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“Conversación de dos perros” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego mallorquín Conversa de dos Cans.

Se trata de un valioso testimonio sobre los espectáculos populares con animales en el que se fabula una pelea de perros celebrada en Palma de Mallorca durante 1892. El antropomorfismo disimula la violencia a la que se ven expuestos los canes Moreno y Ñap. Aunque la lucha se reviste de galas de heroísmo mediante un lenguaje que evoca las gestas de los caballeros medievales, esta estrategia retórica encubre un paisaje moral sórdido: abusos, apuestas y un pasatiempo cruel que, pese a la falta de reconocimiento oficial, es aplaudido por las masas. Queda lejos del retrato del Coloquio de los perros cervantinos: aquí los dogos absorben la perspectiva de los humanos, renuncian a su individualidad y se entregan a la lucha por conceptos tan intangibles para ellos como el honor y el beneficio económico de sus propietarios.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. En este caso no veo la necesidad de incluir un glosario final.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

Conversación de dos Perros
SOBRE LA PELEA DEL DÍA 15 DE MAYO DEL 92, QUE TUVO LUGAR
CERCA DE SON BOTER ENTRE

Moreno y Ñap

Cuando los soltaron

Moreno le dijo:

Ñap, no me muerdas así,

o si no, mal te sabrá;

antes te quiero advertir

que no te has de figurar,

si me quieres zarandear,

que siempre tenga que aguantar.

Ñap.

Moreno, no me cuentes milongas,

que de todos modos no te creeré,

y no te eches atrás,

que un perro sale más curtido

si lo ponen a prueba los de Palma;

ya lo comprobarás por ti mismo

cuando grites al sentir

el tarascón que te daré.

Moreno.

Ñap, no me vengas con enredos

ni me quieras revolver;

la pelea hemos de empezar,

no lo pintes tan difícil,

que luego ya se verá

cuál es el mejor de los dos,

que sé cierto que los dolores

son fuertes cuando yo agarro.

Ñap.

En la raya estoy puesto

y mi amo ya me agarra,

y tiro a Moreno en tierra,

allá en medio con un golpe.

Tumbos por la derecha y la izquierda;

allí hubierais visto a Ñap,

que hasta que estuvo cansado

supo resistir la guerra.

Moreno.

Vienes ligero como un caballo,

pero yo sé batallar con buena espada;

ya tengo la boca llena

de polvo de andar agachado.

Te crees que llevas buena baza,

pero por ti no me callo,

porque, al acabar este baile,

terminarás como un asno.

Ñap.

Te he sacudido demasiado pronto,

Moreno, ¿tú qué harás?

Abajo, abajo sufrirás,

pero allí tomarás resuello;

entonces sacarás las fuerzas,

tú que serás más soldado,

que cuando me veas cansado

entonces te volverás contra mí.

Moreno.

Ñap, ñap y ñap, tres veces.

¿No ves que no me ganarás?

Yo veo que te haces el chulo

y ganas por los revolcones;

¿no sabes lo que conseguirás?

Que, teniendo las fuerzas acabadas,

entonces, a las embestidas,

ya no saldrás al medio.

Ñap.

Moreno, ya estoy cansado,

no te hacía tan valiente;

tú haces la pelea jugando

y a mí me has dejado desdentado.

Y aliento ya no tengo;

y el chasco más pesado

es que en vano me han cuidado,

y quedaré malparado.

Moreno.

Démonos una embestida

y veremos quién va primero;

que por abajo he tenido que ir

y tengo la espalda ensuciada,

y eso es malo de aguantar;

pero con una sacudida

que le dé otra vez,

Ñap no querrá volver.

El amo de Ñap lo agarró

y lo separó pronto,

y le dijo: «¿qué tal, Ñap,

Moreno qué hará? »

Y Ñap le contestó:

«Lo veo en dificultad,

el juego está perdido;

ya pueden darlo por ganador.»

A Moreno también

de él lo apartaron

para volverlo a soltar,

y quedó de lo más entero,

y al otro perro dijo:

«Ñap, me gusta hablar claro:

a ti te he de ganar;

veo que eres demasiado alborotador.»

Moreno.

Veo que, al llegar la hora de la verdad,

ese que tanto me zarandea

y de ganar ya fanfarronea,

de encima de mí se quitará;

es verdad que sabe morder

y me arrastra y me patea,

pero yo tengo correa,

y a la larga se verá.

Volvamos a dar otra embestida;

el amo de Ñap volvió a decir:

«Yo sé cierto que el perro es fino

y no hará mala pasada;

y si le pegan la pitada

delante de todos los que hay aquí,

buscar donde huir

quien acaso lleve las de perder.»

Moreno.

Si Ñap se asustó,

su amo aún más;

y luego, apostando dinero,

se quería defender,

hasta el punto de que propuso,

despreciando su interés,

querer hacer un exceso,

como si quisiera amenazar.

Ñap.

Amo, el juego es peligroso,

veo que estáis enfadado,

y yo llevo carga de sobra

y no puedo defenderos;

no vayamos a caer los dos.

Yo ya estoy estropeado

y habéis de andaros con tiento

para que os apaleen a vos.

Moreno.

Si lo volvéis a hacer pelear

conmigo otra vez,

la apuesta ha de ser abundante

con buen dinero por delante;

así su amo sabrá

si soy una gallina amarrada,

y podrá valorar, en la embestida,

si Moreno es buen perro.

Ñap.

Yo, en mis adentros,

solía pensar

que otro se fue a pelear

en Palma y quedó

en medio de la plaza sin piernas…

Moreno, en aguante me superas,

porque veo que tienes tales mañas

que a fuerza de palique ganarás.

Moreno.

Lo que importa es poner

apuestas de cincuenta duros,

y así veremos los chulos

de Palma ajustando cuentas;

y, si salimos del apuro,

tendremos para echar unos tragos

para matar algún gallo,

y para cafés, copas y puros.

Ñap.

Bueno, hablar está de más;

no voy a volver a pelear,

y si él vuelve a apostar,

se expone a perder el dinero

todo cuanto allí arriesgue.

Ya les vale a esos perdularios,

que, si ellos son unos veletas,

tenga yo que pagarlo.

Moreno.

Al amo no has de dar

la culpa, que no la tiene;

la tienes tú, que eres un haragán.

Tienes desgana para pelear;

mi amo ya me lo dijo:

«Tú, para lo que eres bueno es para comer,

y si te hacen agarrarte,

hasta te avergüenzas de quedar bien.»

Ñap.

Amo, no brindéis por mí;

ni se volverá a armar tal jaleo,

ni tú me ganarás

ni a comer un plato de sopa.

Y si alguna vez te topas conmigo,

tú mismo luego lo verás:

no creas que eres capaz

de ganarlas todas.

Moreno.

Me he cansado de sermonear

y no te lo puedo dar a entender:

que para pelea eres malo,

porque pronto te sueles cansar;

y así dejémoslo estar,

que el amo que te suele guardar

bien puede presumir

de tener semejante pieza.

Ñap.

Mi amo es que tiene miedo,

y aunque sea un dogo mallorquín,

soy bueno para hacer ruido

y para comer, aunque sea un trozo,

tanto si hace sol como si llueve.

Lo que pienso es que conmigo

no ganará ningún tesoro

ni estrenará ropa nueva.

Moreno.

Con tu nombre no erraron:

tú eres dogo mallorquín antiguo;

pero solo si te dan el buey frito,

no si te ponen a pelear.

Yo ya estoy enterado

de que, si te hacen demostrarlo,

tendrán que buscarte por ahí,

porque te habrás escondido.

Ñap.

Yo soy bueno para pelear

y para tener discusiones,

pero con perros de poca monta

a los que pueda manejar;

pero no hago apuestas

contra uno que me pueda ganar,

pues enseguida lo dejo estar

y no doy más razones.

Moreno.

Tú, algo ruidoso,

y tu amo, bravucón;

los dos hacéis mucho ruido

sin saber por dónde sopla el viento,

y luego, para quedar bien,

os suele costar del bolsillo,

y lo peor de todo

es que Ñap no tiene nada que hacer.

Ñap.

Si vuelvo a pelear con él,

no me sabrá mal si pierdo dinero;

que el amo se empeña en torcerlo todo,

y ya veréis qué remedio,

si acaso sucediera

que me volviera a tocar la piel,

o la nuca del cogote,

huiré y no me verá más.

Moreno.

Tú mismo te precipitas

al pelearte con otro,

y eso es una falta

que suele traerte desgracia;

la razón a la vista salta,

y, si nos volvemos a topar,

ya nunca más podrás ir,

Ñap, con la cola tan alta.

Ñap.

Moreno, tú juegas con ventaja;

no es que me quiera pelear,

es el amo quien me suele forzar,

porque se le ha metido en la cabeza

que gracias a mí se quiere ganar

el jornal, este soldado;

y yo he quedado maltrecho

y no me quiero volver a agarrar.

Moreno.

Tu amo se ha venido arriba

y soltó la frase

de que tú eres el perro mejor

que había en Palma;

y no quiero disputarlo,

pero yo, por piedad,

no te dejé desollado

cerca de Cala Major.

Para lo que sí eres muy listo,

te lo digo y lo has de creer,

es para alguna vez sacar

los bocados de dentro del plato;

y lo que digo puede verse:

quieres estar descansado

en un rincón retirado,

con un jergón donde yacer.

Ñap.

En vano hemos conversado:

tú has ganado la victoria.

Dejemos ya el alboroto,

que eres el más aventajado,

y el amo que te ha adiestrado

podrá tomar posesión

del dinero y la honra y gloria

de decir por todas partes que has ganado.

Moreno.

Dios te dé buen descanso,

que con salud podamos estar

y te puedas librar

de caer en malas manos;

tú no tienes mañas suficientes

para poder pelearte,

y el amo que te cuidó

ni siquiera sabe lo que son los perros.

Dejemos la conversación

y no hablemos más del lance;

tú, si te escuece, ya curarás,

yo también he de sanarme;

yo lo que quiero procurar

es no ofender si me alargo,

aunque sé que no hacen caso

de las palabras de un perro.

Y si nadie, de ningún modo,

cree en todo lo que he dicho,

lo quiero dar por escrito

y lo firmo: El perro Moreno.

El que este papel ha compuesto

a todos pide perdón,

y si hay alguna falta,

espera ser perdonado;

soy un pobre desdichado,

y vivo de mi sudor,

y solo paz y unión a todos he deseado.

(Es propiedad)

Se halla de venta en Palma, tienda de M. Borrás y en la casita de madera de la cuesta del Teatro.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

PIO (Pensar, Imaginar y Observar): programa de concienciación ecológica para alumnos de educación primaria

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Este material docente se inscribe en el proyecto AVECINAS-CM: “Las aves como vecinas: exploraciones en torno a la reconciliación ecológica en la Comunidad de Madrid” (PHS-2024/PH-HUM-354).

Quienes nos adentramos en la enseñanza universitaria por la vía de la investigación no siempre estamos familiarizados con los problemas cotidianos de los maestros de escuela. Nuestro mundo gravita alrededor de una montaña de revistas y plazos cronometrados. Se trata, a menudo, de una carrera contrarreloj. No obstante, tras mi experiencia impartiendo un taller en un centro de educación elemental, he quedado plenamente convencido de que el esfuerzo sobrehumano que acomete el profesorado de primaria es digno de los mayores elogios, pues debe ser considerado a la par una maratón y una carrera de obstáculos.

Como una de las actividades del proyecto AVECINAS, un conjunto de académicos organizamos una clase temática en las castizas Escuelas Aguirre: uno de los motores de la pedagogía igualitaria desde su fundación en el Madrid de finales del siglo diecinueve. Bajo el ala “madrina” de Eva Aladro, dimos unos contenidos que debían allanar el camino a la actividad de “pajareo” que vendría después. En GIECO —como colaborador asiduo, me incluyo bajo esta etiqueta— nos enfocamos en nuestra especialidad: la literatura analizada desde un ángulo ecocrítico. El año pasado otras compañeras (Clara Contreras y Xiana Sotelo) se hicieron cargo de un ejercicio parecido; en esta ocasión, Montserrat López Mújica y yo fuimos los elegidos para representar al equipo en las aulas infantiles.

Veterana del magisterio de la tiza y la pizarra, Montserrat (Montse, en adelante) tomó la iniciativa y preparó una base de textos que desplegar ante el alumnado. Entre los dos moldeamos ese repertorio hasta crear un itinerario óptimo, que cubriese algunos puntos clave para la didáctica en humanidades ambientales: el simbolismo que oscurece la existencia material de los animales, el antropomorfismo que acalla su voz y, por último, la complejidad afectiva de los vínculos entre especies.

El guion era sencillo, calculado al milímetro, previsiblemente fácil de realizar dentro del intervalo que nos habían asignado. O eso pensaba yo. Cuando de golpe y porrazo más de cuarenta chiquillos manifestaron su entusiasmo levantando la mano, mi cerebro se sintió tan saturado como Windows ante la amenaza del Moby Dick de la informática: la temida pantalla azul. Acostumbrado a estudiantes más tranquilos, adormecidos a ratos, aquella erupción volcánica de “yos” me hizo enmudecer. Montse me lo había avisado, pero yo no predije una reacción tan extrema.

Comprendí entonces el acierto de disponer de un dispositivo breve y pautado: la sesión, que había empezado algo tarde a causa de dificultades técnicas, iba a alargarse todavía más gracias a las contribuciones de unas criaturas rebosantes de motivación.

Seguidamente ofrezco el esquema de una clase concebida para tercero y cuarto de primaria, unido a la crónica e interpretación crítica —en cierto sentido, etnográfica— de su avance, sus retos, sus atinos y los encalladeros que obstaculizaron su marcha.

Convenía un acercamiento suave que activase los marcos de referencia previos de nuestros discentes antes de meternos en materia. Una herramienta participativa, un gesto de empatía y de buena voluntad hermenéutica. La pregunta “¿qué pájaros conocéis?”.

Se alzó una avalancha de vocecillas tiernas a grito de “yo, yo, yo”. Seleccionar a cualquiera de ellos arrancaba sonoros “jo…” a los demás y bufidos cargados de exasperación. Como mejor pude, intenté señalarlos al azar sin repetir caras. Sus respuestas se me antojaron muy reveladoras: entre los pupitres revolotearon palomas, gorriones, cuervos, patos, búhos, pingüinos, loros, flamencos, gallos y gallinas… Fue invocado —si no me falla la memoria— el canario y creo que también alguna especie exótica, pero todo quedaba sepultado bajo una masa uniforme de aves urbanas y audiovisuales, así como de lo que hoy denominamos “fauna carismática”.

De esa lista no costará deducir que, con excepciones puntuales, la mayoría carecía de un contacto sostenido con las aves. La solución a nuestra siguiente duda (“¿dónde los habéis visto?”) caía de maduro: en las granjas, en jaulas, en las calles y, más probablemente, en la televisión —o, en su defecto, el streaming— y los libros infantiles.

El humilde herrerillo, el carbonero y el mirlo canoro no habían comparecido ante un tribunal tan exigente. No es de extrañar. La ornitofilia es algo que debe cultivarse en la crianza doméstica y en las escuelas. Si no se integra en el currículo formativo, el niño seguramente ignorará que el verdirrojo pito ibérico es pariente del célebre Pájaro Loco. En eso consistía nuestra misión, en tender un puente entre los animales de tinta (o de píxeles) y los que vuelan fuera del papel y las pantallas, fomentando el conocimiento científico, la concienciación ecológica y el desarrollo de valores cívicos. Esa era la esencia del proyecto AVECINAS y, más concretamente, el alto objetivo encomendado a GIECO.

Tras esta primera marabunta, quedó claro que nuestro enfoque era el correcto. Había que dar un baño de realidad ornitológica a los educandos, pero no podíamos desbaratar de un plumazo sus vivencias, modelos e ideas. Debíamos partir de ese océano mediatizado para arrimarlos a la balsa del compromiso medioambiental.

El segundo paso en esta travesía nos llevaba a introducir la diferencia entre los pájaros de los relatos y los de carne y hueso. Unos hablan y enseñan; otros cantan, surcan los aires y se ocupan de sus asuntos. Era crucial que asimilasen que la fauna, fuera de los cuentos, tiene familia y metas propias; que no están ahí para entretener, para servir o para endulzarnos el día con sus gorjeos, sino que poseen vidas autónomas, únicas y valiosas. Lo formulamos mediante una cuestión incisiva: “¿Los animales de las historias hacen lo mismo que los animales de verdad?”.

Una catarata de “yos” más tarde, llegamos a la enjundia del programa. He ahí otro escollo o —más bien— un choque con las expectativas del investigador recién aterrizado en la primaria: en nuestras aulas, mataríamos por obtener una ínfima parte de ese nivel de implicación. Allí, en cambio, interrogantes que debían resultar dinamizadores disparaban réplicas no siempre certeras, puntualmente digresivas o en exceso prolijas. De ahí extraje una lección muy importante: había que progresar a buen paso, sin desvíos, sin detenerse. De hecho, a veces el vocerío era tan intenso que para reanudar la sesión me veía obligado a menear una campanilla con la energía del fraile que llama a maitines.

Hecho este repaso, examinamos el primer fragmento de un poema de Gloria Fuertes: “El pájaro”:

El pájaro canta

aunque no tenga escuela,

aunque no tenga partitura

ni profesor de música.

Canta porque tiene

el corazón contento

o porque el aire le cosquillea

las alas y el pico.

Canta porque sí,

porque está vivo.

A continuación, lanzamos estas dos preguntas a nuestro público:

  1. ¿Canta porque está contento?
  2. ¿Tiene profesor de música?

Muchos opinaban que sí, que estaban felices de transitar los vientos; otros parecían más cautelosos. El desmontaje corrió de nuestra cuenta: les dije que la autora estaba proyectando sus sentimientos en las aves en un alarde de antropomorfismo; que quien sentía alborozo al verlos era ella, que los pájaros andaban a lo suyo y que descifrar sus emociones no era una empresa trivial. Hubo quien objetó mi aclaración aferrándose a que podían experimentar alegría de todos modos. En ese momento tuve que transmutarme en diplomático y concederle estratégicamente que aquella era una posibilidad de tantas. ¡De poco sirve que el profesor pierda la compostura! La letra no entra con sangre ni con decibelios —o eso defiendo yo—, sino con una generosa aplicación de mano izquierda.

En cuanto al segundo interrogante, agradecí el apoyo de Manuel Andrés Moreno (nuestro biólogo infiltrado), quien ayudó a explicarles —entre otras muchas precisiones técnicas repletas de amenidad y erudición— la mezcla entre instinto e instrucción paternal que imprime su sello en las tonadas de las aves: una píldora zoológica para estimular la lectura crítica, atenta a tendencias humanizadoras y sesgos antropocéntricos.

El siguiente jalón del recorrido no era un escrito, sino un vídeo de YouTube que dramatizaba cierta fábula de La Fontaine (una que, en puridad, procedía de Esopo): “El zorro y el cuervo”. Facilito el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=0KrySmDhj68

En otros sitios he censurado el uso de los productos audiovisuales en calidad de anzuelo con el que pescar el evanescente interés del estudiantado. Tal práctica no solo promueve una modernización artificial, sino que degrada —a través de su instrumentalización— los méritos de la cinta, corto o videojuego empleados. Hay que reconocer, sin embargo, que resultan tremendamente efectivos y que proporcionan un respiro necesario a un docente cansado de lidiar con interrupciones y comentarios casi constantes.

El vídeo de arriba utiliza un tono humorístico e infantil. Constituye, así, un documento paradigmático para estudiar el antropomorfismo. Por eso lo escogimos. Por eso y por su condición de clásico. Trasladamos estas dudas al aula:

  1. ¿Por qué el cuervo pierde el queso?
  2. ¿Por qué los animales de las fábulas hablan y se comportan como personas?

La primera conduce a la segunda: el raposo se aprovecha de su vanidad. Pero esa es una cualidad humana que nosotros atribuimos a los animales de los textos, no un rasgo genuinamente suyo. A todos se les antojó obvia esa conclusión: los apólogos son archivos de patrañas, no sucesos que acontecieron de verdad. ¿Por qué se narran? Para transmitir una moraleja, una doctrina a las personas. Era fundamental que entendiesen eso: que la literatura no presenta a las aves —y, por extensión, a las bestias— como verdaderamente son, sino como a nuestra especie le conviene que sean.

Nos avecinábamos al cierre de nuestro módulo y tocaba saltar a uno de mis vates favoritos: Catulo. Sus estrofas dejan un regusto lloroso, salado, en el paladar. Sospechaba que podían atragantarse con las referencias cultas al Hades, así que no me quedó otro remedio que traicionar los versos del veronés y cristianizar su inframundo. Con todo, la jugada salió bien. He aquí el trozo que reprodujimos:

Ha muerto el pajarito de mi amada,

el gorrión, delicia de mi amada,

a quien quería más que a sus propios ojos:

era dulce como la miel, conocía a su

dueña como una hija a su madre

y no se separaba de su regazo,

sino que, saltando de aquí para allá,

solamente a su dueña continuamente piaba.

Ahora va por un camino tenebroso

hacia un lugar de donde, dicen, nadie regresa.

¡Enhoramala vosotras, malditas tinieblas

del Infierno, que devoráis todas las cosas bellas:

me habéis robado tan bello pajarito!

¡Qué desgracia, que ahora por tu culpa,

pobre gorrión, los ojos de mi amada

estén rojos e hinchados de llorar!

El interrogante que esbozamos era muy abierto, reflexivo e ideal para clausurar la sesión: “¿Por qué queremos a los animales?”. Por la compañía que nos brindan, por el cariño que semejan profesarnos, porque resultan agradables al oído y a la vista… Profirieron razones abundantes y muy legítimas, todas de un jaez similar a las anteriores.

Me suponía ya a salvo de la metralleta de “yoes” cuando, por efecto de las complicaciones arriba aludidas, me vi forzado a permanecer en escena y a improvisar una nueva batería de preguntas: indagué por sus mascotas, si creían que Catulo añoraba al pardal o si solo se afligía por su amada Lesbia, etcétera. Aun así, la clase ya había durado unos tres cuartos de hora: ¡cerca del doble de lo que originalmente estimábamos! Nuestro diseño (o, si no, mi ejecución) no contemplaba que se involucrasen de aquella manera.

La ingenuidad pudo haberme costado cara y, como de todo se aprende, hago constar aquí mi error para desengaño de otros.

Y, hablando de picardías, incluyo una demostración de cómo transformar un descuido en elemento pedagógico. Las diapositivas que proyectamos incorporaban imágenes. Entre ellas, a propósito del gorrión, figuraba esta:

Evidentemente, se trata de un petirrojo. Habíamos patinado. Además, teníamos que rascar unos minutos mientras nuestras colegas aparecían para impartir su bloque. ¿Mi estrategia? Una vieja maniobra que me ha granjeado muchas sonrisas cómplices en la universidad. Les provoqué así: “no os habéis dado cuenta, pero os hemos tendido una trampa con la foto”. Mis recuerdos de aquel instante ya se han difuminado, aunque quiero sospechar que alguien se percató del desliz. No hay que subestimar la inteligencia de los jóvenes…

Pensar, Imaginar y Observar: PIO. Aquella tríada era la consigna que inspiraba nuestra intervención: pensar en exponentes reales y ficticios, imaginar cómo se podrían sentir los pájaros y, luego, observarlos en el Parque del Retiro.

Apenas nada añadiré del tercer apéndice, una excursión salpicada de peticiones del estilo de “¿puedo subirme a esa fuente?” y de tragedias tan dramáticas como “se me ha roto el boli”. Por medio de la aplicación Merlin identificamos mirlos, ánades, cotorras… Las apuntaron en sus libretas y, al terminar, las dibujaron. En mí habita la esperanza de que aquella operación permitiese que alguna especie local —más allá de los coloridos pavos reales, huéspedes de honor en nuestras tierras— quedase grabada en su memoria.

Cabe desear que nuestro pío literario dejara, asimismo, un pequeño eco para la reflexión.

Bibliografía recomendada

Ardoin, Nicole M.; Bowers, Alison W., y Gaillard, Estelle (2020): “Environmental Education Outcomes for Conservation: A Systematic Review”. Biological Conservation, 241, 108224.

Benavot, Aaron, y McKenzie, Marcia (2026): Climate Change and Sustainability in Science and Social Science Primary School Curricula. París: UNESCO.

Chawla, Louise (2020): “Childhood Nature Connection and Constructive Hope: A Review of Research on Connecting with Nature and Coping with Environmental Loss”. People and Nature, 2, pp. 619-642. DOI: 10.1002/pan3.10128.

Cornell Lab of Ornithology (s. f.): Merlin Bird ID.

Dobrin, Sidney I., y Kidd, Kenneth B. (eds.) (2004): Wild Things: Children’s Culture and Ecocriticism. Detroit: Wayne State University Press.

Flys Junquera, Carmen; Marrero Henríquez, José Manuel, y Barella Vigal, Julia (eds.) (2010): Ecocríticas: literatura y medio ambiente. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.

Heise, Ursula K.; Christensen, Jon, y Niemann, Michelle (eds.) (2017): The Routledge Companion to the Environmental Humanities. Londres/Nueva York: Routledge.

Martín Junquera, Imelda, y Flys Junquera, Carmen (eds.) (2025): Ecocríticas 2: evolución y nuevos enfoques. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert.

Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y UNESCO (1975): La Carta de Belgrado: un marco general para la educación ambiental.

El PowerPoint con las diapositivas de la clase puede descargarse aquí: https://doi.org/10.5281/zenodo.20644124

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ISSN 3101-5190

“Historia interesante de un grandioso elefante” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego anónimo catalán Historia interesán de un grandiós elefán, de finales del siglo XIX o inicios del XX.

Se trata de una composición popular, de marcado acento satírico, concebida como relación fabulosa de las aventuras de un elefante desde su nacimiento hasta que llegó a la ciudad condal. El texto encadena hipérboles con humor escatológico y disparates geográficos propios de cierta rama de la literatura de cordel. Nuestro animal es descrito con dimensiones monstruosas, lucha contra fieras, atraviesa bosques y mares, visita Montevideo, hunde embarcaciones y acaba sus días siendo exhibido en el Parque de la Ciudadela. Algunos incidentes parecen remitir a la trayectoria de paquidermos célebres como Pizarro; otros apuntan al “Abuelo” —en realidad, una hembra—, probiscidio residente del Zoo de Barcelona entre 1892 y 1914. La vena grotesca del pliego transformó, así, un trasfondo reconocible en una biografía falsificada y caricaturesca.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Facilito al final un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

HISTORIA INTERESANTE
DE UN
GRANDIOSO ELEFANTE

Con todas las hazañas por las que pasó
desde su nacimiento hasta el presente año.

Lector, si acaso viajaras,

verías cosas muy grandes:

verías los elefantes

que hay en las Indias bravas.

Verías unos animales…

«que yo no les he tomado la medida»,

son, sin decir ninguna mentira,

más gordos que catedrales.

Tienen unas piernas, lar…gas,

«y no lo digo cantando en coplas:»

son cuatro veces más gordas

que aquellos bocoyes de seis cargas.

¡Y una cabeza! Vaya, dejémoslo correr,

porque te espantarás:

pues la caldera del gas

les sería estrecha como gorra.

Las orejas… qué te diré,

es decir, las de los elefantes

no son, ni con mucho, tan grandes

los abanicos de un barbero.

Ah; también tiene unos ojos. ¡Hijo mío!

y no te digo ningún disparate:

más grandes que ruedas de carro;

anchos de nueve palmos o diez.

Después tienen unos colmillos,

vaya, que te darían miedo.

No hay ninguna embarcación

que lleve los palos tan altos.

¡Y la trompa! ¡Ay, tu madre!

¡Si veíais aquel trasto!

¿Qué os creéis, que no es bien gruesa?

¡La lleva larga por varas!

¡Pues sí, muchachos! El elefante,

la trompa le sirve de mano:

cuando han de beber o comer,

con la trompa todo lo hacen.

Si te dan una bufada

con aquel horrible armatoste,

vais tú, y tu pueblo y todo,

dos horas de reculón.

La cola tiene una fisonomía

igual que un cono de papel,

es tan pequeña y mezquina

que aquello parece una birria.

En el cuerpo tiene una cosota

que… yo no la oso decir:

si lo íbamos a medir

parecería otra pata.

Cuando hacen una meada,

si vierais aquellos campos,

queda un reguero de tres palmos

y una hora de largo.

No creáis que sean romances,

que yo no soy embustero;

quiero decir: si hay alguno que es fiera,

también hay que son mansos.

Cuando hacen sonar la trompa,

aquello, hijos míos, parece una corneta:

te mueve un terremoto

como si el mundo hubiese de acabar.

Un día… ¡Ay, san Antonio!,

me pasó uno por la vera

como una locomotora:

igual, lo mismo que un demonio.

Después se averiguó

que aquel tremendo elefante,

en una cueva muy grande,

se fue a parir.

Tuvo dos pequeños

allí en un montón de paja:

pues sí, sí; aquella chiquillería

ya hacían bufidos y gritos.

A los veinte días de estar allí,

o al cabo de cuatro semanas,

eran gordos como tartanas,

y el más pequeño huyó.

Y ahora que me viene a la memoria

y se presenta la ocasión,

de este pequeño animalejo

os voy a contar la historia.

Iba atravesando campos

tanto de noche como de día:

¿sabéis de qué se mantenía?

De comer palmas y ramos.

Oh, sí, no os pongáis a reír,

Dios grande, ¡qué trabajos penosos!,

hay quienes comen ramajes

tan solo para poder vivir.

Veinte días caminaba

sin atender a razones;

veía serpientes, veía leones,

pero nunca se detenía.

Como que aquello era en el estío,

la sed lo mortificaba,

y para beber, se paraba

a la orillita de un río.

Metía la trompa allí,

y cómo chupaba con aquel pico:

hasta que el río quedó seco,

y hasta que se hartó.

Una hiena que era chata

también fue allí a beber;

como agua no encontró,

no faltó gresca.

La hiena, toda enfadada,

dentro de un bosque se metió,

y con gruñidos, gritos y bramidos

iba dando la voz de alarma.

Enseguida acudieron

dos leopardos y un chacal,

dos tigres del Senegal,

un búfalo y un jabalí.

Dos serpientes de cascabel,

veinte panteras, seis leones:

allí habríais visto disputas,

y todo Cristo contra él.

Él, con la trompa levantada,

ya me los comenzó a perseguir,

y a todos ahogados los dejó

tan solo con una bufada.

Vuelven a emprender la lucha,

y él firme, con toda pompa,

y otra vez con la gran trompa

les dio otra ducha.

¡A rediós, qué batalla!…

Todos sobre él a mordiscos,

empujones y arañazos;

y él derecho como una muralla.

No pudieron salir bien

tanta tropa contra él,

porque, hijos míos, tiene una piel

que las balas no le hacen nada.

Él, al final, quemado

de tantos bramidos y mordiscos,

con tres o cuatro trompazos

dejó el campo limpiado.

Cansado ya de estar allí,

orgulloso y soberano,

el tipo, muy despacio, despacio,

volvió a emprender el camino.

Pasaba arenales, montañas;

su paso ya era inseguro;

nunca pisó nadie

unas tierras tan extrañas.

Sin penas ni quimeras

y descansando rendido,

atravesaba una noche

unos grandes bosques de palmeras.

Sintió ruido, y se paró:

y para recoger aquel olor,

levantó la trompa al aire

y se puso espantado.

Y así que ya estaba a punto,

con intenciones no muy buenas,

más de veinticuatro monas

se le tiraron encima.

De aquello que llaman pericos

saltaron allí… ¡quién sabe cuántos!

cotorras, orangutanes,

y más de ochenta micos.

Parecían enjambres de abejas

todos botando por encima de él;

subían piernas arriba

y agarrados a sus orejas.

Él con la trompa, rip rap,

contra aquellas domésticas fieras,

pero como van tan ligeros

no podía tocar a ninguno.

Como veía que no daba una,

y que la trompa no le servía,

no tuvo más remedio

que ponerse enseguida a correr.

Parecía que se volviese loco,

atravesando aquel campo

todo cargado de animalerío:

ya os digo yo que daba gusto.

Reventado de hacer el viaje,

de bestias tan cargado,

llegó todo reventado

a la orilla de una playa.

Como sabía nadar,

y la carga lo aturdía,

allí no hubo tu tía,

dentro del mar se metió.

¡Rediós, qué terremoto!

Como se veían perdidos todos,

ya podéis contar qué saltos

hacían arriba y abajo.

Aquello parecía una guerra,

todo Dios brincaba y saltaba,

y el que no se ahogó

es porque volvió a tierra.

Ya lejos de micos y monas,

dentro del mar el elefante,

nadaba de tanto en tanto

e iba reposando a ratos.

Desde una barca pescadora

lo vieron unos marineros,

y sin pensarlo más

le tiraron una fisga.

Cuando él se sintió pinchado,

un golpe de trompa, y adiós:

ellos y la barca, hechos añicos,

todo Cristo quedó ahogado.

Nadando iba siguiendo,

y por voluntad de Dios,

llegó a Montevideo

y del mar fue saliendo.

Pastando de la Ceca a la Meca

fue a parar a un campo de guano;

y allí lo encontró un gitano

que era hijo de Vilaseca.

Pero estaba un poco borracho,

porque el grandísimo muñeco,

viéndolo con la trompa y todo,

se pensó que era un mulo.

Y decía: «¡Allí me juego un nabo,

que no ha visto nunca ningún gandul

un mulo con la cola en el culo

y una cola en la cabeza.

¡Mirad el pobre cómo está!

he aquí, esto es un fenómeno:

este, sin jugar al dominó,

siempre ha de hacer cabeza y cola.

¡Ay, y ahora! ¡Que está esquilado!

no tiene un pelo: ¡Virgen María!

quizá es de una enfermedad,

o quizá lo han afeitado.

¡Qué ore…jas! ¡Señora!

Eso sí que no tiene medida.

Parecen, sin decir mentira,

toldos de revendedoras.

Arre… niño… toma, ten…

Hace cara de enfadado:

me parece que ya he cobrado

si acaso me endiña un vaivén.

¡Ay! no se menea ni se mueve…

el payo, como hace el bobalicón.

Tiene los cuernos en la boca,

puede ser que sí que deba de ser un buey.

Pero, ca, un buey no es así,

porque ya me habría embestido.

¡Qué culo tiene más caído!:

veamos si lo haré seguir.

Toma, pequeño, arre, ho…

veo que el miedo no lo arredra:

veamos, tirémosle una piedra

para ver si coge miedo.

¡Cómo me mira el cicatero!

¡Recristo, cómo se eriza!

¡Ay, madre mía, cómo bufa!

¡me largo, que se hace el torero!».

El elefante se enfadó

cuando se vio insultado,

y con la trompa preparada

al gitano persiguió.

Lo agarra por el cogote

con la trompa el animal,

ved si lo tiró alto

que no hemos sabido nada más de él.

Pero un día llegó:

«esto sí, ya lo podéis creer»,

que dos indios que lo vieron

una trampa le prepararon.

La bestia una costumbre tenía:

que cuando quería dormir,

se arrimaba a un pino

porque echarse no podía.

El pino se lo serraron

hasta que justo se aguantase;

al apoyarse, con el peso

se acabó de romper.

De culo el animal cayó

sin poder moverse de allí,

y al día siguiente por la mañana

lo hicieron prisionero.

Lo alzaron con un aparejo

y atado sin clemencia,

y con el tiempo y con gran paciencia

domaron al animal.

Le cortaron los colmillos,

que así dicen que se vuelven mansos

y que no son precisamente romances,

que sacaron muchos reales.

Un inglés lo compró

y con un barco y mucha maña

se lo llevó hacia aquí a España

y a Barcelona lo trajo.

Allí se hicieron con él,

comprado o vendido no lo sé,

lo que sí puedo decir muy bien

es que allí en el Parque lo encontraréis.

No es nada travieso, es muy sabio;

la chiquillería, cuando va allí,

siempre le apartan pan

y por nombre le dicen Abuelo.

— FIN —

Y si hay algún botarate

que lo que he dicho no quiera creer,

cuando quiera lo puede ir a ver,

y acabado, amén Jesús.

Es propiedad de Juan Grau.

Reus—Se vende en la librería Joan Grau, calle de Meliá, núm. 1.


GLOSARIO

Bocoy: tonel grande.

Bufada: soplido fuerte, bufido.

Cicatero: mezquino, ruin, miserable.

De la Ceca a la Meca: dicho popular con el significado de andar de un lado a otro.

Endiñar: dar, propinar, asestar (generalmente, un golpe).

Fisga: arpón de varias puntas destinado a la pesca.

Guano: excremento de aves marinas o murciélagos empleado como abono.

No hubo tu tía: expresión coloquial que quiere decir “no hubo remedio”.

Reculón: retroceso brusco.

Rediós: interjección que denota enfado o sorpresa; equivalente a “rediez”.

Tartana: carruaje abovedado y ligero de dos ruedas.

Vilaseca: municipio de Tarragona (Cataluña).

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Samaniego y la (i)lógica moral de las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Mucho se ha hablado sobre la atemporalidad de las enseñanzas de la fábula. En realidad, lo que permanece y se recuerda no es el contenido ético, sino la más sabrosa sustancia literaria: la anécdota, que luego se rodea de interpretaciones, significados y valoraciones no siempre coincidentes. Viene siendo así desde siempre: cuentos, apólogos y refranes se han transferido materiales a través de vasos comunicantes, aunque cada género —y cada narrador— los usa como le conviene.

Sería ingenuo suponer que, en miles de años, desde Esopo (y antes), no ha cambiado nada. Pero no hace falta desplazarse tan lejos: basta volver la vista hacia Samaniego para darnos cuenta de que la fábula no es un tejido regular y liso, un archivo coherente de certezas morales, sino un campo de batalla en el que pugnan ideologías coetáneas con trazas fósiles astilladas en la boca del relato.

A propósito de las relaciones entre humanos y animales, sucede exactamente lo mismo. Un mismo autor puede defender ideas dispares, aparentemente contrarias, sin percatarse o sin preocuparse (quizá) de que alguien note dicha contradicción. Por eso el alavés, en algunos textos, critica la glotonería carnicera y la ingratitud hacia la fauna que acompaña al hombre, en tanto que en otros le niega la igualdad de derechos y la enjuicia con arreglo a una vara de medir muy distinta.

Como botón de muestra, leamos la fábula “El gato y el cazador”:

Cierto Gato, en poblado descontento,

Por mejorar sin duda su destino

(Que no sería Gato de convento),

Pasó de ciudadano a campesino.

Metióse santamente

Dentro de una covacha, mas no lejos

De un gran soto poblado de conejos.

Considere el lector piadosamente

Si el novel ermitaño

Probaría la yerba en todo el año.

Lo mejor de la caza devoraba,

Haciendo mil excesos;

Mas al fin, por el rastro que dejaba

De plumas y de huesos,

Un Cazador lo advierte; le persigue,

Arma trampas y redes con tal maña,

Que al instante consigue

Atrapar la carnívora alimaña.

Llégase el Cazador al prisionero;

Quiere darle la muerte;

El animal le dice: «Caballero,

Duélase de la suerte

De un triste pobrecito,

Metido en la prisión, y sin delito.»

«¿Sin delito, me dices,

Cuando sé que tus uñas y tus dientes

Devoran infinitos inocentes?»

«Señor, eran conejos y perdices,

Y yo no hacía más, a fe de Gato,

Que lo que ustedes hacen en el plato.»

«Ea, pícaro, muere;

Que tu mala razón no satisface.»

Con que sea la cosa que se fuere,

¿La podrá usted hacer, si otro la hace?

El protagonista es un gato asilvestrado, un felino escapado del domicilio, y ya desde el principio Samaniego lo convierte en blanco de varias burlas: “no sería gato de convento”, porque los gatos que mantenían los religiosos para comerse las ratas en las iglesias estaban —como sus dueños— bien alimentados (¿anida aquí, quizá, una pequeña puya anticlerical?); y “Si el novel ermitaño / Probaría la yerba en todo el año”, una acusación de desviarse de los principios de una vida de abstinencia.

No quiso ver, desconocía o no le importaba que la dieta de estos mamíferos se compusiese exclusivamente de carne. El pequeño animal se justifica argumentando que ambos compartían las mismas predilecciones gastronómicas y que los crímenes que había cometido eran leves (porque no mataba personas, sino “conejos y perdices”), pero sus razones no alcanzan a conmover al venador que lo había apresado para eliminarlo. A fin de cuentas, le estaba arrebatando las piezas; a sus ojos —y a ojos de la sociedad— ese era su delito, a despecho de que lo disfrazasen de vaporosas “fechorías” contra los supuestos inocentes (¡como si nuestra especie no las hubiese cometido mucho peores!).

La voz del autor se escucha con nitidez en la moraleja: “¿La podrá usted hacer, si otro la hace?”. La lección parece irrebatible: que los demás obren mal no nos autoriza a hacer lo propio. Ahora bien, el ejemplo no acierta: deviene antropocéntrico e incongruente: evita reprocharle al cazador un acto hipócrita; esto es, pasa de puntillas sobre su sentencia con una afirmación muy general y le escamotea al lector —ya convencido de que el gato tiene los días contados— el escarmiento de un pícaro igual o peor que él.

A lo mejor en el fondo era consciente de que el hombre merecía el rapapolvo, pero prefirió hacer oídos sordos. Era lo más tranquilizador. Buena parte de la teología, las ciencias naturales de la época y la visión popular del mundo situaban a la humanidad en un peldaño superior. Disculparse habría sonado innecesario y aun sospechoso.

He ahí una grieta transparente en la lógica del alavés: la modestísima protesta del felino se concibe, es transcrita, incomoda (tal vez), aunque irremediablemente cae en saco roto.

Aquel no era país para gatos salvajes…

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Canción nueva y divertida del gabacho y el monito” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Canso nova y divertida del gabacho y el monito.

Se trata de una composición popular que sigue las desventuras de un tipo cómico: un organillero de otro país que exhibe una mona amaestrada por las calles e intenta desesperadamente conquistar a una tabernera. El atractivo del pliego reside no tanto en la acción como en la lengua misma: una mezcla macarrónica de castellano y catalán con deformaciones del francés y del italiano. Este dialecto híbrido caracteriza al protagonista como artista ambulante, músico callejero y figura excéntrica, blanco de las mofas de una sociedad xenófoba que lo juzga —con un doble rasero moral— en función de cuánto dinero posea.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Al final facilito un glosario con los términos más complejos.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes. Se ha decidido mantener algunas voces macarrónicas para conservar el sabor del texto.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

CANCIÓN NUEVA Y DIVERTIDA
DEL
GABACHO Y EL MONITO

I

Yo, tocando un grosso órgano,
haciendo bailar a la mona,
divierto a tutta la chiente
y los sous me sé ganar.
¡Ea, señores,
venidlo a ver,
que tiene el mono
molto saber!
Es muy vivo
para trabajar,
y muy ligero
para bailar.


II

Sabe bailar molta polca,
cargar y disparar el fusil,
y tocar las variaciones
del concierto de violín.
¡Verán, siñores!…
—¡Monito!… ¡alón!…
¡Al hombro!… ¡carguen
a discreción!
¡Sacarranundi!
¡Prepar…! ¡apun…!
¡Apun…! ¡Carajo!…
¡Fuego!… ¡Pim! ¡Pum!


III

¡Ea! Un real, señoritas,
por el mono tan sabido,
que yo ando buscando el archán,
y en el mundo el archán lo hace todo.
Y senza bolsa,
si quiero comer,
todos dicen:
«¡No compre pan!»
Pero si yo llevo
algún dinero,
las niñas dicen:
«¡Qué buen messié!».


IV

Yo estoy muy enamorado
y me muero de pasión
por la bella tabernera
que me vende la ración.
Y yo le digo:
“Casarte conmigo quiero,
y en matrimonio
tener garçons”;
y ella responde:
“¡Marcha, gabacho!
Tienes mala facha
para ser amado”.


V

Al matin del otro día,
yo paré a comer la sopa
y le di a la tabernera
un abrazo muy fuerte.
Ella llevaba
un grosso plato,
lleno de sopas
que había pedido.
Con mucha risa,
¡futro!, tiré
todas las sopas
sobre mi cogote.


VI

Cuando toco por las calles,
siguen los petits garçons;
y me dicen: “¡Gabacho! ¡puerco!”.
Y yo digo: “¡A futre! ¡alón!”.
Y todos corren
como un relámpago,
y yo con la mona
busco el archán,
para que se rinda
ante tantos sous
la tabernera
de mi corazón.


Se hallará de venta en casa de los sucesores de Antonio Bosch, calle del Bou de la Plaza Nueva, núm. 13, tienda.

Barcelona.—Imprenta Peninsular, Asalto, núm. 69.


GLOSARIO

Alón: deformación macarrónica del francés allons (‘vamos’).

Archán: dinero; voz macarrónica relacionada con el francés argent (‘plata’, ‘dinero’).

Futre / futro: deformaciones macarrónicas del francés foutre, voz vulgar empleada como interjección o taco.

Gabacho: denominación aplicada a los franceses.

Garçons / petits garçons: del francés garçons (‘muchachos’) y petits garçons (‘niños’, ‘muchachos pequeños’).

Grosso: forma italianizante por ‘grande’.

Matin: del francés matin (‘mañana’).

Messié: deformación macarrónica del francés monsieur (‘señor’).

Molto: italianismo por ‘mucho’.

No compre pan: deformación macarrónica del francés ne comprends pas (‘no entiendo’), cruzada cómicamente con “pan” en un contexto de hambre.

Sacarranundi: voz macarrónica de sentido incierto.

Senza: italianismo por ‘sin’.

Sous: moneda francesa de escaso valor; por extensión, dinero.

Tutta la chiente: por ‘toda la gente’, con italianismo en tutta y deformación macarrónica de ‘gente’ en chiente.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

“Gran historia de un pollino” (s. XIX): edición y traducción

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Ofrezco al lector la primera traducción castellana de la que tengo noticia del pliego catalán Gran historia de un pollí (s. XIX).

Se trata de una composición burlesca protagonizada por un asno vendido y maltratado varias veces hasta que, tras su muerte, su piel acaba convertida en cuero para fabricar unos timbales festivos. En el texto se entremezclan el humor popular, la violencia, bromas obscenas y xenófobas, léxico rural y voces rebosantes de colorido. Sabemos que gozó de una difusión nada despreciable y que fue reimpreso en repetidas ocasiones durante las últimas décadas de la centuria, lo que apunta a un origen finidecimonónico.

Al margen de estos apuntes, el estudio introductorio del documento deberá quedar, por ahora, aplazado. Planeo retomarlo en una investigación futura sobre los sentimientos ambivalentes en torno a los burros.

Facilito al final, por lo demás, un glosario con los términos más complicados.

Criterios de traducción:

Se ha procurado llevar a cabo una traducción literal del texto cuando ha resultado posible. La modernización se limita a algunos signos de puntuación, ocasionalmente al orden sintáctico y a palabras, expresiones y formas verbales que, por desuso, oscuridad o dificultad para la comprensión, han sido sustituidas por otras equivalentes.

Puede consultarse otro ejemplar del texto aquí.

GRAN HISTORIA DE UN POLLINO

burro, asno, bestia y animal;
y muy desgraciado por una pequeña ilusión

Un año por la primavera,
que es cuando cantan las ranas,
un burro de cuatro patas
nació de una borrica.

Es decir, era un pollino,
que burros de golpe no nacen:
estos, cuando vienen al mundo,
ya parecen algo mozos.

Pues sí; era una masía
allí donde nació el heredero:
ahora, si escucháis, sabréis
su biografía.

Allí iba pastando
y rebuznando con exceso,
y al cabo de tres años nada más
ya se había hecho muy grande.

El amo, por sacar provecho,
sin guardarle ningún miramiento,
un día lo llevó a la feria
y lo vendió a un piteo.

Aquel payés muy apañado,
para ponerlo a prueba,
le compró serón nuevo,
es decir, muy bien aparejado.

Pero lo hacía trabajar
dándole una vida amarga,
siempre doblándole la carga,
y también lo hacía arar.

Para comer, muchas veces
no le daba más que engaños;
y en lugar de darle algarrobas
le daba garrotazos.

Un día, por diversión,
a un pueblo que llaman Lilla,
el burro, el amo y su hija
fueron a fiesta mayor.

La hija a caballo iba,
sin tener nada de miedo,
y su padre, con un bastón,
detrás de los dos iba.

Y por gran casualidad,
en medio de la carretera
pasaba una borrica;
he aquí al burro excitado.

Allí comienza a rebuznar,
con las orejas muy derechas,
y sin guardar etiquetas
la empieza a perseguir.

Se alza el burro, y a la guerra
con las patas de delante:
ya podéis ir imaginando,
la muchacha, de cabeza al suelo.

En fin, ya podéis imaginar
cómo quedó la escena,
nada menos que enseñaba
todo lo que Dios le dio.

Allí acudió todo el mundo
que por aquel punto pasaba,
y claro, como ella chillaba,
la taparon no sé cómo.

Tan guapa y tan presumida,
¡rediós, y cómo lloraba!;
hasta la cara se tapaba
de verse avergonzada.

El burro, no lo preguntéis,
qué modo de armar pelea;
su amo pega que pega,
allí gritaba todo Dios.

Al burro le decían “¡so!”…..
y a la borriquita “¡arre!”,
es decir, movieron un alboroto
que más grande no lo he visto yo.

Cuanto más al burro pegaban,
él repartía más coces;
y los dejaba bien espabilados
porque a algunos les alcanzaban.

Al fin se fue sosegando
con diez mil golpes de bastón,
y hacia fiesta mayor
la gente se fue en tropel.

Pero esta burra tan asna,
y la hija, y el payés,
sin pensárselo nada más,
se volvieron hacia casa.

El piteo, todo disgustado;
y su hija, medio baldada;
y el burro, de la paliza,
quedó todo molido.

Y me lo hicieron ayunar
lo mismo que a la chiquillería;
nada de algarrobas ni paja,
y sin llevarlo a beber.

Cuando ya pasaron muchos días,
el burro, haciéndose el tonto,
se había vuelto muy manso
y se le pasaron las manías.

Otro día el patán
le dio otro golpe,
y el burro una mordida
le dio cerca de la nuca.

Viendo que era mordedor
y coceador y rebuznador,
aquel payés, de puro miedo,
ya no se lo llevaba al campo.

Y no pudiéndose servir de él
porque ya no era posible:
vio que no era rentable
tenerlo que mantener.

Sin tenerle más miramiento,
pues no lo podía aguantar,
al fin determinó
llevarlo a vender a una feria.

Ya tenéis a aquel piteo,
todo resuelto y todo formal,
llevando al rucio del ramal,
yendo hacia la feria a pie.

El burro, ufano, lo seguía,
atravesando la sierra,
siempre olfateando por tierra
y hasta reía de alegría.

Al pueblo llegaron,
y del ferial a la plaza
el piteo, con mucha traza,
en un pilar lo ató.

Había en el suelo un puesto
de vasos, de cacerolas,
de platos, pucheros y cazuelas,
y mucha loza esparcida.

Aquel tipejo espabiladito,
muy satisfecho y ufano,
se fue a una taberna,
claro, a tomarse un cuartillo.

Un rato reposó
como quien dice “no me preocupo”,
allí se lio su cigarro
y junto con otros charló.

Explicó que llevaba un asno
que era muy valiente y manso,
y que él lo quería vender
y volverse a casa.

Mientras él estaba allí
hablando con mucha cachaza,
escuchad lo que en la plaza
al rucio le sucedió.

Un chico muy bromista
allí al burro se acercó
y en la oreja le metió
dos fósforos de yesca ardiendo.

El burro, al sentir aquello
que lo quemaba con gran fuerza,
de coces no queráis más;
estaba que daba miedo.

Se rompió las riendas,
no podía sosegarse,
todo lo del suelo aplastó,
y la gente dio grandes risas.

El dueño de aquel puesto,
cuando vio aquel destrozo,
se volvió loco perdido
al ver su mercancía aplastada.

Cogió una vara,
y al burro, sin cumplimientos,
de golpes le dio cientos,
dejándolo todo maltrecho.

¡Pobre animal!,… huyó;
aquello parecía una fiera,
y fue a parar a una riera
y allí creo que se desplomó.

El payés volvió al ferial
para vender el burro deprisa,
y quedó muerto, helado,
al no encontrar el animal.

Preguntó y le dijeron
lo que había sucedido;
que el burro había huido
y el daño que había dejado.

Que si aquel burro malvado
era suyo, que pagaría
todo el daño que allí había,
y eso como gesto de amistad.

El payés pensó un rato
y dijo que no era suyo;
y añadió en voz baja:
“si acaso lo encuentro, lo mato”.

Nada, que lo abandonó
para que no le diera más disgustos,
y sin rucio ni dinero
a su pueblo se volvió.

Dos gitanos muy despiertos,
que también a la feria iban,
por la riera pasaban
y se quedaron ambos parados.

El más viejo se dio cuenta,
y como si no creyese que fuera cierto,
dijo: “Batu, ay, qué Quért (1),
va solo a pastar”.

El otro dijo: “mala suerte,
ya podemos decir gelén (2),
¿notas qué cantipén? (3),
vámonos, que debe de estar muerto”.

“No, que está vivo”, dijo el más viejo,
“ha gelát (4) de su cuartel,
porque de tanto marel (5)
le agujereaban la piel.”

Le agarraron la cola,
dándole buenos tirones,
y con tres o cuatro patadas
al fin lo hicieron alzarse.

“Ah, salao, ya está derecho”,
dijo el joven tan contento:
“nada, nada, hagamos gelén (6),
que sacaremos algún cuartillo”.

A la feria fueron
el burro y aquellos dos tunantes,
y en el ferial, quien más quien menos,
todo el mundo deseaba comprar.

Un barrendero muy bribón
se presenta en aquel momento
diciendo que para sus fines
quería comprar aquel burro.

Un gitano enseguida
lo montó con ligereza;
aquello parecía un guerrero,
tan tieso y tan espabilado.

Lo hacía ir como quería,
deprisa o poco a poco,
le hacía cualquier juego,
porque en ello tienen maestría.

El trato arreglaron
sin regatear demasiado,
y entonces el barrendero
con el burro se quedó.

Pero sucedió un caso
que tampoco fue gran cosa:
que, estando ya en sus manos,
ya no quiso dar un paso.

Le da una garrotada
el gitano en un costado;
el burro, todo ladeado
por miedo a otra paliza.

Otro golpe de bastón
le pega al lado contrario,
y aquel burro perdulario
bailaba de lo mejor.

El barrendero dijo:
“mirad cómo menea el culo…
eso lo hace porque no es gandul
y quizá quiere presumir.”

El gitano muy apañado
le dijo con toda la fe:
“cuando él menea el trasero
es que le gusta presumir”.

El barrendero muy contento
enseguida se puso en marcha,
todo satisfecho y orgulloso
de tener un rucio tan valiente.

Pero la hizo buena
con todo aquel presumir,
que el rucio se le murió
antes de llegar a Barcelona.

De llanto ya no queráis más,
y con gran sentimiento
lo dejó en un torrente,
perdido el burro y el dinero.

Pero aquel que lo desolló,
que era un curtidor feo y viejo,
dijo que su piel
muy bien la aprovechó.

Con ella hicieron cosa muy buena,
pues sin romperse mucho la cabeza,
por Corpus todo el mundo ya sabe
que hay procesión en Barcelona.

No lo busquéis por las estampas,
el gran caso ya os lo diré:
de aquella piel hicieron
los dos timbales de las trampas.

Muerto el rucio, muerta la historia.

Fin

Imps. Hospital, 19, “El Abanico”


Notas del pliego

(1) Quért: quiere decir burro.
(2) Gelén: huye.
(3) Cantipén: hedor.
(4) Gelát: huido.
(5) Marel: golpes.
(6) Gelén: huyamos.


GLOSARIO

Arre: interjección para estimular a las caballerías.

Baldada: agotada físicamente, dolorida o medio impedida por las contusiones.

Cachaza: coloquialismo que significa ‘parsimonia’.

Cuartillo: medida antigua de capacidad (para áridos y líquidos) y, también, la cuarta parte de un real. Aunque el contexto no resulta del todo claro, pienso que hace referencia a un trago de bebida alcohólica.

Cumplimiento: cumplido.

Garrotada: golpe asestado con garrote.

Payés: campesino catalán.

Piteo: literalmente, habitante de Sant Llorenç de Morunys; aquí, voz usada con intención denostativa. Es equivalente a las bromas que, en el resto de la península, se hacen sobre el pueblo de Lepe. El motivo del escarnio viene del cuento de “los savis dels piteus”, tres hombres que van a una feria en Manresa y acaban siendo burlados.

Pollino: asno joven.

Ramal: ronzal (cuerda) que va sujeto a la cabecera de una bestia de carga.

Rucio: asno grisáceo; así llamaba Sancho Panza a su montura. El término catalán original es ruch/ruc. He optado por esta traducción para preservar el sabor literario.

Serón: especie de cesta grande y sin asas que sirve para cargar las caballerías.

So: interjección para hacer que se detengan las caballerías.

Timbal: tambor con una caja en forma de media esfera.

Trampa: del catalán trampes. Designa o bien a los timbaleros o bien a los instrumentos colocados sobre un caballo y percutidos durante la procesión del Corpus.

Yesca: materia seca, preparada para entrar en combustión.

Huellas en la tinta

ISSN 3101-5190

Eliano y los delfines, o el mutualismo en las fábulas

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

No consigo evocar cuál fue el escritor famoso que afirmó que nuestras vidas se componían de retazos. Yo diría, más bien, que la forman huellas: memorias evanescentes que distorsionan lo que ocurrió; sucesos traumáticos que se convierten en lecciones vitales o en autojustificaciones; silencios, omisiones e ignorancias a las que intentamos dar sentido desesperadamente a través de narraciones…

A menudo he nutrido este blog con las “sobras” de alguna investigación: restos que no pasaron el filtro, que no encajaban del todo o que sobrecargaban el artículo. Mejor recuperarlos —pensaba— desde la libertad hermenéutica de Huellas en la tinta que dejarlos pudriéndose dentro de alguna carpeta olvidada en mi PC. En el Siglo de Oro, estos materiales se habrían integrado de maravilla en una miscelánea: silvas, florestas y otros “bosques” sapienciales habrían dado cobijo bajo sus exuberantes ramas a los vestigios que aquí estampo.

En la Antigüedad grecolatina, de la que tan acuciosamente bebieron nuestros clásicos, pasaba lo mismo. El copieteo y el registro meramente acumulativo de lo curioso estaban a la orden del día, igual que en las aulas de medio mundo antes de que el Rincón del Vago o (ahora) ChatGPT entrasen en nuestras adolescencias. Por eso no es ningún secreto que adoro a Eliano: frente a la vocación científica de Aristóteles y la exhaustividad de Plinio, al ilustre rétor prenestino le importaba poco la verosimilitud de los relatos que agrupó en su Historia de los animales. Era un compilador de cuentos, el tercer “hermano Grimm”, aunque no siempre fijaba una moraleja. A veces vertía breves novelas que había oído porque las consideraba asombrosas, dignas de ser conservadas en papel, permitiendo que su público juzgase si eran ciertas o no.

¡Qué gesto tan adelantado y noble! Hasta hace poco, no obstante, la lógica aparentemente dispersa de su Historia de los animales echaría a muchos para atrás. Quizá no a los más jóvenes, acostumbrados al zapping de YouTube: a mover la rueda del ratón hacia abajo mientras contemplan una ristra de shorts hábilmente hilvanados por el algoritmo, ese nuevo Gran Hermano que nos alimenta con anuncios de pañales, comida para mascotas, cursos o videojuegos dependiendo de nuestras últimas búsquedas en Google.

Quiero reivindicar a Eliano y las lecturas heterogéneas —que no acríticas— frente a la obsesión reduccionista con la coherencia inmediatamente legible (y, con frecuencia, redundante). Me encantaría que su estudio se implantase junto al de Esopo, La Fontaine y Samaniego como fabulista de otra parte de la familia. De ahí que vaya a reproducir otro fragmento suyo, uno muy particular y con visos de leyenda. Lo hago, como viene siendo habitual, desde la edición de Díaz Regañón:

Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. […] Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos los que antes tuvieron por amigos.

Si no ha vivido bajo una piedra durante casi ochenta años, el lector contemporáneo (con independencia de su generación) traerá a su mente desde el cinematógrafo a Flipper o a la orca cautiva Willy. Los cetáceos prodigiosos abundan desde el mito griego. La realidad resulta, en cambio, más triste: los pescadores no suelen perdonar a los odontocetos, que desarman sus trampas, roen sus redes y les “roban” la pesca. Eliano es consciente de ello, pero eso no lo disuade. Su crónica adquiere tintes de idilio, de bucolismo marítimo. La anécdota cobra un interés especial precisamente porque rema en contra de lo establecido, un hecho que el profesor de retórica no ignora.

¿Pudo ser verdad que en esta isla griega los navegantes pactaron con los delfines o se trata de una ficción, como él sugiere (para cubrirse, sin duda, las espaldas)? A ese tipo de relación se le denomina “mutualismo” y no constituye una singularidad en la naturaleza: el picabueyes que desparasita al rinoceronte, la rémora que limpia a las ballenas… Incluso la domesticación podría ser vista como una variante del modelo.

Yo opino que pudo haber una comunidad de pescadores que se aprovechase de las maniobras de caza de estos cetáceos y que, con el tiempo, fraguasen una colaboración más o menos espontánea. Pero podría interpretarse asimismo como un anhelo íntimo: el de hallar unos aliados inusuales entre los que creíamos competidores, sobre todo si pertenecen a otra especie.

Tal vez algunas de las “consejas” de Eliano no convenciesen, pero sí que vendían. En otros lugares de su magnum opus zoológica los delfines parecen anticipar detalles del argumento de Flipper. El exotismo —y casi el tabú— del contacto del hombre (o efebo) con una criatura de las aguas, que vive en otro reino al que por entonces no se tenía acceso, explicaba el atractivo. Y no es exagerado que oigamos ecos de sirena: abrevan del mismo pozo imaginario, de inquietudes y fascinaciones casi idénticas.

Haciendo a un lado la especulación (estéril a estas alturas de la película), el texto nos devuelve al vecindario de Androcles y el león, de quien me ocupé en otra entrada. ¿Fue auténtico? ¿No lo fue? Y ¿qué más dará? También muchos de nuestros recuerdos están condenados a desaparecer, sin que exista una manera externa de verificarlos. Donde la historia se difumina, la fantasía gobierna. Pero el sentimiento que la inspiró permanece: el deseo de comunicarnos con otros seres vivos y de convivir en paz.

Huellas en la tinta

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Dejando huella: el proyecto ANIMAL

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Son muchas las dificultades que atraviesa un investigador de los estudios de animales en las disciplinas humanísticas españolas. Dejando de lado los aspectos económicos, uno de los desafíos más importantes radica en visibilizar un corpus desde el que aproximarse a temas tan sugerentes y contemporáneos como el amor hacia la fauna en otras épocas, o cuestiones biopolíticas como el control de las plagas.

La mayor parte de las pesquisas dentro de las corrientes ecocríticas se concentran en textos, fenómenos y movimientos colectivos bastante recientes. Es una opción cómoda —parecen más accesibles y existe menos riesgo hermenéutico—, aunque también limitante, ya que relega a un segundo plano el testimonio histórico. El peligro intelectual no es pequeño: quedar atrapados en compartimentos relativamente seguros, presentistas, cada vez más transitados, que agradecerían el complemento de una mirada de larga duración.

Escribo este mensaje para presentar un proyecto que estoy gestando en la matriz de Huellas en la tinta y que planeo transferir a una infraestructura más amplia en el futuro. ANIMAL, Archivo de Narrativas Ibéricas sobre Medioambiente, Animales y Liminalidad, inicia su andadura con objetivos modestos: editar, traducir y recopilar digitalmente obras peninsulares antiguas que exploren la relación del ser humano con otros vivientes. Un segundo propósito, más allá de funcionar como ayuda y estímulo para la comunidad universitaria, estriba en acercar estas piezas a la sociedad a través de transcripciones comprensibles y bien glosadas.

Se trata de una meta ambiciosa, en realidad. Echo aquí los cimientos con la esperanza de construirla con el paso de los años, con suerte arropado por más medios, tiempo y colaboradores.

Por lo pronto, inauguro esta nueva serie ANIMAL con el tratado catalán Remeys per la matansa de la plaga de la Llagosta (1688). Mi traslación al castellano verá la luz en tres partes. Aspiro a culminarla durante los meses estivales. Ofrezco al lector una muestra o, si se prefiere, la primera huella de un camino que presumo extenso.

Nos “olemos”.

Huellas en la tinta

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Animales velados: trazas de “verdad” zoológica en la fábula

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

Discutir sobre la veracidad del relato fabulístico podría antojársenos un oxímoron. En español el término “fábula” denota una patraña, un cuento irreal sin asomos de certeza.

Existen, claro, matices. Nadie negará que la lealtad simbólica que se le atribuye al perro emana de su cercanía con el hombre, o que la fama que arrastra el lobo se debe a la depredación de las reses ovinas, lo que atenta contra los intereses humanos. En el apólogo son pocos los animales que traicionan su presunta esencia: no veremos fieras sirviendo motu proprio a nuestra especie ni al ganado emancipándose. Si lo hicieran, entraría en juego la pedagogía punitiva de este género y un agente externo los colocaría de inmediato en su lugar. En este ecosistema de papel ninguna criatura es capaz de impugnar los designios que pesan sobre ella desde la cuna: los raposos serán siempre astutos, los leones, regios y los pavos, vanidosos. Las desviaciones de la norma resultan tan infrecuentes como poco fructíferas.

Esta inmutabilidad ontológica perfila una cosmovisión según la cual los animales están condenados a ocupar un peldaño inferior en la Scala Naturae. No solo extraemos de ellos productos, nos lucramos con su trabajo y los utilizamos para propagar enseñanzas éticas, también los sometemos a una reducción semiótica que barre de un plumazo su singularidad para convertirlos en seres unidimensionales, representantes de un valor tipificado. Pero ¿yace algo bajo la epidermis de este utilitarismo feroz? ¿La vida salvaje es solo un pretexto para educar en civismo? ¿Subsisten trazas de autenticidad en su retrato?

Tomemos como ejemplo la fábula esópica de “El cuervo y el zorro”, reelaborada por La Fontaine, Samaniego y toda una pléyade de autores. Reproduzco el texto desde la edición de Bádenas de la Peña:

Un cuervo que había robado un trozo de carne se posó en un árbol. Y una zorra, que lo vio, quiso adueñarse de la carne, se detuvo y empezó a exaltar sus proporciones y su belleza, le dijo además que le sobraban méritos para ser el rey de las aves y, sin duda, podría serlo si tuviera voz. Pero al querer demostrar a la zorra que tenía voz, dejó caer la carne y se puso a dar grandes graznidos. Aquella se lanzó y después que arrebató la carne, dijo: “Cuervo, si también tuvieras juicio, nada te faltaría para ser el rey de las aves”.

De aquí deduciremos dos obviedades: que ambas criaturas se nutren de carne y que las aves se posan en los árboles. No hacía falta ser Aristóteles o Plinio para llegar a estas conclusiones. Pero si enfocamos mejor nuestra lente, entresacaremos detalles no tan visibles para un lector preocupado por la moral. El zorro explota las debilidades del pájaro para obtener su premio y le ataca donde más le duele: en su apariencia y en el canto. Hoy el plumaje de los córvidos nos parece majestuoso, equivalente a un distinguido traje de frac; no obstante, no alcanzan a igualar a volátiles más coloridos, como el papagayo de la India, la abubilla o el martín pescador.

Este dato es más revelador de la mentalidad de quien compuso la pieza —y de la sociedad donde se gestó— que de un estudio minucioso sobre la fauna. Ahora bien, quien ideó el cuento no obraba desde la ignorancia zoológica: había oído el graznido desacompasado y ronco de los cuervos y decidió cebarse con ese rasgo. Su intención era avergonzar al animal y, para ello, necesitaba anclar su mofa a una característica real, que el narrador no explica, ya que se daba por evidente.

La adulación no habría funcionado con un ruiseñor ni con un mirlo, reputados de excelentes intérpretes. Solo un córvido, con su trino desasosegante, podría sucumbir ante semejante elogio en un contexto (no se olvide) plenamente antropomórfico.

¿Esta clase de matices transforman el apólogo en una crónica naturalista fiel? En absoluto. Sí demuestran que no existe una desconexión total entre la plausibilidad zoológica y la ficción en la fábula, que algunos pormenores conductuales no fueron pasados por alto por sus artífices y que la fauna apologística no es un mero recipiente a la espera de ser llenado.

En definitiva, la especie importa. Si no se corresponde con la visión del mundo que posee la comunidad de destino (basada tanto en creencias como en observaciones factuales), la historia entera se deshilacha.

Huellas en la tinta

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Amor a la fauna en el medievo: Francisco de Asís y el lobo de Gubbio

Miguel Rodríguez García (Universidad de La Rioja)

El género biográfico lleva miles de años estando de moda; al fin y al cabo, los humanos buscamos constantemente modelos que imitar. Algunos autores (Plutarco, sin ir más lejos) decidieron que lo más ventajoso sería recopilar las vidas de una galería de personajes ilustres para que pudiesen funcionar como ejemplos. Esta cuestión enlaza con el carácter presuntamente verdadero de tales relatos: una historia que porta el marchamo de lo auténtico activa las especulaciones, atrae a otro público y a veces vende más, porque traspasa el lindero bien delimitado de la ficción y presenta algo que les podría ocurrir al consumidor o a su vecino. De ahí que las películas y los libros “basados en hechos reales” resalten esta condición con letras gruesas en sus portadas.

Las hagiografías constituyen la versión religiosa del molde antedicho. Gozaron de amplia circulación durante largos siglos, sirviendo como instrumento para la irradiación de la doctrina cristiana. Y quizá nos sorprenda averiguar que los animales no estaban ausentes en ellas: a muchos santos se les atribuía el milagro de pacificar a bestias agrestes o a fauna doméstica enfurecida. Se afirmaba, así, el dominio del Dios cristiano —a través de sus ministros— sobre todos los seres de la Creación; esto es, era una confirmación de su autoridad sobre los hombres que, a la par, reforzaba el control (político, social y moral) de la Iglesia.

Se imaginará que muchas de estas proezas habían sido exageradas o eran, sencillamente, falsas. Incluso un viejo amigo nuestro —el león de Androcles— ingresó en el repositorio hagiográfico de la mano de Gerásimo y Jerónimo, en quienes se recicló la receta androcleana revestida de propaganda católica. No profundizaré en ellos ahora; eso sí, compilar y desgranar estos cuentos individualmente podría probarse un ejercicio productivo para indagar en la extensión del antropocentrismo. Hoy, no obstante, me fijaré en único testimonio extraordinario: la narración de Francisco de Asís y el lobo de Gubbio.

Al fundador de la orden franciscana se le ha concedido desde antiguo un amor singular por los animales, cristalizado en su Laudes Creaturarum, en su “sermón a las aves” y en otros actos salvíficos dirigidos a las criaturas más desvalidas: peces, corderos, alondras, liebres, gusanos… Por estos méritos fue declarado patrono de la ecología por Juan Pablo II en 1979. Notaremos, con todo, que su bondad tiende a inclinarse hacia la fauna herbívora o insectívora; es decir, la más inofensiva y obediente al hombre. Por eso el incidente del lobo de Gubbio resulta tan llamativo. Transcribo varios fragmentos desde la edición de Lázaro Iriarte:

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.

[…] San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. […]

—¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

—Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:

—Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesites mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. […]

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros.

Una lectura atenta de este episodio nos revelará rasgos curiosos: en primer lugar, el poverello se persigna antes de acercarse a la fiera para invocar la salvaguarda de Dios; segundamente, el cánido acata sus instrucciones sin poner pegas, hechizado por su poder divino; y, por último, el narrador usa el relato para realzar la gracia del Señor y la virtud de Francisco, no para predicar la concordia universal, a despecho de lo que hubiese deseado el santo.

Hasta aquí hemos ido observando lo que otros ya han visto. Estos aspectos nos permitirían calificar a Francisco de Asís como uno de los (muchos) santos domadores de bestias del medievo, un cliché reiterado hasta la saciedad en sus currículos. Ahora bien, la genealogía cultural —la comparación con otras leyendas similares— arroja un dato de interés: en ninguna hagiografía que yo conozca el agente de Dios firma una tregua con el animal amansado, casi siempre se limita a someterlo sin tener en cuenta sus necesidades alimenticias y sin disculpar sus atentados contra la economía del agricultor. No así Francisco, quien enseguida presupone que “por hambre has hecho el mal que has hecho”.

Milenios de violencia humana contra el Canis lupus justificados bajo la premisa de que se trataba de un ser diabólico antropófago (un mito fraudulento) y ladrón del ganado eran arrumbados de forma inesperada por aquel simple gesto de empatía. Y, además, superados simbólicamente por medio de un pacto que reconocía de manera abierta los requerimientos nutricionales del lobo. Un pacto consistente en un contrato oral con el pueblo italiano de Gubbio para que se le respetase hasta el final de sus días.

Deduciremos que esta gesta no refrendaba ni promovía —forzosamente— una hipotética sensibilidad hacia la vida salvaje entre los europeos de la Edad Media. El lobo ha seguido siendo un objetivo que abatir hasta hace escasas décadas. En la actualidad no se ha liberado de ese estigma: muchos anhelan diezmar sus poblaciones bajo la lógica de proteger el patrimonio de los granjeros. Asimismo, tal evento encajaba dentro de la óptica consuetudinaria de “lo maravilloso”: tenía por misión edificar, asombrar y deleitar, pero era considerado una excepción a la norma, algo irrepetible y, por consiguiente, único.

Reservo para otra ocasión el análisis del poema de Rubén Darío inspirado en esta “florecilla”. También me guardo el comentario de la abundante documentación visual que ha generado este capítulo de la hagiografía de Francisco. Concluyo este sucinto artículo con una prueba de la popularidad hodierna de este cuento. Junto a la capilla de Santa Maria della Vittoria, en Gubbio, se alza en el presente esta estatua:

Es —¿qué duda cabe?— un admirable tributo al santo. Aunque yace en él otra operación que transforma parcialmente el significado del suceso como consecuencia de una licencia artística respecto de la obra original: el cánido trepa aquí por el cuerpo de Francisco como si fuese un perro que asalta gozosamente a su amo para pedirle comida o para recibirlo en el hogar tras una dilatada ausencia. Sus manos se tocan y las miradas de ambos se encuentran mucho más cerca, lo que sugiere una mayor proximidad emocional y un posicionamiento ontológico más igualitario. Por el contrario, en la cromolitografía decimonónica que encabeza esta entrada el lobo no levanta la testa de la tierra y, desde esa postura sumisa, le ofrece al poverello la pata en señal de servidumbre.

En estas ocho centurias algo ha cambiado en el modo en que entendemos nuestra relación con los animales. Los parámetros de la domesticación continúan vigentes como horizonte de expectativas, pero el arte ya no enfatiza tanto la distancia entre humanos y no humanos. Un pequeño paso para nuestra especie y un gran salto para las demás…

Huellas en la tinta

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