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Chorlitos curativos y “caladrios” desdeñosos: la evolución de un mito zoológico (I)

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Esta entrada se alinea con los objetivos de investigación, docencia y transferencia del proyecto AVECINAS-CM.

Hace tiempo me impuse como meta trazar la historia cultural de ciertos animales. Por aquel entonces consideraba que el summum de la erudición consistía en acumular miles de cuentos dispersos y ordenarlos en una serie con sentido; que aquellas caudalosas aguas sapienciales convergerían en un hallazgo mayor, que me abrirían las puertas a una lógica secreta que apenas si alcanzaba a vislumbrar.

No he perdido esa curiosidad ingenua y expansiva, aunque ya no me interesa reunir el repertorio más amplio, sino el más selecto, el mejor compuesto, aquel que transmite un mensaje; el que deja al descubierto una anomalía, una grieta que pocos podrían haber detectado. He ahí un nuevo horizonte en el que posar la vista, un punto infinitamente más lejano, abstracto y complejo que el que contempla el chorlito de la leyenda.

En su perseverante afán de construir una enciclopedia de las maravillas de la naturaleza, Eliano recogió el siguiente mito sobre esta diminuta ave limícola (cito desde la edición de Díaz-Regañón):

El chorlito tiene un don que, en manera alguna, es despreciable. En efecto, si una persona se ve invadida de ictericia y lo mira de hito en hito, aquél aguanta la mirada con la misma impavidez que si sintiera celos de ella, y esta mirada retadora cura la mencionada enfermedad de la persona.

Omitía o ignoraba —quizá porque la superstición corría antaño de boca en boca— que en otras versiones (Plinio) el pájaro estaba condenado a morir tras absorber la dolencia: una solución fatal, pero justificable desde la óptica de la transferencia infecciosa. Tampoco era consciente de que esta creencia probablemente vino de la India a través de la Ruta de la Seda, pues aparece en el Rigveda (1400-1100 a. C.). Allí se dice que ciertos volátiles amarillos actúan como recipientes —previo hechizo— del mal del enfermo de ictericia.

Si observamos esta ilustración del chorlito dorado (uno de los más comunes en la cuenca mediterránea) facilitada por SEO BirdLife, a lo mejor comenzaremos a atisbar por qué a este pequeño zancudo le tocó representar el papel de criatura salvífica:

Como habrá intuido el lector, lo más posible es que se deba a su coloración ocre. Aquellas cuatro rápidas líneas de Eliano, despachadas casi como si albergasen una certeza universal (ya que no menciona testigos, ni da la sensación de que dude de su veracidad), ocultaban un poso de magia simpática sánscrita: el charadrius sanaba la ictericia —caracterizada por el tono bilioso de la piel y de la esclerótica— por pura y dura similitud cromática.

Queda por resolver una pregunta que no se remonta a las referencias védicas: ¿por qué curaba por medio de la mirada? Puede acudirse, si se desea, a la práctica ancestral del mal de ojo o a las teorías seudocientíficas de la extramisión que defendieron filósofos griegos como Pitágoras y Platón: la idea de que los globos oculares despedían rayos. Dicha noción parecía bien asentada —acaso vulgarizada— en el trasfondo mítico y folclórico de la época; o tal vez fue esa otra vía la que obligó a vestir de galas intelectuales un bagaje popular. Si las gorgonas petrificaban echando un vistazo, el basilisco de mordida ponzoñosa fulminaba también así a sus víctimas.

Aquí se detiene esta primera huella centrada en las bondades del chorlito en la Antigüedad clásica. Nuestra búsqueda del rastro del charadrius continúa en el medievo, un momento especialmente fértil para el simbolismo faunístico en el que el pájaro cambia de plumaje, de nombre, de fe y asciende, además, varios peldaños en la jerarquía divina.

Dejaremos ese vuelo didáctico para otra ocasión. Nos “olemos” pronto.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Conversación de dos perros” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego mallorquín Conversa de dos Cans.

Se trata de un valioso testimonio sobre los espectáculos populares con animales en el que se fabula una pelea de perros celebrada en Palma de Mallorca durante 1892. El antropomorfismo disimula la violencia a la que se ven expuestos los canes Moreno y Ñap. Aunque la lucha se reviste de galas de heroísmo mediante un lenguaje que evoca las gestas de los caballeros medievales, esta estrategia retórica encubre un paisaje moral sórdido: abusos, apuestas y un pasatiempo cruel que, pese a la falta de reconocimiento oficial, es aplaudido por las masas. Queda lejos del retrato del Coloquio de los perros cervantinos: aquí los dogos absorben la perspectiva de los humanos, renuncian a su individualidad y se entregan a la lucha por conceptos tan intangibles para ellos como el honor y el beneficio económico de sus propietarios.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. En este caso no veo la necesidad de incluir un glosario final.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

Conversación de dos Perros
SOBRE LA PELEA DEL DÍA 15 DE MAYO DEL 92, QUE TUVO LUGAR
CERCA DE SON BOTER ENTRE

Moreno y Ñap

Cuando los soltaron

Moreno le dijo:

Ñap, no me muerdas así,

o si no, mal te sabrá;

antes te quiero advertir

que no te has de figurar,

si me quieres zarandear,

que siempre tenga que aguantar.

Ñap.

Moreno, no me cuentes milongas,

que de todos modos no te creeré,

y no te eches atrás,

que un perro sale más curtido

si lo ponen a prueba los de Palma;

ya lo comprobarás por ti mismo

cuando grites al sentir

el tarascón que te daré.

Moreno.

Ñap, no me vengas con enredos

ni me quieras revolver;

la pelea hemos de empezar,

no lo pintes tan difícil,

que luego ya se verá

cuál es el mejor de los dos,

que sé cierto que los dolores

son fuertes cuando yo agarro.

Ñap.

En la raya estoy puesto

y mi amo ya me agarra,

y tiro a Moreno en tierra,

allá en medio con un golpe.

Tumbos por la derecha y la izquierda;

allí hubierais visto a Ñap,

que hasta que estuvo cansado

supo resistir la guerra.

Moreno.

Vienes ligero como un caballo,

pero yo sé batallar con buena espada;

ya tengo la boca llena

de polvo de andar agachado.

Te crees que llevas buena baza,

pero por ti no me callo,

porque, al acabar este baile,

terminarás como un asno.

Ñap.

Te he sacudido demasiado pronto,

Moreno, ¿tú qué harás?

Abajo, abajo sufrirás,

pero allí tomarás resuello;

entonces sacarás las fuerzas,

tú que serás más soldado,

que cuando me veas cansado

entonces te volverás contra mí.

Moreno.

Ñap, ñap y ñap, tres veces.

¿No ves que no me ganarás?

Yo veo que te haces el chulo

y ganas por los revolcones;

¿no sabes lo que conseguirás?

Que, teniendo las fuerzas acabadas,

entonces, a las embestidas,

ya no saldrás al medio.

Ñap.

Moreno, ya estoy cansado,

no te hacía tan valiente;

tú haces la pelea jugando

y a mí me has dejado desdentado.

Y aliento ya no tengo;

y el chasco más pesado

es que en vano me han cuidado,

y quedaré malparado.

Moreno.

Démonos una embestida

y veremos quién va primero;

que por abajo he tenido que ir

y tengo la espalda ensuciada,

y eso es malo de aguantar;

pero con una sacudida

que le dé otra vez,

Ñap no querrá volver.

El amo de Ñap lo agarró

y lo separó pronto,

y le dijo: «¿qué tal, Ñap,

Moreno qué hará? »

Y Ñap le contestó:

«Lo veo en dificultad,

el juego está perdido;

ya pueden darlo por ganador.»

A Moreno también

de él lo apartaron

para volverlo a soltar,

y quedó de lo más entero,

y al otro perro dijo:

«Ñap, me gusta hablar claro:

a ti te he de ganar;

veo que eres demasiado alborotador.»

Moreno.

Veo que, al llegar la hora de la verdad,

ese que tanto me zarandea

y de ganar ya fanfarronea,

de encima de mí se quitará;

es verdad que sabe morder

y me arrastra y me patea,

pero yo tengo correa,

y a la larga se verá.

Volvamos a dar otra embestida;

el amo de Ñap volvió a decir:

«Yo sé cierto que el perro es fino

y no hará mala pasada;

y si le pegan la pitada

delante de todos los que hay aquí,

buscar donde huir

quien acaso lleve las de perder.»

Moreno.

Si Ñap se asustó,

su amo aún más;

y luego, apostando dinero,

se quería defender,

hasta el punto de que propuso,

despreciando su interés,

querer hacer un exceso,

como si quisiera amenazar.

Ñap.

Amo, el juego es peligroso,

veo que estáis enfadado,

y yo llevo carga de sobra

y no puedo defenderos;

no vayamos a caer los dos.

Yo ya estoy estropeado

y habéis de andaros con tiento

para que os apaleen a vos.

Moreno.

Si lo volvéis a hacer pelear

conmigo otra vez,

la apuesta ha de ser abundante

con buen dinero por delante;

así su amo sabrá

si soy una gallina amarrada,

y podrá valorar, en la embestida,

si Moreno es buen perro.

Ñap.

Yo, en mis adentros,

solía pensar

que otro se fue a pelear

en Palma y quedó

en medio de la plaza sin piernas…

Moreno, en aguante me superas,

porque veo que tienes tales mañas

que a fuerza de palique ganarás.

Moreno.

Lo que importa es poner

apuestas de cincuenta duros,

y así veremos los chulos

de Palma ajustando cuentas;

y, si salimos del apuro,

tendremos para echar unos tragos

para matar algún gallo,

y para cafés, copas y puros.

Ñap.

Bueno, hablar está de más;

no voy a volver a pelear,

y si él vuelve a apostar,

se expone a perder el dinero

todo cuanto allí arriesgue.

Ya les vale a esos perdularios,

que, si ellos son unos veletas,

tenga yo que pagarlo.

Moreno.

Al amo no has de dar

la culpa, que no la tiene;

la tienes tú, que eres un haragán.

Tienes desgana para pelear;

mi amo ya me lo dijo:

«Tú, para lo que eres bueno es para comer,

y si te hacen agarrarte,

hasta te avergüenzas de quedar bien.»

Ñap.

Amo, no brindéis por mí;

ni se volverá a armar tal jaleo,

ni tú me ganarás

ni a comer un plato de sopa.

Y si alguna vez te topas conmigo,

tú mismo luego lo verás:

no creas que eres capaz

de ganarlas todas.

Moreno.

Me he cansado de sermonear

y no te lo puedo dar a entender:

que para pelea eres malo,

porque pronto te sueles cansar;

y así dejémoslo estar,

que el amo que te suele guardar

bien puede presumir

de tener semejante pieza.

Ñap.

Mi amo es que tiene miedo,

y aunque sea un dogo mallorquín,

soy bueno para hacer ruido

y para comer, aunque sea un trozo,

tanto si hace sol como si llueve.

Lo que pienso es que conmigo

no ganará ningún tesoro

ni estrenará ropa nueva.

Moreno.

Con tu nombre no erraron:

tú eres dogo mallorquín antiguo;

pero solo si te dan el buey frito,

no si te ponen a pelear.

Yo ya estoy enterado

de que, si te hacen demostrarlo,

tendrán que buscarte por ahí,

porque te habrás escondido.

Ñap.

Yo soy bueno para pelear

y para tener discusiones,

pero con perros de poca monta

a los que pueda manejar;

pero no hago apuestas

contra uno que me pueda ganar,

pues enseguida lo dejo estar

y no doy más razones.

Moreno.

Tú, algo ruidoso,

y tu amo, bravucón;

los dos hacéis mucho ruido

sin saber por dónde sopla el viento,

y luego, para quedar bien,

os suele costar del bolsillo,

y lo peor de todo

es que Ñap no tiene nada que hacer.

Ñap.

Si vuelvo a pelear con él,

no me sabrá mal si pierdo dinero;

que el amo se empeña en torcerlo todo,

y ya veréis qué remedio,

si acaso sucediera

que me volviera a tocar la piel,

o la nuca del cogote,

huiré y no me verá más.

Moreno.

Tú mismo te precipitas

al pelearte con otro,

y eso es una falta

que suele traerte desgracia;

la razón a la vista salta,

y, si nos volvemos a topar,

ya nunca más podrás ir,

Ñap, con la cola tan alta.

Ñap.

Moreno, tú juegas con ventaja;

no es que me quiera pelear,

es el amo quien me suele forzar,

porque se le ha metido en la cabeza

que gracias a mí se quiere ganar

el jornal, este soldado;

y yo he quedado maltrecho

y no me quiero volver a agarrar.

Moreno.

Tu amo se ha venido arriba

y soltó la frase

de que tú eres el perro mejor

que había en Palma;

y no quiero disputarlo,

pero yo, por piedad,

no te dejé desollado

cerca de Cala Major.

Para lo que sí eres muy listo,

te lo digo y lo has de creer,

es para alguna vez sacar

los bocados de dentro del plato;

y lo que digo puede verse:

quieres estar descansado

en un rincón retirado,

con un jergón donde yacer.

Ñap.

En vano hemos conversado:

tú has ganado la victoria.

Dejemos ya el alboroto,

que eres el más aventajado,

y el amo que te ha adiestrado

podrá tomar posesión

del dinero y la honra y gloria

de decir por todas partes que has ganado.

Moreno.

Dios te dé buen descanso,

que con salud podamos estar

y te puedas librar

de caer en malas manos;

tú no tienes mañas suficientes

para poder pelearte,

y el amo que te cuidó

ni siquiera sabe lo que son los perros.

Dejemos la conversación

y no hablemos más del lance;

tú, si te escuece, ya curarás,

yo también he de sanarme;

yo lo que quiero procurar

es no ofender si me alargo,

aunque sé que no hacen caso

de las palabras de un perro.

Y si nadie, de ningún modo,

cree en todo lo que he dicho,

lo quiero dar por escrito

y lo firmo: El perro Moreno.

El que este papel ha compuesto

a todos pide perdón,

y si hay alguna falta,

espera ser perdonado;

soy un pobre desdichado,

y vivo de mi sudor,

y solo paz y unión a todos he deseado.

(Es propiedad)

Se halla de venta en Palma, tienda de M. Borrás y en la casita de madera de la cuesta del Teatro.

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ISSN 3101-5190

La lupofobia y el mito de la objetividad en la historia natural

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No es ningún secreto que no creo en la objetividad pura. La ciencia humana no queda libre de sesgos; de hecho, la defensa a capa y espada del rigor académico arroja no pocas preguntas sobre cómo se construye esa noción.

El empirismo, con su afán descriptivista y causal, ayudó a reorientar la percepción de los animales entre la aurora de la modernidad y el siglo XIX. Para entonces, naturalistas de Indias y zoólogos como Buffon comenzaban a tomar distancia de una interpretación netamente simbolista, avalada por un sistema epistemológico de marcada reverencia hacia las autoridades grecolatinas y cristianas: Aristóteles, Plinio, Isidoro de Sevilla… No obstante, ni siquiera esos amagos de experimentalismo emergente alcanzaron a ahogar el peso de la tradición, del interés económico y del utilitarismo humano; un legado de miedo, abuso y propaganda política, en el que no resulta fácil distinguir los regateos de quienes ostentaban el poder, siempre raudos para delegar sus culpas en otros más desprotegidos y menos audibles.

En este caso me estoy refiriendo al lobo. Pocas bestias hay más cargadas de significados peyorativos, más demonizadas y agraviadas que esta. ¿Injustamente? Dependiendo del ojo de quien mire. Al norte de España, en Asturias, me cuentan mis amigos que los agricultores evitan la iconografía lupina como si se erigiera en foco de infección. Responsabilizan a estas criaturas de los raptos del ganado, las envenenan, tienden trampas para aniquilarlas y algunos, incluso, exhiben sus cabezas colgadas de lo alto como trofeos macabros: un tributo a cierto modelo de masculinidad y un dardo disparado contra los gobiernos autonómicos.

Pero ¿de qué van a sustentarse estos carnívoros si los hábitats de sus presas se ven cada vez más fragmentados por las ciudades, carreteras y tierras de labranza? Y aunque no nos pusiéramos inmediatamente de su parte, si reconocemos que se trata de un problema complejo, ¿no bastaría con garantizar la salvaguarda de las reses —que, irónicamente, quizá más tarde devore una persona— y condenarlos al triste destino de la inanición? ¿Hacía falta burlarse, vejar sus cadáveres, pintar a su especie entera como la villana de una película en la que a nosotros se nos ha asignado el papel de héroes?

No será preciso que convoque a Caperucita ni que reviva a Félix Rodríguez de la Fuente para respaldar mis argumentos. Invito al lector a que se asome conmigo a un nuevo itinerario cultural a través de las láminas de una obra del Setecientos que mereció de manera temprana —y que mantuvo durante más de cien años— el calificativo indiscutible de clásico. Por supuesto, estoy aludiendo a la Historia natural de Buffon.

Nos fijaremos para ello en algunos de los grabados que acompañaron a sus ediciones. Observemos, primero, este publicado alrededor de 1837 y coloreado posteriormente a mano:

Dejando de lado la técnica, así como ciertas irregularidades anatómicas (e. g., el tamaño de las retinas y la forma de las pupilas de ambos especímenes), el dibujo se nos antojará revelador de la pedagogía antrozoológica de la época. La fauna salvaje —Canis lupus y Vulpes vulpes— no ha sido representada cazando por pintoresquismo ni por accidente: las entradas del conde recogían una amalgama de informaciones heterogéneas relativas a su dieta, costumbres, técnicas para capturarla, relación con el hombre y aun su sabor. La lógica compositiva de dichos manuales los arrima antes al género de la miscelánea, a la erudición exhibicionista de Eliano y a las forestas barrocas (dentro de una serie de parámetros geográficos y taxonómicos) que a nuestro concepto actual de enciclopedia animalística.

Tampoco se perdía de vista el componente didáctico. Así es, la fábula no muere con La Fontaine; resucita entre los mimbres buffonescos al calor de un cientificismo antropocéntrico y todavía especulativo, con arrebatos polímatas que no discernían entre la anécdota, el suceso maravilloso, la ficción engalanada de hecho veraz y el dato contrastado. Y cuando absolutamente todo estaba llamado a educar y entretener, hasta el más ínfimo trazo era susceptible de entenderse como la partícula de una cadena comunicativa que el receptor tenía que descifrar.

Aquí la moraleja queda clara. Lobo y zorro parecen sacados de un cuento esópico: uno engulle ovejas, el otro asalta gallineros. Las poses estatuarias, estáticas, que aparecen en otros compendios de su tiempo han sido descartadas en favor de una escena dinámica que transparenta la catadura ética de ambos depredadores. Los dos saquean y exterminan a los pobres súbditos que el hombre preserva para abastecerse de lana, huevos y carne. El raposo huye a la carrera del castigo que le aguarda; mientras tanto, el lobo —acaso más insolente— reta a quien contempla el grabado o lo vigila atento mientras destripa in situ al ovino. Ni retrocede ni se achanta; probablemente el artista era muy consciente de que así, colocado en esa pose, luciría peligroso y desafiante.

Constituían, a fin de cuentas, enemigos a abatir para la humanidad, porque esquilmaban las haciendas de latifundistas y pastores. Porque no se les ocurrió (o no quisieron barruntar) que, a lo mejor, nuestra especie había invadido sus territorios, que había reducido el censo de conejos y ciervos. Aquello no era relevante. Según la Scala Naturae, al hombre le correspondía una posición cimera, de privilegio, sobre los demás seres de la Creación. Ya había algunos que se planteaban con amargura —a veces parapetados tras las herramientas de la sátira— tal contradicción, impropiedad y asimetría. Pero considerar seriamente sus implicaciones incomodaba por aquellas fechas tanto o más que ahora.

Veamos otra ilustración fechada hacia 1880:

Me permitiré ser más conciso y enunciaré mi reparo vestido de interrogación: ¿qué necesidad había de incluir lo que semeja tratarse de una carcasa a los pies del cánido y de retorcerle el cuello en ese ángulo anómalo para que le muestre los dientes al espectador? Ninguna. Es más, su postura resulta antinatural: por un lado, el can encoge el cuerpo como si quisiese mantener a salvo sus órganos de una acometida lateral; simultáneamente, está arqueando la testuz y enseñando los colmillos como si fuese a pasar al ataque de un momento a otro. Más que una licencia artística, recuerda a un truco de montaje. Y uno poco logrado, a decir verdad.

El realismo gestual brilla —en definitiva— por su ausencia. He ahí otra dramatización que confirma estereotipos de lo más convenientes para conservar nuestro estatus de superioridad moral. Su efigie desborda lo estrictamente empírico para adentrarse en el apólogo pictórico: le loup deviene fiera sanguinaria y antropófaga, azote de los campos y los bosques. Su matanza quedaba, así, plenamente justificada.

El lobo no suponía una amenaza directa para nuestra seguridad, aunque su imagen terminó siendo eclipsada por la sombra de la perfidia, como se aprecia a continuación:

Para ser sincero, ignoro si esta última estampa proviene de la estirpe buffoniana o de otra fuente similar; ahora bien, comparte cuna decimonónica con las precedentes y refuerza una tesis progresivamente más tangible: el Canis lupus como asesino inmisericorde, como agresor de un tierno cervatillo que yace —¿finado, revolviéndose impotente?— bajo sus garras, como si hubiera sido transmutado en un delincuente que se atreve a exponer sus fauces tras haberse visto sorprendido en medio de un acto atroz.

El autor podría haber escogido como víctima a un ejemplar anciano, o haberlo retratado en convivencia con los miembros de su unidad familiar. La elección de la cría intensifica el morbo, acentúa el efecto sensacionalista y espeja mejor la idea que la cultura occidental había forjado de su especie: una criatura abyecta, voraz, despojada del parco atisbo de redención que podía ofrecerle el rol de alimentador de su camada. Y no porque se desconociera que actuaba en grupos —qué va—, sino porque (casi) nadie estaba dispuesto a concederle que sintiese cariño hacia los suyos. Porque el relato que habíamos levantado sobre ellos, el odio cocido a fuego lento durante milenios en el horno de la lengua y la literatura, se extinguiría de un soplido.

Una estrategia muy identificable —y demasiado humana— para escurrir el bulto y eludir el remordimiento que produciría en muchos la certeza de haber eliminado a unos animales que, en el fondo, no son tan diferentes de nosotros.

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“Historia interesante de un grandioso elefante” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego anónimo catalán Historia interesán de un grandiós elefán, de finales del siglo XIX o inicios del XX.

Se trata de una composición popular, de marcado acento satírico, concebida como relación fabulosa de las aventuras de un elefante desde su nacimiento hasta que llegó a la ciudad condal. El texto encadena hipérboles con humor escatológico y disparates geográficos propios de cierta rama de la literatura de cordel. Nuestro animal es descrito con dimensiones monstruosas, lucha contra fieras, atraviesa bosques y mares, visita Montevideo, hunde embarcaciones y acaba sus días siendo exhibido en el Parque de la Ciudadela. Algunos incidentes parecen remitir a la trayectoria de paquidermos célebres como Pizarro; otros apuntan al “Abuelo” —en realidad, una hembra—, probiscidio residente del Zoo de Barcelona entre 1892 y 1914. La vena grotesca del pliego transformó, así, un trasfondo reconocible en una biografía falsificada y caricaturesca.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Facilito al final un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

HISTORIA INTERESANTE
DE UN
GRANDIOSO ELEFANTE

Con todas las hazañas por las que pasó
desde su nacimiento hasta el presente año.

Lector, si acaso viajaras,

verías cosas muy grandes:

verías los elefantes

que hay en las Indias bravas.

Verías unos animales…

«que yo no les he tomado la medida»,

son, sin decir ninguna mentira,

más gordos que catedrales.

Tienen unas piernas, lar…gas,

«y no lo digo cantando en coplas:»

son cuatro veces más gordas

que aquellos bocoyes de seis cargas.

¡Y una cabeza! Vaya, dejémoslo correr,

porque te espantarás:

pues la caldera del gas

les sería estrecha como gorra.

Las orejas… qué te diré,

es decir, las de los elefantes

no son, ni con mucho, tan grandes

los abanicos de un barbero.

Ah; también tiene unos ojos. ¡Hijo mío!

y no te digo ningún disparate:

más grandes que ruedas de carro;

anchos de nueve palmos o diez.

Después tienen unos colmillos,

vaya, que te darían miedo.

No hay ninguna embarcación

que lleve los palos tan altos.

¡Y la trompa! ¡Ay, tu madre!

¡Si veíais aquel trasto!

¿Qué os creéis, que no es bien gruesa?

¡La lleva larga por varas!

¡Pues sí, muchachos! El elefante,

la trompa le sirve de mano:

cuando han de beber o comer,

con la trompa todo lo hacen.

Si te dan una bufada

con aquel horrible armatoste,

vais tú, y tu pueblo y todo,

dos horas de reculón.

La cola tiene una fisonomía

igual que un cono de papel,

es tan pequeña y mezquina

que aquello parece una birria.

En el cuerpo tiene una cosota

que… yo no la oso decir:

si lo íbamos a medir

parecería otra pata.

Cuando hacen una meada,

si vierais aquellos campos,

queda un reguero de tres palmos

y una hora de largo.

No creáis que sean romances,

que yo no soy embustero;

quiero decir: si hay alguno que es fiera,

también hay que son mansos.

Cuando hacen sonar la trompa,

aquello, hijos míos, parece una corneta:

te mueve un terremoto

como si el mundo hubiese de acabar.

Un día… ¡Ay, san Antonio!,

me pasó uno por la vera

como una locomotora:

igual, lo mismo que un demonio.

Después se averiguó

que aquel tremendo elefante,

en una cueva muy grande,

se fue a parir.

Tuvo dos pequeños

allí en un montón de paja:

pues sí, sí; aquella chiquillería

ya hacían bufidos y gritos.

A los veinte días de estar allí,

o al cabo de cuatro semanas,

eran gordos como tartanas,

y el más pequeño huyó.

Y ahora que me viene a la memoria

y se presenta la ocasión,

de este pequeño animalejo

os voy a contar la historia.

Iba atravesando campos

tanto de noche como de día:

¿sabéis de qué se mantenía?

De comer palmas y ramos.

Oh, sí, no os pongáis a reír,

Dios grande, ¡qué trabajos penosos!,

hay quienes comen ramajes

tan solo para poder vivir.

Veinte días caminaba

sin atender a razones;

veía serpientes, veía leones,

pero nunca se detenía.

Como que aquello era en el estío,

la sed lo mortificaba,

y para beber, se paraba

a la orillita de un río.

Metía la trompa allí,

y cómo chupaba con aquel pico:

hasta que el río quedó seco,

y hasta que se hartó.

Una hiena que era chata

también fue allí a beber;

como agua no encontró,

no faltó gresca.

La hiena, toda enfadada,

dentro de un bosque se metió,

y con gruñidos, gritos y bramidos

iba dando la voz de alarma.

Enseguida acudieron

dos leopardos y un chacal,

dos tigres del Senegal,

un búfalo y un jabalí.

Dos serpientes de cascabel,

veinte panteras, seis leones:

allí habríais visto disputas,

y todo Cristo contra él.

Él, con la trompa levantada,

ya me los comenzó a perseguir,

y a todos ahogados los dejó

tan solo con una bufada.

Vuelven a emprender la lucha,

y él firme, con toda pompa,

y otra vez con la gran trompa

les dio otra ducha.

¡A rediós, qué batalla!…

Todos sobre él a mordiscos,

empujones y arañazos;

y él derecho como una muralla.

No pudieron salir bien

tanta tropa contra él,

porque, hijos míos, tiene una piel

que las balas no le hacen nada.

Él, al final, quemado

de tantos bramidos y mordiscos,

con tres o cuatro trompazos

dejó el campo limpiado.

Cansado ya de estar allí,

orgulloso y soberano,

el tipo, muy despacio, despacio,

volvió a emprender el camino.

Pasaba arenales, montañas;

su paso ya era inseguro;

nunca pisó nadie

unas tierras tan extrañas.

Sin penas ni quimeras

y descansando rendido,

atravesaba una noche

unos grandes bosques de palmeras.

Sintió ruido, y se paró:

y para recoger aquel olor,

levantó la trompa al aire

y se puso espantado.

Y así que ya estaba a punto,

con intenciones no muy buenas,

más de veinticuatro monas

se le tiraron encima.

De aquello que llaman pericos

saltaron allí… ¡quién sabe cuántos!

cotorras, orangutanes,

y más de ochenta micos.

Parecían enjambres de abejas

todos botando por encima de él;

subían piernas arriba

y agarrados a sus orejas.

Él con la trompa, rip rap,

contra aquellas domésticas fieras,

pero como van tan ligeros

no podía tocar a ninguno.

Como veía que no daba una,

y que la trompa no le servía,

no tuvo más remedio

que ponerse enseguida a correr.

Parecía que se volviese loco,

atravesando aquel campo

todo cargado de animalerío:

ya os digo yo que daba gusto.

Reventado de hacer el viaje,

de bestias tan cargado,

llegó todo reventado

a la orilla de una playa.

Como sabía nadar,

y la carga lo aturdía,

allí no hubo tu tía,

dentro del mar se metió.

¡Rediós, qué terremoto!

Como se veían perdidos todos,

ya podéis contar qué saltos

hacían arriba y abajo.

Aquello parecía una guerra,

todo Dios brincaba y saltaba,

y el que no se ahogó

es porque volvió a tierra.

Ya lejos de micos y monas,

dentro del mar el elefante,

nadaba de tanto en tanto

e iba reposando a ratos.

Desde una barca pescadora

lo vieron unos marineros,

y sin pensarlo más

le tiraron una fisga.

Cuando él se sintió pinchado,

un golpe de trompa, y adiós:

ellos y la barca, hechos añicos,

todo Cristo quedó ahogado.

Nadando iba siguiendo,

y por voluntad de Dios,

llegó a Montevideo

y del mar fue saliendo.

Pastando de la Ceca a la Meca

fue a parar a un campo de guano;

y allí lo encontró un gitano

que era hijo de Vilaseca.

Pero estaba un poco borracho,

porque el grandísimo muñeco,

viéndolo con la trompa y todo,

se pensó que era un mulo.

Y decía: «¡Allí me juego un nabo,

que no ha visto nunca ningún gandul

un mulo con la cola en el culo

y una cola en la cabeza.

¡Mirad el pobre cómo está!

he aquí, esto es un fenómeno:

este, sin jugar al dominó,

siempre ha de hacer cabeza y cola.

¡Ay, y ahora! ¡Que está esquilado!

no tiene un pelo: ¡Virgen María!

quizá es de una enfermedad,

o quizá lo han afeitado.

¡Qué ore…jas! ¡Señora!

Eso sí que no tiene medida.

Parecen, sin decir mentira,

toldos de revendedoras.

Arre… niño… toma, ten…

Hace cara de enfadado:

me parece que ya he cobrado

si acaso me endiña un vaivén.

¡Ay! no se menea ni se mueve…

el payo, como hace el bobalicón.

Tiene los cuernos en la boca,

puede ser que sí que deba de ser un buey.

Pero, ca, un buey no es así,

porque ya me habría embestido.

¡Qué culo tiene más caído!:

veamos si lo haré seguir.

Toma, pequeño, arre, ho…

veo que el miedo no lo arredra:

veamos, tirémosle una piedra

para ver si coge miedo.

¡Cómo me mira el cicatero!

¡Recristo, cómo se eriza!

¡Ay, madre mía, cómo bufa!

¡me largo, que se hace el torero!».

El elefante se enfadó

cuando se vio insultado,

y con la trompa preparada

al gitano persiguió.

Lo agarra por el cogote

con la trompa el animal,

ved si lo tiró alto

que no hemos sabido nada más de él.

Pero un día llegó:

«esto sí, ya lo podéis creer»,

que dos indios que lo vieron

una trampa le prepararon.

La bestia una costumbre tenía:

que cuando quería dormir,

se arrimaba a un pino

porque echarse no podía.

El pino se lo serraron

hasta que justo se aguantase;

al apoyarse, con el peso

se acabó de romper.

De culo el animal cayó

sin poder moverse de allí,

y al día siguiente por la mañana

lo hicieron prisionero.

Lo alzaron con un aparejo

y atado sin clemencia,

y con el tiempo y con gran paciencia

domaron al animal.

Le cortaron los colmillos,

que así dicen que se vuelven mansos

y que no son precisamente romances,

que sacaron muchos reales.

Un inglés lo compró

y con un barco y mucha maña

se lo llevó hacia aquí a España

y a Barcelona lo trajo.

Allí se hicieron con él,

comprado o vendido no lo sé,

lo que sí puedo decir muy bien

es que allí en el Parque lo encontraréis.

No es nada travieso, es muy sabio;

la chiquillería, cuando va allí,

siempre le apartan pan

y por nombre le dicen Abuelo.

— FIN —

Y si hay algún botarate

que lo que he dicho no quiera creer,

cuando quiera lo puede ir a ver,

y acabado, amén Jesús.

Es propiedad de Juan Grau.

Reus—Se vende en la librería Joan Grau, calle de Meliá, núm. 1.


GLOSARIO

Bocoy: tonel grande.

Bufada: soplido fuerte, bufido.

Cicatero: mezquino, ruin, miserable.

De la Ceca a la Meca: dicho popular con el significado de andar de un lado a otro.

Endiñar: dar, propinar, asestar (generalmente, un golpe).

Fisga: arpón de varias puntas destinado a la pesca.

Guano: excremento de aves marinas o murciélagos empleado como abono.

No hubo tu tía: expresión coloquial que quiere decir “no hubo remedio”.

Reculón: retroceso brusco.

Rediós: interjección que denota enfado o sorpresa; equivalente a “rediez”.

Tartana: carruaje abovedado y ligero de dos ruedas.

Vilaseca: municipio de Tarragona (Cataluña).

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ISSN 3101-5190

Samaniego y la (i)lógica moral de las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Mucho se ha hablado sobre la atemporalidad de las enseñanzas de la fábula. En realidad, lo que permanece y se recuerda no es el contenido ético, sino la más sabrosa sustancia literaria: la anécdota, que luego se rodea de interpretaciones, significados y valoraciones no siempre coincidentes. Viene siendo así desde siempre: cuentos, apólogos y refranes se han transferido materiales a través de vasos comunicantes, aunque cada género —y cada narrador— los usa como le conviene.

Sería ingenuo suponer que, en miles de años, desde Esopo (y antes), no ha cambiado nada. Pero no hace falta desplazarse tan lejos: basta volver la vista hacia Samaniego para darnos cuenta de que la fábula no es un tejido regular y liso, un archivo coherente de certezas morales, sino un campo de batalla en el que pugnan ideologías coetáneas con trazas fósiles astilladas en la boca del relato.

A propósito de las relaciones entre humanos y animales, sucede exactamente lo mismo. Un mismo autor puede defender ideas dispares, aparentemente contrarias, sin percatarse o sin preocuparse (quizá) de que alguien note dicha contradicción. Por eso el alavés, en algunos textos, critica la glotonería carnicera y la ingratitud hacia la fauna que acompaña al hombre, en tanto que en otros le niega la igualdad de derechos y la enjuicia con arreglo a una vara de medir muy distinta.

Como botón de muestra, leamos la fábula “El gato y el cazador”:

Cierto Gato, en poblado descontento,

Por mejorar sin duda su destino

(Que no sería Gato de convento),

Pasó de ciudadano a campesino.

Metióse santamente

Dentro de una covacha, mas no lejos

De un gran soto poblado de conejos.

Considere el lector piadosamente

Si el novel ermitaño

Probaría la yerba en todo el año.

Lo mejor de la caza devoraba,

Haciendo mil excesos;

Mas al fin, por el rastro que dejaba

De plumas y de huesos,

Un Cazador lo advierte; le persigue,

Arma trampas y redes con tal maña,

Que al instante consigue

Atrapar la carnívora alimaña.

Llégase el Cazador al prisionero;

Quiere darle la muerte;

El animal le dice: «Caballero,

Duélase de la suerte

De un triste pobrecito,

Metido en la prisión, y sin delito.»

«¿Sin delito, me dices,

Cuando sé que tus uñas y tus dientes

Devoran infinitos inocentes?»

«Señor, eran conejos y perdices,

Y yo no hacía más, a fe de Gato,

Que lo que ustedes hacen en el plato.»

«Ea, pícaro, muere;

Que tu mala razón no satisface.»

Con que sea la cosa que se fuere,

¿La podrá usted hacer, si otro la hace?

El protagonista es un gato asilvestrado, un felino escapado del domicilio, y ya desde el principio Samaniego lo convierte en blanco de varias burlas: “no sería gato de convento”, porque los gatos que mantenían los religiosos para comerse las ratas en las iglesias estaban —como sus dueños— bien alimentados (¿anida aquí, quizá, una pequeña puya anticlerical?); y “Si el novel ermitaño / Probaría la yerba en todo el año”, una acusación de desviarse de los principios de una vida de abstinencia.

No quiso ver, desconocía o no le importaba que la dieta de estos mamíferos se compusiese exclusivamente de carne. El pequeño animal se justifica argumentando que ambos compartían las mismas predilecciones gastronómicas y que los crímenes que había cometido eran leves (porque no mataba personas, sino “conejos y perdices”), pero sus razones no alcanzan a conmover al venador que lo había apresado para eliminarlo. A fin de cuentas, le estaba arrebatando las piezas; a sus ojos —y a ojos de la sociedad— ese era su delito, a despecho de que lo disfrazasen de vaporosas “fechorías” contra los supuestos inocentes (¡como si nuestra especie no las hubiese cometido mucho peores!).

La voz del autor se escucha con nitidez en la moraleja: “¿La podrá usted hacer, si otro la hace?”. La lección parece irrebatible: que los demás obren mal no nos autoriza a hacer lo propio. Ahora bien, el ejemplo no acierta: deviene antropocéntrico e incongruente: evita reprocharle al cazador un acto hipócrita; esto es, pasa de puntillas sobre su sentencia con una afirmación muy general y le escamotea al lector —ya convencido de que el gato tiene los días contados— el escarmiento de un pícaro igual o peor que él.

A lo mejor en el fondo era consciente de que el hombre merecía el rapapolvo, pero prefirió hacer oídos sordos. Era lo más tranquilizador. Buena parte de la teología, las ciencias naturales de la época y la visión popular del mundo situaban a la humanidad en un peldaño superior. Disculparse habría sonado innecesario y aun sospechoso.

He ahí una grieta transparente en la lógica del alavés: la modestísima protesta del felino se concibe, es transcrita, incomoda (tal vez), aunque irremediablemente cae en saco roto.

Aquel no era país para gatos salvajes…

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El Edén o la nostalgia de la armonía universal

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

¿Cuántas veces no echamos la vista atrás con las gafas rosadas de la añoranza? Evocamos recuerdos infantiles, juegos, mañanas luminosas en la playa o en el campo, rodeados de parientes, amigos, peluches (¡quizá!), sin un lunar que afee un pasado lejano e idealizado. Nuestros tutores nos protegían, cada día era una aventura y cada pequeño aprendizaje se sentía tanto un salto al abismo como un logro descomunal.

La mitología y las religiones han codificado en sus genes un espacio muy similar a este. La Edad de Oro de los griegos no distaba de tal ensueño; e incluso los gentiles prados de la Arcadia eran arrullados por una brisa que transportaba en sus vahídos semillas de nostalgia. Resulta asombroso cuán a menudo la cronología de la humanidad y la humilde biografía del individuo contemporáneo se abrazan, cómo la despreocupación de la niñez entronca en la cultura con formas, paisajes e ideas antiguas.

Pero abundan los problemas en el paraíso: por el sistema circulatorio de estas figuraciones de la concordia universal corren prejuicios, afanes, pérdidas irreparables e inseguridades silenciosas. Lo demostraré por medio de tres obras visuales, en un trayecto comparativo que alumbrará una zona poco soleada del imaginario cristiano.

Asomémonos primero al Edén netamente medieval de El Jardín de las Delicias (ca. 1500), el célebre tríptico del Bosco que hoy custodia el Museo del Prado. Sus paneles cuentan una historia amarga, satírica y fatalista. Me fijaré en el de la izquierda, que es el que cubre la génesis del hombre y la mujer:

La tabla está colmada de detalles y rebosa un simbolismo que los especialistas siguen debatiendo medio milenio después de su concepción. No pretendo desentrañarlo en escasos minutos; mis ambiciones son infinitamente más modestas. Quiero que reparemos en algunos elementos que desnudan la mirada del Bosco —y, con él, de una parte de la iconografía occidental— sobre el Edén.

Aunque Eva, Adán y Dios ocupan una posición delantera, en su corazón se ubica una extraña estructura vertical: una fuente que se eleva hasta el cielo y que contiene un orbe (¿una alusión al globo terrestre de las puertas del tríptico?) en cuyo seno anida un ave nocturna (¿un búho?), oculta, apenas visible desde la distancia. Un indicio inquietante, al que habría que sumar reptiles (culebras, lagartijas), anfibios (ranas) y mamíferos marinos (una foca) que brotan de las aguas para macular con su negrura el vergel divino.

Estas señales permiten entrever intuiciones fértiles. El Bosco pone a nuestra especie más cerca del espectador, pero la clave de su cosmología la transmite ese núcleo parasitado por una rapaz: un presagio funesto. La imagen anticipa, así, el pecado que irá cristalizando en los otros dos lienzos. Sus sabandijas, minúsculas y repugnantes, emergen de un pozo insondable, misterioso, situado fuera del dominio humano, garantizando —a la par— la coherencia narrativa entre todos los miembros de la secuencia.

El mal acecha a Adán y Eva. El pacífico Edén, jardín del Señor, sufre la plaga de la depredación: el gato (¿o jineta?) captura un ratón; dos aves de fantasía picotean el cadáver de un sapo; un león devora un ciervo… Palpitan aquí presentimientos y asociaciones sugerentes que no exploraré con exhaustividad: lo bestial como síntoma de perversión, fieras míticas o ficticias (el unicornio, híbridos inauditos) codeándose con conejos, osos, cisnes, jirafas… La fauna no integra —ahora bien— un catálogo naturalista: son teselas de un mosaico alegórico, valiosas por lo que representan más allá de su hipotética existencia material.

Continúa tratándose de un Edén antropocéntrico, teológicamente racionalizado, providencial y punitivo, destinado a funcionar como universo microscópico. La amenaza del infierno se arrastra por sus márgenes para aterrorizar a quien lo contempla. Busca conmover, pero también convencer de que la devoción católica es el único remedio eficaz contra la condena. Cada componente del cuadro impone esa lectura.

Apenas un siglo más tarde, Jan Brueghel el Viejo firmó La tentación en el Jardín del Edén (ca. 1600). Cotejémoslo:

Los cambios se perciben casi de inmediato: cuesta localizar a Adán y a Eva —escondidos y desenfocados— en una estampa protagonizada por los animales. Pero ¿qué animales? Ahí radica la enjundia de esta lámina: criaturas domésticas europeas (caballos, perros, cerdos, bóvidos…), carnívoros, omnívoros y herbívoros de los viejos continentes (ciervos, ánades, leopardos, cisnes, búhos, avutardas, lemmings, hipopótamos…) y otros exóticos venidos de América (guacamayos, micos, tucanes, pingüinos…).

Brueghel coloca el acento en la naturaleza: recrea con inimitable encanto, riqueza taxonómica, realismo pictórico y color exuberante un repertorio de especies que parece sacado de una enciclopedia o de una ménagerie. Poco se le puede reprochar a sus pinceladas: cuidadosas, reveladoras de una inmensa curiosidad botánica y zoológica, y precisas en los pormenores anatómicos; sobre todo para los volátiles y los mamíferos que se nutren de hierba. El modelo de cosmos que postula ha dado un paso hacia el empirismo, hacia la biología científica, y se halla a años luz del que manifiestaba el Jardín de las Delicias. El así llamado “descubrimiento de América” supuso un acontecimiento decisivo para este viraje, pues recuperó la maravilla y obligó a los occidentales a plantearse preguntas que, hasta la fecha, carecían de formulaciones firmes.

Pero seguía reflejando una jerarquía especista. Brueghel entendió el Edén como un vivero primigenio para la totalidad de la fauna y la flora del planeta, sin oponerse a la tesis de la concordia absoluta sostenida por la Biblia. Sin embargo, acaso sin proponérselo, había abierto una costura en el tejido del mito, por más que su educación cristiana lo impulsase a remendarla con el hilo de un mensaje expansionista, colonial, de vocación evangélica: las tierras del Oeste (y sus moradores) constituían parte de la Creación y, por consiguiente, tenían que someterse a las reglas dictadas por —y para— sus legítimos herederos.

Aquel paraíso en miniatura fue puesto de ese modo al servicio de la humanidad; y, más concretamente, de los fieles de la Iglesia romana. Por eso los predadores —leones, leopardos, perros, estrígidos…— se cuentan con los dedos de las manos en comparación con sus presas: porque la cultura no suele ser favorable a los animales que le disputan la caza al hombre.

Para el último eslabón de la cadena voy a regresar a los orígenes de este blog: al anime Wolf’s Rain (2003) de Tensai Okamura. Reproduzcamos un fragmento ya conocido:

El diseño de este “falso paraíso” se nos antojará sospechosamente familiar: hay un escenario idílico, vegetación ubérrima, un Adán (Kiba) y una Eva (Mew). El audiovisual pop ha desbaratado los linderos geográficos para que un lobo ártico (Kiba) y un caracal (Mew) coexistan con rebaños de bisontes y bandadas de patos en lo que semeja tratarse de un valle norteamericano enclavado entre las montañas. Pero que no nos engañe este revoltijo de referencias: la quimera de un Edén inmarcesible, a salvo de la matanza y el dolor, no ha abandonado este nuevo pliegue de una fábula con visos de inmortalidad.

Aún podríamos convocar a Jauja o discurrir por senderos y mitos mucho menos transitados, pero llega la hora de cerrar esta entrada. El antropocentrismo subsiste en las distintas iteraciones del Edén; no obstante, detenernos ahí sería una solución demasiado cómoda. Lanzo, por ello, una duda que aspiro a contestar algún día: ¿no reside en la inspiración de estos dibujos —incubado, latente— el anhelo íntimo de conectar con el prójimo animal; el deseo inconfesable, milenario, desequilibrado y todavía imperfecto —con dejes especistas— de una convivencia armoniosa?

Eso pienso yo. Aunque quizá no sea más que un arrebato de morriña.

Huellas en la tinta

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Hacia una filosofía del peluche

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Para un investigador que ha dedicado años a examinar la fábula, el estigma de lo infantil se siente como el mosquito veraniego que te sobrevuela con avidez de sangre: lo escuchas zumbando junto a tu oído, no siempre lo percibes con claridad, pero intuyes que no anda lejos y que, en cuanto bajes la guardia, te hincará el aguijón sin remordimientos.

Cada vez se tolera más que un adulto disfrute de series de animación (ahora hay muchas repletas de violencia y sexo) o que invierta horas de su ocio en determinados videojuegos. No estaría tan bien visto que abrazase un peluche antes de dormir, que le pusiese nombre o que hablase con él, aunque lo hiciera desde la intimidad relativa de su habitación. Se le podría disculpar que acumulase estos objetos en calidad de rasgo excéntrico, bajo la lógica flexible del coleccionismo. En tal caso, acapararía bestezuelas de felpa como quien llena álbumes con sellos, estanterías con maquetas o mesas con figuritas de Warhammer.

Entre niños, en cambio, sí se admite. Se considera positivo y abundan los estudios psicológicos que lo demuestran: el peluche tranquiliza, aviva la fantasía y resulta confortable al tacto. También se han probado sus beneficios para las personas del espectro autista. La bibliografía sobre esta materia es profusa y no viene a cuento, de modo que se me permitirá omitirla para saltar al tema que me concierne hoy: la ontología del animal de felpa y su vínculo con el ser humano.

Retrocedamos a la fotografía que encabeza esta entrada. Es un oso Teddy de la empresa Steiff, llamada así en honor a su fundadora, Margaret Steiff, inventora del peluche. Aunque los orígenes de este clásico se remontan a una caricatura del presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt, famoso cazador y conservacionista que se opuso a disparar a un oso negro herido por juzgarlo poco deportivo (o eso afirmaba él; ¿quién sabe si en realidad no experimentó una pizca de lástima?).

Una caricatura política más tarde, a un inmigrante ruso se le ocurrió diseñar el archiconocido modelo y comercializarlo bajo el nombre de Teddy en honor a Roosevelt, hipotético defensor de aquellas fieras desvalidas. Sobra decir que su hallazgo arrasó en ventas y acabó canonizando a esta especie como embajadora del reino peluchesco.

Hasta ahí la historia. No es preciso ser un genio para atisbar indicios de antropomorfismo neoténico en la configuración del “Teddy Bear”: brazos y piernas articulados como los nuestros, ausencia de la característica “chepa” del Ursus arctos y ojos como “espejos de azabache”, platerescos; así creo que los definiría mi querido Juan Ramón. Todo en él es dulce, suave, mórbido. No apesta a carroña y carece de colmillos y garras. Su existencia responde a los propósitos de hacer felices a los más pequeños, conseguir que se sientan acompañados y estimular su creatividad.

Muchos condenarían este (ab)uso de la fauna como algo ilegítimo o, quizá, como un mal menor, asumible en aras del bienestar emocional de nuestros retoños. Cierto es que falsea la naturaleza silvestre y que enmascara verdades incómodas, como la amenaza de la depredación y los conflictos éticos que subyacen al consumo de carne. Alimenta, asimismo, las utopías agricultoras que tan de moda se han puesto en series audiovisuales como la Granja de Zenón, en la LIJ y aun en los videojuegos del género cozy (e. g., Stardew Valley). Pero no se debe negar que nos acercan a animales que, de otra manera, solo habitarían nuestra imaginación o los zoológicos, o que serían víctimas perpetuas de los discursos de odio: temed al oso/lobo/tigre porque se come a las vacas/cabras/ovejas (que el hombre cuida para zampárselas él; aunque, curiosamente, eso nunca se explicita).

La culpa carnista abrasa las lenguas de los pedagogos. ¿Cómo le confiesas a tu hijo que el delicioso muslo aviar que le serviste en el almuerzo fue arrancado de la pata del primo del gallo Bartolito? He aquí una primera encrucijada moral.

Pero no quiero detenerme en un problema que ya he explorado en numerosas ocasiones. ¿Qué hay de los individuos maduros que conservan el apego hacia sus peluches, muñecas u otros juguetes que, según la sociedad, tendrían que haber abandonado hace décadas? Sospecho que algunos trasladan vicariamente esos sentimientos a sus vástagos y que reviven aprecios prohibidos bajo el pretexto del juego paternofilial.

¿Y quienes no somos padres ni madres a qué excusa nos aferramos? A ninguna: nuestras inclinaciones permanecen al desnudo y o bien decidimos sepultarlas en un hoyo profundo, donde nadie las encuentre, o bien las enarbolamos por bandera y nos arriesgamos a ser blanco de burlas.

Todavía subsiste una cuestión tanto o más delicada que esa: ¿qué tipo de relación forjamos con la fauna de carne y hueso a través de sus simulacros de felpa?

Por un lado, los hemos instrumentalizado y depurado de su animalidad. Por otro, hasta esta aproximación imperfecta puede nutrir nuestro imaginario y suscitar una sombra de empatía. Ello no implica —claro está— que los osos “no Teddys” sean nuestros amigos y que estén dispuestos a tomar el té con nosotros si un día nos cruzamos por el bosque. Eso sí, allana el camino. El peluche deviene, conforme a mi tesis, un potencial facilitador de la sensibilidad hacia otros seres vivos, especialmente cuando lo respalda una educación emocional de signo ecoanimalista.

¿Y qué hay de la persona talluda que se obstina en no desprenderse de dicha muleta, tierno “residuo” de la infancia? Nuevamente se trata de un asunto espinoso. Aparquemos lecturas psicologistas que, por su simplicidad o recurrencia tópica, no nos llevarían a buen puerto. Mi duda es otra: ¿no resuena en este “amor oscuro” un eco del cariño hacia las mascotas, una cierta fascinación por lo salvaje, por criaturas diferentes, así como un secreto anhelo de conexión con ellas?

La respuesta probablemente sea subjetiva y graduada, como el aleteo distante del tábano que nos acosa en las noches estivales.

Huellas en la tinta

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Eliano y los delfines, o el mutualismo en las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…

A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.

En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.

¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.

Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:

Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.

Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.

¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.

Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.

Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.

Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.

Huellas en la tinta

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 “Remedios para la matanza de la plaga de la langosta” (1688): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción al español de la que tengo noticia del breve tratado Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688), una compilación miscelánea de diversos métodos para proteger los campos de las invasiones de langostas en un contexto de inquietud por su expansión en distintos lugares de Cataluña.

Su interés reside en el amplio repertorio de estrategias que compila —zanjas, redes, fuego, enterramientos, recompensas por captura— y en la hibridez de un discurso que revela la movilización de diversos actores sociales (civiles, clérigos y autoridades administrativas) para paliar un evento considerado catastrófico.

Al margen de estas breves notas, el estudio introductorio de este documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Baste con advertir el peso de una religiosidad providencialista y disciplinaria, así como la variedad de tratamientos desplegados no solo para resguardar los cultivos, sino para exterminar localmente la especie.

Facilito al final un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a los signos de puntuación y a palabras y formas verbales que, por desuso o error gramatical, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

REMEDIOS PARA LA MATANZA DE LA PLAGA DE LA LANGOSTA,
sacados de diferentes papeles, venidos a noticia del muy Ilustre Consistorio de Diputados del General de Cataluña, sacados a luz para el consuelo de los pueblos del presente Principado, a instancia de los muy Ilustres Señores Diputados y Oidores de Cuentas del General de Cataluña, para que cada pueblo escoja de aquellos los que le parezca más conveniente según el terreno.

SE EXHORTA A TODOS A QUE NO DEJEN DE HACER TODAS cuantas devociones puedan, para que Dios Nuestro Señor nos mire con ojos de su infinita misericordia.

Año 1688.
En Barcelona: estampados por mandamiento de dicho muy Ilustre Consistorio, en casa de Rafael Figueró.

JESÚS, MARÍA, JOSÉ Y SAN JORGE.

SÍGUENSE LOS REMEDIOS.

EL PRIMERO ES EL QUE HA SACADO A LUZ EL REAL CONSEJO, el cual lo mandó publicar por todo el Principado, que es del tenor siguiente. Considerando su Excelencia y Real Consejo los lastimosos estragos que ha causado y amenaza la langosta, afligiendo diferentes términos del presente Principado, devastando en algunos totalmente los frutos y en otros en parte, ocasionando en todos los lugares adonde ha llegado daño considerable; y atendiendo a que se va cada día extendiendo de unos a otros distritos muy distantes, y que, además de las calamidades que se han originado hasta hoy de esta plaga, podrían resultar de ella otras mucho mayores en adelante, si, ayudados por la Divina Clemencia, los naturales no se desvelasen en prevenir los remedios que tan urgente necesidad demanda. Deseando su Excelencia la conservación y alivio del país, como

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materia de su primer cuidado, habiendo ponderado con mucha premeditación las circunstancias y consecuencias de este negocio de tanta importancia para el bien público, ha resuelto prevenir lo contenido en los capítulos siguientes.

Primeramente, reconociéndose que en todos los aprietos y aflicciones el principal y más eficaz consuelo se ha de implorar de la mano de Dios Nuestro Señor y de su infinita misericordia; por ello, su Excelencia ha puesto en consideración de los Prelados Eclesiásticos que dispongan con toda brevedad, y con el celo que corresponde a los oficios y cargos, las devociones más propias para aplacar la ira divina, como son plegarias, ayunos, votos, penitencias y otros actos de virtud y remedios espirituales; y para que no quede Nuestro Señor ofendido con escándalos públicos y delitos atroces, su Excelencia ha ordenado no solo que se evitasen semejantes desórdenes, sino también las ocasiones de que podrían suscitarse, lo cual con toda aplicación se va ejecutando; y se manda a los Ordinarios, así Reales como de Barones, que observen y hagan observar lo mismo, persiguiendo amancebamientos, juegos ilícitos y blasfemias contra la honra de Dios y de sus Santos, y cualesquiera otras cosas de mal ejemplo.

Ítem, por cuanto la voluntad de Dios Nuestro Señor es que por nuestra parte, con medios humanos, procuremos obviar esta plaga, ponderando que en tres tiempos principales conviene hacer las precauciones más esenciales. El primero, cuando las langostas se reúnen, tiempo en el cual se consideran dos operaciones de ellas, esto es, disponerse para incubar los huevos y el incubarlos inmediatamente. El segundo, después de haber puesto los huevos, y cuando, avivadas, están para volar. El tercero, cuando comienzan a emprender el vuelo y se dispersan por la tierra. Por ello, se irán proponiendo los remedios para cada uno de dichos tiempos en particular. En orden al primero, que es cuando se reúnen para hacer los huevos y cuando los tienen hechos, lo cual sucede en el mes de agosto, o en otro tiempo poco menos avanzado, se juzga muy importante que se labre la superficie de la tierra, y donde no se pueda labrar, que se cave; por ello se dice y encarga que se hagan estas diligencias con todo cuidado, y que las langostas, canutos y huevos que se hayan encontrado por medio de ellas se sepulten en unos hoyos, pozos o silos muy hondos, los que parezcan necesarios, que para este efecto se han de hacer; y que, puestas allí, se aplasten y cubran con cal viva, y después se rellenen de tierra, el cual medio se cree que es mejor que quemarlas, por la corrupción que dan cuando se queman y por otros peligros que podrían sobrevenir; advirtiendo que ha de haber

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seis palmos de tierra bien apretada con mazas o pisones, apisonándola como cuando se hace una tapia; y, últimamente, aplicándose encima un montón de tierra, para evitar que por los poros de ella transpiren los vapores corruptos.

Y aunque la cal viva se juzga ser el remedio más eficaz para consumir dichas langostas y su simiente, pero a falta de ella se habrían de ahogar dentro de unos vasos llenos de agua salada de mar, o de la dulce mezclada con sal, en la cual hubiesen hervido algunos medicamentos convenientes, como son cohombros amargos, o raíces y hojas de la misma planta, altramuces y otras cosas amargas que impiden la corrupción, y después enterrarlas en los pozos, como se ha dicho.

Ítem, en el segundo tiempo, en que dichas langostas estarán nacidas hasta que vuelan, con mantas, sábanas, ramas y otras cosas semejantes, se han de matar y soterrar en la forma sobredicha.

Ítem, en el tercer tiempo, en que comienzan a volar, se van dispersando por la tierra y no tienen bastantes fuerzas para volar muy alto, al cual tiempo también se reduce el estado en que caminan, se han de recoger asimismo con mantas, sábanas y otras cosas semejantes, y se ha de hacer lo demás que arriba está advertido.

Y por cuanto en el mismo tiempo muchas de ellas se lanzan por las acequias y por los ríos, se han de recoger en la forma expresada en los capítulos antecedentes.

Y respecto de que, hallándose las langostas en las orillas del mar, o en ríos, rieras u otras aguas, se podrían matar con un instrumento que los pescadores llaman cop, con el cual se pescan las lisas a la encandilada, y, entrando muy adentro en las aguas, podrían pescarse con el instrumento con que se pescan las sabogas, o con el propio llamado cop, y sepultarlas en la forma dicha en los capítulos precedentes. Por ello se usará de estos remedios conforme las circunstancias dictaren ser más conveniente, para que el pescado del mar o de aguas dulces no se infecte y dañe a la salud de los hombres, no permitiendo que quede en ninguno de dichos tiempos multitud de ellas sobre la tierra, o a la orilla de las aguas, ni dentro, antes bien soterrándolas en cuanto se pueda.

Ítem, se prevé que las diligencias arriba referidas se han de hacer una y muchas veces, y todas las que convengan, aunque sea por muchos meses; y para este efecto los Ordinarios Reales y de Barones darán las órdenes que sean menester, para que acuda al trabajo la gente que sea necesaria, sin que por causa tan precisa se exima en su caso persona de cualquier grado, estamento o condición que

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sea, así en contribuir al gasto como a la fatiga, y ayudar con todo lo que se ofreciere para esto, a lo cual también darán impulso los Consejeros, Jurados y Paeres de las Universidades, acudiendo los de una parte a la otra, conforme la necesidad y estado de las cosas dictare; y a este fin su Excelencia y Real Consejo destinará también los Ministros que sean convenientes.

Ítem, aunque se tienen esperanzas muy fundadas de que con las sobredichas y otras diligencias se preservarán las contingencias de infestarse las aguas, con todo, en caso de suceder esta desgracia, lo que Nuestro Señor no permita por su suma bondad, se encarga a los Ordinarios, tanto Reales como de Barones, que en cuanto hubiere recelos de esto hagan publicar pregones, prohibiendo con grandes penas que personas ni animales beban de dichas aguas sospechosas. Entendiéndose también comprendidas en esta prohibición gallinas, huevos y cualesquiera otras cosas en que recaiga sospecha de estar infestadas, cuyo uso se quitará totalmente.

Ítem, queriendo dar providencia a que por ocasión de las aguas no perezcan las personas y animales, ni se infecten los aires, se dice y manda que se cierren los pozos y balsas, haciendo paredes o palos para impedir la entrada de las langostas de la mejor manera que se pueda ejecutar. Y para que las sobredichas cosas vengan a noticia de todos, se ha mandado imprimir la presente Instrucción, que se envía a los pueblos más numerosos del presente Principado, para que los Vegueres, Alcaldes y demás Justicias de ellos, los Jurados, Consejeros, Paeres y Procuradores, así Reales como de Barones, y otros a quienes toque, ejecuten y hagan que se observe lo expresado en dichos capítulos, y todo lo demás que convenga para el remedio de que se necesita.

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OTROS REMEDIOS QUE HAN USADO la Ciudad de Lleida y otros pueblos circunvecinos, del tenor siguiente

El primero fue arar los rodales o partes donde están. Este remedio fue de poco provecho, pero yo lo atribuyo a que solo se aró una vez, y juzgo que aprovechará mucho si se hace del modo que he visto anotado por algunos doctores. Es decir: arando dos o más veces la parte donde están los canutos, una a lo largo y otra a través, y con las orejeras del arado o apero pequeñas, juntas y bajas.

Y si en las partes donde haya leña quisieran hacer hormigueros de aquella tierra removida, se aniquilará del todo la semilla, porque se quemarán los canutos removidos y los que no se hayan arrancado con la reja o el arado.

El segundo, y más principal, es escoger y separar los canutos de la tierra, y dar por ello una cantidad por cuartera, y poner estos en silos o zanjas bien enterrados, o arrojarlos al mar o al río, o quemarlos, regulándolo según los lugares y la cantidad que se recoja.

Otros pueblos donde la tierra sea más blanda y suelta usan unas palas de hierro con las que acostumbran a limpiar las eras, para raspar los lugares y partes de la cría; y después, en aquellas partes, poner leña y fuego.

También creo que sería buen remedio poner en uno o más montones la tierra removida y arada con los canutos, o hacer una zanja y enterrarla, porque, según se dice, ha probado un curioso que enterró unos canutos dentro de un cesto de tierra: solo nacieron los que puso en la superficie de la tierra; pero los que tenían cuatro dedos de tierra encima, y los que tenían más, aunque se avivaron al llegar el tiempo, no pudieron salir de debajo de la tierra, y se hallaron ahogados y muertos.

El segundo tiempo en que se debe matar la langosta es después de haber nacido, hasta que vuele; y en aquel tiempo los remedios de que ha usado esta ciudad y sus comarcanos son muchos.

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El primero es matarlas con unos mazos; y de este artificio solo se puede usar por las mañanas, o cuando el día está nublado, porque la langosta está en montones, como si fuesen enjambres de abejas, y la frescura la detiene y le da espera; que, haciendo sol, enseguida se dispersa.

El segundo remedio o artificio es hacer unas zanjas cerca de donde está reunida, y hacia la parte del sol naciente (porque de ordinario salta hacia esta parte); y después de estar hechas, con unas ramas irla tocando y guiando hacia la zanja, y enterrarla en ella; y de este remedio han usado muchos lugares de Aragón; y es remedio que también se puede hacer cuando vuela la langosta, pero solo es bueno para las mañanas y para los días nublados, cuando no puede volar alto.

El tercero es (si la tierra es llana) el rodillo o piedra con que se hacen y allanan las eras, tirado por un par de mulas; se hace pasar por encima de las langostas, y de este solo se usa por las mañanas y en días nublados, cuando se encuentran reunidas; y de aquel han usado algunos lugares del Urgel, como Torregrosa, y aseguran que mataron muchas; y lo mismo se puede hacer con una viga.

El cuarto es rodear el rodal o lugar donde está la langosta con paja de arroz, leña u otra broza, y prenderle fuego todo a un tiempo; e ir lanzando aquella broza, paja o leña dentro de aquel rodal donde está la langosta, y continuarlo hasta que el fuego esté extendido por todo el rodal.

El quinto, y más usado en Lérida, es el de los buitrones o lienzos, con un saco en medio, ancho por la boca y estrecho por el fondo; y, poniéndolos hacia la parte por donde va caminando la langosta, tocándolas o guiándolas, cuando ya el buitrón está bien negro de langosta, lo cierran, las hacen caer dentro del saco, y las llevan a unos hoyos (que se deben hacer) para enterrarlas y ahogarlas con la tierra que se les echa encima.

El sexto, y último, es el de mayor provecho, de tal manera que, aplicando cuidado, se mata toda, sin escaparse apenas una; y se mata con mucho descanso; verdad es que este remedio no se puede hacer sino en parte de acequias, y se ha de hacer según el agua y el terreno; y así se dice y advierte que se deben barrer bien y desbrozar las acequias, y, si puede ser, ensancharlas, dejándolas bien despejadas; y por cuanto al tiempo de avivarse la langosta, que es de ordinario a primeros de abril, crece la hierba de los ribazos o márgenes de las acequias, las aneas y otras hierbas que se hacen y nacen dentro de la misma agua, será bueno en aquel tiempo cortar las aneas y desbrozar, y sacar toda aquella hierba; porque, por poca que sea, se va deteniendo la langosta en ella poco a poco, y se forma una gran masa o remanso, y salen muchas.

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En las acequias que no llevan mucha agua y cuyo cauce o ribera no es alto, se hacen unos sacos de paño claro de jergón, poco menos anchos de lo que es la acequia, y en cada lado de la boca del saco se debe coser una barra un poco más larga que la boca del saco;  y aquellas dos barras cosidas a la boca del saco se pondrán una dentro del agua, unos cuatro dedos, y la otra se atará con otra barra travesera, que se ha de poner de ribazo a ribazo, o de orilla a orilla de la acequia; y por eso ha de estar un poco abierto de cada lado el saco; y así el agua entra por dentro del saco, y con ella la langosta que trae, la cual queda dentro, y al agua no se le impide el curso, por ser la tela o paño claro. Y después, cuando parezca que hay allí langosta que puedan sacar los hombres destinados a este efecto, sacarán el saco con la langosta y la enterrarán en los silos u hoyos que tendrán allí preparados para este efecto. Advirtiendo que de tanto en tanto ha de haber un saco o parada de estas, tanto cuanto tenga de largo, o enfrente de la langosta que va viniendo, y uno más abajo del encuentro o frente que trae la langosta, para que, cuando se saca el saco para vaciar la que va pasando, venga a quedarse en el último saco, que está fuera del encuentro de la langosta.

En las acequias, empero, en que hay bastante agua y tienen el cauce o margen alto, se ha de poner una viga cuadrada de parte a parte de la acequia, no de derecho a derecho, sino al sesgo, y esta no ha de tocar el agua, y sirve de puente; y a la cara de esta viga gruesa se han de poner unas tres o cuatro estacas, que estén hincadas abajo en el suelo de la acequia; y delante de ellas se ha de poner un cañizo que llegue de parte a parte de la acequia, el cual se mantendrá con las estacas; y este cañizo ha de estar forrado con una tela de jergón, y no ha de entrar sino un palmo o una mano dentro del agua, para que no se impida su curso y corriente, y no se remanse, porque, si se remansa, queda el agua muerta, llega a las hierbas del margen, y se sale la langosta; y en el extremo más hondo, o más atrás de esta parada, se ha de romper el cauce o ribera de la acequia, haciendo una abertura arriba, en la superficie del agua, de tal manera que por ella salga un reguero, y con él saldrá toda la langosta, cayendo juntamente con el agua; y en esta abertura y salto del agua se pondrá un saco de tela de jergón con medio aro en la boca, formándolo como un arco de ballesta, y a cada lado del saco una barra que suba desde el fondo hasta la boca; y se pondrá al salto de esta agua de tal manera que la reciba toda, y con ella recibirá también la langosta que va encima, como espuma; y como

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el cañizo y la parada están al sesgo, lanza toda la espuma y superficie del agua, y con ella la langosta, al salto o abertura. Y cuando el saco esté lleno, se pondrá otro, y se irá a vaciar aquel en las zanjas o silos que tendrán prevenidos para enterrarla. Este es el mejor artificio y el más descansado que se ha experimentado, y se debe hacer en los lugares, esto es, donde salte la langosta, y más abajo de donde salte, buscando buen terreno, porque estas paradas no se pueden hacer en todas partes, sino haciendo las que parezcan ser más convenientes.

Para este remedio y artificio se advierten tres cosas; a saber, que se lance el agua de la abertura; se hará en las paredes de cañizo y anea, en algún brazal que esté bien hecho y limpio, y, si puede ser, que vaya al río o al mar, por si acaso hubiera algún descuido en los que asistirán y dejasen escapar algunas.

La segunda, y más digna de reparo, es que, por cuanto la langosta va siempre por el hilo y corriente del agua, y en las acequias hay muchas curvas donde se arrima, y se ha visto escapar mucha langosta en estos lugares, y en otros en que se vuelve y se remansa el agua, se dice que en estos lugares se pondrán trozos de caña o bastones bien lisos, hincados en el margen y, por el lado del agua, con la punta hacia abajo, siguiendo la corriente, porque de esta manera las cañas o bastones la devuelven a la corriente y al hilo del agua, sin darle lugar a agarrarse al ribazo ni a salirse. La tercera es deshacer los puentes, o hacer quemar broza allí, o que esté allí alguien que la desvíe; porque, si no se les impide el paso de los puentes, se entran por ellos en las huertas.

Tercero, o en el tercer tiempo en que se debe trabajar en matar la langosta, es cuando vuela; y en este tiempo el remedio es hacer zanjas hondas y hacerlas caer en ellas a la madrugada, al atardecer y en días nublados, cuando están torpes y no emprenden el vuelo (como se ha dicho). De este remedio se han valido algunos lugares.

Otros han usado algunos ciudadanos de esta ciudad, como son hacer humo en las heredades y, en lo fuerte del sol, mover el trigo o la cebada donde está la langosta con una soga que llevan dos hombres, etc., los cuales juzgo de poco provecho, y por eso no los refiero.

Y finalmente, para varios de estos tres tiempos, traen muchos remedios los doctores, y señaladamente Casio Dionisio en el tratado que hace de agricultura, libro 13, capítulo 1, donde refiere diferentes remedios; Juan Quiñones, en el dicho capítulo 3, que lo rubrica de esta manera: “Cómo se remedian los daños que hacen las langostas”.

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OTROS REMEDIOS VENIDOS DEL REINO DE ARAGÓN, del tenor siguiente.

Los remedios naturales humanos se dividen en tres diferencias de tiempo, porque en tres estados se pueden considerar y desterrar las langostas: conviene saber, en canutillos; cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y cuando son grandes. En canutillo se matan arando entonces las heredades y tierras donde las hay, con las orejeras de los arados bajas y los surcos juntos, que de ordinario son partes incultas y no labradas, dándoles algunas vueltas, se entierran y encubren los huevos y canutos, y los que no, sacándolos de su lugar y estando descubiertos encima de la tierra, el sol y las inclemencias del tiempo los consumen, o las aves se los comen; y así perecen muchas langostas que habían de serlo. Esta diligencia, por ser a los principios, es importante, pues mueren en los huevos antes de que nazcan. Esta efectuó en la ciudad de Huesca, por orden del Consejo Supremo de Castilla, don Juan de Quiñones, y dice que se mató entonces mucha langosta. La misma ejecutó en la villa y partido de Consuegra don Francisco Salvatierra, con consejo universal de todos los labradores, pues unánimes acordaron que tal remedio consistía en arar de dos rejas las tierras enlangostadas que por tales estuviesen con sus apeos. Pero esta labor convenía, para que fuese de provecho, hacerla dando los surcos juntos y las orejeras del arado bajas y cortas, porque de otra suerte no se conseguiría el fin de acabar con los canutillos. Y lo convence la razón, pues las orejeras en la forma referida, y la reja llevando juntos los surcos, rompen el canuto que topan y ponen los demás sobre la superficie de la tierra, para que lo consuman las inclemencias del cielo y aves del campo. Las tierras enlangostadas y dehesas que son de pasto común deben ararse de dos rejas y romperse a costa de los bienes comunes; y, si no tuvieren las comunidades para ello, entra la piedad y obligación de los Señores Diputados del Reino, para determinar y ejecutar lo que pareciere ser más conveniente.

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Cardano dice que, cuando la langosta está en canuto, que es cuando los huevos están metidos en la tierra, se ha experimentado que, quemando los campos y heredades donde están, se acaban y consumen, y no nacen de ellos las langostas. Aldrovando afirma que, con quemarse la superficie de las tierras enlangostadas, se consumen los canutillos; pero tengo por remedio más seguro el arar de dos rejas en la conformidad que se ha referido, pues se ha logrado de esta suerte el fin de extinguirlas en canuto en Andalucía, Castilla y la Mancha.

El segundo tiempo y estado de las langostas es cuando saltan y vuelan poco, como ahora; y el remedio mejor es coger unos buitrones hechos de anjeo, anchos por arriba y estrechos por abajo, y seis u ocho personas en cada buitrón cogen gran cantidad de ellas, tanta que matará cada buitrón todos los días cinco y seis cahíces, según la langosta va creciendo; y después, metiéndolas en unos hoyos y cubriéndolas con tierra, las ahogan y matan. Pero se ha de hacer esto antes de que salga el sol que las caliente, porque con el fresco de la noche y mañana están entorpecidas y encogidas, y con el calor se alientan y vuelan, y no se cogen, o se cogen mal; y así todas vienen de partes cálidas, y no de frías, y el viento que de ordinario las trae es el Austro, y no el Aquilón.

Don Francisco Salvatierra asegura en una carta que escribió al Supremo Consejo de Castilla, y otra a don Juan de Quiñones, que solo en la Dehesa de Alcudia mataron y enterraron más de ochenta mil fanegas de langosta, y que constaba por los testimonios de los demás lugares haber excedido el número de quinientas mil fanegas, lo que parece, ciertamente, cosa increíble. Suelen darse a coger por celemines y fanegas, dando una cantidad por cada medida. Así lo dispuso el santo pontífice Estéfano VI en Roma, el año 885, y Hércules II, duque de Ferrara, el año 1542. Pero advierto que, como el remedio de los buitrones es tan eficaz, será necesario que se apliquen a ejecutarlo, sin reparar en el gasto, aunque contribuyesen con algunas partidas todos los lugares del reino; y por ser medio tan a propósito, compró en su comisión don Francisco Salvatierra más de treinta y tres mil varas de anjeo para socorrer los lugares enlangostados. Y no faltan libros y autores que señalan que las personas están obligadas a contribuir para atajar un daño tan universal y pernicioso contra la vida del hombre. Y así ensanchen, por amor de Dios, los corazones, y obren con eficacia antes de que se nos pase el tiempo y la coyuntura.

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El tercero y último estado de las langostas es cuando son grandes, y entonces es más dificultoso el remedio para atajarlas en común; pero los particulares podrán aplicar en sus campos alguno o todos los remedios siguientes.

Primero, colgar algunos murciélagos muertos en los árboles más altos que hubiere en las mieses; así lo escriben Casio Dionisio, Giraldo, Arabio y otros muchos autores experimentados. Segundo, coger muchas langostas y quemarlas en los mismos campos o en sus márgenes, porque, al llegar el olor a las demás, las deja sin sentido, y parte de ellas se mueren, o el sol las consume y acaba. Y esto es natural, porque lo mismo sucede en los escorpiones: que, si se quema uno de ellos, los demás huyen o se dejan coger; y en las hormigas, como se ve cada día por la experiencia, y tal vez sucede lo propio en los demás animales. La causa de estas operaciones no es fácil saberla, así como no alcanzamos en qué consiste la virtud con que el imán atrae el hierro y las piedras estancan la sangre. Olaus Magnus dice que, para sacarlas de las mieses, cojan unas teas de pino encendidas, y corran de unas partes a otras de los campos, y las harán huir. Estos y otros remedios trae nuestro Vicente de Beauvais de autores antiguos y experimentados. Los cuales se han ejecutado en Castilla, la Mancha y Andalucía muchas veces, enviando el Consejo Supremo un juez a las tierras enlangostadas, y con el dinero que liberalmente entregaba el rey nuestro señor de sus Arcas Reales, y con el que contribuían todos los lugares del contorno, se han librado de semejante plaga.

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OTRO REMEDIO EXPERIMENTADO EN LA HUERTA de Santa Clara de la presente ciudad de Barcelona, a la madrugada o a la tarde, cuando las langostas están más torpes.

El hortelano de dicha huerta, en la ocasión en que dicha huerta estaba en extremo afligida por la dicha plaga, tomó un cedazo o garbillo pequeño, cuyo palo tenía de altura cosa de dos palmos, y cuya tela era de pergamino. Y dicho hortelano, con dicho garbillo, de una pasada, iba sacudiendo las plantas de dicho huerto, haciendo caer cada vez muchas langostas dentro de dicho garbillo o cedazo; y casi al mismo tiempo volcaba dichas langostas dentro de un saco que un muchacho le llevaba a su lado; y, al tener dentro de dicho saco cosa de unos tres o cuatro cuartanes de dicha langosta, con el mismo saco la golpeaba contra la tierra con violencia, hasta tenerla muerta; y luego la enterraba en un lugar destinado, y volvía a hacer la misma diligencia; y en esta conformidad experimentó grandísimo alivio en dicha huerta.

OTROS REMEDIOS TRAEN LOS DOCTORES.

COMO es dar por dichas langostas una cierta suma de dinero por cuartera, como se experimentó en la ciudad de Milán en el año 1542, cuando en espacio de muy poco tiempo se llenaron doce mil sacos. Quiera Nuestro Señor, por su infinita misericordia, que estos remedios, u otros, aprovechen como deseamos. Sic fiat, fiat. Amén.

FIN.

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GLOSARIO

Aquilón: viento del norte.

Anea: planta acuática de tallo y hoja alargados que crece en la vereda de los ríos. También llamada ‘espadaña’.

Anjeo: especie de lienzo basto.

Austro: viento del sur.

Buitrón: red para cazar perdices y otros animales pequeños.

Brazal: canal secundario que sale de un río o acequia más grande para regar.

Cahíz: medida de capacidad para cereales cuyo valor variaba en función del territorio.

Canuto: según el Diccionario de la lengua española, es el “tubo formado por la tierra que se adhiere a los huevos que la langosta y otros ortópteros depositan después de haber introducido verticalmente el abdomen en el suelo”.

Cop: arte de pesca utilizado en la “pesca a la encandilada”; probablemente algún tipo de red o aparejo.

Cuartán: medida de capacidad para áridos inferior a la cuartera.

Jergón: colchón de paja, esparto o hierba.

Paeres: magistrados municipales catalanes. El término se asocia especialmente a la Paeria de Lleida.

Reja: pieza de hierro del arado que abre el surco en la tierra.

Universidad: corporación o comunidad municipal. En la documentación de época designa el cuerpo político-administrativo de un lugar.

Veguer: oficial real con jurisdicción en una veguería. Puede compararse con el corregidor de Castilla.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Dejando huella: el proyecto ANIMAL

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Son muchas las dificultades que atraviesa un investigador de los estudios de animales en las disciplinas humanísticas españolas. Dejando de lado los aspectos económicos, uno de los desafíos más importantes radica en visibilizar un corpus desde el que aproximarse a temas tan sugerentes y contemporáneos como el amor hacia la fauna en otras épocas, o cuestiones biopolíticas como el control de las plagas.

La mayor parte de las pesquisas dentro de las corrientes ecocríticas se concentran en textos, fenómenos y movimientos colectivos bastante recientes. Es una opción cómoda —parecen más accesibles y existe menos riesgo hermenéutico—, aunque también limitante, ya que relega a un segundo plano el testimonio histórico. El peligro intelectual no es pequeño: quedar atrapados en compartimentos relativamente seguros, presentistas, cada vez más transitados, que agradecerían el complemento de una mirada de larga duración.

Escribo este mensaje para presentar un proyecto que estoy gestando en la matriz de Huellas en la tinta y que planeo transferir a una infraestructura más amplia en el futuro. ANIMAL, Archivo de Narrativas Ibéricas sobre Medioambiente, Animales y Liminalidad, inicia su andadura con objetivos modestos: editar, traducir y recopilar digitalmente obras peninsulares antiguas que exploren la relación del ser humano con otros vivientes. Un segundo propósito, más allá de funcionar como ayuda y estímulo para la comunidad universitaria, estriba en acercar estas piezas a la sociedad a través de transcripciones comprensibles y bien glosadas.

Se trata de una meta ambiciosa, en realidad. Echo aquí los cimientos con la esperanza de construirla con el paso de los años, con suerte arropado por más medios, tiempo y colaboradores.

Por lo pronto, inauguro esta nueva serie ANIMAL con el tratado catalán Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688). Mi traslación al castellano verá la luz en tres partes. Aspiro a culminarla durante los meses estivales. Ofrezco al lector una muestra o, si se prefiere, la primera huella de un camino que presumo extenso.

Nos “olemos”.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190