la existencia material de los animales, el antropomorfismo que acalla su voz y, por último, la complejidad afectiva de los vínculos entre especies.

El guion era sencillo, calculado al milímetro, previsiblemente fácil de realizar dentro del intervalo que nos habían asignado. O eso pensaba yo. Cuando de golpe y porrazo más de cuarenta chiquillos manifestaron su entusiasmo levantando la mano, mi cerebro se sintió tan saturado como Windows ante la amenaza del Moby Dick de la informática: la temida pantalla azul. Acostumbrado a estudiantes más tranquilos, adormecidos a ratos, aquella erupción volcánica de “yos” me hizo enmudecer. Montse me lo había avisado, pero yo no predije una reacción tan extrema.

Comprendí entonces el acierto de disponer de un dispositivo breve y pautado: la sesión, que había empezado algo tarde a causa de dificultades técnicas, iba a alargarse todavía más gracias a las contribuciones de unas criaturas rebosantes de motivación.

Seguidamente ofrezco el esquema de una clase concebida para tercero y cuarto de primaria, unido a la crónica e interpretación crítica —en cierto sentido, etnográfica— de su avance, sus retos, sus atinos y los encalladeros que obstaculizaron su marcha.

Convenía un acercamiento suave que activase los marcos de referencia previos de nuestros discentes antes de meternos en materia. Una herramienta participativa, un gesto de empatía y de buena voluntad hermenéutica. La pregunta “¿qué pájaros conocéis?”.

Se alzó una avalancha de vocecillas tiernas a grito de “yo, yo, yo”. Seleccionar a cualquiera de ellos arrancaba sonoros “jo…” a los demás y bufidos cargados de exasperación. Como mejor pude, intenté señalarlos al azar sin repetir caras. Sus respuestas se me antojaron muy reveladoras: entre los pupitres revolotearon palomas, gorriones, cuervos, patos, búhos, pingüinos, loros, flamencos, gallos y gallinas… Fue invocado —si no me falla la memoria— el canario y creo que también alguna especie exótica, pero todo quedaba sepultado bajo una masa uniforme de aves urbanas y audiovisuales, así como de lo que hoy denominamos “fauna carismática”.

De esa lista no costará deducir que, con excepciones puntuales, la mayoría carecía de un contacto sostenido con las aves. La solución a nuestra siguiente duda (“¿dónde los habéis visto?”) caía de maduro: en las granjas, en jaulas, en las calles y, más probablemente, en la televisión —o, en su defecto, el streaming— y los libros infantiles.

El humilde herrerillo, el carbonero y el mirlo canoro no habían comparecido ante un tribunal tan exigente. No es de extrañar. La ornitofilia es algo que debe cultivarse en la crianza doméstica y en las escuelas. Si no se integra en el currículo formativo, el niño seguramente ignorará que el verdirrojo pito ibérico es pariente del célebre Pájaro Loco. En eso consistía nuestra misión, en tender un puente entre los animales de tinta (o de píxeles) y los que vuelan fuera del papel y las pantallas, fomentando el conocimiento científico, la concienciación ecológica y el desarrollo de valores cívicos. Esa era la esencia del proyecto AVECINAS y, más concretamente, el alto objetivo encomendado a GIECO.

Tras esta primera marabunta, quedó claro que nuestro enfoque era el correcto. Había que dar un baño de realidad ornitológica a los educandos, pero no podíamos desbaratar de un plumazo sus vivencias, modelos e ideas. Debíamos partir de ese océano mediatizado para arrimarlos a la balsa del compromiso medioambiental.

El segundo paso en esta travesía nos llevaba a introducir la diferencia entre los pájaros de los relatos y los de carne y hueso. Unos hablan y enseñan; otros cantan, surcan los aires y se ocupan de sus asuntos. Era crucial que asimilasen que la fauna, fuera de los cuentos, tiene familia y metas propias; que no están ahí para entretener, para servir o para endulzarnos el día con sus gorjeos, sino que poseen vidas autónomas, únicas y valiosas. Lo formulamos mediante una cuestión incisiva: “¿Los animales de las historias hacen lo mismo que los animales de verdad?”.

Una catarata de “yos” más tarde, llegamos a la enjundia del programa. He ahí otro escollo o —más bien— un choque con las expectativas del investigador recién aterrizado en la primaria: en nuestras aulas, mataríamos por obtener una ínfima parte de ese nivel de implicación. Allí, en cambio, interrogantes que debían resultar dinamizadores disparaban réplicas no siempre certeras, puntualmente digresivas o en exceso prolijas. De ahí extraje una lección muy importante: había que progresar a buen paso, sin desvíos, sin detenerse. De hecho, a veces el vocerío era tan intenso que para reanudar la sesión me veía obligado a menear una campanilla con la energía del fraile que llama a maitines.

Hecho este repaso, examinamos el primer fragmento de un poema de Gloria Fuertes: “El pájaro”:

El pájaro canta

aunque no tenga escuela,

aunque no tenga partitura

ni profesor de música.

Canta porque tiene

el corazón contento

o porque el aire le cosquillea

las alas y el pico.

Canta porque sí,

porque está vivo.

A continuación, lanzamos estas dos preguntas a nuestro público:

  1. ¿Canta porque está contento?
  2. ¿Tiene profesor de música?

Muchos opinaban que sí, que estaban felices de transitar los vientos; otros parecían más cautelosos. El desmontaje corrió de nuestra cuenta: les dije que la autora estaba proyectando sus sentimientos en las aves en un alarde de antropomorfismo; que quien sentía alborozo al verlos era ella, que los pájaros andaban a lo suyo y que descifrar sus emociones no era una empresa trivial. Hubo quien objetó mi aclaración aferrándose a que podían experimentar alegría de todos modos. En ese momento tuve que transmutarme en diplomático y concederle estratégicamente que aquella era una posibilidad de tantas. ¡De poco sirve que el profesor pierda la compostura! La letra no entra con sangre ni con decibelios —o eso defiendo yo—, sino con una generosa aplicación de mano izquierda.

En cuanto al segundo interrogante, agradecí el apoyo de Manuel Andrés Moreno (nuestro biólogo infiltrado), quien ayudó a explicarles —entre otras muchas precisiones técnicas repletas de amenidad y erudición— la mezcla entre instinto e instrucción paternal que imprime su sello en las tonadas de las aves: una píldora zoológica para estimular la lectura crítica, atenta a tendencias humanizadoras y sesgos antropocéntricos.

El siguiente jalón del recorrido no era un escrito, sino un vídeo de YouTube que dramatizaba cierta fábula de La Fontaine (una que, en puridad, procedía de Esopo): “El zorro y el cuervo”. Facilito el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=0KrySmDhj68

En otros sitios he censurado el uso de los productos audiovisuales en calidad de anzuelo con el que pescar el evanescente interés del estudiantado. Tal práctica no solo promueve una modernización artificial, sino que degrada —a través de su instrumentalización— los méritos de la cinta, corto o videojuego empleados. Hay que reconocer, sin embargo, que resultan tremendamente efectivos y que proporcionan un respiro necesario a un docente cansado de lidiar con interrupciones y comentarios casi constantes.

El vídeo de arriba utiliza un tono humorístico e infantil. Constituye, así, un documento paradigmático para estudiar el antropomorfismo. Por eso lo escogimos. Por eso y por su condición de clásico. Trasladamos estas dudas al aula:

  1. ¿Por qué el cuervo pierde el queso?
  2. ¿Por qué los animales de las fábulas hablan y se comportan como personas?

La primera conduce a la segunda: el raposo se aprovecha de su vanidad. Pero esa es una cualidad humana que nosotros atribuimos a los animales de los textos, no un rasgo genuinamente suyo. A todos se les antojó obvia esa conclusión: los apólogos son archivos de patrañas, no sucesos que acontecieron de verdad. ¿Por qué se narran? Para transmitir una moraleja, una doctrina a las personas. Era fundamental que entendiesen eso: que la literatura no presenta a las aves —y, por extensión, a las bestias— como verdaderamente son, sino como a nuestra especie le conviene que sean.

Nos avecinábamos al cierre de nuestro módulo y tocaba saltar a uno de mis vates favoritos: Catulo. Sus estrofas dejan un regusto lloroso, salado, en el paladar. Sospechaba que podían atragantarse con las referencias cultas al Hades, así que no me quedó otro remedio que traicionar los versos del veronés y cristianizar su inframundo. Con todo, la jugada salió bien. He aquí el trozo que reprodujimos:

Ha muerto el pajarito de mi amada,

el gorrión, delicia de mi amada,

a quien quería más que a sus propios ojos:

era dulce como la miel, conocía a su

dueña como una hija a su madre

y no se separaba de su regazo,

sino que, saltando de aquí para allá,

solamente a su dueña continuamente piaba.

Ahora va por un camino tenebroso

hacia un lugar de donde, dicen, nadie regresa.

¡Enhoramala vosotras, malditas tinieblas

del Infierno, que devoráis todas las cosas bellas:

me habéis robado tan bello pajarito!

¡Qué desgracia, que ahora por tu culpa,

pobre gorrión, los ojos de mi amada

estén rojos e hinchados de llorar!

El interrogante que esbozamos era muy abierto, reflexivo e ideal para clausurar la sesión: “¿Por qué queremos a los animales?”. Por la compañía que nos brindan, por el cariño que semejan profesarnos, porque resultan agradables al oído y a la vista… Profirieron razones abundantes y muy legítimas, todas de un jaez similar a las anteriores.

Me suponía ya a salvo de la metralleta de “yoes” cuando, por efecto de las complicaciones arriba aludidas, me vi forzado a permanecer en escena y a improvisar una nueva batería de preguntas: indagué por sus mascotas, si creían que Catulo añoraba al pardal o si solo se afligía por su amada Lesbia, etcétera. Aun así, la clase ya había durado unos tres cuartos de hora: ¡cerca del doble de lo que originalmente estimábamos! Nuestro diseño (o, si no, mi ejecución) no contemplaba que se involucrasen de aquella manera.

La ingenuidad pudo haberme costado cara y, como de todo se aprende, hago constar aquí mi error para desengaño de otros.

Y, hablando de picardías, incluyo una demostración de cómo transformar un descuido en elemento pedagógico. Las diapositivas que proyectamos incorporaban imágenes. Entre ellas, a propósito del gorrión, figuraba esta:

Evidentemente, se trata de un petirrojo. Habíamos patinado. Además, teníamos que rascar unos minutos mientras nuestras colegas aparecían para impartir su bloque. ¿Mi estrategia? Una vieja maniobra que me ha granjeado muchas sonrisas cómplices en la universidad. Les provoqué así: “no os habéis dado cuenta, pero os hemos tendido una trampa con la foto”. Mis recuerdos de aquel instante ya se han difuminado, aunque quiero sospechar que alguien se percató del desliz. No hay que subestimar la inteligencia de los jóvenes…

Pensar, Imaginar y Observar: PIO. Aquella tríada era la consigna que inspiraba nuestra intervención: pensar en exponentes reales y ficticios, imaginar cómo se podrían sentir los pájaros y, luego, observarlos en el Parque del Retiro.

Apenas nada añadiré del tercer apéndice, una excursión salpicada de peticiones del estilo de “¿puedo subirme a esa fuente?” y de tragedias tan dramáticas como “se me ha roto el boli”. Por medio de la aplicación Merlin identificamos mirlos, ánades, cotorras… Las apuntaron en sus libretas y, al terminar, las dibujaron. En mí habita la esperanza de que aquella operación permitiese que alguna especie local —más allá de los coloridos pavos reales, huéspedes de honor en nuestras tierras— quedase grabada en su memoria.

Cabe desear que nuestro pío literario dejara, asimismo, un pequeño eco para la reflexión.

Bibliografía recomendada

Ardoin, Nicole M.; Bowers, Alison W., y Gaillard, Estelle (2020): “Environmental Education Outcomes for Conservation: A Systematic Review”. Biological Conservation, 241, 108224.

Benavot, Aaron, y McKenzie, Marcia (2026): Climate Change and Sustainability in Science and Social Science Primary School Curricula. París: UNESCO.

Chawla, Louise (2020): “Childhood Nature Connection and Constructive Hope: A Review of Research on Connecting with Nature and Coping with Environmental Loss”. People and Nature, 2, pp. 619-642. DOI: 10.1002/pan3.10128.

Cornell Lab of Ornithology (s. f.): Merlin Bird ID.

Dobrin, Sidney I., y Kidd, Kenneth B. (eds.) (2004): Wild Things: Children’s Culture and Ecocriticism. Detroit: Wayne State University Press.

Flys Junquera, Carmen; Marrero Henríquez, José Manuel, y Barella Vigal, Julia (eds.) (2010): Ecocríticas: literatura y medio ambiente. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.

Heise, Ursula K.; Christensen, Jon, y Niemann, Michelle (eds.) (2017): The Routledge Companion to the Environmental Humanities. Londres/Nueva York: Routledge.

Martín Junquera, Imelda, y Flys Junquera, Carmen (eds.) (2025): Ecocríticas 2: evolución y nuevos enfoques. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y UNESCO (1975): La Carta de Belgrado: un marco general para la educación ambiental.

El PowerPoint con las diapositivas de la clase puede descargarse aquí: https://doi.org/10.5281/zenodo.20644124

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Canción nueva y divertida del gabacho y el monito” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Canso nova y divertida del gabacho y el monito.

Se trata de una composición popular que sigue las desventuras de un tipo cómico: un organillero de otro país que exhibe una mona amaestrada por las calles e intenta desesperadamente conquistar a una tabernera. El atractivo del pliego reside no tanto en la acción como en la lengua misma: una mezcla macarrónica de castellano y catalán con deformaciones del francés y del italiano. Este dialecto híbrido caracteriza al protagonista como artista ambulante, músico callejero y figura excéntrica, blanco de las mofas de una sociedad xenófoba que lo juzga —con un doble rasero moral— en función de cuánto dinero posea.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Al final facilito un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes. Se ha decidido mantener algunas voces macarrónicas para conservar el sabor del texto.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

CANCIÓN NUEVA Y DIVERTIDA
DEL
GABACHO Y EL MONITO

I

Yo, tocando un grosso órgano,
haciendo bailar a la mona,
divierto a tutta la chiente
y los sous me sé ganar.
¡Ea, señores,
venidlo a ver,
que tiene el mono
molto saber!
Es muy vivo
para trabajar,
y muy ligero
para bailar.


II

Sabe bailar molta polca,
cargar y disparar el fusil,
y tocar las variaciones
del concierto de violín.
¡Verán, siñores!…
—¡Monito!… ¡alón!…
¡Al hombro!… ¡carguen
a discreción!
¡Sacarranundi!
¡Prepar…! ¡apun…!
¡Apun…! ¡Carajo!…
¡Fuego!… ¡Pim! ¡Pum!


III

¡Ea! Un real, señoritas,
por el mono tan sabido,
que yo ando buscando el archán,
y en el mundo el archán lo hace todo.
Y senza bolsa,
si quiero comer,
todos dicen:
«¡No compre pan!»
Pero si yo llevo
algún dinero,
las niñas dicen:
«¡Qué buen messié!».


IV

Yo estoy muy enamorado
y me muero de pasión
por la bella tabernera
que me vende la ración.
Y yo le digo:
“Casarte conmigo quiero,
y en matrimonio
tener garçons”;
y ella responde:
“¡Marcha, gabacho!
Tienes mala facha
para ser amado”.


V

Al matin del otro día,
yo paré a comer la sopa
y le di a la tabernera
un abrazo muy fuerte.
Ella llevaba
un grosso plato,
lleno de sopas
que había pedido.
Con mucha risa,
¡futro!, tiré
todas las sopas
sobre mi cogote.


VI

Cuando toco por las calles,
siguen los petits garçons;
y me dicen: “¡Gabacho! ¡puerco!”.
Y yo digo: “¡A futre! ¡alón!”.
Y todos corren
como un relámpago,
y yo con la mona
busco el archán,
para que se rinda
ante tantos sous
la tabernera
de mi corazón.


Se hallará de venta en casa de los sucesores de Antonio Bosch, calle del Bou de la Plaza Nueva, núm. 13, tienda.

Barcelona.—Imprenta Peninsular, Asalto, núm. 69.


GLOSARIO

Alón: deformación macarrónica del francés allons (‘vamos’).

Archán: dinero; voz macarrónica relacionada con el francés argent (‘plata’, ‘dinero’).

Futre / futro: deformaciones macarrónicas del francés foutre, voz vulgar empleada como interjección o taco.

Gabacho: denominación aplicada a los franceses.

Garçons / petits garçons: del francés garçons (‘muchachos’) y petits garçons (‘niños’, ‘muchachos pequeños’).

Grosso: forma italianizante por ‘grande’.

Matin: del francés matin (‘mañana’).

Messié: deformación macarrónica del francés monsieur (‘señor’).

Molto: italianismo por ‘mucho’.

No compre pan: deformación macarrónica del francés ne comprends pas (‘no entiendo’), cruzada cómicamente con “pan” en un contexto de hambre.

Sacarranundi: voz macarrónica de sentido incierto.

Senza: italianismo por ‘sin’.

Sous: moneda francesa de escaso valor; por extensión, dinero.

Tutta la chiente: por ‘toda la gente’, con italianismo en tutta y deformación macarrónica de ‘gente’ en chiente.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

El Edén o la nostalgia de la armonía universal

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

¿Cuántas veces no echamos la vista atrás con las gafas rosadas de la añoranza? Evocamos recuerdos infantiles, juegos, mañanas luminosas en la playa o en el campo, rodeados de parientes, amigos, peluches (¡quizá!), sin un lunar que afee un pasado lejano e idealizado. Nuestros tutores nos protegían, cada día era una aventura y cada pequeño aprendizaje se sentía tanto un salto al abismo como un logro descomunal.

La mitología y las religiones han codificado en sus genes un espacio muy similar a este. La Edad de Oro de los griegos no distaba de tal ensueño; e incluso los gentiles prados de la Arcadia eran arrullados por una brisa que transportaba en sus vahídos semillas de nostalgia. Resulta asombroso cuán a menudo la cronología de la humanidad y la humilde biografía del individuo contemporáneo se abrazan, cómo la despreocupación de la niñez entronca en la cultura con formas, paisajes e ideas antiguas.

Pero abundan los problemas en el paraíso: por el sistema circulatorio de estas figuraciones de la concordia universal corren prejuicios, afanes, pérdidas irreparables e inseguridades silenciosas. Lo demostraré por medio de tres obras visuales, en un trayecto comparativo que alumbrará una zona poco soleada del imaginario cristiano.

Asomémonos primero al Edén netamente medieval de El Jardín de las Delicias (ca. 1500), el célebre tríptico del Bosco que hoy custodia el Museo del Prado. Sus paneles cuentan una historia amarga, satírica y fatalista. Me fijaré en el de la izquierda, que es el que cubre la génesis del hombre y la mujer:

La tabla está colmada de detalles y rebosa un simbolismo que los especialistas siguen debatiendo medio milenio después de su concepción. No pretendo desentrañarlo en escasos minutos; mis ambiciones son infinitamente más modestas. Quiero que reparemos en algunos elementos que desnudan la mirada del Bosco —y, con él, de una parte de la iconografía occidental— sobre el Edén.

Aunque Eva, Adán y Dios ocupan una posición delantera, en su corazón se ubica una extraña estructura vertical: una fuente que se eleva hasta el cielo y que contiene un orbe (¿una alusión al globo terrestre de las puertas del tríptico?) en cuyo seno anida un ave nocturna (¿un búho?), oculta, apenas visible desde la distancia. Un indicio inquietante, al que habría que sumar reptiles (culebras, lagartijas), anfibios (ranas) y mamíferos marinos (una foca) que brotan de las aguas para macular con su negrura el vergel divino.

Estas señales permiten entrever intuiciones fértiles. El Bosco pone a nuestra especie más cerca del espectador, pero la clave de su cosmología la transmite ese núcleo parasitado por una rapaz: un presagio funesto. La imagen anticipa, así, el pecado que irá cristalizando en los otros dos lienzos. Sus sabandijas, minúsculas y repugnantes, emergen de un pozo insondable, misterioso, situado fuera del dominio humano, garantizando —a la par— la coherencia narrativa entre todos los miembros de la secuencia.

El mal acecha a Adán y Eva. El pacífico Edén, jardín del Señor, sufre la plaga de la depredación: el gato (¿o jineta?) captura un ratón; dos aves de fantasía picotean el cadáver de un sapo; un león devora un ciervo… Palpitan aquí presentimientos y asociaciones sugerentes que no exploraré con exhaustividad: lo bestial como síntoma de perversión, fieras míticas o ficticias (el unicornio, híbridos inauditos) codeándose con conejos, osos, cisnes, jirafas… La fauna no integra —ahora bien— un catálogo naturalista: son teselas de un mosaico alegórico, valiosas por lo que representan más allá de su hipotética existencia material.

Continúa tratándose de un Edén antropocéntrico, teológicamente racionalizado, providencial y punitivo, destinado a funcionar como universo microscópico. La amenaza del infierno se arrastra por sus márgenes para aterrorizar a quien lo contempla. Busca conmover, pero también convencer de que la devoción católica es el único remedio eficaz contra la condena. Cada componente del cuadro impone esa lectura.

Apenas un siglo más tarde, Jan Brueghel el Viejo firmó La tentación en el Jardín del Edén (ca. 1600). Cotejémoslo:

Los cambios se perciben casi de inmediato: cuesta localizar a Adán y a Eva —escondidos y desenfocados— en una estampa protagonizada por los animales. Pero ¿qué animales? Ahí radica la enjundia de esta lámina: criaturas domésticas europeas (caballos, perros, cerdos, bóvidos…), carnívoros, omnívoros y herbívoros de los viejos continentes (ciervos, ánades, leopardos, cisnes, búhos, avutardas, lemmings, hipopótamos…) y otros exóticos venidos de América (guacamayos, micos, tucanes, pingüinos…).

Brueghel coloca el acento en la naturaleza: recrea con inimitable encanto, riqueza taxonómica, realismo pictórico y color exuberante un repertorio de especies que parece sacado de una enciclopedia o de una ménagerie. Poco se le puede reprochar a sus pinceladas: cuidadosas, reveladoras de una inmensa curiosidad botánica y zoológica, y precisas en los pormenores anatómicos; sobre todo para los volátiles y los mamíferos que se nutren de hierba. El modelo de cosmos que postula ha dado un paso hacia el empirismo, hacia la biología científica, y se halla a años luz del que manifiestaba el Jardín de las Delicias. El así llamado “descubrimiento de América” supuso un acontecimiento decisivo para este viraje, pues recuperó la maravilla y obligó a los occidentales a plantearse preguntas que, hasta la fecha, carecían de formulaciones firmes.

Pero seguía reflejando una jerarquía especista. Brueghel entendió el Edén como un vivero primigenio para la totalidad de la fauna y la flora del planeta, sin oponerse a la tesis de la concordia absoluta sostenida por la Biblia. Sin embargo, acaso sin proponérselo, había abierto una costura en el tejido del mito, por más que su educación cristiana lo impulsase a remendarla con el hilo de un mensaje expansionista, colonial, de vocación evangélica: las tierras del Oeste (y sus moradores) constituían parte de la Creación y, por consiguiente, tenían que someterse a las reglas dictadas por —y para— sus legítimos herederos.

Aquel paraíso en miniatura fue puesto de ese modo al servicio de la humanidad; y, más concretamente, de los fieles de la Iglesia romana. Por eso los predadores —leones, leopardos, perros, estrígidos…— se cuentan con los dedos de las manos en comparación con sus presas: porque la cultura no suele ser favorable a los animales que le disputan la caza al hombre.

Para el último eslabón de la cadena voy a regresar a los orígenes de este blog: al anime Wolf’s Rain (2003) de Tensai Okamura. Reproduzcamos un fragmento ya conocido:

El diseño de este “falso paraíso” se nos antojará sospechosamente familiar: hay un escenario idílico, vegetación ubérrima, un Adán (Kiba) y una Eva (Mew). El audiovisual pop ha desbaratado los linderos geográficos para que un lobo ártico (Kiba) y un caracal (Mew) coexistan con rebaños de bisontes y bandadas de patos en lo que semeja tratarse de un valle norteamericano enclavado entre las montañas. Pero que no nos engañe este revoltijo de referencias: la quimera de un Edén inmarcesible, a salvo de la matanza y el dolor, no ha abandonado este nuevo pliegue de una fábula con visos de inmortalidad.

Aún podríamos convocar a Jauja o discurrir por senderos y mitos mucho menos transitados, pero llega la hora de cerrar esta entrada. El antropocentrismo subsiste en las distintas iteraciones del Edén; no obstante, detenernos ahí sería una solución demasiado cómoda. Lanzo, por ello, una duda que aspiro a contestar algún día: ¿no reside en la inspiración de estos dibujos —incubado, latente— el anhelo íntimo de conectar con el prójimo animal; el deseo inconfesable, milenario, desequilibrado y todavía imperfecto —con dejes especistas— de una convivencia armoniosa?

Eso pienso yo. Aunque quizá no sea más que un arrebato de morriña.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Eliano y los delfines, o el mutualismo en las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…

A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.

En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.

¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.

Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:

Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.

Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.

¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.

Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.

Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.

Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Dejando huella: el proyecto ANIMAL

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Son muchas las dificultades que atraviesa un investigador de los estudios de animales en las disciplinas humanísticas españolas. Dejando de lado los aspectos económicos, uno de los desafíos más importantes radica en visibilizar un corpus desde el que aproximarse a temas tan sugerentes y contemporáneos como el amor hacia la fauna en otras épocas, o cuestiones biopolíticas como el control de las plagas.

La mayor parte de las pesquisas dentro de las corrientes ecocríticas se concentran en textos, fenómenos y movimientos colectivos bastante recientes. Es una opción cómoda —parecen más accesibles y existe menos riesgo hermenéutico—, aunque también limitante, ya que relega a un segundo plano el testimonio histórico. El peligro intelectual no es pequeño: quedar atrapados en compartimentos relativamente seguros, presentistas, cada vez más transitados, que agradecerían el complemento de una mirada de larga duración.

Escribo este mensaje para presentar un proyecto que estoy gestando en la matriz de Huellas en la tinta y que planeo transferir a una infraestructura más amplia en el futuro. ANIMAL, Archivo de Narrativas Ibéricas sobre Medioambiente, Animales y Liminalidad, inicia su andadura con objetivos modestos: editar, traducir y recopilar digitalmente obras peninsulares antiguas que exploren la relación del ser humano con otros vivientes. Un segundo propósito, más allá de funcionar como ayuda y estímulo para la comunidad universitaria, estriba en acercar estas piezas a la sociedad a través de transcripciones comprensibles y bien glosadas.

Se trata de una meta ambiciosa, en realidad. Echo aquí los cimientos con la esperanza de construirla con el paso de los años, con suerte arropado por más medios, tiempo y colaboradores.

Por lo pronto, inauguro esta nueva serie ANIMAL con el tratado catalán Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688). Mi traslación al castellano verá la luz en tres partes. Aspiro a culminarla durante los meses estivales. Ofrezco al lector una muestra o, si se prefiere, la primera huella de un camino que presumo extenso.

Nos “olemos”.

Huellas en la tinta

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Animales velados: trazas de “verdad” zoológica en la fábula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Discutir sobre la veracidad del relato fabulístico podría antojársenos un oxímoron. En español el término “fábula” denota una patraña, un cuento irreal sin asomos de certeza.

Existen, claro, matices. Nadie negará que la lealtad simbólica que se le atribuye al perro emana de su cercanía con el hombre, o que la fama que arrastra el lobo se debe a la depredación de las reses ovinas, lo que atenta contra los intereses humanos. En el apólogo son pocos los animales que traicionan su presunta esencia: no veremos fieras sirviendo motu proprio a nuestra especie ni al ganado emancipándose. Si lo hicieran, entraría en juego la pedagogía punitiva de este género y un agente externo los colocaría de inmediato en su lugar. En este ecosistema de papel ninguna criatura es capaz de impugnar los designios que pesan sobre ella desde la cuna: los raposos serán siempre astutos, los leones, regios y los pavos, vanidosos. Las desviaciones de la norma resultan tan infrecuentes como poco fructíferas.

Esta inmutabilidad ontológica perfila una cosmovisión según la cual los animales están condenados a ocupar un peldaño inferior en la Scala Naturae. No solo extraemos de ellos productos, nos lucramos con su trabajo y los utilizamos para propagar enseñanzas éticas, también los sometemos a una reducción semiótica que barre de un plumazo su singularidad para convertirlos en seres unidimensionales, representantes de un valor tipificado. Pero ¿yace algo bajo la epidermis de este utilitarismo feroz? ¿La vida salvaje es solo un pretexto para educar en civismo? ¿Subsisten trazas de autenticidad en su retrato?

Tomemos como ejemplo la fábula esópica de “El cuervo y el zorro”, reelaborada por La Fontaine, Samaniego y toda una pléyade de autores. Reproduzco el texto desde la edición de Bádenas de la Peña:

Un cuervo que había robado un trozo de carne se posó en un árbol. Y una zorra, que lo vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar sus proporciones y su belleza, le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. Pero al querer demostrar a la zorra que tenía voz, dejó caer la carne y se puso a dar grandes graznidos. Aquella se lanzó y después que arrebató la carne, dijo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser el rey de las aves”.

De aquí deduciremos dos obviedades: que ambas criaturas se nutren de carne y que las aves se posan en los árboles. No hacía falta ser Aristóteles o Plinio para llegar a estas conclusiones. Pero si enfocamos mejor nuestra lente, entresacaremos detalles no tan visibles para un lector preocupado por la moral. El zorro explota las debilidades del pájaro para obtener su premio y le ataca donde más le duele: en su apariencia y en el canto. Hoy el plumaje de los córvidos nos parece majestuoso, equivalente a un distinguido traje de frac; no obstante, no alcanzan a igualar a volátiles más coloridos, como el papagayo de la India, la abubilla o el martín pescador.

Este dato es más revelador de la mentalidad de quien compuso la pieza —y de la sociedad donde se gestó— que de un estudio minucioso sobre la fauna. Ahora bien, quien ideó el cuento no obraba desde la ignorancia zoológica: había oído el graznido desacompasado y ronco de los cuervos y decidió cebarse con ese rasgo. Su intención era avergonzar al animal y, para ello, necesitaba anclar su mofa a una característica real, que el narrador no explica, ya que se daba por evidente.

La adulación no habría funcionado con un ruiseñor ni con un mirlo, reputados de excelentes intérpretes. Solo un córvido, con su trino desasosegante, podría sucumbir ante semejante elogio en un contexto (no se olvide) plenamente antropomórfico.

¿Esta clase de matices transforman el apólogo en una crónica naturalista fiel? En absoluto. Sí demuestran que no existe una desconexión total entre la plausibilidad zoológica y la ficción en la fábula, que algunos pormenores conductuales no fueron pasados por alto por sus artífices y que la fauna apologística no es un mero recipiente a la espera de ser llenado.

En definitiva, la especie importa. Si no se corresponde con la visión del mundo que posee la comunidad de destino (basada tanto en creencias como en observaciones factuales), la historia entera se deshilacha.

Huellas en la tinta

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Unicorn Wars en el aula: una “antifábula” para repensar la masculinidad, la Biblia y la relación con la naturaleza

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los comienzos de curso resultan siempre difíciles tanto para los docentes como para el alumnado. Las vacaciones —con su adormecedora brisa estival— tienden a erosionar conocimientos previos y empujan, a veces, a ambos grupos a un estado de dispersión incompatible con la carga lectiva que los aguarda. Por eso, quizá, este año decidí arrancar mi asignatura de Historia del cine —del último año del grado universitario de lengua y literatura española— con una película contemporánea: para activar la curiosidad de mis estudiantes y demostrarles que la invención del cinematógrafo culmina en obras actuales de hondo calado social.

Otra de mis metas era acreditar la dignidad del cine de animación ante mis pupilos, probar que no se trata exclusivamente de un producto de consumo infantil, desmontando prejuicios arraigados que el maestro habrá sufrido en sus carnes en más de una ocasión: e.g., asociar la LIJ al ámbito femenino o la asunción automática de que toda pieza dirigida a los niños queda huérfana de interés para un público adulto.

Este texto emana de una investigación en curso y se nutre de ella, aunque adquiere un rumbo diferente. De mis hallazgos emerge esta propuesta de lectura de Unicorn Wars (2022), un filme hispanofrancés dirigido por el gallego Alberto Vázquez.

Desarrollaré concisamente mi modus operandi, qué temas toqué en clase, y, asimismo, argumentaré por qué escogí Unicorn Wars y por qué creo que otros formadores de las áreas de cine, literatura, didáctica y literatura comparada harían bien en atesorarla dentro de su caja de herramientas.

Empecemos por lo esencial: Unicorn Wars es una cinta que no agradará a todo el mundo. No deben engañarnos las imágenes de dulces osos de peluche y dóciles unicornios (vinculados, en sus recreaciones hodiernas, a My Little Pony y a otras películas tildadas de pueriles): fue concebida como sátira antibelicista y como alegato contra el fanatismo religioso, la destrucción del ecosistema y los regímenes militares. La considero un ejemplo de manual para explicar lo que denomino una “pedagogía de la incomodidad”: una manera de educar teniendo en cuenta elementos poco canónicos, sin expurgarlos de sus componentes conflictivos o escasamente elegantes, que colocan al lector/espectador ante tesituras amargas no tanto para disparar sus alertas como para que medite sobre ellas.

Examinaré los límites y las virtudes de este sistema en una aportación futura. Por ahora, bastará retener que esa idea funge como el norte que orienta mi iniciativa didáctica.

He aquí el itinerario que llevé a cabo:

  1. Anteriormente, en una sesión introductoria, reproduje y comentamos en el aula un corto que actúa como antecesor de Unicorn Wars: Sangre de unicornio (2013), pergeñado también por Alberto Vázquez (véase al respecto una de las entradas previas en este blog).
  2. En segundo lugar, proyecté el filme. Reservé los últimos minutos de la clase para plantear cuestiones enlazadas con los asuntos que más me interesaban como profesor.
  3. No reparé en que habría sido aconsejable pasarles una encuesta para obtener retroalimentación del ejercicio. Este descuido —que me he encargado de subsanar en actividades posteriores— no invalida, no obstante, la necesidad de escuchar atentamente a los educandos para refinar los materiales de trabajo y adaptarlos a sus inquietudes sin renunciar a los designios formativos fijados por los planes oficiales de cada titulación.

La mirada que aplico circula por los raíles de la ecocrítica, los estudios de animales, las humanidades ambientales, los estudios de género, el feminismo, las nuevas masculinidades y el paradigma poscolonial. Contemplo, eso sí, la posibilidad de explorar otros ángulos en función de las finalidades de cada instructor. En el caso de Unicorn Wars, resultan tanto o más importantes las interpretaciones antibélicas y la búsqueda de alusiones bíblicas cifradas en la trama, lo que abre la puerta a abordajes desde la religión, la política y la sociología. Dichas vías, muy evocadoras y todavía pendientes de ser transitadas, las delego en otros más versados en esas disciplinas. Yo voy a enfocarme en las que he indicado arriba y en las resonancias culturales (veterotestamentarias, esópicas y pastoriles) que laten bajo la urdimbre de la cinta.

Mis pilares analíticos se condensan en el siguiente esquema:

1. Antropomorfismo y violencia

En esta parte convendría discurrir sobre la conexión entre Unicorn Wars y el apólogo clásico, ya insinuada por Vázquez, quien ha calificado su creación como “antifábula” en numerosas entrevistas. Otro punto llamativo es su estética edulcorada, contrapuesta a unos hechos sanguinarios que contrastan visual y argumentalmente con la apariencia “cuca” de los protagonistas.

2. Naturaleza y extractivismo

La vocación ecologista traspasa cada uno de los poros de la obra. De ella se infiere que los osos de peluche encarnan —de un modo distorsionado— los ideales de la civilización occidental: el progreso, el orden y el raciocinio. Frente a ellos se sitúan los unicornios, ligados en el imaginario de Vázquez a la protección de la naturaleza, la pureza y los estilos de vida no tecnologizados. El Bosque Mágico es un escenario en disputa por ambos bandos: la fe de los osos lo trasforma en una suerte de Jerusalén que están obligados a recuperar por imperativo divino, mientras sus oponentes solo quieren impedir su destrucción y, para ello, dan caza sin cuartel a quienes penetran en la arboleda.

3. Religión y sacralización de la guerra

Uno de los aspectos más provocativos de Unicorn Wars es la alianza tácita entre el ejército y la iglesia. Si los primeros ostentan formalmente el gobierno de la nación ursina, son los segundos quienes a través de vaticinios y homilías contribuyen a resignificar a los unicornios como enemigos responsables de las desgracias del pueblo llano, favoreciendo que sus ciudadanos acaten los dictámenes del alto mando militar.

4. Género, afectos y masculinidades discrepantes

Este es otro de los puntales de la cinta y, quizá, uno de los más susceptibles de conectar con las preocupaciones de un alumnado joven. Los osos de peluche parodian el patriarcado invirtiendo su escala de valores: se pretenden monos, pero se pelean y se odian entre ellos. Asimismo, las desviaciones de la norma (gordura, falta de “adorabilidad”… ) apenas son toleradas. Unicorn Wars tampoco disimula el homoerotismo dentro del ejército ni tiene reparos en mostrar el tabú del incesto. Estos dos motivos podrían convertirse en una discusión en torno a la legitimidad de exponer estas prácticas en las salas comerciales y en televisión.

Lo más relevante quizá sea que existe un personaje masculino (Gordi) que se desmarca de estos patrones tóxicos para comprometerse con el cuidado de los débiles y del entorno. Estas cualidades poseen gran pujanza disruptiva, pues tradicionalmente han sido más apreciadas en el sexo femenino que en los varones.

Desgranaré a continuación una serie de escenas clave desde las que aproximarse a los cuatro ejes antedichos.

1. Entrenamiento en el Campamento Corazón

El primer tramo del filme resulta uno de los más impactantes. Aquí se puede problematizar la discordancia entre el recipiente (osos de peluche enternecedores) y lo que alberga en su interior (heridas, agresiones verbales, abusos, humillaciones…). Las tiranteces entre contenido y forma están a la orden del día: el sargento Caricias insulta a sus subordinados; el lema de la soldadesca es “honor, dolor y mimos”, una tríada poco armónica, eufemística y totalitaria…

Las consignas y términos utilizados por las autoridades —se habrá ido observando— constituyen un excelente objeto de análisis retórico. Expresiones como la de “daños colaterales” para etiquetar a la compañía de Azulín y Gordi (los actores más destacados) o el himno “unicornio bueno, unicornio muerto” permiten meditar sobre los efectos persuasivos del lenguaje y su uso para enmascarar manipulaciones e injusticias bajo fórmulas despersonalizadoras.

2. Los incisos de las Sagradas Escrituras

A lo largo de Unicorn Wars son intercalados un conjunto de episodios cortos —descosidos de la historia principal— en los que se presenta el dogma de la comunidad ursina. Entre los minutos 22 y 25 se inserta el que, a mi juicio, deviene el fragmento más enjundioso para ser escudriñado desde esta óptica:

Hace muchos, muchos años el jardín sagrado brillaba con luz santa como el primer rocío de la mañana. Dios creó el bosque mágico a su imagen y semejanza, y lo pobló de carne: carne que vuela, carne que anda, carne que repta y carne que nada. Todos los animales vivían entonces como criaturas libres en la naturaleza, habitando el Paraíso. Pero un día los ositos hallaron la casa de Dios, que dentro guardaba el libro sagrado que todo lo sabe. Y así, gracias a él, obtuvieron conocimiento, progreso, moral y orden. El osito era superior a los demás animales, pues había encontrado al fin a Dios. Pero el unicornio, demonio envidioso, decidió declarar la guerra al pueblo elegido. Y así comenzó la guerra sagrada. Nuestro pueblo cayó derrotado y los supervivientes expulsados para siempre del Paraíso, condenados a vagar sin rumbo, humillados y vejados como pueblo, llevando para siempre el estigma de la derrota.

Aconsejaría no pasar por alto las imágenes que acompañan a esta disertación, pues revelan la tala masiva, dibujan un paisaje bucólico de profundas resonancias clásicas y encierran una serie de símbolos oculares que refuerzan la exégesis de que los osos se erigen en víctimas de un fervor espiritual alienante. Recae sobre el maestro la tarea de trocar en polémicas, disonancias cognitivas y sospechas este abundante caudal de informaciones, que admite acercamientos desde la doctrina bíblica, el medievalismo, la historia del arte, los discursos políticos y religiosos, la filosofía, la antropología y la ética alimentaria, entre otras áreas.

3. El arco (final) de Gordi

Gordi experimenta una metamorfosis tras perder a su hermano Azulín en el río: sana al unicornio María y se integra en el hábitat del Bosque Mágico. Estos acontecimientos pueden ser empleados para generar respuestas a la degradación de la biosfera y para cotejar este modelo de masculinidad no hegemónico, más sensible e inclinado a la defensa del medio ambiente que los que proliferan en la sociedad de hoy.

Asimismo, el asesinato de Gordi —que remeda la tragedia de Caín y Abel y que aquí da origen a la estirpe humana— entraña un enorme potencial para la especulación sobre su sentido y el rastreo de guiños hipertextuales.

Como conclusión, incluyo en este apéndice una batería de preguntas susceptibles de ser trasladadas al aula después del visionado de Unicorn Wars:

1. ¿Qué efecto produce el contraste entre la estética “cuca” y la brutalidad del filme? Señala dos escenas donde se manifieste esta tensión.

2. ¿Cómo se representa el Bosque Mágico? ¿Cambia o permanece inmutable? ¿Guarda relación con algún otro paisaje artístico o literario?

3. ¿Qué papel cumplen los incisos de las Escrituras Sagradas dentro de la narración?

4. ¿En qué sentido puede considerarse Unicorn Wars una “antifábula”? Compárala con alguna fábula clásica.

5. ¿Cómo se construye la figura del enemigo en la película? Analiza la combinación de propaganda, religión y lenguaje deshumanizador.

6. El texto sagrado ursino reescribe episodios bíblicos bien conocidos. ¿Qué cambios introduce y con qué propósito?

7. ¿Qué paralelismos pueden establecerse entre la guerra de la película y conflictos reales contemporáneos?

8. La película plantea una crítica clara al antropocentrismo. ¿En qué escenas queda patente con mayor claridad?

9. ¿En qué momentos Gordi se distancia del modelo masculino dominante? ¿Por qué? Vincúlalo con sus relaciones sociales y familiares.

10. El asesinato de Gordi remite al mito de Caín y Abel. ¿Qué implica que de ese crimen surja la humanidad?

11. ¿Cómo interpretas el icono del ojo y su relación con el poder y la divinidad?

Bibliografía recomendada

Mayer, Richard E. (2020): Multimedia Learning. Third Edition. Santa Bárbara: University of California.

Vázquez, Alberto (2013): Sangre de unicornio. España: Abrakam Estudio / Uniko / Canal +.

Vázquez, Alberto (2022): Unicorn Wars. España: UniKo / Abano Productions / Schmuby Productions / Autour de Minuit Productions / In the Air.

Vázquez, Alberto (2025): Unicorn Wars. Artbook. Bilbao: Astiberri Ediciones.

Zembylas, Michalinos (2015): “’Pedagogy of Discomfort’” and its Ethical Implications: the Tensions of Ethical Violence in Social Justice Education”. Ethics and Education, 10, 2, pp. 163-174.

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¿Cómo leer fábulas en tiempos de crisis ambiental? Propuesta de trabajo para el aula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada proveerá al lector de herramientas para reexaminar un género literario tan antiguo como la escritura misma: la fábula.

Estas sencillas composiciones se han empleado durante milenios para instruir a la juventud y han cristalizado en refranes, máximas y coletillas. Algunos de los valores que inculcan resultan todavía vigentes en nuestras sociedades occidentales. Otros, fosilizados en moralejas con vocación atemporal, no han sobrevivido al transcurso de las eras. El procedimiento habitual para modernizarlas estriba en rehacer el mensaje ético respetando la narrativa. O sea, que la historia original permanece, pero cambia su exégesis.

En esencia, ese es el espíritu que anima mi relectura crítica —o, como me gusta llamarla, “lectura a contrapelo”—, cuya intención consiste en suministrar un método actual para el uso de la fabulística por parte de profesores de literatura de la ESO, bachillerato y universidad, así como docentes en formación de los grados de filología y didáctica. ¿El horizonte? Estimular la concienciación ambiental, a la par que se trabajan piezas canónicas para desarrollar la competencia lectora y el pensamiento crítico.

Podríamos concretar esta propuesta en tres objetivos pedagógicos:

1. Identificar el antropomorfismo y sus efectos.

2. Problematizar la primacía de la moraleja frente al relato (caso o “ejemplo”).

3. Ensayar un análisis no antropocéntrico con el apoyo del profesor.

Muchos apólogos no retratan a la fauna con verosimilitud. La mayoría de las veces, los animales que los protagonizan degeneran en símbolos que representan una virtud o lacra humana. Estos cuentos tampoco suelen ser urdidos desde la perspectiva de estos actores; con más frecuencia la fábula deviene un coliseo en el que se enfrentan dos elementos opuestos: fuerza y astucia, necedad y sabiduría… Vaya, que las criaturas que desfilan por la producción de Esopo, Fedro, Rómulo, La Fontaine, Samaniego, Iriarte, etc., tienen poco de auténticas; de hecho, a menudo funcionan como pretextos para contrastar determinadas ideas e imponer una tesis política o moral.

Aunque no siempre se verifica este dictamen. En ocasiones, algún destello efímero de la fiera aludida se filtra bajo densas capas de antropomorfismo, ya sea mediante un rasgo correcto de acuerdo con la zoología hodierna o a través de una voz que se ajusta —en la medida de lo posible— a los impulsos y deseos que nuestra especie adjudica a otras. O bien se promueve explícita o implícitamente el cuidado de la fauna, o como mínimo alcanzamos a entrever la consideración histórica que han merecido determinados animales.

He ahí varias de las alternativas clasificatorias que esbocé en un trabajo reciente. Dentro de mi tipología, las casillas que más me interesan ahora son estas tres:

1. Cuando el animal protesta por el trato que recibe del hombre (fábula “zoocrítica”).

2. Cuando queda reflejada su relación con la humanidad (fábula testimonial).

3. Cuando se busca activamente fomentar su protección (fábula “zooética”).

Procedo a aplicar una lente contemporánea, con arreglo a lo que aquí he perfilado, a uno de los apólogos más difundidos del catálogo esópico: “El lobo y el perro cebado”. El relato —tomado de la traducción de Pedro Bádenas— reza así:

Un perro bien cebado se encontró con un lobo que empezó a examinarlo acerca de dónde lo habían alimentado para llegar a semejante tamaño y a semejante abundancia de grasa. —Un hombre generoso —dijo— es el que me da de comer. —¿Y tu cuello? —pregunta el lobo—, ¿cómo se puso blanco? —Se ha rozado la carne con el collar de hierro que fundió mi amo y me puso al cuello. Y el lobo, carcajeándose de él, le dice: —Me río yo de este lujo que te obliga a rozarte el cuello con un hierro.

No costaría demasiado adosarle una moraleja. Se podría, inclusive, formular como dicho sentencioso: “vale más la libertad, pese a sus riesgos, que la esclavitud, no obstante sus comodidades”. Obviamente, esto no afirmaría nada ni a favor, ni en contra ni sobre los animales. Harán falta mayores esfuerzos para sacar todo el jugo hermenéutico de las fábulas y remozar sus vetustas enseñanzas.

A continuación, invitaré al público a que me acompañe en una breve travesía intelectual. Olvidémonos por un instante de que los animales no utilizan el lenguaje humano y de que —seguramente— un perro y un lobo no discutirían sino a base ladridos, gruñidos y mordiscos. Fijémonos en el contexto: el Canis lupus familiaris, mascota predilecta de nuestra especie, está atado y luce indicios de abuso en su piel; por el contrario, su pariente salvaje padece hambre, pero deambula a su antojo y no ha sido herido por el hombre. Miles de años de odio al lobo cristalizados en exempla, proverbios, iluminaciones y estampas son refutados al presentarnos a este ejemplar silvestre sano y triunfal, que se permite reírse de su congénere menos afortunado. Ahí yace un testimonio único de evaluación positiva de una criatura demonizada por la depredación del ganado.

Vayamos un paso más allá y escarbemos en sus palabras literales, sin espigarlas en busca de dobles sentidos. El lobo está cuestionando la sumisión de las especies domésticas al ser humano. Pone en duda que dicho estado sea ideal y descubre, a la par, que la comida que se les brinda está supeditada a la obediencia y al castigo físico. Su cavilación —en mayor o menor grado— continúa siendo válida hoy.

Se me objetará que he pasado por alto la moraleja (que se identifica con el último aserto del lobo), pero ha quedado acreditado a lo largo de su dilatado historial de reelaboraciones que este es el pilar más endeble de todo el edificio fabulístico.

Observemos ahora “El cerdo y los corderos”, otro ejemplo del corpus grecolatino:

En medio de un rebaño de corderos pacía un cerdo que allí se había metido. Y he aquí que un día el pastor le cogió y el cerdo se puso a chillar y a resistirse. Los corderos, criticándole por sus gritos, dijeron: “Pues a nosotros nos coge de vez en cuando y no chillamos”. El cerdo repuso: “Pero a mí no me coge por lo mismo que a vosotros, porque a vosotros os busca por la lana o por la leche, pero a mí es por la carne”. La fábula muestra que gritan con razón aquellos que tienen en peligro no su dinero sino su vida.

La queja del cerdo —una atestación del uso alimentario de la ganadería— se nos antojará fatalista, acaso trágica. En el relato se insinúa que se había camuflado entre los corderos para evitar que lo destripasen. El hombre no puede, no quiere o finge no oír sus gemidos, de modo que son los ovinos quienes le toman el relevo —como súbditos egoístas y privilegiados— afeando ignorantemente la conducta del suido.

Me parece muy revelador el carácter anecdótico, realista, de este cuento, frente a otros más fantasiosos en los que la fauna se engaña y compite por el acceso a los víveres. Ante la amenaza del cuchillo, los animales saben bien qué suerte les aguarda. Esto lo ha probado la ciencia, aunque basta echar una ojeada a las granjas y a los mataderos para reconocer en los rebaños signos de tristeza y estrés: mugidos, apagamiento, inquietud… ¿Quién sostendría que este escenario no cabe dentro del territorio de lo verosímil? ¿Que, tal vez, pudo haberse inspirado en un suceso real, repetido, cotidiano? Quizá el porcino logró anticipar —por los preparativos delatores del pastor— el destino que le habían deparado, acordándose de la desaparición de algunos de sus semejantes, y reaccionó —presa del pánico— huyendo adonde se creía a salvo.

Es más, la moraleja no descentra la mirada del sufrimiento de la criatura: aunque va dirigida al conjunto humano, puede extrapolarse a la perfección al trato que le proporcionamos al ganado. Tampoco deslegitima la protesta del cerdo; al contrario, señala expresamente que “gritan con razón aquellos que tienen en peligro […] su vida” y el caso aducido lo pone de manifiesto.

De nuevo habrá quien insista en que la clave de la fábula es la lección que encierra, no tanto el hecho particular que la suscita. Un punto de vista comprensible, aunque —a mi juicio— miope: la sustancia narrativa es tanto o más memorable que la instrucción que de ella desprende el autor. Perdería su condición de modelo convincente si el lector no pudiera experimentar siquiera un destello de empatía hacia el marrano. Por no decir que todo escrito queda abierto a múltiples abordajes; desde otra clave interpretativa (como la que aquí se adopta), el aprendizaje que de él se extraiga diferirá ineludiblemente.

Llegados al final, y a la luz de estos antecedentes, ¿es lícito mantener una visión inmutable y esencialista de la literatura? ¿No sería aconsejable —y hasta necesario— renovar las obras canónicas? No harían falta grandes desvelos: bastaría con saber dónde posar los ojos. Y si se desea reforzar una lectura animalista con miras a la educación infantil, la voz siempre alerta del tutor o maestro discreto estará más que capacitada para reponer lo que el texto insinúa o para acomodarlo a sus propósitos docentes. Verbigracia, convendría explicarle al joven los caprichos irresponsables que motivan el abandono de mascotas tras las Navidades, cómo se somete a privaciones dramáticas a los perros destinados a la caza o el infeliz desenlace de las vidas de los cerdos.

Cabría —por último— debatir cuál es la edad idónea para exponer a un niño a estas realidades, pero eso queda fuera de mis designios.

Como apéndice didáctico, añado una serie de interrogantes susceptibles de ser planteados en el aula para incentivar la reflexión y el comentario de textos:

1. ¿Qué funciones ha cumplido la fábula dentro de la cultura occidental?

2. ¿Por qué podríamos considerarla un género “antropocéntrico” (enfocado en el ser humano)?

3. ¿Qué diferencias existen entre los animales reales y los que protagonizan las fábulas?

4. ¿Qué elementos del relato quedarían invisibilizados si solo lo leyéramos como la alegoría de un intercambio social entre humanos?

5. ¿Qué gana y qué pierde el texto cuando se relee desde un ángulo “zoocrítico”?

6. ¿En qué sentido podríamos hablar de “veracidad” en el retrato de los animales fabulísticos: zoológico, cultural, ético, emocional…? Pon un ejemplo.

7. ¿Qué riesgos conlleva proyectar valores humanos sobre otras especies?

8. ¿Crees que el apólogo puede seguir siendo útil hoy en día para la enseñanza?

9. ¿Es apropiado “forzar” una lectura animalista en textos tan antiguos?

Tras esta clase, ¿dirías que las fábulas hablan sobre animales, con animales o a través de ellos? Justifica tu respuesta.

Bibliografía recomendada

Bádenas de la Peña, Pedro (ed.): Fábulas de Esopo. Madrid: Gredos.

Dijk, Gert-Jan van (2015): Aesopica posteriora. Medieval and Modern Versions of Greek and Latin Fables, Génova: Università degli Studi di Genova.

Rodríguez Adrados, Francisco (1987): Historia de la fábula greco-latina, vols. 1-3. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense.

Rodríguez García, Miguel (2024): Vulpes in fabula. Oralidad, literatura y estudios de animales. Jaén: Boletín de Literatura Oral (anejo 9).

Rodríguez García, Miguel (2024): “Cuentos de animales en las fábulas españolas de finales del siglo XVIII-XIX. Primera aproximación a un catálogo comentado”. Boletín de Literatura Oral, 14, pp. 34-79.

Rodríguez García, Miguel (2025): “Fábulas para la empatía animal. Desde La Fontaine hasta Julián Chave y Castilla”. Theory Now, 8, 1, pp. 81-107.

Talavera Cuesta, Santiago (2007): La fábula esópica en España en el siglo XVIII. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Uther, Hans-Jörg (2011): The Types of International Folktales. A Classification and Bibliography. Part I. Animal Tales, Tales of Magic, Religious Tales, and Realistic Tales, with and Introduction. Helsinki: Academia Scientiarum Fennica.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Desmontando lo cuco: análisis ecomitocrítico de un corto proyectado en el aula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Este año proyecté a mis alumnos el cortometraje Sangre de unicornio (2013), de Alberto Vázquez, para inaugurar dos asignaturas del grado de Lengua y literatura hispánicas de la Universidad de La Rioja: Cine y literatura (tercer curso) e Historia del cine (cuarto curso). Aspiraba a sacarlos de la rigidez del programa, a mostrar la tónica general del curso, mi enfoque pedagógico y el uso de las herramientas que iban a aprender.

En una entrada futura examinaré el valor docente de la que se erige en su magnum opus: Unicorn Wars (2022), una cinta que bebe del argumento aquí esbozado. Ahora deseo fijarme en el potencial ecomitocrítico y desautomatizador de esta pieza breve, que encapsula en ocho minutos varios asuntos esenciales del largometraje. Llevaré —por tanto— a cabo un “close reading” que se corresponderá grosso modo con los puntos en los que hice hincapié durante mi clase.

El filme arranca con una escena aparentemente bucólica: dos unicornios —madre e hija— pacen con mansedumbre en una pradera roja. Existe, ahora bien, un elemento inquietante: el color de árboles y césped es rojo, no verde. El arte —deliberadamente expresionista— anticipa mediante su paleta cromática el contenido violento de la obra, así como su eje central: la búsqueda de la sangre del unicornio. Dicho ingrediente ya fue revestido de connotaciones impías en la saga de J. K. Rowling, Harry Potter, y reverbera con saberes naturalistas sobre las propiedades benéficas de los cuernos de estos équidos. Eliano y la iconografía medieval acreditan, respectivamente, que eran capaces de revertir los efectos del veneno y de depurar las aguas.

Su conexión con Jesús de Nazaret —en concreto, con las imágenes de su martirio— fue establecida por eruditos del medievo como Neckam. El narrador no lo oculta; de hecho, en los primeros compases enuncia esta evocadora profecía:

El unicornio es la bestia sagrada que señala el camino y guarda el portal. El unicornio es la llave y el unicornio es la puerta. El unicornio es la llave que abre la puerta. Maravillaos, pues, ante la obra de Dios, vuestro señor.

Un zoom al ojo del unicornio, bestia sagrada y purificadora, da paso al siguiente tramo, protagonizado por los osos de peluche Mofi y Gregorio. Desde el plano musical arranca con un tema de heavy metal: una fuerte disonancia acústica que nos alertará de las intenciones transgresoras de Vázquez. Las calaveras apiladas, la presencia de una rata, el paisaje encarnado y una iglesia en ruinas apuntalan visualmente este contraste con unas criaturas de felpa que en el imaginario moderno se pretenden dulces, buenas y aniñadas.

Mofi constituye un ejemplar modélico. En palabras de su hermano Gregorio, “era la superación de nuestra especie: lo que se dice un auténtico macho alfa”. Pero su aspecto enternecedor oculta un fondo perverso: humilla y abusa verbalmente de Gregorio, menos agraciado que él, tuerto como resultado del ataque de uno de estos animales y con sobrepeso por la ansiedad social a la que se ve sometido tras la disminución de su belleza. La voz en off explica este incidente y recupera las resonancias cristológicas a propósito de una etimología muy reveladora: “Dolor, del latín ‘dolor, doloris’. Uno: sentimiento, pena, aflicción de haber ofendido a Dios. Ejemplo: cuando el unicornio clava su cuerno a Gregorio en el ojo, le causa un inmenso DOLOR”.

Hay otro excurso intercalado durante la cacería de Mofi y Gregorio, de resabios asimismo medievales. El narrador regresa a su tono adivinatorio y formula una predicción apocalíptica que entrelaza la materia religiosa con la preocupación ambiental:

El día que el último unicornio fallezca, el suelo y el mar enfermarán, y el viento será vapor venenoso. Tan solo los ruines matarán al unicornio. Ese día llegará y cuando así sea, volverá la época en que el más espantoso de los demonios reinará otra vez sobre la tierra: el hombre.

Su vaticinio se cumple cuando Mofi atraviesa el cuello de la fiera con una saeta con punta de corazón. Su cría salta por un precipicio, presa del pánico, mientras Gregorio la contempla dubitativo. Frente al acantilado, Mofi reprocha a su pariente su ineptitud y, en un estallido de ira, el aludido lo arroja al vacío, consumando una traición cainita. Eso desencadena su metamorfosis en humano, cubierto por una bruma carmesí. Un nuevo zoom, esta vez a su cuenca ocular vacía —un agujero negro devorador—, clausura el corto con un paralelismo estructural que enfatiza la degeneración de nuestra especie.

A mi juicio, esta obra envía un mensaje transparente: el hombre nace de pecados como la ruptura del amor fraternal y la destrucción de la naturaleza. Es una reescritura bíblica de la antropogénesis en clave ecologista, o así lo interpreto yo. Mis estudiantes coincidieron con esta lectura; es más, el visionado de Sangre de unicornio les ayudó a comprender Unicorn Wars: una película más densa y con un desenlace ambiguo.

Si les enseñé Sangre de unicornio no fue solo para allanar la exégesis del otro celuloide. Ambicionaba —ante todo— disolver la pareja “adorable/infantil”. Aquí esta asociación no se verifica; al contrario, se vulnera para impactar al espectador y obligarlo a reflexionar sobre la superficialidad de las apariencias.

El gesto de Vázquez no es únicamente estético, sino ideológico. Ojalá alguien aplicase un ácido similar a la dupla formada por la LIJ y la fauna antropomórfica, cuna de innumerables prejuicios.

Huellas en la tinta

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Afectos ¿camuflados?: a propósito del gorrión de Lesbia

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Que los textos hablan y cuentan historias es una realidad; que ocultan y maquillan otras, también lo es.

La filología de corte más positivista rechazaría, sin duda, cualquier especulación que pretendiese ir más allá de lo que un escrito refiere literalmente. Eso no significa que lo niegue; afirmará que no existen evidencias empíricas. Hasta ahí, todo correcto. Pero puede que haya indicios más o menos fuertes que apunten a lecturas alternativas.

“¿A qué viene este devaneo epistemológico?”, se preguntará algún lector no muy acostumbrado a lidiar con corrientes de pensamiento distintas de la suya. Es —en parte— la manera de afianzar una postura intelectual no dependiente de escuelas, que se resiste a aceptar como prueba incontrovertible de la veracidad de un hecho la ausencia de datos que lo cuestionen. Eso me acerca a los planteamientos de los teóricos de la sospecha y a los paradigmas relativistas, en ocasiones eufemizados bajo fórmulas como “conocimiento situado”.

Del pavor que produce a algunos la carencia de certezas a las que aferrarse no me ocuparé aquí. El objetivo de mi digresión consiste en allanar el camino de un método para abordar los textos que mencionan a la fauna más allá del seguimiento ad pedem litterae y del simbolismo y la metáfora, dos vías ya problematizadas en entradas anteriores.

Tomemos como ejemplo el poema “Muerte del pajarito”, presunta elegía al gorrión de la amante de Catulo, Lesbia (Clodia). No me interesa ahondar en los vaivenes románticos del veronés ni en la identidad de su enamorada. Ha corrido ya mucha tinta sobre estos asuntos. Lo que propongo es una interpretación posible (no la única ni —necesariamente— la correcta) de las composiciones fúnebres tributadas a animales.

Copio algunos versos de la edición de Ramírez de Verger:

¡Llorad vosotros, Venus y Cupidos

y todos los hombres sensibles!

Ha muerto el pajarito de mi amada,

el pajarito, delicia de mi amada,

a quien quería más que a sus propios ojos:

era dulce como la miel, conocía a su

dueña como una hija a su madre

y no se separaba de su regazo,

sino que, saltando de aquí para allá,

solamente a su dueña continuamente piaba.

[…]

¡Enhoramala vosotras, malditas tinieblas

del Orco, que devoráis todas las cosas bellas:

me habéis robado tan bello pajarito!

¡Qué desgracia, que ahora por tu culpa,

pobre pajarito, los ojos de mi amada

están rojos e hinchados de llorar!

El texto se nos antojará contradictorio: por un lado, deplora la defunción del ave, pero a la vez le imputa haber turbado el ánimo de Lesbia. No pasemos por alto el papel de las figuras literarias en este fragmento: la exclamación retórica de los últimos tres versos sugiere que esta atribución de responsabilidad es una exageración, un exceso emotivo circunstancial, pues —en rigor— lo que ha provocado su deceso es el destino (concretamente, “el Orco”). Por otra parte, el lenguaje del primer tramo bebe de los campos léxicos del sentimiento (“quería”), las relaciones filiales (“hija”, “madre”) y lo gustativo (“delicia”, “dulce”, “miel”), dibujando un recuerdo genuinamente afectuoso.

He aquí la batería de interrogantes que traslado al poema: ¿hasta qué punto y por qué razón llora Catulo la pérdida del pajarillo? ¿Solo porque aflige a Lesbia? ¿O hay algo más…?

Una exégesis restrictiva se conformaría con eso. Catulo lo subraya en los versos finales: “ahora por tu culpa, pobre pajarito, los ojos de mi amada están rojos e hinchados de llorar”. No era su mascota, sino la de su amante. Tiene sentido. Pero ¿quién nos dice que Catulo no se conmoviera personalmente por la suerte del gorrión, al margen del disgusto de Lesbia? Quizá había jugado con él, lo había alimentado, lo había acariciado o le gustaba oírle cantar; aunque eso no lo anuncia abiertamente. Sí admite que era dulce y hermoso, tal vez por tratarse del capricho de su querida. En otras palabras, según esta lectura, la honra funeraria del ave sería una coartada para expresar sus afectos hacia otro ser humano.

Pero ¿y si no era solo eso? ¿Y si Catulo apreciaba con honestidad a aquel pájaro y sintió dolor por su desaparición? En tal caso, ¿por qué esconderlo? ¿Por qué desplazar el foco del duelo hacia Lesbia? Acaso por temor a ser tildado de afeminado o pueril. Desde un punto de vista social, resultaría más aceptable manifestar su angustia por Lesbia que hacerlo por una simple avecilla. El pretexto invierte así su polaridad: el sufrimiento de su amada es —además— el suyo, aunque no lo declare de ese modo.

Esta interpretación “a contrapelo” no pretende ser indiscutible ni definitiva. Si la comparto es porque en su embrión reside una de mis intuiciones principales: que durante milenios los autores (hombres) han escondido sus emociones hacia otras criaturas con tal de no convertirse en objeto de burla para sus pares.

Aspiro a demostrar con tiempo que mi corazonada posee visos de razón ignorados por falta de hábito, por desinterés o por pura inercia cognitiva.

Hasta entonces, que el gorrión de Lesbia descanse en paz.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190