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“Conversación de dos perros” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego mallorquín Conversa de dos Cans.

Se trata de un valioso testimonio sobre los espectáculos populares con animales en el que se fabula una pelea de perros celebrada en Palma de Mallorca durante 1892. El antropomorfismo disimula la violencia a la que se ven expuestos los canes Moreno y Ñap. Aunque la lucha se reviste de galas de heroísmo mediante un lenguaje que evoca las gestas de los caballeros medievales, esta estrategia retórica encubre un paisaje moral sórdido: abusos, apuestas y un pasatiempo cruel que, pese a la falta de reconocimiento oficial, es aplaudido por las masas. Queda lejos del retrato del Coloquio de los perros cervantinos: aquí los dogos absorben la perspectiva de los humanos, renuncian a su individualidad y se entregan a la lucha por conceptos tan intangibles para ellos como el honor y el beneficio económico de sus propietarios.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. En este caso no veo la necesidad de incluir un glosario final.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

Conversación de dos Perros
SOBRE LA PELEA DEL DÍA 15 DE MAYO DEL 92, QUE TUVO LUGAR
CERCA DE SON BOTER ENTRE

Moreno y Ñap

Cuando los soltaron

Moreno le dijo:

Ñap, no me muerdas así,

o si no, mal te sabrá;

antes te quiero advertir

que no te has de figurar,

si me quieres zarandear,

que siempre tenga que aguantar.

Ñap.

Moreno, no me cuentes milongas,

que de todos modos no te creeré,

y no te eches atrás,

que un perro sale más curtido

si lo ponen a prueba los de Palma;

ya lo comprobarás por ti mismo

cuando grites al sentir

el tarascón que te daré.

Moreno.

Ñap, no me vengas con enredos

ni me quieras revolver;

la pelea hemos de empezar,

no lo pintes tan difícil,

que luego ya se verá

cuál es el mejor de los dos,

que sé cierto que los dolores

son fuertes cuando yo agarro.

Ñap.

En la raya estoy puesto

y mi amo ya me agarra,

y tiro a Moreno en tierra,

allá en medio con un golpe.

Tumbos por la derecha y la izquierda;

allí hubierais visto a Ñap,

que hasta que estuvo cansado

supo resistir la guerra.

Moreno.

Vienes ligero como un caballo,

pero yo sé batallar con buena espada;

ya tengo la boca llena

de polvo de andar agachado.

Te crees que llevas buena baza,

pero por ti no me callo,

porque, al acabar este baile,

terminarás como un asno.

Ñap.

Te he sacudido demasiado pronto,

Moreno, ¿tú qué harás?

Abajo, abajo sufrirás,

pero allí tomarás resuello;

entonces sacarás las fuerzas,

tú que serás más soldado,

que cuando me veas cansado

entonces te volverás contra mí.

Moreno.

Ñap, ñap y ñap, tres veces.

¿No ves que no me ganarás?

Yo veo que te haces el chulo

y ganas por los revolcones;

¿no sabes lo que conseguirás?

Que, teniendo las fuerzas acabadas,

entonces, a las embestidas,

ya no saldrás al medio.

Ñap.

Moreno, ya estoy cansado,

no te hacía tan valiente;

tú haces la pelea jugando

y a mí me has dejado desdentado.

Y aliento ya no tengo;

y el chasco más pesado

es que en vano me han cuidado,

y quedaré malparado.

Moreno.

Démonos una embestida

y veremos quién va primero;

que por abajo he tenido que ir

y tengo la espalda ensuciada,

y eso es malo de aguantar;

pero con una sacudida

que le dé otra vez,

Ñap no querrá volver.

El amo de Ñap lo agarró

y lo separó pronto,

y le dijo: «¿qué tal, Ñap,

Moreno qué hará? »

Y Ñap le contestó:

«Lo veo en dificultad,

el juego está perdido;

ya pueden darlo por ganador.»

A Moreno también

de él lo apartaron

para volverlo a soltar,

y quedó de lo más entero,

y al otro perro dijo:

«Ñap, me gusta hablar claro:

a ti te he de ganar;

veo que eres demasiado alborotador.»

Moreno.

Veo que, al llegar la hora de la verdad,

ese que tanto me zarandea

y de ganar ya fanfarronea,

de encima de mí se quitará;

es verdad que sabe morder

y me arrastra y me patea,

pero yo tengo correa,

y a la larga se verá.

Volvamos a dar otra embestida;

el amo de Ñap volvió a decir:

«Yo sé cierto que el perro es fino

y no hará mala pasada;

y si le pegan la pitada

delante de todos los que hay aquí,

buscar donde huir

quien acaso lleve las de perder.»

Moreno.

Si Ñap se asustó,

su amo aún más;

y luego, apostando dinero,

se quería defender,

hasta el punto de que propuso,

despreciando su interés,

querer hacer un exceso,

como si quisiera amenazar.

Ñap.

Amo, el juego es peligroso,

veo que estáis enfadado,

y yo llevo carga de sobra

y no puedo defenderos;

no vayamos a caer los dos.

Yo ya estoy estropeado

y habéis de andaros con tiento

para que os apaleen a vos.

Moreno.

Si lo volvéis a hacer pelear

conmigo otra vez,

la apuesta ha de ser abundante

con buen dinero por delante;

así su amo sabrá

si soy una gallina amarrada,

y podrá valorar, en la embestida,

si Moreno es buen perro.

Ñap.

Yo, en mis adentros,

solía pensar

que otro se fue a pelear

en Palma y quedó

en medio de la plaza sin piernas…

Moreno, en aguante me superas,

porque veo que tienes tales mañas

que a fuerza de palique ganarás.

Moreno.

Lo que importa es poner

apuestas de cincuenta duros,

y así veremos los chulos

de Palma ajustando cuentas;

y, si salimos del apuro,

tendremos para echar unos tragos

para matar algún gallo,

y para cafés, copas y puros.

Ñap.

Bueno, hablar está de más;

no voy a volver a pelear,

y si él vuelve a apostar,

se expone a perder el dinero

todo cuanto allí arriesgue.

Ya les vale a esos perdularios,

que, si ellos son unos veletas,

tenga yo que pagarlo.

Moreno.

Al amo no has de dar

la culpa, que no la tiene;

la tienes tú, que eres un haragán.

Tienes desgana para pelear;

mi amo ya me lo dijo:

«Tú, para lo que eres bueno es para comer,

y si te hacen agarrarte,

hasta te avergüenzas de quedar bien.»

Ñap.

Amo, no brindéis por mí;

ni se volverá a armar tal jaleo,

ni tú me ganarás

ni a comer un plato de sopa.

Y si alguna vez te topas conmigo,

tú mismo luego lo verás:

no creas que eres capaz

de ganarlas todas.

Moreno.

Me he cansado de sermonear

y no te lo puedo dar a entender:

que para pelea eres malo,

porque pronto te sueles cansar;

y así dejémoslo estar,

que el amo que te suele guardar

bien puede presumir

de tener semejante pieza.

Ñap.

Mi amo es que tiene miedo,

y aunque sea un dogo mallorquín,

soy bueno para hacer ruido

y para comer, aunque sea un trozo,

tanto si hace sol como si llueve.

Lo que pienso es que conmigo

no ganará ningún tesoro

ni estrenará ropa nueva.

Moreno.

Con tu nombre no erraron:

tú eres dogo mallorquín antiguo;

pero solo si te dan el buey frito,

no si te ponen a pelear.

Yo ya estoy enterado

de que, si te hacen demostrarlo,

tendrán que buscarte por ahí,

porque te habrás escondido.

Ñap.

Yo soy bueno para pelear

y para tener discusiones,

pero con perros de poca monta

a los que pueda manejar;

pero no hago apuestas

contra uno que me pueda ganar,

pues enseguida lo dejo estar

y no doy más razones.

Moreno.

Tú, algo ruidoso,

y tu amo, bravucón;

los dos hacéis mucho ruido

sin saber por dónde sopla el viento,

y luego, para quedar bien,

os suele costar del bolsillo,

y lo peor de todo

es que Ñap no tiene nada que hacer.

Ñap.

Si vuelvo a pelear con él,

no me sabrá mal si pierdo dinero;

que el amo se empeña en torcerlo todo,

y ya veréis qué remedio,

si acaso sucediera

que me volviera a tocar la piel,

o la nuca del cogote,

huiré y no me verá más.

Moreno.

Tú mismo te precipitas

al pelearte con otro,

y eso es una falta

que suele traerte desgracia;

la razón a la vista salta,

y, si nos volvemos a topar,

ya nunca más podrás ir,

Ñap, con la cola tan alta.

Ñap.

Moreno, tú juegas con ventaja;

no es que me quiera pelear,

es el amo quien me suele forzar,

porque se le ha metido en la cabeza

que gracias a mí se quiere ganar

el jornal, este soldado;

y yo he quedado maltrecho

y no me quiero volver a agarrar.

Moreno.

Tu amo se ha venido arriba

y soltó la frase

de que tú eres el perro mejor

que había en Palma;

y no quiero disputarlo,

pero yo, por piedad,

no te dejé desollado

cerca de Cala Major.

Para lo que sí eres muy listo,

te lo digo y lo has de creer,

es para alguna vez sacar

los bocados de dentro del plato;

y lo que digo puede verse:

quieres estar descansado

en un rincón retirado,

con un jergón donde yacer.

Ñap.

En vano hemos conversado:

tú has ganado la victoria.

Dejemos ya el alboroto,

que eres el más aventajado,

y el amo que te ha adiestrado

podrá tomar posesión

del dinero y la honra y gloria

de decir por todas partes que has ganado.

Moreno.

Dios te dé buen descanso,

que con salud podamos estar

y te puedas librar

de caer en malas manos;

tú no tienes mañas suficientes

para poder pelearte,

y el amo que te cuidó

ni siquiera sabe lo que son los perros.

Dejemos la conversación

y no hablemos más del lance;

tú, si te escuece, ya curarás,

yo también he de sanarme;

yo lo que quiero procurar

es no ofender si me alargo,

aunque sé que no hacen caso

de las palabras de un perro.

Y si nadie, de ningún modo,

cree en todo lo que he dicho,

lo quiero dar por escrito

y lo firmo: El perro Moreno.

El que este papel ha compuesto

a todos pide perdón,

y si hay alguna falta,

espera ser perdonado;

soy un pobre desdichado,

y vivo de mi sudor,

y solo paz y unión a todos he deseado.

(Es propiedad)

Se halla de venta en Palma, tienda de M. Borrás y en la casita de madera de la cuesta del Teatro.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

La lupofobia y el mito de la objetividad en la historia natural

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No es ningún secreto que no creo en la objetividad pura. La ciencia humana no queda libre de sesgos; de hecho, la defensa a capa y espada del rigor académico arroja no pocas preguntas sobre cómo se construye esa noción.

El empirismo, con su afán descriptivista y causal, ayudó a reorientar la percepción de los animales entre la aurora de la modernidad y el siglo XIX. Para entonces, naturalistas de Indias y zoólogos como Buffon comenzaban a tomar distancia de una interpretación netamente simbolista, avalada por un sistema epistemológico de marcada reverencia hacia las autoridades grecolatinas y cristianas: Aristóteles, Plinio, Isidoro de Sevilla… No obstante, ni siquiera esos amagos de experimentalismo emergente alcanzaron a ahogar el peso de la tradición, del interés económico y del utilitarismo humano; un legado de miedo, abuso y propaganda política, en el que no resulta fácil distinguir los regateos de quienes ostentaban el poder, siempre raudos para delegar sus culpas en otros más desprotegidos y menos audibles.

En este caso me estoy refiriendo al lobo. Pocas bestias hay más cargadas de significados peyorativos, más demonizadas y agraviadas que esta. ¿Injustamente? Dependiendo del ojo de quien mire. Al norte de España, en Asturias, me cuentan mis amigos que los agricultores evitan la iconografía lupina como si se erigiera en foco de infección. Responsabilizan a estas criaturas de los raptos del ganado, las envenenan, tienden trampas para aniquilarlas y algunos, incluso, exhiben sus cabezas colgadas de lo alto como trofeos macabros: un tributo a cierto modelo de masculinidad y un dardo disparado contra los gobiernos autonómicos.

Pero ¿de qué van a sustentarse estos carnívoros si los hábitats de sus presas se ven cada vez más fragmentados por las ciudades, carreteras y tierras de labranza? Y aunque no nos pusiéramos inmediatamente de su parte, si reconocemos que se trata de un problema complejo, ¿no bastaría con garantizar la salvaguarda de las reses —que, irónicamente, quizá más tarde devore una persona— y condenarlos al triste destino de la inanición? ¿Hacía falta burlarse, vejar sus cadáveres, pintar a su especie entera como la villana de una película en la que a nosotros se nos ha asignado el papel de héroes?

No será preciso que convoque a Caperucita ni que reviva a Félix Rodríguez de la Fuente para respaldar mis argumentos. Invito al lector a que se asome conmigo a un nuevo itinerario cultural a través de las láminas de una obra del Setecientos que mereció de manera temprana —y que mantuvo durante más de cien años— el calificativo indiscutible de clásico. Por supuesto, estoy aludiendo a la Historia natural de Buffon.

Nos fijaremos para ello en algunos de los grabados que acompañaron a sus ediciones. Observemos, primero, este publicado alrededor de 1837 y coloreado posteriormente a mano:

Dejando de lado la técnica, así como ciertas irregularidades anatómicas (e. g., el tamaño de las retinas y la forma de las pupilas de ambos especímenes), el dibujo se nos antojará revelador de la pedagogía antrozoológica de la época. La fauna salvaje —Canis lupus y Vulpes vulpes— no ha sido representada cazando por pintoresquismo ni por accidente: las entradas del conde recogían una amalgama de informaciones heterogéneas relativas a su dieta, costumbres, técnicas para capturarla, relación con el hombre y aun su sabor. La lógica compositiva de dichos manuales los arrima antes al género de la miscelánea, a la erudición exhibicionista de Eliano y a las forestas barrocas (dentro de una serie de parámetros geográficos y taxonómicos) que a nuestro concepto actual de enciclopedia animalística.

Tampoco se perdía de vista el componente didáctico. Así es, la fábula no muere con La Fontaine; resucita entre los mimbres buffonescos al calor de un cientificismo antropocéntrico y todavía especulativo, con arrebatos polímatas que no discernían entre la anécdota, el suceso maravilloso, la ficción engalanada de hecho veraz y el dato contrastado. Y cuando absolutamente todo estaba llamado a educar y entretener, hasta el más ínfimo trazo era susceptible de entenderse como la partícula de una cadena comunicativa que el receptor tenía que descifrar.

Aquí la moraleja queda clara. Lobo y zorro parecen sacados de un cuento esópico: uno engulle ovejas, el otro asalta gallineros. Las poses estatuarias, estáticas, que aparecen en otros compendios de su tiempo han sido descartadas en favor de una escena dinámica que transparenta la catadura ética de ambos depredadores. Los dos saquean y exterminan a los pobres súbditos que el hombre preserva para abastecerse de lana, huevos y carne. El raposo huye a la carrera del castigo que le aguarda; mientras tanto, el lobo —acaso más insolente— reta a quien contempla el grabado o lo vigila atento mientras destripa in situ al ovino. Ni retrocede ni se achanta; probablemente el artista era muy consciente de que así, colocado en esa pose, luciría peligroso y desafiante.

Constituían, a fin de cuentas, enemigos a abatir para la humanidad, porque esquilmaban las haciendas de latifundistas y pastores. Porque no se les ocurrió (o no quisieron barruntar) que, a lo mejor, nuestra especie había invadido sus territorios, que había reducido el censo de conejos y ciervos. Aquello no era relevante. Según la Scala Naturae, al hombre le correspondía una posición cimera, de privilegio, sobre los demás seres de la Creación. Ya había algunos que se planteaban con amargura —a veces parapetados tras las herramientas de la sátira— tal contradicción, impropiedad y asimetría. Pero considerar seriamente sus implicaciones incomodaba por aquellas fechas tanto o más que ahora.

Veamos otra ilustración fechada hacia 1880:

Me permitiré ser más conciso y enunciaré mi reparo vestido de interrogación: ¿qué necesidad había de incluir lo que semeja tratarse de una carcasa a los pies del cánido y de retorcerle el cuello en ese ángulo anómalo para que le muestre los dientes al espectador? Ninguna. Es más, su postura resulta antinatural: por un lado, el can encoge el cuerpo como si quisiese mantener a salvo sus órganos de una acometida lateral; simultáneamente, está arqueando la testuz y enseñando los colmillos como si fuese a pasar al ataque de un momento a otro. Más que una licencia artística, recuerda a un truco de montaje. Y uno poco logrado, a decir verdad.

El realismo gestual brilla —en definitiva— por su ausencia. He ahí otra dramatización que confirma estereotipos de lo más convenientes para conservar nuestro estatus de superioridad moral. Su efigie desborda lo estrictamente empírico para adentrarse en el apólogo pictórico: le loup deviene fiera sanguinaria y antropófaga, azote de los campos y los bosques. Su matanza quedaba, así, plenamente justificada.

El lobo no suponía una amenaza directa para nuestra seguridad, aunque su imagen terminó siendo eclipsada por la sombra de la perfidia, como se aprecia a continuación:

Para ser sincero, ignoro si esta última estampa proviene de la estirpe buffoniana o de otra fuente similar; ahora bien, comparte cuna decimonónica con las precedentes y refuerza una tesis progresivamente más tangible: el Canis lupus como asesino inmisericorde, como agresor de un tierno cervatillo que yace —¿finado, revolviéndose impotente?— bajo sus garras, como si hubiera sido transmutado en un delincuente que se atreve a exponer sus fauces tras haberse visto sorprendido en medio de un acto atroz.

El autor podría haber escogido como víctima a un ejemplar anciano, o haberlo retratado en convivencia con los miembros de su unidad familiar. La elección de la cría intensifica el morbo, acentúa el efecto sensacionalista y espeja mejor la idea que la cultura occidental había forjado de su especie: una criatura abyecta, voraz, despojada del parco atisbo de redención que podía ofrecerle el rol de alimentador de su camada. Y no porque se desconociera que actuaba en grupos —qué va—, sino porque (casi) nadie estaba dispuesto a concederle que sintiese cariño hacia los suyos. Porque el relato que habíamos levantado sobre ellos, el odio cocido a fuego lento durante milenios en el horno de la lengua y la literatura, se extinguiría de un soplido.

Una estrategia muy identificable —y demasiado humana— para escurrir el bulto y eludir el remordimiento que produciría en muchos la certeza de haber eliminado a unos animales que, en el fondo, no son tan diferentes de nosotros.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Historia interesante de un grandioso elefante” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego anónimo catalán Historia interesán de un grandiós elefán, de finales del siglo XIX o inicios del XX.

Se trata de una composición popular, de marcado acento satírico, concebida como relación fabulosa de las aventuras de un elefante desde su nacimiento hasta que llegó a la ciudad condal. El texto encadena hipérboles con humor escatológico y disparates geográficos propios de cierta rama de la literatura de cordel. Nuestro animal es descrito con dimensiones monstruosas, lucha contra fieras, atraviesa bosques y mares, visita Montevideo, hunde embarcaciones y acaba sus días siendo exhibido en el Parque de la Ciudadela. Algunos incidentes parecen remitir a la trayectoria de paquidermos célebres como Pizarro; otros apuntan al “Abuelo” —en realidad, una hembra—, probiscidio residente del Zoo de Barcelona entre 1892 y 1914. La vena grotesca del pliego transformó, así, un trasfondo reconocible en una biografía falsificada y caricaturesca.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Facilito al final un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

HISTORIA INTERESANTE
DE UN
GRANDIOSO ELEFANTE

Con todas las hazañas por las que pasó
desde su nacimiento hasta el presente año.

Lector, si acaso viajaras,

verías cosas muy grandes:

verías los elefantes

que hay en las Indias bravas.

Verías unos animales…

«que yo no les he tomado la medida»,

son, sin decir ninguna mentira,

más gordos que catedrales.

Tienen unas piernas, lar…gas,

«y no lo digo cantando en coplas:»

son cuatro veces más gordas

que aquellos bocoyes de seis cargas.

¡Y una cabeza! Vaya, dejémoslo correr,

porque te espantarás:

pues la caldera del gas

les sería estrecha como gorra.

Las orejas… qué te diré,

es decir, las de los elefantes

no son, ni con mucho, tan grandes

los abanicos de un barbero.

Ah; también tiene unos ojos. ¡Hijo mío!

y no te digo ningún disparate:

más grandes que ruedas de carro;

anchos de nueve palmos o diez.

Después tienen unos colmillos,

vaya, que te darían miedo.

No hay ninguna embarcación

que lleve los palos tan altos.

¡Y la trompa! ¡Ay, tu madre!

¡Si veíais aquel trasto!

¿Qué os creéis, que no es bien gruesa?

¡La lleva larga por varas!

¡Pues sí, muchachos! El elefante,

la trompa le sirve de mano:

cuando han de beber o comer,

con la trompa todo lo hacen.

Si te dan una bufada

con aquel horrible armatoste,

vais tú, y tu pueblo y todo,

dos horas de reculón.

La cola tiene una fisonomía

igual que un cono de papel,

es tan pequeña y mezquina

que aquello parece una birria.

En el cuerpo tiene una cosota

que… yo no la oso decir:

si lo íbamos a medir

parecería otra pata.

Cuando hacen una meada,

si vierais aquellos campos,

queda un reguero de tres palmos

y una hora de largo.

No creáis que sean romances,

que yo no soy embustero;

quiero decir: si hay alguno que es fiera,

también hay que son mansos.

Cuando hacen sonar la trompa,

aquello, hijos míos, parece una corneta:

te mueve un terremoto

como si el mundo hubiese de acabar.

Un día… ¡Ay, san Antonio!,

me pasó uno por la vera

como una locomotora:

igual, lo mismo que un demonio.

Después se averiguó

que aquel tremendo elefante,

en una cueva muy grande,

se fue a parir.

Tuvo dos pequeños

allí en un montón de paja:

pues sí, sí; aquella chiquillería

ya hacían bufidos y gritos.

A los veinte días de estar allí,

o al cabo de cuatro semanas,

eran gordos como tartanas,

y el más pequeño huyó.

Y ahora que me viene a la memoria

y se presenta la ocasión,

de este pequeño animalejo

os voy a contar la historia.

Iba atravesando campos

tanto de noche como de día:

¿sabéis de qué se mantenía?

De comer palmas y ramos.

Oh, sí, no os pongáis a reír,

Dios grande, ¡qué trabajos penosos!,

hay quienes comen ramajes

tan solo para poder vivir.

Veinte días caminaba

sin atender a razones;

veía serpientes, veía leones,

pero nunca se detenía.

Como que aquello era en el estío,

la sed lo mortificaba,

y para beber, se paraba

a la orillita de un río.

Metía la trompa allí,

y cómo chupaba con aquel pico:

hasta que el río quedó seco,

y hasta que se hartó.

Una hiena que era chata

también fue allí a beber;

como agua no encontró,

no faltó gresca.

La hiena, toda enfadada,

dentro de un bosque se metió,

y con gruñidos, gritos y bramidos

iba dando la voz de alarma.

Enseguida acudieron

dos leopardos y un chacal,

dos tigres del Senegal,

un búfalo y un jabalí.

Dos serpientes de cascabel,

veinte panteras, seis leones:

allí habríais visto disputas,

y todo Cristo contra él.

Él, con la trompa levantada,

ya me los comenzó a perseguir,

y a todos ahogados los dejó

tan solo con una bufada.

Vuelven a emprender la lucha,

y él firme, con toda pompa,

y otra vez con la gran trompa

les dio otra ducha.

¡A rediós, qué batalla!…

Todos sobre él a mordiscos,

empujones y arañazos;

y él derecho como una muralla.

No pudieron salir bien

tanta tropa contra él,

porque, hijos míos, tiene una piel

que las balas no le hacen nada.

Él, al final, quemado

de tantos bramidos y mordiscos,

con tres o cuatro trompazos

dejó el campo limpiado.

Cansado ya de estar allí,

orgulloso y soberano,

el tipo, muy despacio, despacio,

volvió a emprender el camino.

Pasaba arenales, montañas;

su paso ya era inseguro;

nunca pisó nadie

unas tierras tan extrañas.

Sin penas ni quimeras

y descansando rendido,

atravesaba una noche

unos grandes bosques de palmeras.

Sintió ruido, y se paró:

y para recoger aquel olor,

levantó la trompa al aire

y se puso espantado.

Y así que ya estaba a punto,

con intenciones no muy buenas,

más de veinticuatro monas

se le tiraron encima.

De aquello que llaman pericos

saltaron allí… ¡quién sabe cuántos!

cotorras, orangutanes,

y más de ochenta micos.

Parecían enjambres de abejas

todos botando por encima de él;

subían piernas arriba

y agarrados a sus orejas.

Él con la trompa, rip rap,

contra aquellas domésticas fieras,

pero como van tan ligeros

no podía tocar a ninguno.

Como veía que no daba una,

y que la trompa no le servía,

no tuvo más remedio

que ponerse enseguida a correr.

Parecía que se volviese loco,

atravesando aquel campo

todo cargado de animalerío:

ya os digo yo que daba gusto.

Reventado de hacer el viaje,

de bestias tan cargado,

llegó todo reventado

a la orilla de una playa.

Como sabía nadar,

y la carga lo aturdía,

allí no hubo tu tía,

dentro del mar se metió.

¡Rediós, qué terremoto!

Como se veían perdidos todos,

ya podéis contar qué saltos

hacían arriba y abajo.

Aquello parecía una guerra,

todo Dios brincaba y saltaba,

y el que no se ahogó

es porque volvió a tierra.

Ya lejos de micos y monas,

dentro del mar el elefante,

nadaba de tanto en tanto

e iba reposando a ratos.

Desde una barca pescadora

lo vieron unos marineros,

y sin pensarlo más

le tiraron una fisga.

Cuando él se sintió pinchado,

un golpe de trompa, y adiós:

ellos y la barca, hechos añicos,

todo Cristo quedó ahogado.

Nadando iba siguiendo,

y por voluntad de Dios,

llegó a Montevideo

y del mar fue saliendo.

Pastando de la Ceca a la Meca

fue a parar a un campo de guano;

y allí lo encontró un gitano

que era hijo de Vilaseca.

Pero estaba un poco borracho,

porque el grandísimo muñeco,

viéndolo con la trompa y todo,

se pensó que era un mulo.

Y decía: «¡Allí me juego un nabo,

que no ha visto nunca ningún gandul

un mulo con la cola en el culo

y una cola en la cabeza.

¡Mirad el pobre cómo está!

he aquí, esto es un fenómeno:

este, sin jugar al dominó,

siempre ha de hacer cabeza y cola.

¡Ay, y ahora! ¡Que está esquilado!

no tiene un pelo: ¡Virgen María!

quizá es de una enfermedad,

o quizá lo han afeitado.

¡Qué ore…jas! ¡Señora!

Eso sí que no tiene medida.

Parecen, sin decir mentira,

toldos de revendedoras.

Arre… niño… toma, ten…

Hace cara de enfadado:

me parece que ya he cobrado

si acaso me endiña un vaivén.

¡Ay! no se menea ni se mueve…

el payo, como hace el bobalicón.

Tiene los cuernos en la boca,

puede ser que sí que deba de ser un buey.

Pero, ca, un buey no es así,

porque ya me habría embestido.

¡Qué culo tiene más caído!:

veamos si lo haré seguir.

Toma, pequeño, arre, ho…

veo que el miedo no lo arredra:

veamos, tirémosle una piedra

para ver si coge miedo.

¡Cómo me mira el cicatero!

¡Recristo, cómo se eriza!

¡Ay, madre mía, cómo bufa!

¡me largo, que se hace el torero!».

El elefante se enfadó

cuando se vio insultado,

y con la trompa preparada

al gitano persiguió.

Lo agarra por el cogote

con la trompa el animal,

ved si lo tiró alto

que no hemos sabido nada más de él.

Pero un día llegó:

«esto sí, ya lo podéis creer»,

que dos indios que lo vieron

una trampa le prepararon.

La bestia una costumbre tenía:

que cuando quería dormir,

se arrimaba a un pino

porque echarse no podía.

El pino se lo serraron

hasta que justo se aguantase;

al apoyarse, con el peso

se acabó de romper.

De culo el animal cayó

sin poder moverse de allí,

y al día siguiente por la mañana

lo hicieron prisionero.

Lo alzaron con un aparejo

y atado sin clemencia,

y con el tiempo y con gran paciencia

domaron al animal.

Le cortaron los colmillos,

que así dicen que se vuelven mansos

y que no son precisamente romances,

que sacaron muchos reales.

Un inglés lo compró

y con un barco y mucha maña

se lo llevó hacia aquí a España

y a Barcelona lo trajo.

Allí se hicieron con él,

comprado o vendido no lo sé,

lo que sí puedo decir muy bien

es que allí en el Parque lo encontraréis.

No es nada travieso, es muy sabio;

la chiquillería, cuando va allí,

siempre le apartan pan

y por nombre le dicen Abuelo.

— FIN —

Y si hay algún botarate

que lo que he dicho no quiera creer,

cuando quiera lo puede ir a ver,

y acabado, amén Jesús.

Es propiedad de Juan Grau.

Reus—Se vende en la librería Joan Grau, calle de Meliá, núm. 1.


GLOSARIO

Bocoy: tonel grande.

Bufada: soplido fuerte, bufido.

Cicatero: mezquino, ruin, miserable.

De la Ceca a la Meca: dicho popular con el significado de andar de un lado a otro.

Endiñar: dar, propinar, asestar (generalmente, un golpe).

Fisga: arpón de varias puntas destinado a la pesca.

Guano: excremento de aves marinas o murciélagos empleado como abono.

No hubo tu tía: expresión coloquial que quiere decir “no hubo remedio”.

Reculón: retroceso brusco.

Rediós: interjección que denota enfado o sorpresa; equivalente a “rediez”.

Tartana: carruaje abovedado y ligero de dos ruedas.

Vilaseca: municipio de Tarragona (Cataluña).

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Samaniego y la (i)lógica moral de las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Mucho se ha hablado sobre la atemporalidad de las enseñanzas de la fábula. En realidad, lo que permanece y se recuerda no es el contenido ético, sino la más sabrosa sustancia literaria: la anécdota, que luego se rodea de interpretaciones, significados y valoraciones no siempre coincidentes. Viene siendo así desde siempre: cuentos, apólogos y refranes se han transferido materiales a través de vasos comunicantes, aunque cada género —y cada narrador— los usa como le conviene.

Sería ingenuo suponer que, en miles de años, desde Esopo (y antes), no ha cambiado nada. Pero no hace falta desplazarse tan lejos: basta volver la vista hacia Samaniego para darnos cuenta de que la fábula no es un tejido regular y liso, un archivo coherente de certezas morales, sino un campo de batalla en el que pugnan ideologías coetáneas con trazas fósiles astilladas en la boca del relato.

A propósito de las relaciones entre humanos y animales, sucede exactamente lo mismo. Un mismo autor puede defender ideas dispares, aparentemente contrarias, sin percatarse o sin preocuparse (quizá) de que alguien note dicha contradicción. Por eso el alavés, en algunos textos, critica la glotonería carnicera y la ingratitud hacia la fauna que acompaña al hombre, en tanto que en otros le niega la igualdad de derechos y la enjuicia con arreglo a una vara de medir muy distinta.

Como botón de muestra, leamos la fábula “El gato y el cazador”:

Cierto Gato, en poblado descontento,

Por mejorar sin duda su destino

(Que no sería Gato de convento),

Pasó de ciudadano a campesino.

Metióse santamente

Dentro de una covacha, mas no lejos

De un gran soto poblado de conejos.

Considere el lector piadosamente

Si el novel ermitaño

Probaría la yerba en todo el año.

Lo mejor de la caza devoraba,

Haciendo mil excesos;

Mas al fin, por el rastro que dejaba

De plumas y de huesos,

Un Cazador lo advierte; le persigue,

Arma trampas y redes con tal maña,

Que al instante consigue

Atrapar la carnívora alimaña.

Llégase el Cazador al prisionero;

Quiere darle la muerte;

El animal le dice: «Caballero,

Duélase de la suerte

De un triste pobrecito,

Metido en la prisión, y sin delito.»

«¿Sin delito, me dices,

Cuando sé que tus uñas y tus dientes

Devoran infinitos inocentes?»

«Señor, eran conejos y perdices,

Y yo no hacía más, a fe de Gato,

Que lo que ustedes hacen en el plato.»

«Ea, pícaro, muere;

Que tu mala razón no satisface.»

Con que sea la cosa que se fuere,

¿La podrá usted hacer, si otro la hace?

El protagonista es un gato asilvestrado, un felino escapado del domicilio, y ya desde el principio Samaniego lo convierte en blanco de varias burlas: “no sería gato de convento”, porque los gatos que mantenían los religiosos para comerse las ratas en las iglesias estaban —como sus dueños— bien alimentados (¿anida aquí, quizá, una pequeña puya anticlerical?); y “Si el novel ermitaño / Probaría la yerba en todo el año”, una acusación de desviarse de los principios de una vida de abstinencia.

No quiso ver, desconocía o no le importaba que la dieta de estos mamíferos se compusiese exclusivamente de carne. El pequeño animal se justifica argumentando que ambos compartían las mismas predilecciones gastronómicas y que los crímenes que había cometido eran leves (porque no mataba personas, sino “conejos y perdices”), pero sus razones no alcanzan a conmover al venador que lo había apresado para eliminarlo. A fin de cuentas, le estaba arrebatando las piezas; a sus ojos —y a ojos de la sociedad— ese era su delito, a despecho de que lo disfrazasen de vaporosas “fechorías” contra los supuestos inocentes (¡como si nuestra especie no las hubiese cometido mucho peores!).

La voz del autor se escucha con nitidez en la moraleja: “¿La podrá usted hacer, si otro la hace?”. La lección parece irrebatible: que los demás obren mal no nos autoriza a hacer lo propio. Ahora bien, el ejemplo no acierta: deviene antropocéntrico e incongruente: evita reprocharle al cazador un acto hipócrita; esto es, pasa de puntillas sobre su sentencia con una afirmación muy general y le escamotea al lector —ya convencido de que el gato tiene los días contados— el escarmiento de un pícaro igual o peor que él.

A lo mejor en el fondo era consciente de que el hombre merecía el rapapolvo, pero prefirió hacer oídos sordos. Era lo más tranquilizador. Buena parte de la teología, las ciencias naturales de la época y la visión popular del mundo situaban a la humanidad en un peldaño superior. Disculparse habría sonado innecesario y aun sospechoso.

He ahí una grieta transparente en la lógica del alavés: la modestísima protesta del felino se concibe, es transcrita, incomoda (tal vez), aunque irremediablemente cae en saco roto.

Aquel no era país para gatos salvajes…

Huellas en la tinta

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Hacia una filosofía del peluche

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Para un investigador que ha dedicado años a examinar la fábula, el estigma de lo infantil se siente como el mosquito veraniego que te sobrevuela con avidez de sangre: lo escuchas zumbando junto a tu oído, no siempre lo percibes con claridad, pero intuyes que no anda lejos y que, en cuanto bajes la guardia, te hincará el aguijón sin remordimientos.

Cada vez se tolera más que un adulto disfrute de series de animación (ahora hay muchas repletas de violencia y sexo) o que invierta horas de su ocio en determinados videojuegos. No estaría tan bien visto que abrazase un peluche antes de dormir, que le pusiese nombre o que hablase con él, aunque lo hiciera desde la intimidad relativa de su habitación. Se le podría disculpar que acumulase estos objetos en calidad de rasgo excéntrico, bajo la lógica flexible del coleccionismo. En tal caso, acapararía bestezuelas de felpa como quien llena álbumes con sellos, estanterías con maquetas o mesas con figuritas de Warhammer.

Entre niños, en cambio, sí se admite. Se considera positivo y abundan los estudios psicológicos que lo demuestran: el peluche tranquiliza, aviva la fantasía y resulta confortable al tacto. También se han probado sus beneficios para las personas del espectro autista. La bibliografía sobre esta materia es profusa y no viene a cuento, de modo que se me permitirá omitirla para saltar al tema que me concierne hoy: la ontología del animal de felpa y su vínculo con el ser humano.

Retrocedamos a la fotografía que encabeza esta entrada. Es un oso Teddy de la empresa Steiff, llamada así en honor a su fundadora, Margaret Steiff, inventora del peluche. Aunque los orígenes de este clásico se remontan a una caricatura del presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, famoso cazador y conservacionista que se opuso a disparar a un oso negro herido por juzgarlo poco deportivo (o eso afirmaba él; ¿quién sabe si en realidad no experimentó una pizca de lástima?).

Una caricatura política más tarde, a un inmigrante ruso se le ocurrió diseñar el archiconocido modelo y comercializarlo bajo el nombre de Teddy en honor a Roosevelt, hipotético defensor de aquellas fieras desvalidas. Sobra decir que su hallazgo arrasó en ventas y acabó canonizando a esta especie como embajadora del reino peluchesco.

Hasta ahí la historia. No es preciso ser un genio para atisbar indicios de antropomorfismo neoténico en la configuración del “Teddy Bear”: brazos y piernas articulados como los nuestros, ausencia de la característica “chepa” del Ursus arctos y ojos como “espejos de azabache”, platerescos; así creo que los definiría mi querido Juan Ramón. Todo en él es dulce, suave, mórbido. No apesta a carroña y carece de colmillos y garras. Su existencia responde a los propósitos de hacer felices a los más pequeños, conseguir que se sientan acompañados y estimular su creatividad.

Muchos condenarían este (ab)uso de la fauna como algo ilegítimo o, quizá, como un mal menor, asumible en aras del bienestar emocional de nuestros retoños. Cierto es que falsea la naturaleza silvestre y que enmascara verdades incómodas, como la amenaza de la depredación y los conflictos éticos que subyacen al consumo de carne. Alimenta, asimismo, las utopías agricultoras que tan de moda se han puesto en series audiovisuales como la Granja de Zenón, en la LIJ y aun en los videojuegos del género cozy (e. g., Stardew Valley). Pero no se debe negar que nos acercan a animales que, de otra manera, solo habitarían nuestra imaginación o los zoológicos, o que serían víctimas perpetuas de los discursos de odio: temed al oso/lobo/tigre porque se come a las vacas/cabras/ovejas (que el hombre cuida para zampárselas él; aunque, curiosamente, eso nunca se explicita).

La culpa carnista abrasa las lenguas de los pedagogos. ¿Cómo le confiesas a tu hijo que el delicioso muslo aviar que le serviste en el almuerzo fue arrancado de la pata del primo del gallo Bartolito? He aquí una primera encrucijada moral.

Pero no quiero detenerme en un problema que ya he explorado en numerosas ocasiones. ¿Qué hay de los individuos maduros que conservan el apego hacia sus peluches, muñecas u otros juguetes que, según la sociedad, tendrían que haber abandonado hace décadas? Sospecho que algunos trasladan vicariamente esos sentimientos a sus vástagos y que reviven aprecios prohibidos bajo el pretexto del juego paternofilial.

¿Y quienes no somos padres ni madres a qué excusa nos aferramos? A ninguna: nuestras inclinaciones permanecen al desnudo y o bien decidimos sepultarlas en un hoyo profundo, donde nadie las encuentre, o bien las enarbolamos por bandera y nos arriesgamos a ser blanco de burlas.

Todavía subsiste una cuestión tanto o más delicada que esa: ¿qué tipo de relación forjamos con la fauna de carne y hueso a través de sus simulacros de felpa?

Por un lado, los hemos instrumentalizado y depurado de su animalidad. Por otro, hasta esta aproximación imperfecta puede nutrir nuestro imaginario y suscitar una sombra de empatía. Ello no implica —claro está— que los osos “no Teddys” sean nuestros amigos y que estén dispuestos a tomar el té con nosotros si un día nos cruzamos por el bosque. Eso sí, allana el camino. El peluche deviene, conforme a mi tesis, un potencial facilitador de la sensibilidad hacia otros seres vivos, especialmente cuando lo respalda una educación emocional de signo ecoanimalista.

¿Y qué hay de la persona talluda que se obstina en no desprenderse de dicha muleta, tierno “residuo” de la infancia? Nuevamente se trata de un asunto espinoso. Aparquemos lecturas psicologistas que, por su simplicidad o recurrencia tópica, no nos llevarían a buen puerto. Mi duda es otra: ¿no resuena en este “amor oscuro” un eco del cariño hacia las mascotas, una cierta fascinación por lo salvaje, por criaturas diferentes, así como un secreto anhelo de conexión con ellas?

La respuesta probablemente sea subjetiva y graduada, como el aleteo distante del tábano que nos acosa en las noches estivales.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

 

Eliano y los delfines, o el mutualismo en las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…

A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.

En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.

¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.

Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:

Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.

Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.

¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.

Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.

Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.

Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

De arcadios y vacas caníbales

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los recuerdos ejercen un poderoso hechizo en la mente: cuando los vivimos en tiempo real, rara vez nos percatamos de su importancia. Meses o años más tarde, mientras repasamos el archivo de nuestra memoria, las huellas que no se han desvanecido adquieren el tinte rosado de la añoranza y el tono vagamente sentimental de lo bucólico.

La idea era magnífica: celebrar un seminario en pleno monte de León, en un pueblito perdido con evocaciones del Maienfeld de Heidi. Ponencias, amigos y rostros familiares, rutas por el bosque… El encuentro poseía los ingredientes necesarios para convertirse en una experiencia enriquecedora a todos los niveles. Lo que dicha receta no contemplaba era que un tropezón intruso se colaría en su estofado, fulminando de un repentino choque eléctrico las reminiscencias pastoriles que despertaba el lugar.

Sabía que el consumo de carne en el norte de España era alto. Lo he atestiguado en La Rioja, al pedir un sándwich vegetal que —para mi sorpresa— estaba adobado con atún. Con una inocencia pasmosa, el dependiente me aseguró que no llevaba carne y que, por tanto, era adecuado para mi régimen vegetariano. Yo le sonreí y rechacé el plato.

Los ociosos pastores de la Arcadia, una recua de cortesanos bajo disfraz, habrían turbado su ánimo ante un manjar compuesto de los dulces ruiseñores, las tórtolas y las ovejas que amenizaban sus devaneos amorosos. O quizá hubiesen esperado a que Virgilio y Garcilaso no anduvieran por allí trenzando versos para satisfacer sus apetitos carnívoros y regresar después con el estómago lleno y un nuevo motivo para digerir sus penas.

De lo que estoy convencido es de que a estos especialistas en el camuflaje y la doblez emocional les habría revuelto las tripas el cartel que aparece en portada. O tal vez lo hubiesen leído con el mecanicismo del filólogo que analiza las figuras literarias de un poema: personificación (reses antropomórficas) y una antítesis rayana en lo absurdo. ¿Cómo se traga —perdóneseme el juego de palabras— que estas vacas ataviadas de Hell Angels, transterradas y aquejadas de un desorden de alimentación severo, se zampen una hamburguesa en una cantina ibérica al son de Welcome to the Jungle?

A mí la imagen me supo tan artificial como un bocadillo de píxeles generado por la IA. Artificial y problemática. La dieta del ganado ha sido falseada para vendernos una hamburguesa, porque si hasta las vacas (las “donantes”) la disfrutan, ¿por qué no iba a hacer lo mismo un cliente humano?

Esto guarda relación con el concepto de “referente ausente” que acuñó Adams: vemos las rodajas de chorizo en el bocata, pero no las asociamos con la criatura de la que proceden. Tal desidentificación degenera en regodeo carnista y llega un paso más lejos: las víctimas del jifero, enloquecidas por un prompt oximorónico, nos convidan a que entremos en ese típico bar de moteros leonés para gozar juntos no de los cantos afligidos de los árcades, sino de los riffs de las guitarras de Guns N’ Roses a medida que extraemos el jugo de un filete.

Y yo me pregunto: ¿por qué sometemos a esta violencia visual a los animales? ¿No es suficiente con descuartizarlos, empaquetarlos y cocinarlos en la sartén o el horno? ¿También tenemos que despojarlos de su dignidad, de su naturaleza, para comercializar así otro descendiente de la larga y clownesca progenie del Big Mac? Y aclaro que esta reflexión no va dirigida contra nadie en concreto: contrasentidos como este se cuentan por miles en los supermercados y en la publicidad televisiva.

Seamos más conscientes de las morcillas que nos embuchan los medios. He ahí el deseo que estampo en esta entrada.

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Animales velados: trazas de “verdad” zoológica en la fábula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Discutir sobre la veracidad del relato fabulístico podría antojársenos un oxímoron. En español el término “fábula” denota una patraña, un cuento irreal sin asomos de certeza.

Existen, claro, matices. Nadie negará que la lealtad simbólica que se le atribuye al perro emana de su cercanía con el hombre, o que la fama que arrastra el lobo se debe a la depredación de las reses ovinas, lo que atenta contra los intereses humanos. En el apólogo son pocos los animales que traicionan su presunta esencia: no veremos fieras sirviendo motu proprio a nuestra especie ni al ganado emancipándose. Si lo hicieran, entraría en juego la pedagogía punitiva de este género y un agente externo los colocaría de inmediato en su lugar. En este ecosistema de papel ninguna criatura es capaz de impugnar los designios que pesan sobre ella desde la cuna: los raposos serán siempre astutos, los leones, regios y los pavos, vanidosos. Las desviaciones de la norma resultan tan infrecuentes como poco fructíferas.

Esta inmutabilidad ontológica perfila una cosmovisión según la cual los animales están condenados a ocupar un peldaño inferior en la Scala Naturae. No solo extraemos de ellos productos, nos lucramos con su trabajo y los utilizamos para propagar enseñanzas éticas, también los sometemos a una reducción semiótica que barre de un plumazo su singularidad para convertirlos en seres unidimensionales, representantes de un valor tipificado. Pero ¿yace algo bajo la epidermis de este utilitarismo feroz? ¿La vida salvaje es solo un pretexto para educar en civismo? ¿Subsisten trazas de autenticidad en su retrato?

Tomemos como ejemplo la fábula esópica de “El cuervo y el zorro”, reelaborada por La Fontaine, Samaniego y toda una pléyade de autores. Reproduzco el texto desde la edición de Bádenas de la Peña:

Un cuervo que había robado un trozo de carne se posó en un árbol. Y una zorra, que lo vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar sus proporciones y su belleza, le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. Pero al querer demostrar a la zorra que tenía voz, dejó caer la carne y se puso a dar grandes graznidos. Aquella se lanzó y después que arrebató la carne, dijo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser el rey de las aves”.

De aquí deduciremos dos obviedades: que ambas criaturas se nutren de carne y que las aves se posan en los árboles. No hacía falta ser Aristóteles o Plinio para llegar a estas conclusiones. Pero si enfocamos mejor nuestra lente, entresacaremos detalles no tan visibles para un lector preocupado por la moral. El zorro explota las debilidades del pájaro para obtener su premio y le ataca donde más le duele: en su apariencia y en el canto. Hoy el plumaje de los córvidos nos parece majestuoso, equivalente a un distinguido traje de frac; no obstante, no alcanzan a igualar a volátiles más coloridos, como el papagayo de la India, la abubilla o el martín pescador.

Este dato es más revelador de la mentalidad de quien compuso la pieza —y de la sociedad donde se gestó— que de un estudio minucioso sobre la fauna. Ahora bien, quien ideó el cuento no obraba desde la ignorancia zoológica: había oído el graznido desacompasado y ronco de los cuervos y decidió cebarse con ese rasgo. Su intención era avergonzar al animal y, para ello, necesitaba anclar su mofa a una característica real, que el narrador no explica, ya que se daba por evidente.

La adulación no habría funcionado con un ruiseñor ni con un mirlo, reputados de excelentes intérpretes. Solo un córvido, con su trino desasosegante, podría sucumbir ante semejante elogio en un contexto (no se olvide) plenamente antropomórfico.

¿Esta clase de matices transforman el apólogo en una crónica naturalista fiel? En absoluto. Sí demuestran que no existe una desconexión total entre la plausibilidad zoológica y la ficción en la fábula, que algunos pormenores conductuales no fueron pasados por alto por sus artífices y que la fauna apologística no es un mero recipiente a la espera de ser llenado.

En definitiva, la especie importa. Si no se corresponde con la visión del mundo que posee la comunidad de destino (basada tanto en creencias como en observaciones factuales), la historia entera se deshilacha.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

¿Existía el animalismo en la Antigüedad clásica? Las semillas androcleanas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Inauguro este hilo con un debate que he abordado en muchos de mis artículos y que es fuente inagotable de controversias académicas y de acusaciones más o menos fundadas de trasplantar el pensamiento hodierno a la interpretación de obras clásicas: ¿puede hablarse de animalismo en la Antigüedad (o en la Edad Media, Moderna, etcétera)?

Un investigador ortodoxo, apegado a la literalidad de las fuentes y al canon historiográfico al uso probablemente diría que no, y no le faltarían razones para opinar así. Alguien procedente de corrientes contemporáneas como las humanidades ambientales anhelaría hallar raíces en otras épocas para trazar una genealogía cultural del animalismo. Ese es uno de los propósitos de mi obra y de este blog. Ahora bien, resulta preciso hilar fino y conviene no extrapolar la mentalidad del presente a los documentos del ayer, ya que las circunstancias sociales, científicas y religiosas son muy diferentes.

Esta distancia no deviene —con todo— insalvable. No por haber transcurrido el tiempo las personas dejamos de contemplar a los animales como símbolos, herramientas, objetos de odio o seres dignos de aprecio. Dicho de otra forma, la esencia ética del animalismo no nace en la era actual; ahí se encuentran Plutarco, Montaigne, Bentham y otros filósofos de renombre para acreditarlo. Pero maticemos: el animalismo como lo concebimos hoy (en calidad de movimiento colectivo con unas reivindicaciones legales concretas, cierto afán proteccionista y una base ideológica reconocible) no emerge hasta el siglo XIX.

Quiero proponerle al lector un viaje que nos llevará a los cimientos de la civilización occidental, de nuestra fe, arte y literatura. Nos desplazaremos a la Antigüedad clásica. Fue en ese periodo cuando se popularizó el cuento (presunta leyenda urbana) de Androcles y el león, que obtuvo una difusión incomparable gracias a las Noches áticas de Aulo Gelio. Más tarde lo recogió Eliano, cuyo gusto por lo maravilloso excedía con creces su escrúpulo como transmisor del conocimiento naturalista. Oigamos la versión que firmó el erudito profesor de retórica, según la traducción de José María Díaz Regañón:

Un tal Androcles, esclavo para su desdicha, se escapó de casa de su amo, senador romano, por haber cometido una fechoría […]. Llegó a Libia y, procurando evitar las ciudades […], se dirigió al desierto. Achicharrado por el mucho y ardiente calor del sol, se sintió contento al refugiarse bajo una cóncava roca, donde descansó. La roca era el cubil de un león. Pues bien, el león había regresado de su cacería mal tratado por una robusta astilla que lo había atravesado, y, al encontrarse con el joven le dirigió una tierna mirada, empezó a mover la cola, extendía su pata y, de todos los modos posibles le suplicaba que le arrancase la astilla. El joven al principio retrocedió asustado; pero cuando vio que la fiera se comportaba mansamente y vio la herida de la pata, extrajo de esta lo que estaba causando el dolor y libró al animal de su sufrimiento. El león, contento con su curación, pagó al joven sus cuidados dispensándole un trato de huésped y amigo y le hacía partícipe de cuanto cazaba. El animal comía los alimentos crudos según la costumbre de los leones, y el joven los cocía. Y disfrutaban de una mesa común, cada uno según su naturaleza. Durante tres años llevó Androcles este género de vida. Después, habiéndole crecido excesivamente el cabello y aquejado de un fuerte escozor, abandonó al león […]. Después, unos hombres los apresaron cuando caminaba errante y, enterados de a quién pertenecía, lo enviaron atado a su amo. Este castigó a su esclavo por el daño que le había ocasionado y decidió entregarlo a las fieras para que lo devorasen. Pero sucedió que aquel león libio cayó en poder de unos cazadores y fue dejado suelto en el circo lo mismo que el joven […]. El hombre no reconoció a la fiera, pero esta al instante reconoció al hombre y, moviendo la cola, le mostraba su afecto, al tiempo que, agachando todo su cuerpo, se echaba a sus pies. Al fin, Androcles reconoció a su huésped y, abrazando al león como a un amigo que llega después de una ausencia, lo acogió afectuosamente. […] Como es lógico, los espectadores no salían de su asombro, y el ciudadano que ofrecía el espectáculo llamó a Androcles y oyó de sus labios toda la historia. Y el relato corrió por toda la multitud y el pueblo, enterado puntualmente, pidió a gritos que se dejara libres al hombre y al león.

Eliano compiló muchas más fábulas de este jaez en De natura animalium. Nótese que las denomino fábulas, aunque en puridad son anécdotas de verosimilitud cuestionable y, en ocasiones, carentes de moraleja; en otras ocasiones, con una adosada quizá por el propio autor.

No abordaré ahora el hipotético componente maravilloso de estos sucesos. Recuperemos mi interrogante inicial: ¿existía el animalismo en la Antigüedad clásica? Si descomponemos la narración de Androcles veremos que hay:

1. Afecto entre especies (humano y félido).

2. Un acto de generosidad (quitar la espina) correspondido.

3. Una prueba (ficticia o no) de la inteligencia de las bestias.

Esto es, vendría a refutar el automatismo cartesiano tantas veces esgrimido para negar la capacidad de sentir de otras criaturas y convertirlas en instrumentos, así como para legitimar abusos en nombre de la economía hogareña, del placer o del progreso. La clave emocional y moral de la historia (y lo que garantizó su perdurabilidad a través del corpus fabulístico y en múltiples recreaciones medievales y modernas) es la gratitud: las fieras identifican a sus bienhechores y les devuelven el favor.

El esquema se repite en otros muchos relatos reunidos por Eliano, pero fue Androcles quien recibió un eco sonoro en la pintura y el mundo del libro.No es este el espacio adecuado para discutir por qué, aunque ayudan tanto la concisión ejemplar y la simplicidad de la fábula como el simbolismo positivo del león, junto con más factores cuyo desglose reservo para otro lugar.

Este mito demuestra que el amor por los animales no es un invento vigesimonónico, sino algo indisociable de la evolución del hombre. Así lo acreditan nuestros vínculos con el Canis familiaris, una especie que hoy puebla nuestros salones con camitas propias, juguetes, ropa hecha a medida y comida nutritiva diseñada específicamente para ella.

Se me opondrá que la domesticación obedece a una finalidad utilitaria y estoy de acuerdo. ¿Qué duda cabe? Sería ingenuo discurrirlo de otra manera. Aunque sería igualmente poco lúcido creer que no ha habido resquicios de empatía genuinos bajo el yugo del antropocentrismo. Lo que ocurre es que no han cristalizado —por motivos diversos— en un ideal de emancipación hasta hace escasas décadas.

Las semillas ya estaban ahí. Son universales, vetustas y fuertes: la compasión ante el padecimiento ajeno y el deseo —acaso quimérico— de regresar a una etapa primigenia, más feliz y pura, donde todos convivíamos en armonía. La Edad de Oro, el Edén e incluso la poesía bucólica han dibujado paraísos acordes con ese sueño, aunque de eso me ocuparé en otro momento…

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

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Unicorn Wars en el aula: una “antifábula” para repensar la masculinidad, la Biblia y la relación con la naturaleza

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Los comienzos de curso resultan siempre difíciles tanto para los docentes como para el alumnado. Las vacaciones —con su adormecedora brisa estival— tienden a erosionar conocimientos previos y empujan, a veces, a ambos grupos a un estado de dispersión incompatible con la carga lectiva que los aguarda. Por eso, quizá, este año decidí arrancar mi asignatura de Historia del cine —del último año del grado universitario de lengua y literatura española— con una película contemporánea: para activar la curiosidad de mis estudiantes y demostrarles que la invención del cinematógrafo culmina en obras actuales de hondo calado social.

Otra de mis metas era acreditar la dignidad del cine de animación ante mis pupilos, probar que no se trata exclusivamente de un producto de consumo infantil, desmontando prejuicios arraigados que el maestro habrá sufrido en sus carnes en más de una ocasión: e.g., asociar la LIJ al ámbito femenino o la asunción automática de que toda pieza dirigida a los niños queda huérfana de interés para un público adulto.

Este texto emana de una investigación en curso y se nutre de ella, aunque adquiere un rumbo diferente. De mis hallazgos emerge esta propuesta de lectura de Unicorn Wars (2022), un filme hispanofrancés dirigido por el gallego Alberto Vázquez.

Desarrollaré concisamente mi modus operandi, qué temas toqué en clase, y, asimismo, argumentaré por qué escogí Unicorn Wars y por qué creo que otros formadores de las áreas de cine, literatura, didáctica y literatura comparada harían bien en atesorarla dentro de su caja de herramientas.

Empecemos por lo esencial: Unicorn Wars es una cinta que no agradará a todo el mundo. No deben engañarnos las imágenes de dulces osos de peluche y dóciles unicornios (vinculados, en sus recreaciones hodiernas, a My Little Pony y a otras películas tildadas de pueriles): fue concebida como sátira antibelicista y como alegato contra el fanatismo religioso, la destrucción del ecosistema y los regímenes militares. La considero un ejemplo de manual para explicar lo que denomino una “pedagogía de la incomodidad”: una manera de educar teniendo en cuenta elementos poco canónicos, sin expurgarlos de sus componentes conflictivos o escasamente elegantes, que colocan al lector/espectador ante tesituras amargas no tanto para disparar sus alertas como para que medite sobre ellas.

Examinaré los límites y las virtudes de este sistema en una aportación futura. Por ahora, bastará retener que esa idea funge como el norte que orienta mi iniciativa didáctica.

He aquí el itinerario que llevé a cabo:

  1. Anteriormente, en una sesión introductoria, reproduje y comentamos en el aula un corto que actúa como antecesor de Unicorn Wars: Sangre de unicornio (2013), pergeñado también por Alberto Vázquez (véase al respecto una de las entradas previas en este blog).
  2. En segundo lugar, proyecté el filme. Reservé los últimos minutos de la clase para plantear cuestiones enlazadas con los asuntos que más me interesaban como profesor.
  3. No reparé en que habría sido aconsejable pasarles una encuesta para obtener retroalimentación del ejercicio. Este descuido —que me he encargado de subsanar en actividades posteriores— no invalida, no obstante, la necesidad de escuchar atentamente a los educandos para refinar los materiales de trabajo y adaptarlos a sus inquietudes sin renunciar a los designios formativos fijados por los planes oficiales de cada titulación.

La mirada que aplico circula por los raíles de la ecocrítica, los estudios de animales, las humanidades ambientales, los estudios de género, el feminismo, las nuevas masculinidades y el paradigma poscolonial. Contemplo, eso sí, la posibilidad de explorar otros ángulos en función de las finalidades de cada instructor. En el caso de Unicorn Wars, resultan tanto o más importantes las interpretaciones antibélicas y la búsqueda de alusiones bíblicas cifradas en la trama, lo que abre la puerta a abordajes desde la religión, la política y la sociología. Dichas vías, muy evocadoras y todavía pendientes de ser transitadas, las delego en otros más versados en esas disciplinas. Yo voy a enfocarme en las que he indicado arriba y en las resonancias culturales (veterotestamentarias, esópicas y pastoriles) que laten bajo la urdimbre de la cinta.

Mis pilares analíticos se condensan en el siguiente esquema:

1. Antropomorfismo y violencia

En esta parte convendría discurrir sobre la conexión entre Unicorn Wars y el apólogo clásico, ya insinuada por Vázquez, quien ha calificado su creación como “antifábula” en numerosas entrevistas. Otro punto llamativo es su estética edulcorada, contrapuesta a unos hechos sanguinarios que contrastan visual y argumentalmente con la apariencia “cuca” de los protagonistas.

2. Naturaleza y extractivismo

La vocación ecologista traspasa cada uno de los poros de la obra. De ella se infiere que los osos de peluche encarnan —de un modo distorsionado— los ideales de la civilización occidental: el progreso, el orden y el raciocinio. Frente a ellos se sitúan los unicornios, ligados en el imaginario de Vázquez a la protección de la naturaleza, la pureza y los estilos de vida no tecnologizados. El Bosque Mágico es un escenario en disputa por ambos bandos: la fe de los osos lo trasforma en una suerte de Jerusalén que están obligados a recuperar por imperativo divino, mientras sus oponentes solo quieren impedir su destrucción y, para ello, dan caza sin cuartel a quienes penetran en la arboleda.

3. Religión y sacralización de la guerra

Uno de los aspectos más provocativos de Unicorn Wars es la alianza tácita entre el ejército y la iglesia. Si los primeros ostentan formalmente el gobierno de la nación ursina, son los segundos quienes a través de vaticinios y homilías contribuyen a resignificar a los unicornios como enemigos responsables de las desgracias del pueblo llano, favoreciendo que sus ciudadanos acaten los dictámenes del alto mando militar.

4. Género, afectos y masculinidades discrepantes

Este es otro de los puntales de la cinta y, quizá, uno de los más susceptibles de conectar con las preocupaciones de un alumnado joven. Los osos de peluche parodian el patriarcado invirtiendo su escala de valores: se pretenden monos, pero se pelean y se odian entre ellos. Asimismo, las desviaciones de la norma (gordura, falta de “adorabilidad”… ) apenas son toleradas. Unicorn Wars tampoco disimula el homoerotismo dentro del ejército ni tiene reparos en mostrar el tabú del incesto. Estos dos motivos podrían convertirse en una discusión en torno a la legitimidad de exponer estas prácticas en las salas comerciales y en televisión.

Lo más relevante quizá sea que existe un personaje masculino (Gordi) que se desmarca de estos patrones tóxicos para comprometerse con el cuidado de los débiles y del entorno. Estas cualidades poseen gran pujanza disruptiva, pues tradicionalmente han sido más apreciadas en el sexo femenino que en los varones.

Desgranaré a continuación una serie de escenas clave desde las que aproximarse a los cuatro ejes antedichos.

1. Entrenamiento en el Campamento Corazón

El primer tramo del filme resulta uno de los más impactantes. Aquí se puede problematizar la discordancia entre el recipiente (osos de peluche enternecedores) y lo que alberga en su interior (heridas, agresiones verbales, abusos, humillaciones…). Las tiranteces entre contenido y forma están a la orden del día: el sargento Caricias insulta a sus subordinados; el lema de la soldadesca es “honor, dolor y mimos”, una tríada poco armónica, eufemística y totalitaria…

Las consignas y términos utilizados por las autoridades —se habrá ido observando— constituyen un excelente objeto de análisis retórico. Expresiones como la de “daños colaterales” para etiquetar a la compañía de Azulín y Gordi (los actores más destacados) o el himno “unicornio bueno, unicornio muerto” permiten meditar sobre los efectos persuasivos del lenguaje y su uso para enmascarar manipulaciones e injusticias bajo fórmulas despersonalizadoras.

2. Los incisos de las Sagradas Escrituras

A lo largo de Unicorn Wars son intercalados un conjunto de episodios cortos —descosidos de la historia principal— en los que se presenta el dogma de la comunidad ursina. Entre los minutos 22 y 25 se inserta el que, a mi juicio, deviene el fragmento más enjundioso para ser escudriñado desde esta óptica:

Hace muchos, muchos años el jardín sagrado brillaba con luz santa como el primer rocío de la mañana. Dios creó el bosque mágico a su imagen y semejanza, y lo pobló de carne: carne que vuela, carne que anda, carne que repta y carne que nada. Todos los animales vivían entonces como criaturas libres en la naturaleza, habitando el Paraíso. Pero un día los ositos hallaron la casa de Dios, que dentro guardaba el libro sagrado que todo lo sabe. Y así, gracias a él, obtuvieron conocimiento, progreso, moral y orden. El osito era superior a los demás animales, pues había encontrado al fin a Dios. Pero el unicornio, demonio envidioso, decidió declarar la guerra al pueblo elegido. Y así comenzó la guerra sagrada. Nuestro pueblo cayó derrotado y los supervivientes expulsados para siempre del Paraíso, condenados a vagar sin rumbo, humillados y vejados como pueblo, llevando para siempre el estigma de la derrota.

Aconsejaría no pasar por alto las imágenes que acompañan a esta disertación, pues revelan la tala masiva, dibujan un paisaje bucólico de profundas resonancias clásicas y encierran una serie de símbolos oculares que refuerzan la exégesis de que los osos se erigen en víctimas de un fervor espiritual alienante. Recae sobre el maestro la tarea de trocar en polémicas, disonancias cognitivas y sospechas este abundante caudal de informaciones, que admite acercamientos desde la doctrina bíblica, el medievalismo, la historia del arte, los discursos políticos y religiosos, la filosofía, la antropología y la ética alimentaria, entre otras áreas.

3. El arco (final) de Gordi

Gordi experimenta una metamorfosis tras perder a su hermano Azulín en el río: sana al unicornio María y se integra en el hábitat del Bosque Mágico. Estos acontecimientos pueden ser empleados para generar respuestas a la degradación de la biosfera y para cotejar este modelo de masculinidad no hegemónico, más sensible e inclinado a la defensa del medio ambiente que los que proliferan en la sociedad de hoy.

Asimismo, el asesinato de Gordi —que remeda la tragedia de Caín y Abel y que aquí da origen a la estirpe humana— entraña un enorme potencial para la especulación sobre su sentido y el rastreo de guiños hipertextuales.

Como conclusión, incluyo en este apéndice una batería de preguntas susceptibles de ser trasladadas al aula después del visionado de Unicorn Wars:

1. ¿Qué efecto produce el contraste entre la estética “cuca” y la brutalidad del filme? Señala dos escenas donde se manifieste esta tensión.

2. ¿Cómo se representa el Bosque Mágico? ¿Cambia o permanece inmutable? ¿Guarda relación con algún otro paisaje artístico o literario?

3. ¿Qué papel cumplen los incisos de las Escrituras Sagradas dentro de la narración?

4. ¿En qué sentido puede considerarse Unicorn Wars una “antifábula”? Compárala con alguna fábula clásica.

5. ¿Cómo se construye la figura del enemigo en la película? Analiza la combinación de propaganda, religión y lenguaje deshumanizador.

6. El texto sagrado ursino reescribe episodios bíblicos bien conocidos. ¿Qué cambios introduce y con qué propósito?

7. ¿Qué paralelismos pueden establecerse entre la guerra de la película y conflictos reales contemporáneos?

8. La película plantea una crítica clara al antropocentrismo. ¿En qué escenas queda patente con mayor claridad?

9. ¿En qué momentos Gordi se distancia del modelo masculino dominante? ¿Por qué? Vincúlalo con sus relaciones sociales y familiares.

10. El asesinato de Gordi remite al mito de Caín y Abel. ¿Qué implica que de ese crimen surja la humanidad?

11. ¿Cómo interpretas el icono del ojo y su relación con el poder y la divinidad?

Bibliografía recomendada

Mayer, Richard E. (2020): Multimedia Learning. Third Edition. Santa Bárbara: University of California.

Vázquez, Alberto (2013): Sangre de unicornio. España: Abrakam Estudio / Uniko / Canal +.

Vázquez, Alberto (2022): Unicorn Wars. España: UniKo / Abano Productions / Schmuby Productions / Autour de Minuit Productions / In the Air.

Vázquez, Alberto (2025): Unicorn Wars. Artbook. Bilbao: Astiberri Ediciones.

Zembylas, Michalinos (2015): “’Pedagogy of Discomfort’” and its Ethical Implications: the Tensions of Ethical Violence in Social Justice Education”. Ethics and Education, 10, 2, pp. 163-174.

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